“Ciertamente, lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió. En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida (Jn. 5,21-24).
Señor Jesús, Hijo eterno del Padre, Juez de vivos y muertos, dador de la Vida verdadera, yo me postro ante ti con temblor y amor. Tú eres Aquel a quien el Padre ha entregado todo juicio, no para condenar, sino para salvar; no para aplastar, sino para levantar; no para castigar, sino para dar vida. ¡Oh Jesús, Verbo de Dios, Palabra que realiza lo que dice, Palabra que no miente, que no pasa, que no envejece! Hoy quiero escuchar esa Palabra con todo mi ser, con los oídos del alma abiertos, con el corazón ardiendo y dispuesto. Tú no hablas como los hombres, no explicas como los sabios de este mundo: tú dices “levántate” y el muerto resucita; dices “cree” y el abismo se convierte en cielo; dices “vive” y el alma pasa de la muerte a la vida.
Hijo del Padre, reflejo perfecto de su gloria, si te honro a ti, honro al Padre; si te miro a ti, contemplo al Invisible; si te adoro a ti, adoro al Dios tres veces santo. ¿Y cómo no adorarte, si me diste vida cuando yo estaba perdido? ¿Cómo no bendecirte, si no quisiste juzgarme, sino salvarme? Me bastó escuchar, me bastó creer. ¡Y eso fue vida eterna ya nacida en mí! Tú no juzgas como el mundo, ni condenas como el mundo condena. Tú juzgas con el fuego del amor, con las llagas de tu Pasión abiertas, con los brazos extendidos en la cruz. Tu juicio es misericordia, y quien te encuentra se sabe mirado, no con desprecio, sino con ternura; no con distancia, sino con abrazo.
Jesús, Rey eterno, que estás a la derecha del Padre, no dejes que olvide nunca que ya he pasado de la muerte a la vida. No permitas que el miedo me robe la certeza de que tú me has salvado, de que el juicio ha sido suspendido por la fe, y que el amor ha triunfado. Haz que mi alma escuche siempre tu Palabra, que la reciba como semilla fecunda, que la atesore como tesoro escondido. Dame vivir contigo, vivir en ti, vivir por ti, en esta vida y en la otra. Y enséñame, Señor, a honrarte como honro al Padre, y a honrar al Padre viéndolo en ti, amándolo en ti, adorándolo en ti, porque tú y el Padre sois uno. Amén.
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