“Cuando miraban fijos al cielo mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: ‘Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús, que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo’” (Hch. 1,10-11).
Ayer tuve la alegría de darle la primera comunión a un sobrino nieto mío en Huelva. El techo de la parroquia estaba pintado de un azul cielo y tachonado de estrellas doradas. Mirarlo era casi como contemplar el firmamento estrellado. Y mientras yo celebraba aquella misa, pensaba precisamente en esto: la búsqueda de Dios no consiste en quedarse mirando hacia arriba ni en escudriñar la lejanía. La Ascensión no significa que Cristo se haya alejado de nosotros. Al contrario. El Señor glorificado se nos acerca de una manera nueva, misteriosa e increíblemente íntima. Ya no camina solamente a nuestro lado: habita dentro de nosotros.
En uno de los últimos poemas del Cantar de los Cantares aparece una frase bellísima: “Mi Amado ha bajado a su huerto” (Cant. 6,2). A mí me parece ver en estas palabras la culminación de todo el itinerario espiritual del libro. Al principio, la amada buscaba con inquietud al Amado por calles y plazas. Ahora parece ya no buscarlo. ¿Por qué? Porque finalmente ha descubierto dónde está. El Amado ha descendido al huerto de la amada, y ese huerto es su alma. La Ascensión tiene algo de esto. Cristo no desaparece en una lejanía inaccesible. Desciende al interior del hombre. El alma se convierte en el huerto de Dios.
Quizá por eso esta fiesta siempre me ha resultado especialmente cercana. Yo mismo hice mi primera comunión, a los siete años, un día de la Ascensión del Señor. Y conservo todavía un papelito doblado, escrito a máquina, donde me habían copiado un acto de esperanza que me tocó leer durante aquella misa. En aquel tiempo, las lecturas de la palabra de Dios no las hacíamos los niños, porque todavía se proclamaban en latín. Pero, precisamente por eso, se designó a tres de nosotros para tener una pequeña participación en la celebración: uno leyó un acto de fe, otro un acto de caridad y a mí me correspondió leer el acto de esperanza. Con el paso de los años he pensado muchas veces que aquella coincidencia abrigaba un simbolismo providencial. La fe parece estar unida especialmente a la Resurrección. La caridad encuentra su plenitud en Pentecostés. Y la esperanza tiene mucho que ver con la Ascensión.
Porque la Ascensión nos recuerda que nuestra vida no termina encerrada en este mundo visible y limitado. Cristo asciende llevando consigo nuestra pobre humanidad hasta el Padre, abriendo delante de nosotros un horizonte infinito y eterno. Y al mismo tiempo que nos atrae hacia el cielo, desciende profundamente a nuestras almas. Porque el verdadero cielo está donde habita Dios, y Dios vive, a partir de aquel día, en nuestras almas.