viernes, 9 de enero de 2026

¿SEGUIMOS EN NAZARET?

    “Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor’. Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’” (Lc. 4,16-21).


    Seguimos en Nazaret porque esta ciudad de Galilea acoge al principio la Palabra con admiración, pero pronto se escandaliza. La cercanía se vuelve obstáculo, lo conocido se transforma en rechazo, y el entusiasmo inicial deja paso a la violencia. Jesús no suaviza su mensaje ni busca componendas. Su actitud revela que el Reino no se negocia, no se presta a pactos ni a rebajas interesadas: se acoge en libertad y con respeto. Por eso invita a un desprendimiento que va más allá de los bienes materiales, un desprendimiento de las propias ideas, de los proyectos cerrados, de los afectos mundanos que impiden dejar actuar a Dios. No pide una pobreza interior entendida como frialdad, sino una libertad interior que permita a Dios ser Dios en nuestra vida.


    De ahí la necesidad del silencio y de la paz. No es la Palabra rechazada la que lleva al silencio, sino el silencio el que conduce a una escucha más honda y verdadera de la Palabra. El Espíritu Santo no se manifiesta en el ruido, ni en la agitación, ni en la turbación del ánimo. Su acción es suave, delicada, y exige un corazón recogido, pacificado, libre del ruido interior y, en lo posible, también del exterior. Solo en ese clima de silencio puede brotar una comprensión profunda de lo que Dios dice y de lo que Dios quiere hacer. Y todo esto se forja y se custodia en la oración, que es la tierra donde germinan el desprendimiento, la paz, la perseverancia y la gratitud. Sin oración no hay escucha verdadera, ni libertad interior, ni docilidad al Espíritu.


    Señor Jesús, Palabra eterna del Padre, enséñanos a vivir en el silencio y en la escucha; en la oración que purifica y en la libertad interior que no plantea condiciones para acoger tu Reino con respeto, fidelidad y amor. Así sea.


NAVIDAD INVISIBLE

 


    “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como Él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor” (1ªJn. 4,16-18).


    Seguimos todavía en el tiempo litúrgico de la Navidad, aunque para la mayoría de la gente la Navidad haya terminado ya. En muchas casas se han recogido los belenes, han desaparecido los adornos y los ayuntamientos han apagado las espléndidas iluminaciones de estos días. La liturgia, sin embargo, continúa conduciéndonos con discreción hacia el misterio celebrado, como si quisiera enseñarnos que lo esencial no depende del brillo exterior, sino de una luz más honda que debe permanecer cuando todo lo demás se apaga. Es en esta Navidad ya silenciosa donde resuena con especial fuerza la afirmación decisiva: Dios es amor.


    Este texto, que se proclama en la misa de hoy, nos sitúa en el centro mismo de la fe cristiana, no como una teoría sobre Dios, sino como una experiencia vivida: “hemos conocido y hemos creído”. Permanecer en Dios no es vivir bajo la amenaza del castigo ni bajo el peso del temor, sino habitar confiados en un amor que precede, sostiene y acompaña. Incluso el día del juicio queda iluminado desde dentro por la confianza filial. El temor nace cuando nos alejamos del amor o lo reducimos a una relación interesada; el amor verdadero, en cambio, sana, libera y expulsa el miedo, porque nos devuelve a la verdad más profunda de nuestra condición de hijos.


    Señor Jesús, enséñanos a permanecer en tu amor, a dejar que expulse nuestros temores y a vivir confiados, abandonados a la voluntad del Padre, sabiendo que en Ti no hay castigo, sino misericordia y vida. Amén. 

miércoles, 7 de enero de 2026

PAZ A ISRAEL

 


    “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt. 6,4-5).

    Ayer fue el día de la Epifanía y pasé el día descansando. Pero quiero todavía concluir la crónica de mi peregrinación con una última entrada que será un poco más larga de lo habitual. 

