lunes, 20 de julio de 2026

A LO HONDO DEL MAR

 


    "¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas, arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar” (Miq. 7,18-19).


    Hay palabras de la Sagrada Escritura que nos conmueven por su belleza, y hay otras que, además de conmovernos, nos obligan a creer algo que supera nuestra experiencia humana. Esta, tomada de la primera lectura de la misa de hoy, es una de ellas. Todos sabemos lo que significa recordar una ofensa. Todos sabemos lo difícil que resulta borrar de la memoria una herida o una traición. Nosotros podemos perdonar y, sin embargo, seguir recordando. Dios, en cambio, no solo perdona: destruye nuestras culpas y arroja nuestros pecados a lo hondo del mar. Lo que Él perdona deja verdaderamente de existir como culpa ante sus ojos.


    A veces me pregunto qué milagro es mayor. Hubo un momento en que yo no existía. No había un solo recuerdo, un solo pensamiento, un solo latido mío. Y, sin embargo, Dios me llamó a la existencia y creó de la nada un alma inmortal que nunca dejará de vivir. Ese es un misterio inmenso. Pero me resulta aún más asombroso creer que Dios pueda borrar el pecado. No simplemente dejar de castigarlo, sino hacerlo desaparecer. Por eso resulta tan significativa la escena del paralítico al que descienden por el techo hasta los pies de Jesús. Todos esperaban una curación física. Sin embargo, las primeras palabras del Señor fueron: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (cf. Mc. 2,1-12). Aquello escandalizó a los presentes, porque comprendieron que solo Dios puede perdonar los pecados. Después Jesús curó también el cuerpo, para mostrar visiblemente el poder invisible que había ejercido sobre el alma.


    El pecado no tiene la última palabra sobre nuestra historia. La última palabra la tiene siempre la misericordia de Dios. Cuando Él perdona, la culpa queda destruida por la fuerza redentora de Cristo. Pueden permanecer las consecuencias de nuestros actos o el recuerdo de nuestra fragilidad, pero la culpa ha desaparecido. Dios no vuelve sobre ella, porque la ha arrojado, como dice el profeta, “a lo hondo del mar”.


    En la celebración de la misa suelo escoger para profesar la fe de la Iglesia el Símbolo de los Apóstoles. No porque sea más breve que el otro, el llamado niceno-constantinopolitano, sino porque concluye con una profesión de fe que siempre impresiona: “Creo en el perdón de los pecados.” Es una afirmación inmensa. Creemos que Dios puede recrearnos por dentro, devolvernos la gracia perdida y comenzar de nuevo con nosotros. Esa certeza sostiene nuestra esperanza y nos permite levantarnos una y otra vez, confiando no en nuestras fuerzas, sino en la infinita misericordia del Señor.


    Señor Jesús, aumenta nuestra fe para creer de verdad en el perdón de los pecados. Haz que nunca desconfiemos de tu misericordia y que vivamos siempre con la alegría humilde de quienes han sido reconciliados contigo. Amén.

domingo, 19 de julio de 2026

EL DÉCIMO PERSONAJE


    “Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,26-27).


    Con esta reflexión concluye el recorrido que he querido compartir durante estos días siguiendo el itinerario de la novena en honor de la Virgen del Carmen. Hemos ido acercándonos a María de la mano de quienes tuvieron la gracia de encontrarse con Ella. San Gabriel nos enseñó a entrar en su casa; santa Isabel, a acogerla; san José, a vivir y morir con Ella; los pastores, a velar; Simeón y Ana, a reconocer; los Magos, a buscar; los servidores de Caná, a confiar; san Juan, a permanecer; y la Iglesia naciente, reunida en el Cenáculo, a orar con María y como María.


    Podría parecer que el camino termina aquí. Pero, en realidad, los nueve personajes no eran el final del camino. Eran nuestros maestros. Cada uno nos ha enseñado una actitud del corazón, un paso necesario para acercarnos a la Virgen. Gracias a ellos hemos aprendido a contemplarla con ojos nuevos. Sin embargo, el Evangelio no concluye con ninguno de ellos. Termina dejando una puerta abierta.


    Esa puerta conduce hasta nosotros. El décimo personaje ya no pertenece a las páginas del Evangelio. El décimo personaje eres tú. Soy yo. Somos todos los que, siglos después, seguimos escuchando las palabras de Jesús: “Ahí tienes a tu madre.”


    Ésa es la gran pregunta con la que termina la novena. Ya no importa tanto qué descubrieron Gabriel, Isabel, José o los Magos. La pregunta decisiva es otra: ¿qué descubro yo en María? ¿Qué lugar ocupa realmente en mi vida? Porque la devoción a la Virgen no consiste solamente en admirarla, invocarla o hablar de Ella. Consiste en recibirla.


    El evangelista añade un detalle de extraordinaria sencillez: “Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.” No dice que la recibiera solo bajo su techo. La expresión significa mucho más. La recibió entre las cosas más íntimas de su vida, en aquello que le era más propio. Ésa es también la invitación que Jesús dirige hoy a cada uno de nosotros. No basta con visitar de vez en cuando la casa de María; hemos de dejar que María entre en la nuestra.


    Si estos días de novena han servido para conocerla un poco más, para amarla un poco más y, sobre todo, para abrirle un poco más la puerta de nuestro corazón, entonces el camino habrá dado fruto. Porque la novena termina, pero la presencia de María en nuestra vida no termina nunca. Al contrario, es precisamente ahora cuando comienza de verdad. Ése es el último regalo que el Señor nos hace desde la cruz: una Madre que nos acompañe hasta conducirnos definitivamente a Él.


sábado, 18 de julio de 2026

ORAR CON MARÍA Y COMO MARÍA (Novena del Carmen 9)

 



    “¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida!… Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy” (Mt 11,21-23).


