jueves, 10 de septiembre de 2026

COMO VUESTRO PADRE

 

    “Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará” (Lc 6,35-38a).

    En el evangelio de la misa de hoy, Jesús no se limita a pedirnos que seamos buenas personas. Nos invita nada menos que a parecernos a Dios. El fundamento del amor a los enemigos no está en que ellos merezcan nuestro amor, sino en que nuestro Padre “es bueno con los malvados y desagradecidos”. También nosotros hemos recibido gratuitamente su misericordia. Amar al enemigo es permitir que el amor del Padre llegue, a través de nosotros, hasta quien menos parece merecerlo.

    Ser misericordiosos no significa cerrar los ojos ante el mal, llamar bueno a lo que no lo es o renunciar a la justicia. Significa no reducir jamás a una persona al mal que ha cometido, no encerrarla para siempre dentro de su culpa. Significa también creer que, con la ayuda de la gracia, esa persona puede convertirse, cambiar y llegar a ser distinta de lo que ahora es. Nadie está irremediablemente perdido mientras Dios continúe llamando a la puerta de su corazón. Podemos y debemos discernir los actos, pero no nos corresponde pronunciar la última palabra sobre ninguna persona. Esa palabra pertenece únicamente a Dios, que conoce las heridas, las luchas y la historia escondida de cada alma.

    “Perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará”. El corazón que perdona se libera de la amargura; el que da se ensancha para recibir. Pero amar de este modo supera nuestras fuerzas. Necesitamos mirar a Jesús en la Cruz, amando, perdonando e intercediendo por quienes lo crucifican. Solo unidos a él podremos aprender esa misericordia que no nace de nuestra bondad, sino que desciende del corazón mismo del Padre.

    Señor Jesús, haz nuestro corazón semejante al tuyo. Enséñanos a no juzgar, a perdonar sin medida y a amar incluso a quienes nos han herido. Que tu misericordia encuentre en nosotros un camino abierto para llegar a todos. Amén.


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