martes, 19 de mayo de 2026

EL ESPÍRITU Y LA PALABRA

 


    Muchas veces y de muchos modos habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo” (Hb. 1,1-2).


    Nos acercamos ya a la gran solemnidad de Pentecostés. Estamos viviendo los últimos días de preparación para la venida del Espíritu Santo. Y quizá una de las realidades más profundas que deberíamos redescubrir en este tiempo es precisamente la relación íntima que existe entre el Espíritu Santo y la Sagrada Escritura. Porque la Biblia no es simplemente un libro antiguo, ni solo una recopilación de experiencias religiosas del pueblo de Israel o de la Iglesia primitiva. La Palabra de Dios está atravesada por el soplo del Espíritu. Él es quien la inspira, quien la ilumina, quien la hace comprender y quien sigue hablando hoy al corazón del creyente.


    La Carta a los Hebreos nos recuerda que Dios ha hablado “muchas veces y de muchos modos”. Toda la historia de la salvación está llena de esa voz divina que va llegando cada vez con más claridad al hombre. Dios habla en los profetas, en los acontecimientos cotidianos, en la Ley, en los Salmos, en la historia concreta de un pueblo pequeño y frágil... Pero todas esas palabras eran preparación de una Palabra definitiva: Jesucristo. Él no solamente trae un mensaje de Dios; Él mismo es el Verbo eterno del Padre hecho carne. Y el Espíritu Santo, que inspiró las Escrituras, es también quien nos conduce hacia Cristo y nos hace descubrir su presencia escondida en ellas.


    Sin el Espíritu Santo no tendríamos nada, ni siquiera a Cristo. Fue el Espíritu quien descendió sobre María en Nazaret para que el Verbo se hiciera carne. Fue el Espíritu quien condujo a Jesús al desierto, quien llenó sus palabras de autoridad, quien sostuvo su entrega en la Cruz y quien resucitó su humanidad gloriosa. Y es también el Espíritu quien hoy nos permite reconocer a Cristo vivo en la Escritura, en la Iglesia y en los sacramentos. Sin Él, el Evangelio podría quedar reducido a letra, recuerdo o doctrina; con Él, se convierte en vida, fuego y presencia.


    Por eso la Biblia no se comprende plenamente solo con inteligencia humana. Puede estudiarse como literatura, como historia o como documento antiguo, pero existe una profundidad espiritual que solamente el Espíritu Santo puede abrir. Hay frases del Evangelio que hemos leído decenas de veces y que un día parecen iluminarse por dentro. Entonces comprendemos que Dios sigue hablando ahora. La Escritura deja de ser algo lejano y comienza a alumbrar nuestra propia vida, sanar nuestras heridas, responder a nuestras dudas, colmar nuestras esperanzas y guiar nuestros caminos interiores.


    Los santos han experimentado esto continuamente. Leían la Palabra de Dios no como quien consulta un libro, sino como quien escucha una voz viva. Y así, poco a poco, toda la existencia se iba transformando. También nosotros estamos llamados a entrar en esa escucha profunda. Pentecostés no es solamente el recuerdo de algo sucedido hace veinte siglos. Es pedir que el mismo Espíritu que inspiró las Escrituras venga también hoy sobre nosotros para abrir nuestros ojos, hacer arder nuestro corazón y enseñarnos a escuchar la voz de Dios escondida en medio del mundo y de nuestra propia historia.


    Espíritu Santo, Tú que inspiraste las Escrituras y hablaste por los profetas, abre también nuestro corazón para comprender la Palabra de Dios desde dentro. Haz que no leamos nunca el Evangelio con frialdad o rutina, sino con hambre, silencio y amor. Amén.


domingo, 17 de mayo de 2026

LA ASCENSIÓN Y EL CIELO INTERIOR

 

    “Cuando miraban fijos al cielo mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: ‘Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús, que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo’” (Hch. 1,10-11).


    Ayer tuve la alegría de darle la primera comunión a un sobrino nieto mío en Huelva. El techo de la parroquia estaba pintado de un azul cielo y tachonado de estrellas doradas. Mirarlo era casi como contemplar el firmamento estrellado. Y mientras yo celebraba aquella misa, pensaba precisamente en esto: la búsqueda de Dios no consiste en quedarse mirando hacia arriba ni en escudriñar la lejanía. La Ascensión no significa que Cristo se haya alejado de nosotros. Al contrario. El Señor glorificado se nos acerca de una manera nueva, misteriosa e increíblemente íntima. Ya no camina solamente a nuestro lado: habita dentro de nosotros.


