martes, 23 de junio de 2026

CUARENTA AÑOS DESPUÉS

 


    “Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón” (Sal. 119,111).


    Hace cuarenta años defendí en la Universidad de Lovaina una tesina de licenciatura titulada Diálogo pastoral con adolescentes. Fue un trabajo realizado a lo largo de dos cursos académicos. Cuando lo comencé tenía treinta años; cuando lo presenté y defendí, treinta y uno. Nació no sólo del estudio, sino también de la experiencia. Antes incluso de mi ordenación sacerdotal ya había acompañado a muchos chicos en su proceso de maduración, de crecimiento y de búsqueda de Dios. Aquella investigación intentaba poner por escrito algunas convicciones que entonces consideraba fundamentales: la importancia de escuchar, comprender, respetar los ritmos de cada persona, ayudar sin imponer y acompañar sin sustituir la libertad del otro.


    Ayer vino a hablar conmigo una chica de trece años, acompañada por su hermana mayor. Hacía mucho tiempo que no se confesaba. Conversamos durante casi tres cuartos de hora. Hablamos de su vida, de sus inquietudes, de sus dificultades y de su relación con Dios. Al terminar, tuve la impresión de que se marchaba contenta. Había podido abrir el alma, sentirse escuchada, comprendida y acogida por la misericordia del Señor. La entrevista concluyó con el deseo de continuar en el futuro ese acompañamiento espiritual.


    Al quedarme después a solas, caí en la cuenta de una coincidencia que me conmovió. Acababan de cumplirse exactamente cuarenta años de que comencé aquella tesina. Cuarenta años: una cifra profundamente bíblica. Cuarenta años pasó Israel atravesando el desierto antes de entrar en la tierra prometida. Cuarenta años es tiempo suficiente para cambiar muchas ideas, abandonar ideales o desviarse del camino emprendido. Sin embargo, descubrí con gratitud que los principios por los que apostaba entonces seguían siendo los mismos que había intentado aplicar durante aquella conversación. No había recetas nuevas ni técnicas especiales. Seguía creyendo en la escucha paciente, en el respeto, en la cercanía y en la acción discreta de la gracia de Dios en el corazón de cada persona.


    Aquella tesina obtuvo la máxima calificación y el propio tribunal recomendó por escrito su publicación, que se llevó a cabo poco después. Con el paso de los años fue citada en otros libros y utilizada en algunos trabajos de pastoral juvenil. Pero, sinceramente, nada de eso es lo que ayer vino a mi memoria. Lo que me llenó de alegría fue algo mucho más sencillo: comprobar que, después de cuarenta años, el Señor me había concedido la gracia de permanecer fiel a una vocación. No todos los caminos conducen a lugares visibles. Algunos consisten simplemente en sentarse una y otra vez junto a una persona para escucharla, iluminarla con la Palabra de Dios y ayudarla a descubrir que es amada por Él.


    Señor, gracias por la fidelidad con la que Tú sostienes nuestra pobre fidelidad. Gracias por tantas personas a las que me has permitido acompañar a lo largo de estos años. Concédeme seguir sirviendo, escuchando y ayudando mientras Tú quieras servirte de mí. Amén.

1 comentario:

  1. "trece años" gracias padre Manuel por explicarnos "la acción discreta de la gracia"

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