viernes, 4 de abril de 2025

SOMOS MAR, NO MONTAÑA


    Hay días en que todo parece fluir con facilidad: el trabajo, las relaciones humanas, la oración. Días en que el alma se siente ligera, animada, limpia, y abierta al bien. Y hay otros en que todo pesa. No sabemos por qué, pero el corazón se nubla, los pensamientos se enredan, y el cuerpo mismo se fatiga más pronto.

    Esto forma parte de nuestra condición humana. Pero la cultura en que vivimos no nos ayuda a entenderlo: nos exige estar bien siempre, rendir siempre, sonreír siempre. Si algo no funciona, puedo acudir fácilmente a una pastilla, una evasión consumista, un desahogo animal, una fantasía interior, un espectáculo alienante, una violencia gratuita… Todo antes que aceptar y sufrir nuestra fragilidad. Y sin embargo, esta fragilidad forma parte de la verdad de nuestra existencia.


    También en la vida espiritual hay oscilaciones. San Ignacio las llama consolación y desolación. Las Escrituras nos hablan de ellas, y leemos que muchos santos enseñaron y vivieron lo mismo. A pesar de esto, no pocas personas se desconciertan cuando ya no sienten fervor, o cuando cometen otra vez el pecado del que creían haberse liberado, o cuando la oración les parece vacía. Como si amar a Dios fuera solo cuestión de sentirse bien. Como si la santidad consistiera en no tener nunca altibajos. Pero no es así. La santidad pasa también por la aceptación humilde de nuestras propias mareas interiores.


    Como el mar que sube y baja sin cesar desde hace millones de años, así es nuestra alma: un movimiento perpetuo de subida y bajada que responde a la atracción de Dios. En cambio, solo Dios es la Roca firme, la montaña inamovible. En Él no hay mudanza ni sombra de variación. Nosotros sí cambiamos. Y eso no es un defecto: es parte del misterio de nuestra creación. Cada oleada de consuelo o de lucha, cada subida o bajada, puede dar gloria a Dios si la vivimos con confianza y amor. A veces nos gustaría ser como una montaña, siempre estable, siempre firme. Pero nuestra vocación ahora es más bien la del mar: estar en movimiento, aprender a fluir, sin perder nunca de vista la orilla eterna que nos espera.


    Dios mío, Roca firme de mi vida, Tú que no cambias y en quien todo encuentra reposo, enséñame a vivir mis cambios con humildad y confianza. Que no me desanime cuando me sienta pobre, ni me engría cuando todo vaya bien. Haz que cada consuelo me acerque más a ti y que cada desolación me purifique. Acepto ser mar, oh Jesús, si Tú eres mi orilla. Amén.




jueves, 3 de abril de 2025

UN CORAZÓN COMO EL DE JESÚS


    “Moisés suplicó al Señor, su Dios: ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta? ¿Por qué han de decir los egipcios: ‘Con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra’? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo: ‘Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo’” (Éx. 32,11-13).


    Este pasaje, que pertenece a la primera lectura de la misa de hoy, es uno de los momentos más impresionantes de toda la historia de la salvación. El pueblo ha caído en la idolatría; ha olvidado la gloria del Dios vivo para postrarse ante una figura muerta: el becerro de oro. Dios ha visto esa infidelidad y se ha indignado con razón. El pecado ha herido la alianza. Pero ahí está Moisés, el amigo de Dios, el intercesor, el hombre que sube al monte para hablar cara a cara con el Señor, o entra en la Tienda del Encuentro para recibir sus instrucciones. 

    Lo que hace Moisés es de una grandeza inmensa: no piensa en sí mismo, no acepta la propuesta que le hace Dios de destruir a Israel y formar, a partir de él, un pueblo nuevo. No busca su gloria. Al contrario, defiende al pueblo que Dios le confió, aunque haya pecado, aunque se haya alejado.


    Moisés no discute con Dios, pero toca su corazón. Apela a su fidelidad, a su promesa, a su misericordia. Le dice: “Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel…”. Moisés se coloca en la brecha. Y en ese gesto, en ese ponerse entre Dios y el pecado de los hombres, Moisés prefigura el corazón de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, que será el único intercesor perfecto. Pero aquí, en Moisés, ya brilla el amor, la compasión, la generosidad de quien ama de verdad a su pueblo y ama de verdad a Dios. Por eso se atreve a suplicar. Y Dios se deja conmover, porque le agrada ver que un hombre se le parece en el amor, en la fidelidad, en el perdón.


    ¡Qué gran enseñanza para nosotros! Cuántas veces juzgamos y condenamos a nuestros prójimos, mientras que el verdadero amigo de Dios no condena, sino que intercede. No se aprovecha del pecado ajeno para exaltarse, sino que se humilla para que el otro viva. ¡Cuánto se parece el corazón de Moisés al Corazón de Jesús! Y cuánto deseará Dios encontrar también en nosotros corazones intercesores, capaces de pedir por los que no piden, capaces de amar a los que no aman, capaces de recordar a Dios su gran misericordia, y no lo poco que los hombres la merecen.


