martes, 13 de enero de 2026

LO EXTRAORDINARIO DE LO ORDINARIO


    “Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: ‘¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’. Jesús lo increpó: ‘¡Cállate y sal de él!’. El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos: ‘¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen’” (Mc. 1,23-27).


    Hemos comenzado el tiempo ordinario, y conviene recordar que no se trata de un tiempo sin relieve ni de un período espiritual de menor intensidad. Es ordinario porque no se fija en un aspecto concreto del misterio de Cristo, sino que nos lo presenta en su conjunto, a partir de los episodios de su vida pública, de su presencia activa entre los hombres. Ya no contemplamos de modo particular la Encarnación, el Nacimiento o la vida oculta, sino la predicación de Jesús y su acción como Mesías. Es el tiempo de escucharle hablar y de verle actuar.


    Ese ministerio se despliega en palabras y en obras. Las palabras de Jesús tienen autoridad, no porque sean siempre imperativas -como lo fueron al dirigirse al diablo-, sino porque están llenas de sabiduría, de unción y de una fuerza interior que transforma. Son palabras que interpelan, que hacen al hombre mirarse por dentro, que despiertan en él el deseo de una vida mejor y le encienden en hambre y sed de Dios. Y sus obras son coherentes con esas palabras: obras de vida, de liberación, de sanación. Jesús no especula ni elabora teorías; no habla como los filósofos antiguos que tantean hipótesis. Habla con la seguridad de quien conoce perfectamente aquello de lo que habla, porque viene del Padre y da testimonio de lo que ha visto junto a Él.


    Por eso el mal lo reconoce inmediatamente. El espíritu inmundo sabe quién es Jesús, porque la luz desenmascara a las tinieblas. Y Jesús actúa con una autoridad que no destruye, sino que libera; no oprime, sino que devuelve al hombre -envidiado por el diablo- su verdad y su dignidad. Allí donde Él entra, incluso en lo más cotidiano y ordinario, la vida se abre paso.


    Señor Jesús, haz que escuche tu palabra con un corazón disponible y deja que tu autoridad salvadora libere en mí todo aquello que no me deja vivir según Dios. Amén.

lunes, 12 de enero de 2026

TODAVÍA UN VILLANCICO


    “Hay un lucero nuevo que alumbra la madrugada, y tiene brillo de corona de oro para un rey.

    El universo tiembla de ternura con la nana, que una doncella virgen tararea al Emmanuel. 

    No quiere más riqueza que vivir sin tener nada, no quiere más victoria que sufrir y padecer. Los ángeles se quedan como locos con las ganas

que tiene de morir para que yo pueda nacer. 


Cántale, María, qué lindo es. 

Déjamelo diez minutos conmigo, 

quiero tener en mis brazos al Rey.

Contigo, Madre, darle cariño,

mira cómo se emociona José. 

Déjamelo diez minutos conmigo,

hoy en Belén ha nacido un Bebé

y da la vida con sus latidos. 


    Hoy se han hecho divinos los caminos de la tierra, y todos me conducen en volandas a Belén. 

    Viva la Nochebuena más humana y más eterna. Viva mi Niño lindo, con María y con José. 

    Cuando la tierra llore, que ha perdido la esperanza, cuando la primavera tarde mucho en renacer, yo pediré refugio en el pesebre y haré guardia, lleno de amor y fe, junto a la mula y junto al buey. 


Cántale, María, qué lindo es.

Déjamelo diez minutos conmigo,

quiero tener en mis brazos al Rey. 

Contigo, Madre, darle cariño,

mira cómo se emociona José. 

Déjamelo diez minutos conmigo,

hoy en Belén ha nacido un Bebé

y da la vida con sus latidos de Rey. 


Yo le adoro y le beso también. 

Nochebuena en Belén, tiene aroma de flor del Edén.

Sus latidos de Rey. Yo le adoro y le beso también. Nochebuena en Belén,

tiene aroma de flor del Edén.


Cántale, María, qué lindo es.

Déjamelo diez minutos conmigo,

quiero tener en mis brazos al Rey.

Contigo, Madre, darle cariño,

mira cómo se emociona José. 

