miércoles, 16 de septiembre de 2026

APRENDER A VER MÁS ALLÁ

 

    Mañana, 17 de septiembre, celebramos precisamente a santa Hildegarda de Bingen, a la que ya nos hemos acercado otras veces en este canal y sobre la que prometimos volver. Hoy quiero hacerlo de una manera diferente, recordando algunos episodios de su vida que, además de ayudarnos a conocerla mejor, pueden enseñarnos también a mirar nuestra propia vida con otros ojos.


    Siendo una niña de unos cinco años, contempló una vaca y afirmó con toda naturalidad que llevaba dentro un ternero. No solo eso: describió también su color y sus manchas. Cuando tiempo después nació el animal, resultó ser tal como Hildegarda lo había descrito. Desde muy pequeña percibía cosas que permanecían ocultas a los demás. Años más tarde comprendería que el Señor había iluminado de una manera extraordinaria los ojos de su corazón para permitirle contemplar realidades invisibles a los ojos del cuerpo. Quizá esta sea una primera enseñanza que podemos recibir de ella: pedir la gracia de aprender a ver más allá. La realidad no termina donde alcanzan nuestros ojos. Dios está presente y actuando muchas veces allí donde nosotros no vemos nada.


    Algo después, siendo aún niña, Hildegarda fue confiada como educanda al monasterio benedictino masculino de Disibodenberg, junto al cual se había establecido una pequeña comunidad de niñas y jóvenes. Allí quedó bajo el cuidado de Jutta de Sponheim, una joven noble que se convirtió en su maestra y formadora espiritual. Con el tiempo, aquel pequeño grupo llegaría a constituirse en una verdadera comunidad religiosa femenina, de la que años después Hildegarda se pondría al frente. Allí encontramos también a dos personas que serían especialmente importantes en su vida. Una fue el monje Volmar, su confidente, consejero y fiel colaborador durante muchos años, que la ayudó a poner por escrito sus visiones y enseñanzas. La otra fue la joven Richardis von Stade, discípula muy querida y también colaboradora de sus obras. Cuando, por influencia de su poderosa familia y particularmente de su hermano Hartwig, arzobispo de Bremen, Richardis fue elegida abadesa del monasterio de Bassum, Hildegarda hizo cuanto estuvo en su mano para impedir aquella separación. No lo consiguió. Richardis decidió aceptar el cargo y se marchó; apenas un año después murió, todavía muy joven. Hildegarda sufrió profundamente aquella pérdida. También los santos tienen corazón, se encariñan, necesitan a otras personas y lloran cuando las pierden. La santidad no consiste en dejar de amar, sino en aprender a amar sin poseer, sabiendo que hasta las personas que más queremos pertenecen antes a Dios que a nosotros.


    Hildegarda conoció también la enfermedad y la debilidad física. Y, sin embargo, precisamente ella se interesó intensamente por el cuerpo humano, las plantas y sus propiedades medicinales, las piedras preciosas, los alimentos y su preparación, y todo cuanto podía contribuir a aliviar el sufrimiento. Resulta hermoso contemplar a una gran mística ocupándose al mismo tiempo de cosas tan concretas. Cuanto más miraba hacia Dios, más atentamente miraba la tierra. La verdadera vida espiritual no nos aparta de la realidad: nos enseña a descubrir en ella la huella del Creador y a acercarnos con ternura al hermano que sufre.


    Llegó un momento en que Hildegarda comprendió que debía abandonar Disibodenberg y establecer una comunidad independiente. Encontró una fuerte oposición por parte de los monjes, pero finalmente marchó con las hermanas que quisieron seguirla y fundó el monasterio de Rupertsberg, junto a Bingen, donde el río Nahe se encuentra con el Rin. Años después, cuando aquella comunidad había crecido, estableció un segundo monasterio en Eibingen, al otro lado del gran río. Aquella mujer tantas veces enferma cruzaba el Rin para visitar regularmente a sus monjas. Su vida fue un continuo ponerse en camino. Tal vez nosotros esperamos muchas veces sentirnos fuertes, seguros y preparados antes de responder a Dios. Hildegarda nos enseña que no necesitamos tener todas las fuerzas: necesitamos confiar en quien nos llama.


    Ya anciana tuvo que despedirse también de Volmar, el compañero fiel que durante tantos años había escuchado, aconsejado y escrito junto a ella. Su muerte en 1173 le produjo un profundo dolor, pero Hildegarda continuó adelante. Había aprendido durante toda su vida a mirar más allá: más allá de las apariencias, más allá de sus enfermedades, más allá de las separaciones, más allá incluso de la muerte. Nadie, por querido que sea, puede ocupar el lugar de Aquel que permanece cuando todo lo demás pasa. Quizá esa sea también la invitación que mañana nos dirige santa Hildegarda: pedir al Señor que ilumine los ojos de nuestro corazón para que, en medio de todo cuanto cambia y desaparece, sepamos descubrir siempre su presencia.


    Santa Hildegarda, enséñanos a mirar más allá de lo que ven nuestros ojos; ayúdanos a descubrir a Dios presente en nuestra vida, en las personas que amamos y en toda la creación, y a permanecer fieles a Él cuando todo lo demás pasa. Amén.


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