“Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: ‘Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’. Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?" (Mt. 21, 37-40).
El Evangelio de hoy nos enseña que Dios no se cansa de enviarnos mensajeros. Lo ha hecho desde el comienzo de la historia de la salvación, una y otra vez, con la esperanza de encontrar en los hombres una respuesta humilde y agradecida. Pero el corazón humano, endurecido por la soberbia, la codicia o la indiferencia, desprecia a los profetas y termina cerrándose a la Palabra. Sin embargo, lo fuera de toda lógica es que el Padre, después de ver cómo maltrataban a todos sus siervos, decide enviar a su propio Hijo, Jesús. Esta decisión revela la locura de su amor: no se trata de una estrategia razonable, sino del impulso inagotable de un corazón que ama hasta el extremo y no se resigna a perder a sus hijos.
El drama más hondo del Evangelio está contenido en estas pocas líneas. Jesús sabe que será rechazado, sabe que lo matarán fuera de la viña, fuera de la Ciudad Santa, como a un maldito. Y sin embargo va. Es el heredero legítimo, el Hijo, pero no reclama su herencia por la fuerza; se entrega, se deja expulsar, se deja matar. No viene a tomar posesión de la viña con violencia, sino con mansedumbre. Y es precisamente ese amor indefenso, esa entrega sin reservas, lo que delata la gravedad del rechazo. Matar al Hijo es rechazar al Padre mismo. Es cerrar el corazón a la última posibilidad.
Pero el Evangelio no termina ahí. Esta pregunta de Jesús es también una advertencia: ¿qué hará el dueño de la viña? No es venganza lo que se anuncia, sino justicia. Dios es paciente, pero no indiferente. La viña no quedará en manos de quienes la destruyen. El Hijo, que fue rechazado y muerto, resucitará y será la piedra angular. Y a quienes lo reciban, Él les dará su herencia, no para posesión egoísta, sino como don compartido en la comunión de los santos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario