domingo, 20 de septiembre de 2026

SEMILLAS QUE NO CREÍMOS QUE CRECERÍAN

 


    “Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta” (Mt 13,8).


    Hace unos días volví a un pueblo del que fui párroco hace ya veinticinco años para celebrar el matrimonio de un antiguo monaguillo. Lo conocí cuando apenas tenía diez años; hoy tiene treinta y cinco o treinta y seis. Ha abierto su camino en la vida, ha creado una empresa en la que trabajan él y su mujer y ahora comienzan juntos una nueva familia. Me emocionó que, después de tantos años, quisiera que aquel sacerdote que había pasado por su vida cuando era niño estuviera presente en uno de los momentos más felices de su existencia.


    Apenas unos días después, hoy,  me ha llegado el mensaje de otro joven. También lo conocí siendo casi un niño, cuando tenía unos once años; hoy ronda los treinta y cinco. Su situación es muy distinta. Está atravesando uno de los momentos más duros y angustiosos de su vida y le cuesta incluso hablar de ello. Después de más de veinte años ha recordado a aquel sacerdote que conoció de niño y ha sentido que podría confiarle algo que no se atreve a compartir ni con amigos ni con los familiares más cercanos.


    Dos vidas muy diferentes me han hecho pensar en la parábola del sembrador que leíamos hace unos días. El sembrador esparce la semilla y sigue su camino; no permanece junto a ella esperando verla germinar. También nosotros vamos pasando por la vida de las personas sin conocer las consecuencias de casi nada de lo que hacemos. Decimos una palabra que después olvidamos, tenemos un gesto de cariño, corregimos, escuchamos, celebramos una Misa, damos una absolución, acompañamos durante un pequeño trecho del camino… y seguimos adelante. A veces pensamos incluso que aquello no sirvió para mucho. Pero la semilla puede permanecer bajo tierra mucho más tiempo del que imaginamos.


    No quiero decir con esto que aquellos niños se hayan convertido necesariamente en cristianos ejemplares ni que sus vidas hayan seguido los caminos que yo hubiera deseado para ellos. Tampoco sé cuánto tuvo que ver conmigo lo que haya podido quedar en sus corazones. Pero después de más de veinte años descubro que quedó algo: una confianza que ha sobrevivido al tiempo. Y esto me conmueve especialmente porque no creo que recuerden simplemente a una buena persona. Seguramente pudieron conocer también mis defectos, sufrir mis limitaciones e incluso tener alguna diferencia conmigo. Lo que permanece es algo más misterioso: de algún modo, aquel hombre estaba unido para ellos a Cristo. No era solamente él; era sacerdote, era alguien que pertenecía a Cristo.


    Quizá nunca lleguemos a conocer la verdadera fecundidad de nuestra vida. Y esto no sucede solamente a los sacerdotes. Todos sembramos continuamente en los demás: los padres en sus hijos, los abuelos en sus nietos, un maestro en sus alumnos, un amigo en otro amigo, cualquiera que se detiene a escuchar, consolar, corregir o acompañar. Hay palabras nuestras cuyo fruto nunca veremos y gestos que nosotros olvidaremos mientras otra persona puede conservarlos durante muchos años. No sabemos qué pequeña semilla puede estar dejando hoy nuestra vida en el corazón de alguien.


    Por eso no debemos cansarnos de sembrar. No necesitamos comprobar continuamente si la semilla está creciendo, ni podemos atribuirnos lo que un día llegue a brotar de ella. Nosotros sembramos; Dios conoce la tierra, los tiempos y los caminos secretos por los que su gracia trabaja en cada corazón. Y alguna vez, como un regalo inesperado, nos permite descubrir que una semilla que casi habíamos olvidado seguía allí. Tal vez no haya producido todavía el fruto que soñábamos; pero está viva. Y mientras una semilla permanece viva, Dios todavía puede hacerla crecer.


    Señor Jesús, enséñanos a sembrar sin exigir ver los frutos. Haz que nuestras palabras, nuestros gestos y nuestra vida puedan dejar en los demás alguna pequeña semilla tuya. Y cuando nosotros hayamos olvidado incluso que la sembramos, sigue tú cuidándola en el secreto de cada corazón. Amén.


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