    En uno de los últimos poemas del Cantar de los Cantares aparece una frase bellísima: “Mi Amado ha bajado a su huerto” (Cant. 6,2). A mí me parece ver en estas palabras la culminación de todo el itinerario espiritual del libro. Al principio, la amada buscaba con inquietud al Amado por calles y plazas. Ahora parece ya no buscarlo. ¿Por qué? Porque finalmente ha descubierto dónde está. El Amado ha descendido al huerto de la amada, y ese huerto es su alma. La Ascensión tiene algo de esto. Cristo no desaparece en una lejanía inaccesible. Desciende al interior del hombre. El alma se convierte en el huerto de Dios.


    Quizá por eso esta fiesta siempre me ha resultado especialmente cercana. Yo mismo hice mi primera comunión, a los siete años, un día de la Ascensión del Señor. Y conservo todavía un papelito doblado, escrito a máquina, donde me habían copiado un acto de esperanza que me tocó leer durante aquella misa. En aquel tiempo, las lecturas de la palabra de Dios no las hacíamos los niños, porque todavía se proclamaban en latín. Pero, precisamente por eso, se designó a tres de nosotros para tener una pequeña participación en la celebración: uno leyó un acto de fe, otro un acto de caridad y a mí me correspondió leer el acto de esperanza. Con el paso de los años he pensado muchas veces que aquella coincidencia abrigaba un simbolismo providencial. La fe parece estar unida especialmente a la Resurrección. La caridad encuentra su plenitud en Pentecostés. Y la esperanza tiene mucho que ver con la Ascensión.


    Porque la Ascensión nos recuerda que nuestra vida no termina encerrada en este mundo visible y limitado. Cristo asciende llevando consigo nuestra pobre humanidad hasta el Padre, abriendo delante de nosotros un horizonte infinito y eterno. Y al mismo tiempo que nos atrae hacia el cielo, desciende profundamente a nuestras almas. Porque el verdadero cielo está donde habita Dios, y Dios vive, a partir de aquel día, en nuestras almas.


viernes, 15 de mayo de 2026

UNA VIDA SENCILLA


    Hoy, 15 de mayo, la Iglesia celebra a San Isidro Labrador, patrono de los hombres del campo y de muchos pueblos y ciudades de nuestra patria. Nacido probablemente en Madrid hacia el año 1080, vivió una existencia humilde, sencilla y trabajadora. Fue labrador, esposo de Santa María de la Cabeza (María Toribia), y padre de San Illán. Su vida no estuvo marcada por grandes empresas humanas, sino por algo más hondo: oración, trabajo, fidelidad, paciencia y caridad.


    San Isidro trabajó las tierras de Iván de Vargas, en los alrededores de Madrid, y la tradición lo recuerda como un hombre que comenzaba su jornada con la misa y la oración, para después entregarse al trabajo del campo. De él se cuenta el milagro de los ángeles que araban mientras él escuchaba misa. Más allá del detalle legendario, la enseñanza es preciosa: cuando un hombre pone a Dios en el centro, su trabajo no queda abandonado, sino bendecido.


    En España, los hombres y mujeres del campo viven hoy grandes dificultades. Trabajan mucho y ganan muy poco. Dependen de la lluvia, del sol, de las plagas, las heladas… de los precios, de los intermediarios, de unas ayudas que a veces no llegan o no bastan, y de una sociedad que necesita sus frutos pero no siempre reconoce su esfuerzo. Como cada vez son menos, también cuentan menos para quienes se fijan sobre todo en el número de votos. Y, sin embargo, sin ellos nos faltaría el pan y el vino, el aceite, la fruta, la verdura, la leche, la carne… la alimentación sana que sostiene cada día nuestra vida terrenal. 