    Jesús mío, enséñame a amar como Moisés, a suplicar como Moisés, a no pensar en mí con satisfacción cuando otros caen. Que tenga un corazón grande, generoso y compasivo. Que no me canse de recordar que Tú amas, que Tú salvas, que Tú has hecho promesas. Hazme intercesor: que me ponga siempre de parte del pecador, para suplicarte a ti, que eres misericordia infinita. Amén.

miércoles, 2 de abril de 2025

SIEMPRE AMADOS


    “Exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados. Sion decía: ‘Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado’. ¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré” (Is. 49, 13-15).


    Hay momentos en los que el alma se siente hundida en su propia nada, incapaz incluso de orar, cansada de esperar consuelos que no llegan. Es entonces cuando resuena en el corazón esta Palabra: “Yo no te olvidaré”. Frente a nuestras dudas, frente a nuestros temores más profundos, Dios responde con ternura, con la imagen más entrañable que podemos imaginar: la de una madre que lleva a su hijo en los brazos y lo alimenta de sí misma. Y va aún más lejos: “aunque ella se olvidara, Yo no te olvidaré”. El Amor de Dios por nosotros no tiene fisura, no es intermitente como el deshojar una margarita: “ahora te quiero, ahora no te quiero”. El Amor de Dios no depende de lo que hayamos hecho o dejado de hacer; es incondicional, y por eso me ama antes de mi pecado, durante mi pecado, y después de mi pecado. Él conoce el dolor de nuestro corazón, las veces en que nos sentimos indignos, las veces en que la esperanza flaquea… y entonces viene a nosotros, no con reproches, sino con consuelo.


    Porque Él sabe que nuestro camino es arduo, que a menudo cargamos con nuestra fragilidad como si lleváramos un peso insoportable. No siempre entendemos por qué sufrimos, ni por qué nuestros pasos se extravían tantas veces. Pero sí podemos entender esto: que hay Alguien que no deja de amarnos ni por un instante, que nos acompaña silenciosamente, que nos mira con una ternura que sana y transforma. Su Amor no es una exigencia, sino una fuente viva que nos permite volver a empezar. Y esa certeza lo cambia todo. Porque ya no vivimos para merecer el Amor, sino porque somos amados desde siempre y para siempre.


    Jesús, mi Salvador, Tú no nos olvidas nunca. Aunque tantas veces dude, aunque mi corazón se llene de sombras, aunque me sienta perdido, Tú estás ahí, consolándome con tu Palabra, envolviéndome en tu Amor. Tú conoces mi historia, mis caídas y mis miedos, y no me rechazas. Gracias por no cansarte de mí. Gracias por quererme más allá de lo que puedo entender. Dame, Señor, la gracia de recordar siempre tu fidelidad, y de volver a ti cada vez que me sienta solo. No permitas que me aleje de tu Corazón. Amén.

martes, 1 de abril de 2025

JESÚS, PALABRA QUE DA VIDA


    “Ciertamente, lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió. En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida (Jn. 5,21-24).


    Señor Jesús, Hijo eterno del Padre, Juez de vivos y muertos, dador de la Vida verdadera, yo me postro ante ti con temblor y amor. Tú eres Aquel a quien el Padre ha entregado todo juicio, no para condenar, sino para salvar; no para aplastar, sino para levantar; no para castigar, sino para dar vida. ¡Oh Jesús, Verbo de Dios, Palabra que realiza lo que dice, Palabra que no miente, que no pasa, que no envejece! Hoy quiero escuchar esa Palabra con todo mi ser, con los oídos del alma abiertos, con el corazón ardiendo y dispuesto. Tú no hablas como los hombres, no explicas como los sabios de este mundo: tú dices “levántate” y el muerto resucita; dices “cree” y el abismo se convierte en cielo; dices “vive” y el alma pasa de la muerte a la vida.


    Hijo del Padre, reflejo perfecto de su gloria, si te honro a ti, honro al Padre; si te miro a ti, contemplo al Invisible; si te adoro a ti, adoro al Dios tres veces santo. ¿Y cómo no adorarte, si me diste vida cuando yo estaba perdido? ¿Cómo no bendecirte, si no quisiste juzgarme, sino salvarme? Me bastó escuchar, me bastó creer. ¡Y eso fue vida eterna ya nacida en mí! Tú no juzgas como el mundo, ni condenas como el mundo condena. Tú juzgas con el fuego del amor, con las llagas de tu Pasión abiertas, con los brazos extendidos en la cruz. Tu juicio es misericordia, y quien te encuentra se sabe mirado, no con desprecio, sino con ternura; no con distancia, sino con abrazo.


    Jesús, Rey eterno, que estás a la derecha del Padre, no dejes que olvide nunca que ya he pasado de la muerte a la vida. No permitas que el miedo me robe la certeza de que tú me has salvado, de que el juicio ha sido suspendido por la fe, y que el amor ha triunfado. Haz que mi alma escuche siempre tu Palabra, que la reciba como semilla fecunda, que la atesore como tesoro escondido. Dame vivir contigo, vivir en ti, vivir por ti, en esta vida y en la otra. Y enséñame, Señor, a honrarte como honro al Padre, y a honrar al Padre viéndolo en ti, amándolo en ti, adorándolo en ti, porque tú y el Padre sois uno. Amén.