domingo, 6 de septiembre de 2026

A SOLAS CON EL HERMANO


    “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos” (Mt 18,15-16).

    Somos responsables unos de otros. Como el centinela del que habla el profeta Ezequiel en la primera lectura de la misa de hoy, domingo vigésimo tercero del tiempo ordinario, también nosotros debemos permanecer atentos al hermano que puede estar alejándose del camino. No somos sus dueños ni sus jueces, pero tampoco podemos refugiarnos siempre en el silencio. Hay silencios que nacen de la prudencia y otros que proceden del miedo, la comodidad o la indiferencia. Amar no consiste siempre en callar; a veces exige hablar con delicadeza y valentía.

    Pero solo podemos corregir cristianamente cuando buscamos de verdad el bien del otro. La corrección fraterna no puede convertirse en una ocasión para demostrar que tenemos razón, desahogar nuestro mal humor, humillar a quien se ha equivocado o sentirnos superiores. La verdad sin caridad puede convertirse en una piedra; la caridad sin verdad, en una falsa condescendencia. Corregir cristianamente es acercarse al hermano como Cristo se acerca a nosotros: no para condenarlo, sino para ayudarlo a levantarse.

    Jesús nos indica con claridad cuál debe ser el primer paso: hablar con la persona a solas. No hablar de ella, sino hablar con ella. Resulta muy fácil contar sus defectos y sus pecados a otras personas, a espaldas precisamente de aquel a quien deberíamos tratar de ayudar a salir de su error. Pero eso no es corrección fraterna, sino murmuración. La caridad nos pide que nos acerquemos directamente al hermano, escuchemos también sus razones y busquemos su bien sin exponerlo ni humillarlo. El objetivo no es ganar una discusión, sino ganar al hermano.

    Solo cuando ese primer intento fracasa propone Jesús buscar la ayuda de uno o dos hermanos, no para formar un tribunal, sino para discernir mejor y favorecer la reconciliación. Perdonar y buscar la paz no significa tolerarlo todo. En ocasiones será necesario establecer límites y protegerse de quien continúa haciendo daño. Pero, aun cuando la comunión se haya roto, podemos negarnos a odiar, humillar o desear el mal, manteniendo abierta en nuestro corazón la puerta por la que algún día pueda entrar el arrepentimiento.

    También nosotros debemos aprender a dejarnos corregir. Es fácil descubrir los defectos ajenos y mucho más difícil aceptar que otra persona pueda mostrarnos los nuestros. Antes de comenzar a defendernos, deberíamos guardar silencio y examinar serenamente qué puede haber de verdad en lo que se nos dice. Dios puede servirse de una palabra que nos incomoda para hacernos ver nuestro error y llamarnos a la conversión. Allí donde alguien corrige con amor y otro escucha con humildad, Jesús se hace presente y comienza a restaurar la comunión.

    Señor Jesús, danos valentía para hablar cuando sea necesario, prudencia para encontrar las palabras adecuadas y caridad para buscar siempre el bien del hermano. Concédenos también humildad para guardar silencio, reconocer nuestros errores y pedir perdón. Que nunca pretendamos vencer al otro, sino ayudarlo a levantarse y ganarlo para ti. Amén.



No hay comentarios:

Publicar un comentario