Déjamelo diez minutos conmigo,

hoy en Belén ha nacido un Bebé

y da la vida con sus latidos. 


Hoy en Belén ha nacido un Bebé

Y da la vida con sus latidos…

Y da la vida con sus latidos”. 


    Hemos dado comienzo al tiempo ordinario, pero yo me he quedado por dentro en un instante de Navidad. Mis hermanas Carmelitas de Osuna se despidieron de mí cantándome este villancico, y fue un broche sencillo y verdadero para una estancia breve que, sin embargo, me hizo muchísimo bien. Hay letras que pasan; y hay letras que se quedan porque nombran una necesidad del corazón. Esta lo hace: “Déjamelo diez minutos conmigo”. No pide grandes cosas. Pide un gesto: tener en brazos al Rey, al Niño Dios.


    Por eso, y porque me he hecho mayor casi sin darme cuenta, me viene a la memoria el anciano Simeón. Él también aguardaba. Él también estaba “en tiempo ordinario”, viviendo la paciencia de los largos días. Y cuando llegó el momento, tomó al Niño en sus brazos, recibido de manos de María. Entonces dio gracias a Dios y bendijo a la Virgen. No la bendijo imponiéndole las manos, sino acogiendo en sus propios brazos al Niño Jesús: como si el mismo acto de recibir al Hijo fuera ya una bendición para la Madre, y como si toda bendición auténtica naciera de dejar entrar a Cristo en la propia vida, sostenerlo, reconocerlo, agradecerlo.


    Esta insistencia en “diez minutos” me ayuda: pone a la fe una medida concreta. No se trata de “sentir” mucho, ni de decir mucho. Se trata de estar. De sostener al Señor en la oración humilde, de acercarse a Él con cariño limpio, de hacerle sitio sin complicarlo todo. Y en un mundo que a veces “llora” y pierde la esperanza, el villancico dice algo muy serio con palabras sencillas: refugiarse en el pesebre, hacer guardia junto a la vida del pequeño, permanecer fiel junto al misterio. Porque ese Niño “da la vida con sus latidos de Rey”, también cuando ya no es Navidad en el calendario.


    Señor Jesús, déjame tenerte conmigo. Enséñame a sostenerte en la oración con mi piedad sencilla, y a vivir el tiempo ordinario con la gratitud del anciano Simeón. Así sea.

domingo, 11 de enero de 2026

ANTESALA DEL CIELO


    He pasado los dos últimos días en el Monasterio de las Carmelitas de la Antigua Observancia de Osuna, en Sevilla. Osuna es un pueblo extraordinario: una concentración sorprendente de palacios y conventos, una colegiata imponente, una universidad que sigue viva, que imparte clases y concede títulos, todo ello en un lugar que no llega a los dieciocho mil habitantes. Pero más allá de su riqueza histórica y artística, lo verdaderamente decisivo para mí han sido estos días de convivencia, oración y palabra compartida.


    He dado varias charlas y meditaciones, tanto a la comunidad de hermanas carmelitas —diez en total— como a un pequeño y variado grupo de terciarios. La última meditación del sábado por la tarde fue con el Santísimo Sacramento expuesto. Después de un rato de adoración silenciosa, la oración se prolongó de una manera inesperada y profundamente conmovedora. De forma para mí imprevista, una joven novicia de tan solo veintidós años tomó una guitarra y comenzó a cantar. Es colombiana, como toda la comunidad, y llegó a este monasterio con apenas dieciocho.


    Lo que sucedió en esos minutos fue algo que me resulta muy difícil de explicar con palabras. La dulzura de la voz, limpia, pura, nítida; la unción con que era entonada cada frase; la cadencia lenta, repetitiva y orante del canto; la absoluta ausencia de todo deseo de agradar o de ser reconocida... Nadie iba a aplaudir, nadie iba a felicitar. Aquella joven no cantaba para nosotros, cantaba por Dios y para Dios. Y eso se notaba. Cuando alguien canta así, está orando, no interpretando.