    La vida del campo nos recuerda algo que estamos perdiendo: el contacto directo con la realidad. Ver crecer una planta, mirar al cielo y esperar la lluvia, conocer la tierra, contemplar con asombro la aparición de la flor, aguardar con ilusión la maduración del fruto, saber que no todo depende de nuestras prisas ni de nuestras máquinas. El campo enseña humildad, paciencia y esperanza. Enseña que hay que sembrar antes de recoger, cuidar antes de disfrutar, esperar antes de poseer. Por eso Jesús habló de semillas, viñas, mieses, higueras, trigo, cizaña, pastores y rebaños. El Evangelio tiene olor a tierra, a camino, a pan, a vendimia y a cosecha.


    San Isidro y Santa María de la Cabeza nos recuerdan que la santidad puede florecer en una casa humilde, en un matrimonio sencillo, en una jornada equilibrada de trabajo, en una oración fiel y escondida. No todos están llamados a hacer cosas llamativas, pero todos estamos llamados a hacer con amor lo que Dios nos confía. Y quizá ahí, en lo pequeño, en lo repetido, en lo que nadie aplaude, es donde el cielo trabaja más silenciosamente.


    Señor Jesús, bendice a los hombres y mujeres de los campos de España. Dales fuerza, justicia, esperanza y consuelo. Enséñanos a todos a valorar su trabajo y a no perder el contacto con la tierra que nos sostiene. Y haznos, como San Isidro y Santa María de la Cabeza, humildes, trabajadores, orantes y fieles. Amén.

jueves, 14 de mayo de 2026

UN APÓSTOL INESPERADO

 


    “Rezando, dijeron: ‘Señor, Tú que penetras el corazón de todos, muéstranos a cuál de los dos has elegido para que ocupe el puesto de este ministerio y apostolado, del que ha prevaricado Judas para marcharse a su propio puesto’. Les repartieron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles” (Hch. 1,24-26).


    Hoy la Iglesia celebra la fiesta del apóstol san Matías. Y resulta muy hermoso que esta fiesta llegue justamente cuando faltan solamente diez días para la gran solemnidad de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. Quizás hoy mismo podría ser un buen momento para comenzar una novena al Espíritu Santo, preparando interiormente esa gran fiesta de la Iglesia, pidiendo luz, fuerza, discernimiento y docilidad a sus inspiraciones.


    La primera comunidad cristiana vivía precisamente así: esperando al Espíritu Santo y creyendo firmemente que Él guiaba a la Iglesia. El relato de los Hechos de los Apóstoles es de una sencillez conmovedora. Los apóstoles necesitan completar el grupo de los Doce después de la traición y muerte de Judas Iscariote. Humanamente podrían haber discutido mucho, calculado, debatido o impuesto opiniones. Sin embargo, hacen algo muy distinto: rezan. Se ponen delante de Dios y le dicen con humildad: “Tú que penetras el corazón de todos…”. Ellos saben que no conocen plenamente el interior del hombre, pero Dios sí lo conoce.


    Después echaron suertes. A nuestros ojos modernos podría parecer algo extraño, pero para aquella Iglesia naciente era un acto de fe. No estaban jugando al azar, sino confesando que el Espíritu Santo podía servirse incluso de aquello para manifestar la voluntad de Dios. Y así Matías fue asociado a los once apóstoles. Un hombre discreto, silencioso, del que apenas sabemos nada, pero al que Dios había mirado desde hacía mucho tiempo.


    También nosotros necesitamos reaprender esta actitud espiritual. Vivimos rodeados de ruido, de prisas, de opiniones y cálculos humanos. Sin embargo, la Iglesia cree que el Espíritu Santo sigue actuando, sigue guiando, sigue inspirando. Dios continúa manifestando su voluntad de maneras muy diversas: en la oración, en la paz interior, en la fidelidad perseverante, en la escucha humilde, en acontecimientos aparentemente sencillos, e incluso a través de caminos inesperados.


    San Matías nos recuerda que muchas veces Dios llama a personas que humanamente parecen irrelevantes y que nunca han llamado demasiado la atención. Hombres y mujeres que quizá pasan desapercibidos, pero que han permanecido fieles junto al Señor. Y cuando llega el momento, Dios los llama por su nombre.


    Espíritu Santo, enséñanos a esperar, a escuchar y a dejarnos conducir por ti. Haznos dóciles a tus inspiraciones, como aquella primera comunidad cristiana que vivía unida en la oración junto con María, la Madre de Jesús, aguardando la venida del Espíritu Santo. Amén.

miércoles, 13 de mayo de 2026

DE ONUVA AL PUERTO


    Ayer llegué al monasterio del Espíritu Santo, en El Puerto de Santa María. Esta antiquísima orden religiosa, fundada hace más de ocho siglos por el beato Guido de Montpellier, celebró hace poco los 825 años de su nacimiento. En otro tiempo estuvo muy extendida, pero hoy solamente quedan en el mundo cuatro monasterios contemplativos femeninos, y los cuatro están en España: dos en Andalucía y dos en Navarra. Nada más.


    La orden del Espíritu Santo nació uniendo contemplación y caridad. Mientras la rama masculina tuvo tradicionalmente un carácter más activo y hospitalario, las religiosas españolas conservaron la vida contemplativa. Sin embargo, aquí, en este monasterio escondido y silencioso, la caridad sigue entrando todos los días por el torno.


    Entre cincuenta y ochenta pobres llaman diariamente a esta puerta buscando algo para comer. Y las hermanas, los 365 días del año, les preparan bolsas con alimentos, bocadillos, fruta, leche o lo que tengan. Nunca dejan a nadie sin ayuda. Incluso, según me cuentan, aunque ellas mismas tengan que privarse de algo. Y entonces comprende uno que la contemplación verdadera nunca cierra el corazón, sino que lo ensancha.


    Hoy celebraré aquí la fiesta de la Virgen de Fátima con las hermanas. Y me parece providencial prepararla precisamente en este monasterio dedicado al Espíritu Santo. Porque el Espíritu Santo no nos lleva hacia sí mismo, sino hacia Jesús. Él actúa silenciosamente dentro del corazón y nos conduce a reconocer a Cristo en la Palabra de Dios, en la Eucaristía y en los pobres.


    Precisamente ayer por la mañana visité Onuva, una obra extraordinaria situada en una finca en el término municipal de La Puebla del Río (Sevilla). De ella me estuvo hablando, y amablemente me guió por sus dependencias y capilla, uno de sus iniciadores; alguien a quien ya considero amigo. Se trata de una realidad profundamente contemplativa y profundamente caritativa al mismo tiempo. Tiene tres grandes ejes: la Palabra de Dios, la Eucaristía y los pobres, entendidos todos ellos como verdadera revelación de la presencia de Cristo.


    Me impresionó mucho una imagen que surgió hablando de esta obra: la de tantos hombres y mujeres que son como náufragos en el océano de la vida. Personas heridas, cansadas, rotas, perdidas. Y Onuva aparece para ellos como una ribera, una orilla donde refugiarse. Allí Dios, por manos humanas, sigue cuidando de sus criaturas.


    He pensado hoy que ciertas conmociones interiores -como la que experimenté hablando con mi nuevo amigo- no son solamente fruto de la sensibilidad humana. Hay momentos en los que uno percibe que el Espíritu Santo toca algo dentro de nosotros, remueve el corazón y lo empuja suavemente hacia Dios. Y quizá María, la Virgen de las Gracias (así la veneran en Onuva), tenga mucho que ver con eso. Ella, a quien llamamos esposa del Espíritu Santo porque acogió plenamente su acción y dejó que su sombra la cubriera para engendrar a Jesús, sigue alcanzándonos a veces esta gracia interior.


    Por eso siento este año la fiesta de Fátima casi como un pequeño Pentecostés anticipado. Y es una alegría profunda poder vivirlo en este monasterio escondido, silencioso y pobre, junto a estas hermanas que han entregado toda su vida a Dios Espíritu Santo.


martes, 12 de mayo de 2026

MAYO, FÁTIMA Y LA MEMORIA



    En el último puente del 1 de mayo he estado en Fátima, acompañando una numerosa y fervorosa peregrinación. He regresado hace apenas unos días y, al acercarse de nuevo el 13 de mayo, la cercanía de su fiesta vuelve a traerme recuerdos muy concretos y hondos de mi vida.


    Hace veintiocho años, precisamente un 11 de mayo, moría mi padre. Él vivía entonces en Huelva junto a mi madre, que llevaba ya mucho tiempo cuidándolo con una entrega admirable en medio de un Alzheimer muy avanzado. Dos días después, el 13 de mayo, celebramos en Huelva la misa de corpore insepulto para los familiares y amigos de aquella tierra donde él había nacido. Después acompañamos su cuerpo hasta Sevilla, hasta el cementerio de San Fernando, donde le dimos sepultura en la misma tumba de sus padres, mis abuelos paternos. Y esa misma tarde celebramos otra misa funeral en Sevilla, rodeados de la mayor parte de mi familia materna.


    Hay fechas que permanecen grabadas en nuestro recuerdo. El tiempo sigue avanzando, los años pasan, llegan nuevas tareas y responsabilidades, nuevas preocupaciones y relaciones… pero algunas jornadas quedan para siempre unidas a ciertos acontecimientos que nos marcan. El calendario deja de ser algo neutro y las fechas comienzan a tener un peso humano. Mi padre murió con setenta y un años. Yo tengo ahora setenta. Y uno descubre de pronto que ha llegado ya a esa frontera de la vida que durante mucho tiempo veía todavía lejana. Cuando somos jóvenes no solemos pensar demasiado en estas cosas. Pero llega un momento en que empezamos a mirar el tiempo de otra manera. No necesariamente con tristeza, sino con más verdad.


    Por eso la Iglesia santifica el tiempo. No vivimos solo entre ideas o recuerdos vagos. Vivimos entre aniversarios, rostros queridos, nombres, fiestas, antiguas fotografías, peregrinaciones, presencias y ausencias. Y en medio de todo eso, la fe intenta iluminar nuestra memoria. Los cristianos no olvidamos a quienes hemos amado. Los seguimos llevando dentro de nosotros y, en mi caso, cada día ante el altar del Señor.


    Este año, al volver de Fátima, pocos días antes de su fiesta, todo esto ha regresado de nuevo a mi corazón con una fuerza especial. La primera vez que visité Fátima fue con mis padres y con mi hermana. Tenía entonces dieciséis años. Ante esa misma imagen de la Virgen he vuelto a rezar ahora. La misma imagen ante la que rezarán millares de personas cuando nosotros ya no estemos. Las generaciones pasan. Nosotros pasamos. María, sin embargo, sigue acompañando el camino de sus hijos generación tras generación.


    Quizás hacerse mayor consiste también en esto: en aprender a mirar el tiempo con serenidad, sin cerrar los ojos a nuestra propia fragilidad, pero sin perder nunca la esperanza. Porque para un cristiano el recuerdo no es solamente nostalgia. El recuerdo también puede convertirse en gratitud y en espera.


    Santa María, Madre de Dios, Virgen del Rosario de Fátima, acompáñanos en el transcurrir de nuestros años. Enséñanos a recordar el pasado con paz, a vivir el presente con verdad y a esperar el futuro con esperanza. Amén.

sábado, 9 de mayo de 2026

UN CRISTIANISMO DOMESTICADO

 


    ”Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia” (Jn. 15,18-19).


    Hay cristianos que todavía creen que el Evangelio consiste en caer bien. Su ideal parece reducirse a no incomodar nunca, no disentir jamás, no molestar a nadie. Han convertido la prudencia en miedo, la caridad en blandenguería y el respeto humano en norma suprema. Se esfuerzan tanto por parecer modernos, razonables y “equilibrados”, que terminan siendo indistinguibles del mundo que les rodea. Pero Jesucristo no dijo nunca: “Si el mundo os aplaude, vais por buen camino”. Dijo exactamente lo contrario. Y no porque el cristiano deba ser agresivo o fanático, sino porque la verdad molesta. Siempre ha molestado. La luz incomoda a quien vive cómodamente en la penumbra.


    El mundo tolera bastante bien un cristianismo decorativo. Un cristianismo reducido a sentimientos vagos, frases bonitas y valores genéricos. Mientras la fe permanezca domesticada y silenciosa, no suele haber problemas. El problema empieza cuando el Evangelio deja de ser adorno y vuelve a convertirse en fuego. Lo que el mundo no soporta es una conciencia libre. Lo que incomoda es un cristiano que todavía cree que no todo vale lo mismo, que el pecado existe, que el alma importa más que la imagen y que la verdad no cambia porque cambien las modas.


    Hoy muchos cristianos parecen pedir perdón por existir. Piden disculpas por creer. Piden disculpas por defender la vida, por hablar de pureza, por recordar que hay caminos que destruyen el alma. Tienen terror a ser llamados “rígidos”, “carcas”,“ultraconservadores” o “intolerantes”. Y así, poco a poco, el miedo al mundo termina siendo mayor que el temor de Dios. Muchos tienen hoy más miedo a parecer anticuados que a traicionar el Evangelio.


    Mientras tanto, los mártires nos contemplan. Ellos no murieron por defender valores vagos ni consensos cómodos. Murieron porque se negaron a quemar incienso ante los ídolos de su tiempo. Y cada época tiene los suyos. Los antiguos adoraban al emperador; nosotros adoramos el placer, la comodidad, el cuerpo, la aprobación social y lo políticamente correcto. Cambian los nombres, pero los ídolos siguen exigiendo sumisión.


    El problema de muchos cristianos modernos no es que casi hayan perdido la fe, sino que han perdido el coraje. Creen algo, quizá sí, pero creen escondiéndose. Creen pidiendo permiso. Y un cristianismo acomplejado termina siendo un cristianismo irrelevante. Jesús no nos llamó a diluirnos en el mundo como agua tibia. Nos llamó sal. Y Él mismo advirtió: “Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla afuera y que la pise la gente” (Mt. 5,13).


    Hay quienes confunden la misericordia con la renuncia a la verdad. Pero Cristo jamás separó ambas cosas. Perdonó a la adúltera, pero añadió: “No peques más”. Amó al joven rico, pero no rebajó las exigencias para retenerlo cerca. Comió con pecadores, pero no llamó bien al mal ni oscuridad a la luz. A veces parece que algunos quisieran un cristianismo sin cruz, sin combate y, sobre todo, sin ridículo. Pero el ridículo ha acompañado siempre a los discípulos de Cristo. Los santos parecían exagerados a sus contemporáneos. Los mártires parecían fanáticos. Los puros parecían ingenuos. Y, sin embargo, ellos fueron la verdadera luz del mundo.


    Quizá hemos hablado demasiado de adaptación y demasiado poco de conversión. Demasiado de aceptación y demasiado poco de santidad. Hemos hablado muchísimo de este mundo, del planeta en que vivimos, de su conservación y de su defensa, y hemos hablado muy poco del hombre, de su verdad interior, de su alma y de su ecología espiritual. Nos preocupa el aire contaminado, pero apenas nos inquieta el corazón contaminado. Nos alarman los mares enfermos, pero casi ya no hablamos de conciencias enfermas, de vidas vacías o de almas destruidas lentamente por el pecado y la mentira. El Evangelio no está llamado a confirmar al mundo en sus caprichos, sino a salvar al hombre. Y la salvación comienza muchas veces con una incomodidad interior. Nadie busca un médico mientras no reconoce su enfermedad. Nadie se convierte mientras todo le parece perfectamente normal.


    Por eso un cristiano fiel terminará siendo incómodo tarde o temprano. No porque busque pelea, sino porque ciertas verdades simplemente no pueden decirse sin provocar rechazo. Y quien pretenda seguir a Cristo evitando cuidadosamente toda crítica, toda oposición y toda incomprensión, probablemente terminará evitando también el verdadero Evangelio. El mundo pasa. Sus modas pasan. Sus consignas pasan. También pasan sus burlas. Lo único que permanece es Cristo. Y vale infinitamente más ser rechazados con Él que aplaudidos sin Él.

viernes, 8 de mayo de 2026

LA VIDA TRANSFORMADA POR EL ESPÍRITU (y XXI)

 


    “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rom. 8,14).


    Llegamos hoy al final del recorrido espiritual que hemos venido realizando durante estas semanas pascuales. Han sido veintiún artículos nacidos del deseo de vivir la Pascua no solo como el recuerdo de la resurrección de Jesucristo, sino también como imagen de esa vida nueva que el Espíritu Santo quiere hacer crecer en nosotros. Porque el tiempo pascual no mira únicamente hacia un acontecimiento pasado. La Pascua habla también del alma transformada, renovada y vivificada por Dios. Habla de la vida cristiana entendida como crecimiento interior bajo la acción del Espíritu Santo.


