martes, 1 de septiembre de 2026

SEPTIEMBRE INEXORABLE



Septiembre. Van cerrando las persianas
y queda el mar más solo cada día.
Hay ventanas que guardan el verano
y los cuartos, el eco de la brisa.

La arena, ya desnuda de sombrillas,

se vuelve bajo el sol tibia ceniza.

Un balcón guarda aún la mecedora

y nadie cruza ya por la avenida.


Ahora que la playa queda sola,

yo debo regresar a mi otra orilla:

precisamente cuando más la quiero,

me llama inexorable la rutina.


Y este dolor tan dulce aquí en el pecho

es música secreta y fugitiva;

me hiere con la luz de lo que acaba,

despierta en mí los versos y la vida… 



    El comienzo de septiembre despierta en mí cada año una nostalgia difícil de explicar. La playa se vacía, se cierran las casas y desaparecen poco a poco las voces que llenaban las calles. Pero precisamente entonces, cuando cesa el bullicio, comienzo a descubrir la playa que más me gusta: el mar recobra su voz, las calles recuperan su intimidad pueblerina, la soledad deja de ser ausencia para convertirse en una forma misteriosa de Presencia. Todo parece más pobre y, sin embargo, también más verdadero.


    La fe cristiana no nos pide que contemplemos impasibles cómo pasan las cosas hermosas. Todo lo creado entraña una inevitable fragilidad: llega, nos acompaña durante un tiempo y finalmente se aleja. No podemos encerrar el verano detrás de las ventanas ni retener para siempre su luz. Pero la tristeza que deja su partida puede convertirse en gratitud. Nos duele aquello que hemos amado, y ese dolor da testimonio de que lo vivido ha sido un don.


    Sin embargo, no me es posible permanecer en la orilla que ahora más me atrae. Tengo que regresar a “mi otra orilla”: a mis tareas, a mis responsabilidades y a las personas que esperan algo de mí. Dios no siempre nos llama a abandonar lugares desagradables; a veces nos pide que dejemos precisamente aquello en lo que querríamos permanecer, porque nuestro amor y nuestra misión nos aguardan en otra parte. Entonces la rutina, acogida como fidelidad, deja de ser una cárcel y puede convertirse nuevamente en vocación.


    Por eso este dolor de septiembre es dulce. No me destruye ni me encierra, sino que me mantiene despierto. La belleza de este mundo nos hiere porque no podemos poseerla para siempre y porque despierta en nosotros el deseo de una Belleza que no pasa. Tal vez la poesía nazca precisamente ahí: en el lugar donde lo que termina roza por un instante lo eterno. El verano se acaba, pero su despedida ensancha mi corazón, me recuerda que estoy vivo y despierta versos dentro de mí…

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