El día 5 comenzó con la misa celebrada en Ammán, en la iglesia de los frescos bíblicos, y culminó horas más tarde con el vuelo de regreso de Tel Aviv a Madrid. En el avión viajaba junto a mí mi hermana, y en el asiento contiguo, en la misma fila, iba un judío. Había bastantes judíos fácilmente identificables por su indumentaria. El que iba a mi lado no era un judío jasídico (ultraortodoxo); no llevaba los característicos tirabuzones, pero llevaba puesta la kipá, el pequeño solideo que cubre la cabeza de los varones judíos creyentes.


    En un momento dado, uno de los peregrinos que pasaba por el pasillo se dirigió a mí llamándome padre. Yo llevaba una prenda que me cubría el cuello y ocultaba la tirilla clerical, pero aquel gesto bastó para que mi vecino de asiento se diera cuenta de que era sacerdote. A partir de ahí se interesó por varias cuestiones, entre ellas el celibato. Le expliqué que los sacerdotes católicos lo vivíamos como una consagración completa a Dios, pero aquello le resultó difícil de comprender. Insistía en que el mandato de Dios era crecer y multiplicarse, y dar la vida, puesto que la vida la recibimos para darla. Yo le respondí que la vida puede darse de muchas maneras, no únicamente engendrando hijos.


    La conversación fue avanzando hacia la Escritura. Me preguntó por mis creencias y le dije, con total verdad, que en ese mismo momento estaba rezando Salmos en el teléfono móvil. Le cité de memoria algunos versículos que hablan de Israel y de Jerusalén, lo cual aumentó todavía más su asombro. Le expliqué que las Escrituras sagradas de Israel son también las nuestras. Me preguntó si todas. Y le respondí que sí, aclarándole que los cristianos tenemos además otros libros posteriores, escritos por los apóstoles y por Pablo, que hacen referencia a Jesús.


    Me preguntó entonces si creíamos en un solo Dios. Le dije que sí, y le recité de memoria el Shema Israel, asegurándole que esa era también mi fe. Me preguntó por Jesús, y le dije que para nosotros es el Mesías prometido a su pueblo. Respondió con un gesto evidente de escepticismo. Me preguntó quién guiaba nuestra lectura de la Escritura, cuáles eran nuestras interpretaciones. Le dije que no el Talmud, sino la tradición de la Iglesia y sus autores. Hizo un gesto de desdén y repitió: “No lo entiendo, no lo entiendo”.


    No quedó convertido, evidentemente, pero creo sinceramente que se sintió sorprendido, incluso interpelado, por la importancia que yo daba a la Escritura de Israel. Me preguntó si era la primera vez que venía a Israel. Le dije que no, que era la sexta. Se asombró todavía más y me preguntó por qué. Le respondí que para mí Jerusalén es la Ciudad Santa y que, como dice el apóstol san Juan (Jn. 4,22), "la salvación viene de los judíos". Tal vez no cambió sus convicciones, pero creo que al menos se llevó una imagen distinta del cristianismo y de los cristianos. Un pequeño testimonio humilde y sin estridencias en el espacio reducido de un avión.


    Traigo a la memoria este encuentro al pensar también en nuestra peregrinación. No todo fue siempre luminoso. Hubo momentos de tensión y algunas desavenencias que no reflejaron con claridad la enseñanza de Jesús: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros” (Jn. 13,35). Pero el Espíritu Santo cubre la multitud de nuestros pecados y, desde dentro, no nos arrastra, pero sí nos impulsa a hacer el bien, a convertirnos de nuestro mal. Que el Dios de Israel, que es el Dios de Jesucristo, el Dios del Evangelio, nos conduzca siempre por senderos de paz. Shalom, paz a Israel.


    Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, Dios fiel y verdadero,

purifica nuestro corazón, enséñanos a amar como Tú amas, haznos humildes testigos de tu Palabra y guíanos, entre luces y sombras, por caminos de paz y de unión. Amén.



lunes, 5 de enero de 2026

PARTIR A NUESTRA GALILEA


     “Jesús determinó salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: ‘Sígueme’. Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice: ‘Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret’. Natanael le replicó: ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’. Felipe le contestó: ‘Ven y verás’” (Jn. 1,43-46).


