“Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” (Mt. 5,3-5).
Hoy tengo que celebrar un funeral: el de la abuela de una joven maestra, madre de cuatro hijos preciosos (y el quinto viene de camino). Ella es amiga mía muy querida, y fue también mi alumna. En la misa voy a mantener las lecturas propias del día, porque es domingo, y el Evangelio nos presenta la predicación de las bienaventuranzas por parte de Jesús. En el contexto de un funeral, en medio del silencio y del duelo, estas palabras pueden sonar, en un primer momento, como un ideal lejano, casi como un lenguaje que no encaja bien con el dolor concreto, con las lágrimas reales. Sin embargo, dichas junto a un féretro, las bienaventuranzas revelan una hondura nueva y una cercanía inesperada.
Jesús no proclama bienaventurados a quienes lo tienen todo bajo control, ni a quienes pasan por la vida sin heridas. Llama bienaventurados a los pobres, a los mansos, a los que lloran. La muerte nos hace pobres, porque a veces nos arrebata a alguien querido y nos deja con un vacío imposible de colmar; nos vuelve mansos, porque nos obliga a reconocer que no lo dominamos todo; y nos hace llorar, porque el amor verdadero siempre duele, sobre todo cuando se siente que algo se pierde. Precisamente ahí, en esa pobreza desnuda y sincera, Jesús pronuncia una palabra de promesa: el Reino es para vosotros, la herencia es vuestra, el consuelo no os faltará. No es una promesa abstracta ni aplazada, no es una eliminación del dolor o la soledad; es el compromiso de que no nos faltará su Presencia que acompaña y sostiene, incluso cuando no entendemos.
“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.” No se trata de un consuelo que borra el dolor de inmediato, sino del consuelo que nace de saber que Dios no es indiferente a nuestras lágrimas. Cristo mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro y atravesó la muerte para abrirnos un horizonte de vida. Hoy, ante la muerte de esta mujer anciana que fue madre, abuela y bisabuela, la fe cristiana no rechaza el llanto, pero lo envuelve en esperanza. Las lágrimas no son signo de derrota, sino de amor, y ese amor es más fuerte que la muerte porque está sostenido por Dios.
Señor Jesús, Tú que conoces nuestras lágrimas y te acercas con respeto al dolor humano, acoge en tu paz a todos nuestros hermanos difuntos y sostén a quienes hoy lloran la pérdida de un ser querido. Haz que, incluso en la pobreza y en el llanto, sepamos descubrir tu consuelo fiel y la esperanza de la vida que no termina en ti. Amén.