viernes, 30 de enero de 2026

NOCHE Y DÍA


    “Jesús decía al gentío: el reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega” (Mc. 4,26-29).


    Hay un ritmo escrito en nuestro ser, en nuestro cuerpo y en nuestra alma: trabajo y descanso, día y noche, acción y pausa. Reconocerlo no es una debilidad; es aceptar humildemente el designio del Creador sobre nosotros. Estos días de temporal nos han obligado a muchos a quedarnos en casa, sin la presión de cumplir horarios ni de estar siempre produciendo. Y no ha sido tiempo perdido. El reposo verdadero abre espacio para la lectura, la oración, el silencio, para pensar despacio y dejar que las cosas se decanten. Dormir la noche y levantarse por la mañana no detiene la vida; la acompaña.


    En el Evangelio de san Juan, Jesús dice con claridad: “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Jn. 5,17). Dios no sigue nuestros turnos de actividad y reposo. Él vela siempre, actúa siempre. Pero nosotros no somos Dios, y no debemos confundirnos. Las cosas más importantes de nuestra vida no crecen a fuerza de prisas, ni de consignas, ni de esfuerzos visibles. Van germinando casi sin que nos demos cuenta: la madurez humana, la sabiduría que regala la experiencia, una comprensión más honda de Dios y de sus misterios, y sobre todo el crecimiento de las virtudes. No las vemos crecer, y es mejor así, para no caer en soberbia. Como la semilla, crecen en el interior del surco de nuestra vida cotidiana; la tierra buena (Dios) las hace crecer, mientras nosotros aprendemos a esperar y a valorar la paciencia.


    Señor Jesús, enséñame a trabajar con fidelidad y a descansar sin miedo. Ayúdame a confiar en lo que Tú haces en mí cuando no veo nada, a respetar los tiempos interiores y a esperar sin angustia, sabiendo que tu obra crece en silencio, a tu ritmo y no al mío. Amén.

jueves, 29 de enero de 2026

GUIADOS POR SU LUZ


    “Jesús dijo al gentío: ‘¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero? No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga’. Les dijo también: ‘Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene’” (Mc. 4,21-25).


    Jesús, en el Evangelio de hoy, reúne aquí dos enseñanzas que, en el fondo, están profundamente unidas. Por una parte, nos recuerda que la fe no es un tesoro para esconder, sino una luz destinada a iluminar. Nadie enciende una lámpara para ocultarla, porque la luz solo cumple su misión cuando se deja ver. La fe que hemos recibido no nos pertenece en exclusiva: se nos ha confiado para ser compartida, transmitida. Y eso exige dos actitudes fundamentales. Generosidad, para aceptar el desgaste silencioso de la entrega diaria, el cansancio de dar sin reservas, la paciencia de sembrar sin ver enseguida los frutos. Y valentía, porque la luz a veces incomoda, despierta resistencias y provoca oposición; quien pone la lámpara en el candelero sabe que no siempre será comprendido ni aceptado.


    Por eso nos invita a revisar el criterio con el que miramos, tratamos y juzgamos a quienes nos rodean. En definitiva, se trata de una llamada a vivir la misericordia entrañable. Nos conviene pedir un corazón bueno, comprensivo y compasivo, dispuesto siempre a disculpar antes que a condenar, a entender antes que a sentenciar. Porque ese mismo criterio será el que un día se aplicará sobre nuestra propia vida. Las palabras de Jesús son firmes y seguras: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc. 13,31). En ellas encontramos luz para el camino y una verdad en la que podemos apoyarnos sin miedo. Vivir de esa Palabra, dejarla brillar y permitir que modele nuestro corazón es la forma más auténtica de caminar en la luz y prepararnos para el Reino.


    Señor Jesús, enciende en nosotros la luz de tu Evangelio y danos la generosidad y la valentía necesarias para no esconderla. Danos un corazón misericordioso, semejante al tuyo, para que sepamos medir y juzgar a los demás con amor y caminar confiados a la luz de tu Palabra. Amén.

miércoles, 28 de enero de 2026

TEÓLOGO Y ADORADOR

“En la noche de la Última Cena,

sentado a la mesa con sus hermanos,

cumplida plenamente la ley

en la cena prescrita,

como alimento a los doce

se da a sí mismo con sus propias manos.


El Verbo hecho carne

convierte con su palabra el pan verdadero en su Carne,

y el vino se hace Sangre de Cristo;

y aunque los sentidos desfallezcan,

para asegurar el corazón sincero

basta sólo la fe.


Tan gran Sacramento, pues,

veneremos postrados;

y el antiguo rito

ceda al nuevo;

que la fe supla

la insuficiencia de los sentidos.


Al Padre y al Hijo

alabanza y júbilo,

salud, honor, poder

y bendición;

y al Espíritu que procede de ambos,

igual gloria y alabanza. Amén.”

(Santo Tomás de Aquino, del himno latino Pange lingua).


    Santo Tomás de Aquino (1225-1274), cuya fiesta litúrgica hoy celebramos, fue uno de los grandes teólogos de la Edad Media, un buscador incansable de la verdad, un hombre de inteligencia luminosa y de profunda vida interior. Su obra más conocida, la Suma Teológica, es un inmenso compendio del saber teológico cristiano, donde la razón y la fe dialogan con un extraordinario equilibrio. Pero Tomás no fue solo un pensador brillante: fue, ante todo, un cristiano fervoroso que pensó y escribió de rodillas, un contemplativo que supo expresar con palabras humanas los misterios más profundos de Dios.


    Este conocido himno eucarístico compuesto por él, el Pange lingua, revela quizá mejor que ningún tratado el corazón de santo Tomás. En él se expresa que Jesús no sólo enseña y explica, sino que se entrega. En la Última Cena se da a sí mismo como alimento, anticipando sacramentalmente el don total que realizará en la Cruz. El mismo Verbo por quien todo fue hecho se hace Pan partido y Sangre derramada, para permanecer con los suyos y sostener así su caminar.


    Santo Tomás sabe que ante este Misterio los sentidos se quedan cortos. No vemos, no tocamos, no comprendemos cómo. Por eso invita a la fe humilde y confiada, a la adoración postrada, al silencio que reconoce que Dios es siempre mayor. El antiguo rito cede su lugar al nuevo, no porque lo anterior haya sido inútil, sino porque todo encuentra ahora su plenitud en la entrega de Cristo. La Eucaristía es el lugar donde la inteligencia se aquieta y el corazón se ensancha, donde la fe suple lo que los ojos no alcanzan a ver, y el alma aprende a vivir de lo invisible.


    Señor Jesús, Pan vivo bajado del cielo, enséñanos a creer cuando no vemos, a adorar cuando no entendemos, y a dejarnos transformar por tu presencia humilde y real en el Sacramento de tu amor. Así sea. 


martes, 27 de enero de 2026

UNA FAMILIA QUE SE AMPLÍA

    “Llegaron la Madre de Jesús y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice: ‘Mira, tu Madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan’. Él les pregunta: ‘¿Quiénes son mi Madre y mis hermanos?’. Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: ‘Estos son mi Madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi Madre’” (Mc. 3,31-35).


    Llegan la Madre y los hermanos de Jesús. No entran. Se quedan fuera. Lo mandan llamar. El gesto es sobrio, casi silencioso, y sin embargo está cargado de humanidad: buscan a Jesús, quieren verlo, se preocupan por Él. Y es entonces cuando Jesús pronuncia unas palabras que, leídas superficialmente, podrían parecer una toma de distancia, pero que en realidad esconden un elogio profundo, delicado y luminoso.


    Jesús no rebaja a su Madre. Al contrario: la sitúa en el lugar más alto posible. Cuando afirma que es madre suya quien hace la voluntad de Dios, está describiendo a María sin nombrarla. Ella es la oyente perfecta de la Palabra, la mujer que la acogió primero en el corazón y después en el seno, la que no solo escuchó, sino que guardó, meditó y cumplió. Nadie como Ella ha vivido tan hondamente esa obediencia confiada que nace del amor.


    Mirando a los que están sentados a su alrededor, Jesús busca ensanchar los lazos naturales: abre su familia, rompe los límites de la sangre para introducirnos en el misterio de la comunión con Él. Pero al hacerlo, no desplaza a su Madre: la coloca en el centro. Ella es la primera de esa nueva familia, la primera discípula, la que inauguró ese modo nuevo de pertenecer a Dios que no se apoya en títulos ni en privilegios, sino en la docilidad absoluta al querer del Padre.


    Con frecuencia nos sucede a nosotros que, quedándonos fuera, queremos que el Señor salga a nuestro encuentro. Pero Jesús nos invita más bien a entrar: a aceptar el reto de formar una familia más amplia que tiene su modelo en la humildad y las obras de la Santísima Virgen, y encuentra en Ella su corazón más puro y fiel.


    Santa María, Madre de Jesús y Madre nuestra, enséñanos a escuchar la Palabra de Dios con un corazón dócil y sencillo. Tú que no te quedaste fuera, sino que viviste siempre dentro de la voluntad del Padre, ayúdanos a entrar en la casa de tu Hijo y a sentarnos humildemente a su alrededor. Tú que acogiste la Palabra sin reservas y la cumpliste con toda perfección, sostén nuestro deseo de creer, de confiar y de entregarnos, para pertenecer de verdad a la familia de Jesús. Amén.

lunes, 26 de enero de 2026

LAS LÁGRIMAS DE TIMOTEO


    “A Timoteo, hijo querido: gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro. Doy gracias a Dios, a quien sirvo, como mis antepasados, con conciencia limpia, porque te tengo siempre presente en mis oraciones noche y día. Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría. Evoco el recuerdo de tu fe sincera, la que arraigó primero en tu abuela Loide y en tu madre Eunice, y estoy seguro de que también en ti. Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos” (2 Tim. 1,2-6).


    Hoy la Iglesia celebra la memoria del discípulo predilecto del apóstol san Pablo: Timoteo. Aquel adolescente, encontrado en Listra, al que Pablo asoció a su misión y quiso casi como a un hijo, llevándolo consigo como compañero y colaborador en muchos de sus viajes apostólicos. Confió en él tareas delicadas, comunidades difíciles, responsabilidades que quizá superaban sus fuerzas. Y en esta carta aparece un detalle que llama poderosamente la atención y revela una profunda humanidad: Pablo recuerda las lágrimas de Timoteo. ¿De qué tipo de lágrimas se trataba?


    Hemos de reconocer que no lo sabemos con certeza y que son susceptibles de más de una explicación, ya que el corazón del discípulo es un lugar ancho donde caben muchas causas. Pueden ser lágrimas de cansancio y de desánimo, cuando la misión parece desbordar las fuerzas; lágrimas de soledad, cuando el padre espiritual está lejos y el camino se vuelve arduo; lágrimas de ternura, de afecto limpio, de amor agradecido por quien nos engendró en la fe. También pueden ser lágrimas de consolación profunda, de devoción silenciosa, de sentirse sostenido por Dios en medio de la fragilidad. Pablo las recuerda con cariño, las acoge como una ofrenda, como un verdadero lenguaje del alma.


    Timoteo aparece aquí muy joven, expuesto pero valiente, capaz de dejar atrás seguridades, vínculos y afectos para apostar su vida por Cristo. Su fe no nace de la nada: tiene buenas raíces, firme memoria, un hogar creyente que lo sostuvo cuando él aún no podía sostenerse solo. Su madre y su abuela han jugado un papel fundamental. Y, sin embargo, llega un momento en que esa fe heredada debe avivarse como don personal, como fuego recibido que pide cuidado. La imposición de las manos no lo exime de la lucha; lo compromete. Por eso la exhortación no es a hacer más, sino a reavivar lo que ya está dentro de él; a no dejar que la llama se apague bajo el peso del cansancio o del miedo.


    Esta palabra, proclamada en la Iglesia, puede resonar como una carta personal de Dios. En ella el Señor tiene presente nuestra vocación con ternura, reconoce las lágrimas sin reproche y vuelve a confiarnos la misión. No pide héroes invulnerables, sino hijos queridos que, aun temblando, mantengan viva la gracia recibida. Al decir como respuesta “Palabra de Dios”, algo de esto sucede: Dios vuelve a hablarnos hoy mismo, y su voz alcanza el lugar más íntimo donde su llamada sigue viva, avivando nuestro fuego interior.


    Señor Jesús, Tú conoces nuestras lágrimas y sabemos que conmueven tu Corazón; reaviva en nosotros el don que un día nos hiciste, y danos la gracia de la fidelidad cuando la misión nos supere. Así sea.

domingo, 25 de enero de 2026

EL EVANGELIO DESDE UNA VIDA (elogio fúnebre y recuerdo sentimental)


    “Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: ‘Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló’. Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: ‘Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos’” (Mt. 4,12-17).


    Ayer por la tarde celebré la misa dominical por el eterno descanso de mi tía Pepita, fallecida aproximadamente hace unos dos meses (como ya reflejé en este canal). Utilicé las lecturas propias de hoy domingo en la misma iglesia donde fue bautizada y donde se casó. Estaban presentes cinco de sus siete hijos, su viudo, tres de sus hermanos vivos, algunos de sus cuñados y un buen grupo de primos hermanos míos. Yo soy el mayor de ellos y, como tal, fui su primer sobrino, el que la convirtió en tía cuando ella solo tenía nueve años. Quizá se mostró orgullosa de ser tía entre las compañeras de su colegio y por eso, durante toda su vida, siempre me llamó “sobrino”, incluso cuando ya tenía muchos más. No era una pura costumbre. Era llamarme, más que por un nombre, por un vínculo. Eso era lo real e importante para ella: la relación, más que la denominación.


    Yo tenía ocho años cuando asesinaron a John Kennedy en Dallas. No recuerdo si fue aquel mismo viernes en que ocurrió o, como acostumbrábamos, el domingo siguiente, cuando fuimos a casa de mis abuelos. Ella era entonces una adolescente de diecisiete, aunque yo la veía como perteneciente al mundo de los adultos. Sin embargo, mientras todos hablaban de la muerte de Kennedy, la recuerdo sentada, comiendo pipas concienzudamente, con toda su atención puesta en ese gesto sencillo, concentrada como si aquello fuera lo verdaderamente importante. No era la muerte lo que le interesaba. Era la vida, y el cuidado de la vida, lo que siempre llamó su atención.


    Cierro los ojos y la veo con sus trenzas rubias, su rostro pecoso, niña dorada siempre con un pequeño mohín o rictus de ironía que curvaba sus labios, rebelde con causa. Fue la única de mis tías a la que vi vestir pantalones vaqueros en el campo, cuando todavía no era habitual entre las chicas. Otras veces la veo con un veraniego vestido blanco y un sombrero de paja. Pero siempre igual: luminosa. Era una chica con ideas propias, la menor de ocho hermanos. Por eso tuvo que luchar para ocupar un sitio. Para ser tenida en cuenta en su familia. Por eso, en ocasiones, su rebeldía crispaba a sus hermanos mayores y a los adultos en general.


    Hoy, al escuchar de nuevo la profecía de Isaías, “el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”, no puedo leer estas palabras de una manera abstracta. Las leo desde su vida concreta: la de aquella muchacha sincera e independiente que comía pipas tranquilamente mientras el mundo se preocupaba por la muerte de un líder famoso. Las leo desde el recuerdo de aquella niña orgullosa de ser tía a los nueve años. Desde aquella mujer que nunca dejó de llamarme sobrino. Hoy no decimos solo que una luz la iluminaba, ni que ella era una pequeña luz para muchos de nosotros. Decimos algo más hondo. Esperamos y rezamos para que ahora esté totalmente envuelta en la Luz. Una Luz que no es un puro fenómeno físico (ella fue una brillante licenciada en Ciencias Físicas), sino Alguien. Una Persona. Aquel que dijo un día: “Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no camina en las tinieblas” (Jn. 8,12).


    Señor Jesús, Luz verdadera que brillas en medio de nuestras sombras:

enséñanos a vivir atentos a la vida y condúcenos, cuando llegue la hora,

a la plenitud de tu Luz.

    Concédenos ser inconformistas frente a lo rutinario, frente a lo estúpido, frente al sinsentido y frente a la muerte, pero decididamente partidarios de tu Evangelio. Amén.

sábado, 24 de enero de 2026

QUEREMOS SER BUENOS


“¡Qué deseos el alma

tenía de ser buena;

y cómo se llenaba de ternura

cuando Dios le decía que lo era!”

(José María Gabriel y Galán, del poema El Ama).


    Un buen amigo me regaló recientemente un libro titulado Cien frases en el equipaje, escrito por él mismo. En él recoge cien frases que le han impactado y que le acompañan como un pequeño tesoro interior que quiere legar a sus hijos y nietos. Una de esas frases es precisamente esta estrofa de José María Gabriel y Galán (1870-1905). Fue un poeta de grandes convicciones cristianas, profundamente enraizado en la tradición y en el mundo rural. Ganó la Flor Natural de los Juegos Florales de Salamanca precisamente con el poema El Ama, del cual están tomados estos versos. A mis padres les gustaban mucho sus poesías y tenían la cuidada edición de sus obras completas de la editorial Aguilar. Yo, por ello, leí este autor siendo todavía niño y después mucho más de adolescente. Y sigo guardando hoy aquel volumen con mucho aprecio en mi biblioteca personal.