    Confieso que me tocó muy profundamente. Me llegó al corazón de una manera que no sabría describir del todo. Sentí, con una claridad serena y sin ninguna angustia, que estaba como en la antesala del cielo. No era un deseo de morir por cansancio de la vida, ni por fatiga, ni por enfermedad. Era algo muy distinto: la certeza de que, si en aquel momento se me hubiera pedido dar el paso definitivo, habría sido un tránsito suave, casi natural, de la antesala al cielo mismo. Eso es lo que produce la belleza cuando se une al amor divino y a la delicadeza, y cuando todo está ungido por el Espíritu de Dios.


    La letra de la canción es breve, sencilla, y precisamente por eso tan densa:

“¡Sólo Dios! ¡sólo Dios!

En tus atrios, Señor, quiero estar.

Tú, mi tesoro y porción, mi delicia, Señor.

Mi fortaleza, mi vida, mi Dios y mi todo.

Alma mía, no busques nada más.

Para ti basta Dios, y sólo Dios”.


    No hay nada superfluo en estas palabras. Todo es esencial. “Sólo Dios”: no como consigna, sino como experiencia vivida. “Mi tesoro y porción”: lo que basta, lo que colma, lo que da sentido. “Mi fortaleza, mi vida, mi Dios y mi todo”: no un complemento más, sino el centro absoluto. Y esa exhortación tan teresiana y tan carmelitana: “Alma mía, no busques nada más”; no porque el mundo sea despreciable, sino porque cuando se ha encontrado el Todo, lo demás carece de importancia.


    Creo que no podré olvidar este momento. Al menos, no en mucho tiempo. Hay experiencias que no se borran porque tocan una fibra muy profunda del alma y la afinan para siempre. Esos minutos de canto y adoración quedaron grabados como un don gratuito, inmerecido, pero recibido con gratitud. Sólo Dios. Para ti, basta Dios. Y sólo Dios.

viernes, 9 de enero de 2026

¿SEGUIMOS EN NAZARET?

    “Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor’. Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’” (Lc. 4,16-21).


    Seguimos en Nazaret porque esta ciudad de Galilea acoge al principio la Palabra con admiración, pero pronto se escandaliza. La cercanía se vuelve obstáculo, lo conocido se transforma en rechazo, y el entusiasmo inicial deja paso a la violencia. Jesús no suaviza su mensaje ni busca componendas. Su actitud revela que el Reino no se negocia, no se presta a pactos ni a rebajas interesadas: se acoge en libertad y con respeto. Por eso invita a un desprendimiento que va más allá de los bienes materiales, un desprendimiento de las propias ideas, de los proyectos cerrados, de los afectos mundanos que impiden dejar actuar a Dios. No pide una pobreza interior entendida como frialdad, sino una libertad interior que permita a Dios ser Dios en nuestra vida.


    De ahí la necesidad del silencio y de la paz. No es la Palabra rechazada la que lleva al silencio, sino el silencio el que conduce a una escucha más honda y verdadera de la Palabra. El Espíritu Santo no se manifiesta en el ruido, ni en la agitación, ni en la turbación del ánimo. Su acción es suave, delicada, y exige un corazón recogido, pacificado, libre del ruido interior y, en lo posible, también del exterior. Solo en ese clima de silencio puede brotar una comprensión profunda de lo que Dios dice y de lo que Dios quiere hacer. Y todo esto se forja y se custodia en la oración, que es la tierra donde germinan el desprendimiento, la paz, la perseverancia y la gratitud. Sin oración no hay escucha verdadera, ni libertad interior, ni docilidad al Espíritu.


    Señor Jesús, Palabra eterna del Padre, enséñanos a vivir en el silencio y en la escucha; en la oración que purifica y en la libertad interior que no plantea condiciones para acoger tu Reino con respeto, fidelidad y amor. Así sea.


NAVIDAD INVISIBLE

 


    “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como Él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor” (1ªJn. 4,16-18).


    Seguimos todavía en el tiempo litúrgico de la Navidad, aunque para la mayoría de la gente la Navidad haya terminado ya. En muchas casas se han recogido los belenes, han desaparecido los adornos y los ayuntamientos han apagado las espléndidas iluminaciones de estos días. La liturgia, sin embargo, continúa conduciéndonos con discreción hacia el misterio celebrado, como si quisiera enseñarnos que lo esencial no depende del brillo exterior, sino de una luz más honda que debe permanecer cuando todo lo demás se apaga. Es en esta Navidad ya silenciosa donde resuena con especial fuerza la afirmación decisiva: Dios es amor.