    Antes de ayer salimos de Mádaba para pernoctar en Ammán, en la obra de Nuestra Señora de la Paz. Allí, ayer por la mañana, celebramos la Eucaristía en una capilla verdaderamente hermosa, recogida, llena de frescos pintados por religiosas de Tel Aviv, que constituyen una catequesis bíblica muy profunda. Todo invita a detenerse, a mirar despacio, a dejarse enseñar por las imágenes. Y en ese marco exterior tan sereno, el Evangelio sorprendió nuestros ánimos excitados de una manera muy especial. Jesús decide abandonar el Jordán y ponerse en camino hacia Galilea. Exactamente lo mismo que nosotros estábamos a punto de hacer: dejar atrás los lugares cercanos al río y el Mar Muerto, y emprender el camino de regreso hacia el aeropuerto en Galilea, para volver a casa. 


    Pero el detalle decisivo del Evangelio es que Jesús no quiere ir solo. Llama a Felipe, y a través de Felipe, alcanza a Natanael. El camino se hace acompañado. El Señor avanza creando comunión, tejiendo vínculos, invitando a otros a compartir su paso. Y eso nos llena de una esperanza muy honda: la peregrinación toca a su fin, pero no regresamos solos. Volvemos acompañando a Jesús y dejándonos acompañar por Él. La experiencia vivida en los lugares santos no se termina; lejos de cerrarse, se abre ahora a la vida cotidiana, que se convierte en el nuevo espacio del seguimiento.


    La escena de Natanael añade una nota muy humana y muy verdadera. Hay prevención, hay escepticismo: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”. Y la respuesta de Felipe no es una lección ni un razonamiento, sino una invitación sencilla: “Ven y verás”. Así es como se transmite la fe, invitando al encuentro personal con el Señor. Y aquí cobra especial relieve la segunda lectura de hoy, tomada de la primera carta del apóstol san Juan (1 Jn. 3,11-21): buscar a Jesús no es solo recordarlo ni hablar de Él, sino reconocerlo y encontrarlo en el amor concreto al hermano. El regreso de la peregrinación nos sitúa precisamente ahí: en el amor vivido, en los gestos sencillos, en la caridad diaria. Allí, en ese terreno humilde, el Señor sigue saliendo a nuestro encuentro.


    Señor Jesús, al partir hacia nuestra Galilea cotidiana, concédenos volver contigo y no solos, reconocer tu paso en el amor sencillo al hermano y vivir cada día como un verdadero camino de seguimiento. Amén.

domingo, 4 de enero de 2026

LA MIRADA DE MOISÉS

     



    “Moisés subió de las estepas de Moab al monte Nebo, a la cima del Pisgá, frente a Jericó. Y el Señor le mostró toda la tierra: Galaad hasta Dan, todo Neftalí, la tierra de Efraím y Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar Occidental, el Négueb y la llanura, el valle de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Soar. Y le dijo el Señor: ‘Esta es la tierra que juré a Abrahán, a Isaac y a Jacob: se la daré a tu descendencia. Te la he hecho ver con tus propios ojos, pero no entrarás en ella’. (…) Allí murió Moisés, siervo del Señor, en tierra de Moab, conforme a la palabra del Señor. Y fue enterrado en el valle, en tierra de Moab, frente a Bet-Fegor; y nadie ha sabido hasta hoy dónde está su sepultura” (Dt. 34,1-6).


    Nuestro caminar por las tierras de la Biblia nos llevó ayer hasta el monte Nebo, en Jordania. Mientras nos aproximábamos a él, su silueta ya resultaba impresionante. Desde su cumbre se puede contemplar una vista espléndida de la tierra de Palestina, tal como narra el libro del Deuteronomio. Es una experiencia extraordinaria: uno siente que mira, casi con los mismos ojos de Moisés, aquella tierra situada al otro lado del Jordán, tantas veces prometida, tantas veces esperada durante cuarenta años de marcha, de pecado y de fidelidad.