    Por eso comenzamos contemplando los dones del Espíritu Santo, esas disposiciones interiores que hacen al alma más dócil a Dios y más sensible a sus inspiraciones. Los dones expresan sobre todo la acción interior y silenciosa del Espíritu Santo en nosotros. Después nos hemos detenido en los frutos, que son la manifestación visible y madura de esa presencia divina: la manera concreta de amar, de sufrir, de vivir, de reaccionar y de entregarse. Los frutos dejan transparentar exteriormente la obra interior de Dios.


    En el fondo, todo este itinerario ha querido recordarnos que la vida cristiana no consiste simplemente en nuestro esfuerzo por ser mejores personas o por comportarnos correctamente. La vida cristiana es, ante todo, la vida del Espíritu en nosotros. El verdadero protagonista de la santidad es el Espíritu Santo. Él va modelando el alma lentamente según el modelo de Cristo. La va cristificando poco a poco, configurándola con Jesús, como un artista que trabaja pacientemente su obra. Purifica los afectos, ilumina la inteligencia, fortalece la voluntad y transforma lentamente la mirada, el corazón y la manera de vivir.


    Muchas veces esa acción divina es silenciosa y casi imperceptible. Pero precisamente así actúa con frecuencia el Espíritu Santo: sin ruido, sin imponerse, trabajando en lo escondido del corazón. Y quizá muchos lectores se hayan reconocido en algunas luchas, deseos, pobrezas o esperanzas que han ido apareciendo a lo largo de estas meditaciones. Tal vez ese sea ya un signo de que Dios continúa actuando y conduciéndonos interiormente.


    Ahora nos acercamos a Pentecostés. Y después de haber recorrido juntos este camino de dones y frutos, quizá comprendemos un poco mejor que la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejarnos transformar por Dios hasta que toda nuestra vida refleje cada vez más los sentimientos y la vida misma de Cristo.


    Espíritu Santo, continúa tu obra en nosotros. Haznos dóciles a tus inspiraciones y perseverantes en el camino interior. Que los dones que Tú siembras en el alma produzcan frutos visibles de amor, de paz, de bondad y de pureza. Y que toda nuestra vida llegue a ser, poco a poco, reflejo humilde y verdadero de Jesucristo. Amén.




jueves, 7 de mayo de 2026

FRUTOS DEL ESPÍRITU: LA CASTIDAD QUE UNIFICA EL CORAZÓN (XX)

 


    “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5,8).


    Llegamos hoy al último de los frutos del Espíritu Santo: la castidad. Y quizá convenga comenzar aclarando que no se trata simplemente de una cuestión moral o de la renuncia exterior a unos placeres prohibidos. La castidad es algo mucho más profundo y hermoso. Es la unificación del corazón y sus afectos bajo la mirada de Dios. Es el amor humano cuando ha sido purificado por el fuego del Espíritu Santo y ya no busca poseer, utilizar o dominar, sino entregarse con verdad. Por eso la castidad no es enemiga del amor, sino su purificación y su plenitud. No enfría el corazón, sino que lo hace más limpio, más libre y más capaz de amar de verdad.


    Vivimos en un mundo que con frecuencia identifica la libertad con el dejarse llevar por cualquier deseo. Pero el Espíritu Santo obra de otra manera. Él no destruye la sensibilidad, ni la ternura, ni el afecto humano; los transforma desde dentro. La castidad es precisamente esa mirada nueva que aprende a descubrir el valor sagrado de las personas. El alma casta deja de mirar a los demás como objetos para su propia satisfacción, y comienza a contemplarlos como criaturas amadas por Dios, dignas de respeto y de delicadeza. Por eso este fruto tiene mucho que ver con la pureza de la mirada, de la imaginación, de los pensamientos y también de los afectos.


    La castidad no pertenece solo a quienes hemos abrazado el celibato o la virginidad consagrada. Cada vocación tiene su propia forma de vivirla. Existe una castidad matrimonial, hecha de fidelidad y de respeto mutuo; una castidad en la amistad, que sabe querer sin apropiarse, sin actitudes celosas; una castidad en la soledad de los viudos, de los separados o de las personas que no han podido casarse, que no convierte el vacío afectivo en desesperada búsqueda de compensaciones; e incluso una castidad de la mirada y del corazón que todos necesitamos en cualquier estado en que nos encontremos. Porque, en el fondo, la castidad es aprender a amar dejando a Dios ocupar el centro.