    Este texto, que se proclama en la misa de hoy, nos sitúa en el centro mismo de la fe cristiana, no como una teoría sobre Dios, sino como una experiencia vivida: “hemos conocido y hemos creído”. Permanecer en Dios no es vivir bajo la amenaza del castigo ni bajo el peso del temor, sino habitar confiados en un amor que precede, sostiene y acompaña. Incluso el día del juicio queda iluminado desde dentro por la confianza filial. El temor nace cuando nos alejamos del amor o lo reducimos a una relación interesada; el amor verdadero, en cambio, sana, libera y expulsa el miedo, porque nos devuelve a la verdad más profunda de nuestra condición de hijos.


    Señor Jesús, enséñanos a permanecer en tu amor, a dejar que expulse nuestros temores y a vivir confiados, abandonados a la voluntad del Padre, sabiendo que en Ti no hay castigo, sino misericordia y vida. Amén. 

miércoles, 7 de enero de 2026

PAZ A ISRAEL

 


    “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt. 6,4-5).

    Ayer fue el día de la Epifanía y pasé el día descansando. Pero quiero todavía concluir la crónica de mi peregrinación con una última entrada que será un poco más larga de lo habitual. 

El día 5 comenzó con la misa celebrada en Ammán, en la iglesia de los frescos bíblicos, y culminó horas más tarde con el vuelo de regreso de Tel Aviv a Madrid. En el avión viajaba junto a mí mi hermana, y en el asiento contiguo, en la misma fila, iba un judío. Había bastantes judíos fácilmente identificables por su indumentaria. El que iba a mi lado no era un judío jasídico (ultraortodoxo); no llevaba los característicos tirabuzones, pero llevaba puesta la kipá, el pequeño solideo que cubre la cabeza de los varones judíos creyentes.


    En un momento dado, uno de los peregrinos que pasaba por el pasillo se dirigió a mí llamándome padre. Yo llevaba una prenda que me cubría el cuello y ocultaba la tirilla clerical, pero aquel gesto bastó para que mi vecino de asiento se diera cuenta de que era sacerdote. A partir de ahí se interesó por varias cuestiones, entre ellas el celibato. Le expliqué que los sacerdotes católicos lo vivíamos como una consagración completa a Dios, pero aquello le resultó difícil de comprender. Insistía en que el mandato de Dios era crecer y multiplicarse, y dar la vida, puesto que la vida la recibimos para darla. Yo le respondí que la vida puede darse de muchas maneras, no únicamente engendrando hijos.


    La conversación fue avanzando hacia la Escritura. Me preguntó por mis creencias y le dije, con total verdad, que en ese mismo momento estaba rezando Salmos en el teléfono móvil. Le cité de memoria algunos versículos que hablan de Israel y de Jerusalén, lo cual aumentó todavía más su asombro. Le expliqué que las Escrituras sagradas de Israel son también las nuestras. Me preguntó si todas. Y le respondí que sí, aclarándole que los cristianos tenemos además otros libros posteriores, escritos por los apóstoles y por Pablo, que hacen referencia a Jesús.


    Me preguntó entonces si creíamos en un solo Dios. Le dije que sí, y le recité de memoria el Shema Israel, asegurándole que esa era también mi fe. Me preguntó por Jesús, y le dije que para nosotros es el Mesías prometido a su pueblo. Respondió con un gesto evidente de escepticismo. Me preguntó quién guiaba nuestra lectura de la Escritura, cuáles eran nuestras interpretaciones. Le dije que no el Talmud, sino la tradición de la Iglesia y sus autores. Hizo un gesto de desdén y repitió: “No lo entiendo, no lo entiendo”.