    En la cima se encuentra un santuario muy antiguo, del que se conserva la doble columnata que delimitaba la nave central, junto con espléndidos mosaicos en los suelos y en algunas paredes. Todo este conjunto arqueológico está protegido por una construcción moderna que, por un lado, facilita la visita turística y, por otro, conserva el clima de recogimiento necesario para la oración. En el ábside se sitúa el altar, con bancos de madera a derecha e izquierda, lo que permite celebrar la misa en un ambiente de silencio y recogimiento.


    Desde aquel monte la mirada se abre sobre grandes escenarios bíblicos: el profundo valle del Jordán, el mar Muerto, los horizontes lejanos de aquella “tierra de Dios”. No llegábamos a descubrir el lago de Genesaret, porque el nivel de sus aguas ha descendido mucho y ya no se distingue desde allí. Pero más allá del paisaje exterior, el Señor nos invitaba, en aquella cumbre, a volver la mirada hacia dentro, a descubrir en el silencio del corazón la nostalgia de nuestra patria definitiva, hacia la cual caminamos con esperanza.


    En la iglesia, para sorpresa de los peregrinos, se repetía con frecuencia la imagen de una serpiente enroscada en un estandarte o mástil de madera en forma de T. Recordaba aquel signo que levantó Moisés en el desierto para curar a quienes habían sido mordidos por las serpientes abrasadoras: una serpiente de bronce erigida sobre un estandarte. Todo aquello era figura de lo que alcanzaría su plenitud en la pasión y muerte de Cristo. Él cargó con nuestros dolores, asumió las raíces de nuestra muerte y se dejó elevar en la cruz para transformarlo todo en causa de salvación. Mirar a Cristo crucificado con fe es ya comenzar a sanar. En Él descubrimos no sólo al nuevo Moisés que intercede por su pueblo, sino al Hijo de Dios entregado a la muerte para nuestra redención: el Hijo que vence a la muerte resucitando y nos abre el camino de la vida eterna.


    Señor Jesús, que fuiste levantado en la cruz para darnos vida, enséñanos a mirarte siempre con fe. Cura nuestras heridas, fortalece nuestra débil esperanza y haznos caminar con los ojos puestos en la patria del cielo. Que, sostenidos por tu gracia, sepamos vivir en tu amor y aguardar confiados la plenitud de tu Reino. Amén.

sábado, 3 de enero de 2026

EL NIÑO DIOS Y SU MADRE

           


    Ayer sábado partimos de Wadi Musa -la población donde estamos alojados en Jordania- en dirección al muy cercano sitio arqueológico de Petra. Petra no fue propiamente una ciudad, sino un inmenso complejo funerario, un entramado de tumbas excavadas en la roca que, con el paso del tiempo, fueron convirtiéndose en santuarios dedicados a los dioses nabateos, el pueblo que levantó todo aquel conjunto impresionante. El lugar es fascinante, de una belleza sobrecogedora, pero me llamó especialmente la atención que este día de nuestra peregrinación, quizá el más “laico” de todos desde un punto de vista exterior, se convirtiera también en un día de profunda resonancia espiritual. Nuestro guía nos habló de Dushurá, el dios niño de los nabateos, y de su madre, la diosa virgen Ushua, ambos frecuentemente representados mediante piedras sagradas. En pleno tiempo litúrgico de la Navidad, rodeado de restos paganos y de antiguas creencias, me vi sorprendido por una ternura inesperada: cómo Dios ha ido prefigurando la historia de la redención en tantos lugares, en tantas épocas y culturas, expresándose en lenguajes muy diversos.