    Bienaventurados los limpios de corazón”. El corazón dividido termina cansándose de sí mismo. En cambio, el corazón purificado comienza a experimentar una paz nueva. No una lucha terminada para siempre, porque la fragilidad humana continúa existiendo, sino una luz interior distinta. Poco a poco el alma descubre que hay alegrías más profundas que la simple satisfacción inmediata, y que el Espíritu Santo puede llenar el corazón con una belleza mucho mayor que todas las seducciones pasajeras. Entonces empieza a forjarse la mirada del contemplativo: la capacidad de reconocer a Dios en lo pequeño, en lo cotidiano, y también en el misterio de las personas.


    Por eso la castidad tiene además una dimensión profundamente mística. El alma aprende a pertenecer a Dios con un amor indiviso. Muchos santos han hablado de esta pureza interior como de una transparencia del alma, un estado en el que nada quiere ocupar el lugar del Señor. Cuando el corazón deja de dispersarse continuamente, comienza a escuchar mejor la voz de Dios. Y el Espíritu Santo, que habita en lo más íntimo del alma, puede reflejarse en ella como la luz en la superficie de un agua tranquila.


    Espíritu Santo, purifica nuestro corazón. Arranca de nosotros todo lo que oscurece el amor y danos una mirada limpia, sencilla y verdadera. Haznos capaces de amar sin poseer, de servir sin buscar recompensa y de vivir con un corazón unificado en Dios. Amén.

miércoles, 6 de mayo de 2026

FRUTOS DEL ESPÍRITU: LA CONTINENCIA O GUARDA DEL CORAZÓN (XIX)

 


    “Todo atleta se impone toda clase de privaciones” (1 Cor. 9,25).


    Después de haber meditado sobre la modestia en el día de ayer, damos un paso más y nos detenemos hoy en la continencia, el undécimo fruto del Espíritu Santo. No es todavía la paz plena de quien ya vive totalmente unificado, sino el combate fiel de quien, con la ayuda de la gracia, aprende a gobernarse. La continencia no elimina de inmediato los impulsos desordenados, pero sí da la fuerza para no dejarse arrastrar por ellos. Es un fruto humilde, silencioso, pero absolutamente necesario en el camino espiritual.


    “Todo atleta se impone toda clase de privaciones”. La palabra del Apóstol nos sitúa en una imagen muy concreta: la del atleta que se prepara, que se controla, que se ejercita con esfuerzo constante. La vida cristiana no está exenta de esta dimensión de lucha. Hay en nosotros tendencias que tiran en direcciones diversas, deseos que no siempre están ordenados, inclinaciones que buscan imponerse. La continencia es esa capacidad, fruto del Espíritu, de poner un límite, de decir NO cuando es necesario, de no conceder a cada impulso que experimentamos el derecho a convertirse en acto. No es pura represión, sino libertad que se conquista día a día.


    Este fruto tiene mucho que ver con la vivencia de la verdad. La persona continente no vive según lo que le apetece en cada momento, sino según lo que reconoce como bueno delante de Dios. Esto refleja una gran dignidad: el empeño por no ser uno esclavo de sí mismo. En un mundo que identifica libertad con hacer lo que uno siente, la continencia aparece como una luz discreta que recuerda que la verdadera libertad consiste en poder elegir el bien, incluso cuando cuesta.


    Es como un terreno que se va limpiando para que pueda crecer algo. Por eso este fruto del Espíritu, aunque pueda parecer austero, está lleno de esperanza. Anuncia una libertad más plena que todavía está por venir.


    Señor, Tú conoces la fragilidad de nuestro corazón y la fuerza de nuestros impulsos. Danos tu Espíritu para que sepamos contenernos, para que no vivamos a merced de lo que sentimos, sino según tu verdad. Haznos libres de verdad, capaces de elegir el bien incluso cuando cuesta, y conduce nuestro corazón hacia esa paz profunda que solo Tú puedes dar. Amén.