    No quedó convertido, evidentemente, pero creo sinceramente que se sintió sorprendido, incluso interpelado, por la importancia que yo daba a la Escritura de Israel. Me preguntó si era la primera vez que venía a Israel. Le dije que no, que era la sexta. Se asombró todavía más y me preguntó por qué. Le respondí que para mí Jerusalén es la Ciudad Santa y que, como dice el apóstol san Juan (Jn. 4,22), "la salvación viene de los judíos". Tal vez no cambió sus convicciones, pero creo que al menos se llevó una imagen distinta del cristianismo y de los cristianos. Un pequeño testimonio humilde y sin estridencias en el espacio reducido de un avión.


    Traigo a la memoria este encuentro al pensar también en nuestra peregrinación. No todo fue siempre luminoso. Hubo momentos de tensión y algunas desavenencias que no reflejaron con claridad la enseñanza de Jesús: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros” (Jn. 13,35). Pero el Espíritu Santo cubre la multitud de nuestros pecados y, desde dentro, no nos arrastra, pero sí nos impulsa a hacer el bien, a convertirnos de nuestro mal. Que el Dios de Israel, que es el Dios de Jesucristo, el Dios del Evangelio, nos conduzca siempre por senderos de paz. Shalom, paz a Israel.


    Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, Dios fiel y verdadero,

purifica nuestro corazón, enséñanos a amar como Tú amas, haznos humildes testigos de tu Palabra y guíanos, entre luces y sombras, por caminos de paz y de unión. Amén.



lunes, 5 de enero de 2026

PARTIR A NUESTRA GALILEA


     “Jesús determinó salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: ‘Sígueme’. Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice: ‘Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret’. Natanael le replicó: ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’. Felipe le contestó: ‘Ven y verás’” (Jn. 1,43-46).


    Antes de ayer salimos de Mádaba para pernoctar en Ammán, en la obra de Nuestra Señora de la Paz. Allí, ayer por la mañana, celebramos la Eucaristía en una capilla verdaderamente hermosa, recogida, llena de frescos pintados por religiosas de Tel Aviv, que constituyen una catequesis bíblica muy profunda. Todo invita a detenerse, a mirar despacio, a dejarse enseñar por las imágenes. Y en ese marco exterior tan sereno, el Evangelio sorprendió nuestros ánimos excitados de una manera muy especial. Jesús decide abandonar el Jordán y ponerse en camino hacia Galilea. Exactamente lo mismo que nosotros estábamos a punto de hacer: dejar atrás los lugares cercanos al río y el Mar Muerto, y emprender el camino de regreso hacia el aeropuerto en Galilea, para volver a casa. 


    Pero el detalle decisivo del Evangelio es que Jesús no quiere ir solo. Llama a Felipe, y a través de Felipe, alcanza a Natanael. El camino se hace acompañado. El Señor avanza creando comunión, tejiendo vínculos, invitando a otros a compartir su paso. Y eso nos llena de una esperanza muy honda: la peregrinación toca a su fin, pero no regresamos solos. Volvemos acompañando a Jesús y dejándonos acompañar por Él. La experiencia vivida en los lugares santos no se termina; lejos de cerrarse, se abre ahora a la vida cotidiana, que se convierte en el nuevo espacio del seguimiento.


    La escena de Natanael añade una nota muy humana y muy verdadera. Hay prevención, hay escepticismo: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”. Y la respuesta de Felipe no es una lección ni un razonamiento, sino una invitación sencilla: “Ven y verás”. Así es como se transmite la fe, invitando al encuentro personal con el Señor. Y aquí cobra especial relieve la segunda lectura de hoy, tomada de la primera carta del apóstol san Juan (1 Jn. 3,11-21): buscar a Jesús no es solo recordarlo ni hablar de Él, sino reconocerlo y encontrarlo en el amor concreto al hermano. El regreso de la peregrinación nos sitúa precisamente ahí: en el amor vivido, en los gestos sencillos, en la caridad diaria. Allí, en ese terreno humilde, el Señor sigue saliendo a nuestro encuentro.


    Señor Jesús, al partir hacia nuestra Galilea cotidiana, concédenos volver contigo y no solos, reconocer tu paso en el amor sencillo al hermano y vivir cada día como un verdadero camino de seguimiento. Amén.