    Conocía la figura del dios muerto y resucitado del mundo egipcio, y la de Horus y su madre virgen Isis, pero no había oído hablar de este dios niño nabateo cuyo nombre, en su transcripción castellana, suena casi a dulzura. Y esa dulzura remite de modo inevitable a lo que se despierta en nosotros cuando contemplamos al Niño Jesús y a su Madre virgen, cercana, fuerte, llena de una misteriosa omnipotencia nacida del amor. Todo parecía hablarnos, incluso desde aquellas piedras milenarias, de lo que un día sería la realidad más sorprendente y gozosa: el comienzo de nuestra redención. Más tarde, ya avanzada la jornada, tuvimos ocasión de adentrarnos en el desierto del Wadi Rum, recorrerlo en vehículos todo terreno, subir a las dunas y experimentar ese frío intenso que cae sobre el desierto al anochecer, un frío que cala hasta lo más hondo y que envuelve todo en un silencio casi absoluto.


    Ya de noche, al celebrar la misa en el hotel, elevamos una oración a Dios por todos aquellos hombres y mujeres que viven en la frialdad de otra noche más profunda: la de no conocer la luz que es Cristo. Y pedimos por ellos, para que todos lleguen al conocimiento de la verdad y se salven, como escribe san Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2,4).


    Señor Dios, que no has dejado de sembrar señales de tu amor en la historia de los pueblos, conduce a todos los hombres hacia la luz de tu Hijo, para que, saliendo de toda noche, encuentren en Él el camino de la salvación. Amén.

PAN VIVO Y AGUA VIVA

 



   Después del día intenso que fue el 1 de enero, quiero continuar contándoos nuestro camino. Por la mañana recorrimos el Vía Crucis, acompañando al Señor cargado con la cruz estación tras estación. Las últimas cinco estaciones se sitúan dentro del Santo Sepulcro y, como no es posible realizarlas allí, las rezamos en los tejados del templo, en el pequeño recinto donde viven los cristianos etíopes, quizá los moradores más pobres del Santo Sepulcro, casi relegados a aquel lugar. Pero también allí, en la sencillez y el silencio, el Señor continúa su camino hacia la Pascua.

Por la tarde nos acercamos a conocer el Jerusalén judío moderno, que quizá despierta menos emoción espiritual en nosotros, hasta terminar en el Muro de las Lamentaciones. Yo me acerqué a rezar, apoyando la mano sobre la piedra milenaria y, con los ojos cerrados, recité varios salmos. Fue un momento de profunda intimidad del alma ante Dios.


    Hoy viernes, primer viernes de mes, celebramos la Eucaristía en el Cenáculo Franciscano, una pequeña casa–convento que los franciscanos han adquirido junto al verdadero Cenáculo. Allí preside una imagen en bronce de la Última Cena y, en el pecho de Cristo, se encuentra el Sagrario. En esa misma capilla celebramos la misa de la institución de la Eucaristía y recordamos el mandamiento nuevo del amor fraterno, signo distintivo de los discípulos de Cristo. Desde allí hemos partido hacia Jordania. Almorzamos en Ammán, la antigua Filadelfia, y continuamos hacia Wadi Musa, el “Valle de Moisés”. Nos hospedamos en un hotel situado a escasos metros de la llamada Fuente de Moisés, conocida aquí como Ain Musa. Esta región corresponde al antiguo territorio de Edom. Los edomitas eran considerados descendientes de Esaú, el hermano de Jacob, aquel que vendió su primogenitura por un plato de lentejas.


    Bajo una construcción moderna se encuentra una roca partida de la que emana agua de forma natural. Desde muy antiguo, la tradición ha identificado este lugar con el episodio en el que Moisés, por mandato de Dios, hizo brotar agua de la roca para el pueblo sediento. Dos libros lo recuerdan: el Éxodo (Ex. 17,1-7), y los Números (Núm. 20,1-13). No podemos asegurar con certeza absoluta que se trate del mismo lugar, pero la tradición es muy antigua y muy respetada, y tiene verosimilitud histórica, porque Israel atravesó zonas de Edom durante el Éxodo. Así pues, hoy caminamos casi literalmente por la ruta del pueblo de Dios hacia la tierra prometida. Y aquí, junto a esta roca y este manantial, damos gracias al Señor que sigue saciando nuestra sed más profunda con el don de su gracia.