    Esta estrofa no habla de logros ni de perfecciones alcanzadas, sino de deseos. De los deseos más hondos del alma. Quizá nuestras vidas estén cargadas de incoherencias, de pecados, de fragilidades repetidas, pero en lo más profundo suele permanecer un anhelo sencillo y persistente: el deseo de ser buenos. No necesariamente de parecerlo, ni de demostrarlo, sino de serlo de verdad. Yo, al menos, lo reconozco así en mí desde muy pequeño. No siempre he sabido cómo vivir ese deseo ni he sido fiel a él. Pero estaba ahí, silencioso y tenaz, como una llamada interior que no se apaga del todo, incluso cuando la vida se empieza a complicar.


    Y llega un momento —cuando la fe, ese don, va madurando y el corazón se deja educar— en que uno empieza a escuchar algo decisivo: no solo la exigencia de cambiar o de convertirse, sino la voz de Dios que, hablándonos al corazón, nos dice que somos buenos para Él. No porque lo merezcamos, sino porque somos sus hijos. Como un padre que mira a sus hijos y los considera buenos, los mejores, simplemente porque son suyos, así es también Dios. El apóstol san Juan lo expresa con una claridad que conmueve: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos; sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn. 3,1-2). Comprender esto así llena el alma de una ternura profunda, la ternura del hijo que se sabe mirado, aceptado, acogido y amado sin condiciones.


    Padre bueno, Tú conoces nuestros deseos más hondos, incluso cuando nuestra vida no los refleja del todo. Haznos vivir desde la ternura de sabernos hijos, desde la certeza de que nos miras con amor. Y que ese amor, acogido humildemente, vaya transformando poco a poco nuestro corazón. Amén.

viernes, 23 de enero de 2026

UN ICONO EN LA MALETA (2ª parte)


    Termino con la reflexión que inicié ayer, y lo hago -como en todo banquete, también espiritual- con lo más dulce. 

    En el icono de la izquierda, el centro ya no es el Maestro que enseña, sino la Madre que ofrece. María no habla. No señala. No bendice. Sus manos ni siquiera son visibles. Todo en Ella es silencio y presencia. No explica el misterio: lo sostiene.


    Sobre su “maforion” brillan tres estrellas: una en la frente y otras sobre los hombros. La tradición de la Iglesia ha visto siempre en ellas la confesión de su virginidad antes del parto, en el parto y después del parto. No como un dato biológico aislado, sino como un signo teológico profundo: María es espacio íntegro para Dios, lugar abierto y disponible donde la salvación puede entrar en el mundo sin resistencia.


    El Niño Jesús, en cambio, sí bendice. Y aquí el gesto no es idéntico al del Cristo adulto. Los dedos índice y corazón aparecen juntos, proclamando también su doble naturaleza. Pero el resto de la mano no se cierra de la misma manera: el pulgar toca el anular y el meñique queda suelto. Esta diferencia no es un defecto ni una imprecisión. Es una promesa. En mi lectura personal veo en ese gesto una teología aún no desplegada, pero ya presente. El pulgar, dedo del poder, alude al Padre; el anular, dedo del anillo, remite al Hijo que será Esposo de la Iglesia; el meñique, todavía suelto, sugiere al Espíritu Santo que “sopla donde quiere” y que aún no se ha derramado plenamente en la historia. No porque el Espíritu no esté ya en el Niño, sino porque todavía no ha llegado la hora de su donación.

    Y, de nuevo, bajo esa mano aparece Pentecostés. En el icono de Cristo, el Espíritu era don pascual. En el icono mariano, el Espíritu es promesa contenida, latente, aguardando el tiempo de Dios.


    Las dieciséis escenas que rodean a ambos iconos hemos visto que son las mismas. No cambian los acontecimientos; cambia el punto de vista. Cuando el centro es Cristo, la historia se lee como revelación y cumplimiento. Cuando el centro es María, la historia se lee como acogida y disponibilidad.

    Por eso este doble icono no se explica del todo con palabras. Se contempla. Se admira. Se recorre con la mirada, pasando de un centro al otro y dejando que la misma historia resuene de dos maneras distintas.


Gracias, Señor, por los iconos que la Iglesia nos ha regalado como ventanas abiertas al Misterio, como ayudas silenciosas para la oración, y como caminos sencillos hacia Ti.


Gracias por estas imágenes santas que no sustituyen la fe, pero la sostienen; que no explican el Misterio, pero lo hacen habitable.


Que, al mirarlas, aprendamos a mirar mejor, acoger con más hondura, y a dejarnos transformar por tu presencia discreta y fiel. Amén.