Hay algo sorprendente en la condición humana. Vemos con enorme facilidad los defectos de los demás y, sin embargo, nos cuesta muchísimo reconocer los nuestros. Detectamos enseguida la impaciencia ajena, pero apenas advertimos la propia. Nos molestan las faltas de consideración de otros, aunque pasemos por alto las nuestras. Descubrimos rápidamente las motas que hay en los ojos de nuestros hermanos, mientras permanecemos casi ciegos ante las vigas que oscurecen nuestra propia mirada.
Jesús utiliza en el Evangelio de hoy una imagen exagerada y hasta cómica: un hombre pretende extraer una diminuta mota del ojo de otro mientras lleva atravesada en el suyo una enorme viga. Pero esa caricatura nos retrata muchas veces. Tenemos una gran facilidad para analizar y enjuiciar la conducta ajena, y mucha menos para examinarnos a nosotros mismos con sinceridad. Siempre encontramos explicaciones para nuestros errores, mientras juzgamos los de los demás sin conocer las cargas que soportan, las heridas que arrastran o los combates que libran en silencio.
Por eso el Señor nos invita a una mirada humilde. Nos recuerda que ninguno de nosotros ocupa el lugar de Dios. Sólo Él conoce plenamente el corazón humano. Sólo Él sabe cuánto hay de debilidad, de ignorancia, de sufrimiento o de buena voluntad detrás de cada acción. Nosotros vemos solo obras exteriores, además aisladas; Dios, en cambio, contempla la vida entera en toda su hondura y complejidad.
La verdadera humildad consiste en vivir en la verdad. Y la verdad es que todos necesitamos misericordia. Quien descubre esto comienza a mirar a los demás de otra manera. Se vuelve más paciente, más comprensivo y más prudente antes de emitir una sentencia. Cuando la luz de Dios ilumina nuestras propias sombras, dejamos de sentirnos superiores y comprendemos que todos caminamos sostenidos por la misma gracia.
Señor Jesús, arranca de mis ojos las vigas que me impiden ver con claridad. Líbrame de la dureza, de la crítica fácil y de la falsa superioridad. Concédeme un corazón humilde que conozca sus propios límites y mire a los demás con comprensión y misericordia. Que antes de fijarme en las faltas ajenas, permita que tu luz ilumine las mías. Y que, sabiéndome necesitado de perdón, aprenda también a perdonar. Amén.
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