    Y nuestra mirada se dirige espontáneamente a la Eucaristía que hemos celebrado esta mañana en el Cenáculo. Allí el Señor nos ha dado el Pan de Vida, y aquí, en Ain Musa, recordamos sus palabras: “El que beba del agua que Yo le daré no tendrá sed jamás” (Jn. 4,14). El agua que brota de la roca es figura de Cristo, que se entrega por nosotros. Él es la fuente de Agua Viva que colma nuestra sed de verdad, de amor y de vida. Y sentimos que la ruta del Éxodo continúa hoy en la Iglesia y en nuestra vida: seguimos siendo un pueblo en camino, sostenido por la gracia y alimentado por la Eucaristía.


    Señor Dios nuestro, Tú que hiciste brotar agua viva de la roca para tu pueblo sediento en el desierto, te damos gracias porque hoy nos permites celebrar también la fuente inagotable de tu amor en la Eucaristía. El mismo Jesús que dijo: “El que beba del agua que Yo le daré no tendrá sed jamás” (Jn. 4,14), se nos entrega como Pan de Vida y cáliz de salvación. Haz, Señor, que nunca dejemos de acudir a Ti, que no busquemos otras aguas engañosas y que nuestra sed más honda quede colmada en tu presencia. Danos un corazón agradecido, fiel, fraterno y adorador, y haz de tu Iglesia un manantial de vida para el mundo. Amén.

¿NOCHE VIEJA O NOCHE NUEVA?

 


   Ayer no pude escribir mi artículo, y quiero explicar la razón. Fue un día verdaderamente intenso. Toda la mañana estuvo dedicada a la visita del Monte de los Olivos y de los devotísimos santuarios que allí se encuentran. Al mediodía culminamos con la celebración de la misa junto a la Roca de la Agonía, en la Basílica de Getsemaní, también llamada de las Naciones. Allí hablé de esa agonía de Cristo que perdura en el mundo mientras haya un solo hombre que sufra. Por eso san Pablo puede afirmar: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo en favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col. 1,24). No porque la Pasión de Cristo necesite ser completada en la Cabeza, que es el Señor, sino porque ha de prolongarse en los miembros de su Cuerpo, que somos nosotros, cuando unimos nuestros propios sufrimientos a su obra redentora.


    Pero lo que verdaderamente me impidió escribir el artículo, y lo que ha constituido mi gran regalo de Año Nuevo, también por ser el día de mi santo, fue que, a partir de las siete de la tarde, con un grupo de peregrinos de los que me acompañan, tuve el privilegio de ser admitido a pasar toda la noche en el interior de la Basílica del Santo Sepulcro. Allí se encuentran la tumba del Señor, lugar de su Resurrección, y el Calvario. A las siete de la tarde se cerraron las puertas, en presencia de un franciscano como representante de la parte católica, de un sacerdote ortodoxo y de otro armenio. Permanecieron cerradas hasta las cuatro de la madrugada. Nueve horas pasamos allí. La recorrimos a nuestro ritmo, sin prisas. Oramos largamente; al menos yo, durante horas, en el Calvario, a los pies de la Cruz del Señor. Entramos varias veces en el Sepulcro de Cristo, venerando de modo especial su Resurrección gloriosa. Paseamos por los distintos altares y capillas, y descendimos hasta la cripta de santa Elena, donde fue encontrada la Santa Cruz. Ese fue el regalo real e inmerecido.


    A todos mis lectores, a todos los que me siguen en los programas de radio, a todos los que acompaño o dirijo espiritualmente, os tuve muy presentes durante esta noche. Una noche muy especial: noche vieja, o quizá sería más adecuado decir una extraordinaria noche nueva. A las cuatro se abrió de nuevo la Basílica y a las cinco y media celebramos la misa en el interior mismo de la tumba del Señor, lugar de su anástasis, es decir, de su gloriosa Resurrección. Después nos lanzamos a nuevas visitas de la peregrinación, todo ello sin haber podido dormir en toda la noche. Por este motivo, y por no haber parado prácticamente durante casi cuarenta y ocho horas seguidas, no pude acudir a mi cita diaria con vosotros, cosa que espero hayáis sabido disculpar.