Hoy los peregrinos han comenzado la jornada ascendiendo al Krizevac, el Monte de la Cruz. Algunos de ellos, vencidos por el cansancio, decidieron quedarse descansando en Medjugorje. Los demás emprendieron a las cinco de la mañana la subida, rezando el Vía Crucis. El camino pedregoso exige esfuerzo, pero al llegar a la cima todo parece cobrar sentido. El aire es más fresco, el horizonte se abre en todas direcciones y, a la sombra de la gran Cruz que corona la montaña, uno experimenta una paz difícil de expresar con palabras. Siempre ocurre así: cuanto más nos acercamos a Cristo, más amplia se vuelve nuestra mirada. La Cruz es una maravillosa atalaya desde la cual se contempla el mundo desde una perspectiva completamente diferente.
Sin embargo, la verdadera lección de este día nos aguardaba por la tarde. Visitamos la Comunidad del Cenáculo, fundada hace más de cuarenta años por la Madre Elvira. Después de muchos años de vida religiosa, sintió la llamada de Dios a entregar su vida a los jóvenes esclavizados por la droga y otras adicciones. Para responder a esa vocación dejó la congregación a la que pertenecía y abrió en Saluzzo (Italia) la primera casa del Cenáculo, origen de una obra que hoy se ha extendido por numerosos países. Dos de aquellos jóvenes, un muchacho belga y otro español, de Murcia, nos abrieron su corazón con una sinceridad conmovedora. Uno habló de su dependencia de internet, de los videojuegos y de la pornografía; el otro, de la droga. Los dos coincidían en una misma expresión: “Toqué fondo”. No intentaban justificarse ni despertar compasión. Simplemente daban gracias porque, cuando ya no encontraban ninguna salida, Cristo resucitado salió a su encuentro.
En la capilla de la Comunidad del Cenáculo se conserva un hermoso icono pintado por los propios muchachos. Representa a Cristo resucitado descendiendo al lugar de los muertos para sacar de sus sepulcros a Adán y Eva. No los toma de la mano, sino que los agarra con fuerza por la muñeca y los arranca de la muerte. No es un detalle casual. El icono quiere expresar que el hombre, por sus propias fuerzas, no puede aferrarse a Dios para salir del abismo en el que ha caído. Es Cristo quien toma siempre la iniciativa. Es Él quien desciende hasta la sima, quien nos agarra cuando ya no somos capaces de sostenernos y quien nos levanta con la fuerza de su Resurrección.
Hoy hemos pasado de la cima a la sima. De la cima del Krizevac, donde la Cruz nos invita a elevar el corazón hacia Dios, a la sima en la que tantos hombres y mujeres terminan hundidos por el pecado, las adicciones y la desesperanza. Pero ambas realidades están unidas por un mismo misterio. La Cruz señala siempre hacia lo alto; y, cuando nosotros ya no podemos subir, Cristo desciende hasta nuestro abismo para tomarnos y conducirnos de nuevo hacia la luz.
Al despedirnos de la Comunidad del Cenáculo no nos llevábamos solamente el recuerdo de dos testimonios impresionantes. Nos llevábamos, sobre todo, una certeza. No existe sima tan profunda que el amor de Cristo no pueda alcanzar. Porque el Señor no solo nos espera en la cima de la montaña; también nos busca cuando hemos tocado fondo. Allí donde termina la esperanza humana, comienza siempre la esperanza de Dios.