Hay días en que todo parece fluir con facilidad: el trabajo, las relaciones humanas, la oración. Días en que el alma se siente ligera, animada, limpia, y abierta al bien. Y hay otros en que todo pesa. No sabemos por qué, pero el corazón se nubla, los pensamientos se enredan, y el cuerpo mismo se fatiga más pronto.
Esto forma parte de nuestra condición humana. Pero la cultura en que vivimos no nos ayuda a entenderlo: nos exige estar bien siempre, rendir siempre, sonreír siempre. Si algo no funciona, puedo acudir fácilmente a una pastilla, una evasión consumista, un desahogo animal, una fantasía interior, un espectáculo alienante, una violencia gratuita… Todo antes que aceptar y sufrir nuestra fragilidad. Y sin embargo, esta fragilidad forma parte de la verdad de nuestra existencia.
También en la vida espiritual hay oscilaciones. San Ignacio las llama consolación y desolación. Las Escrituras nos hablan de ellas, y leemos que muchos santos enseñaron y vivieron lo mismo. A pesar de esto, no pocas personas se desconciertan cuando ya no sienten fervor, o cuando cometen otra vez el pecado del que creían haberse liberado, o cuando la oración les parece vacía. Como si amar a Dios fuera solo cuestión de sentirse bien. Como si la santidad consistiera en no tener nunca altibajos. Pero no es así. La santidad pasa también por la aceptación humilde de nuestras propias mareas interiores.
Como el mar que sube y baja sin cesar desde hace millones de años, así es nuestra alma: un movimiento perpetuo de subida y bajada que responde a la atracción de Dios. En cambio, solo Dios es la Roca firme, la montaña inamovible. En Él no hay mudanza ni sombra de variación. Nosotros sí cambiamos. Y eso no es un defecto: es parte del misterio de nuestra creación. Cada oleada de consuelo o de lucha, cada subida o bajada, puede dar gloria a Dios si la vivimos con confianza y amor. A veces nos gustaría ser como una montaña, siempre estable, siempre firme. Pero nuestra vocación ahora es más bien la del mar: estar en movimiento, aprender a fluir, sin perder nunca de vista la orilla eterna que nos espera.
Dios mío, Roca firme de mi vida, Tú que no cambias y en quien todo encuentra reposo, enséñame a vivir mis cambios con humildad y confianza. Que no me desanime cuando me sienta pobre, ni me engría cuando todo vaya bien. Haz que cada consuelo me acerque más a ti y que cada desolación me purifique. Acepto ser mar, oh Jesús, si Tú eres mi orilla. Amén.