    Aunque ya hemos celebrado la solemnidad de Nuestra Señora del Carmen, continúo compartiendo estas reflexiones siguiendo el mismo orden de la novena que he tenido la alegría de predicar. Hoy llegamos al noveno y último día. Después de contemplar a san Gabriel, santa Isabel, san José, los pastores, Simeón y Ana, los Magos, los servidores de Caná y san Juan al pie de la cruz, aparece ahora un personaje colectivo: la Iglesia naciente reunida en el Cenáculo. El verbo que resume este último paso del camino es orar.


    El Evangelio de la misa de aquel día recogía unas palabras muy severas de Jesús dirigidas a ciudades que habían visto sus milagros y, sin embargo, no se habían convertido. En el fondo, todas compartían una misma tentación: confiar más en sí mismas que en Dios. La autosuficiencia termina cerrando el corazón a la gracia. Por eso Jesús llega a decir: “¿Piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo”. No somos nosotros quienes conquistamos el Reino; es Dios quien lo realiza en quienes se reconocen pobres y necesitan su ayuda.


    Ésa es precisamente la actitud de la primera Iglesia. Después de la Ascensión, los discípulos han recibido el mandato de anunciar el Evangelio al mundo entero, pero saben muy bien que no pueden cumplirlo con sus solas fuerzas. Se sienten pequeños, débiles e incapaces. No comienzan haciendo planes ni organizando estrategias. Se reúnen con María y perseveran en la oración, esperando la promesa del Padre. Descubren en Ella a la mujer que ya había recorrido ese mismo camino el día de la Anunciación. María no respondió al ángel apoyándose en sus propias fuerzas. Su pregunta, “¿cómo será eso?”, era la confesión humilde de quien sabe que sólo Dios puede realizar lo imposible. En el fondo, toda su vida puede resumirse en una sencilla oración que siempre recomiendo a las personas a las que acompaño espiritualmente: “Señor, hazlo Tú todo, porque yo no sé, porque yo no puedo.”


    ¿Qué aprendemos nosotros de la Iglesia naciente? Aprendemos a orar con María y como Ella. También nosotros queremos muchas veces resolverlo todo con nuestras fuerzas, encontrar soluciones para todo y confiar en nuestros propios recursos. Sin embargo, la verdadera oración comienza cuando reconocemos nuestros límites y dejamos espacio para que Dios actúe. La humildad no consiste en pensar poco de uno mismo, sino en esperar mucho de Dios. Sólo entonces el Espíritu Santo puede hacer en nosotros lo que jamás podríamos realizar por nosotros mismos.


    Quizá ésta sea la gran enseñanza con la que concluye nuestro recorrido. Después de entrar en la casa de María, acogerla, vivir con Ella, velar, reconocer, buscar, confiar y permanecer, llegamos finalmente a orar. Porque sólo quien aprende a decir con toda verdad: “Señor, hazlo Tú todo, porque yo no sé, porque yo no puedo”, descubre que las obras de Dios nunca nacen de nuestras fuerzas, sino de su gracia. Ése fue el secreto del Cenáculo. Ése fue el secreto de María. Y ése sigue siendo también hoy el secreto de toda auténtica vida cristiana.

secreto de María. Y ése sigue siendo también hoy el secreto de toda auténtica vida cristiana.

viernes, 17 de julio de 2026

PERMANECER COMO MARÍA (Novena del Carmen 8)

 


    ”No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada… El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará" (Mt 10,34.38-39).

    Ayer celebrábamos la solemnidad de Nuestra Señora del Carmen. Nosotros, sin embargo, continuamos todavía compartiendo las reflexiones nacidas de la novena que he tenido la gracia de predicar durante estos días. Comenzamos este itinerario algo más tarde y quiero recorrerlo hasta el final. Después de contemplar a san Gabriel, santa Isabel, san José, los pastores, Simeón y Ana, los Magos y los servidores de Caná, llegamos hoy al octavo día. El personaje es san Juan al pie de la cruz. Y el verbo que resume toda su actitud es uno solo: permanecer.

    El Evangelio de la misa de aquel día recogía unas palabras especialmente exigentes de Jesús: «No he venido a traer paz, sino espada… El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.» Seguir a Cristo no significa caminar con Él solamente cuando todo resulta fácil o cuando el entusiasmo sostiene nuestros pasos. La fidelidad se pone a prueba precisamente cuando llega la cruz. San Juan había acompañado al Maestro durante los años de la predicación, había contemplado sus milagros y escuchado sus enseñanzas. Pero el momento decisivo llega ahora, cuando todo parece derrumbarse. Entonces no huye. Permanece.

    ¿Qué descubrió san Juan en María? Descubrió una fortaleza silenciosa. Al pie de la cruz todo invitaba a escapar. Parecía que el mal había vencido y que seguir junto a Jesús carecía ya de sentido. Sin embargo, María permanecía en pie. No pronunciaba grandes discursos, no buscaba explicaciones ni cedía a la desesperanza. Creía, amaba y permanecía. San Juan comprendió que la verdadera fortaleza no consiste en evitar el sufrimiento, sino en mantenerse fiel cuando llega la hora de la cruz.

    ¿Qué aprendemos nosotros de san Juan? Aprendemos a permanecer como María. También nosotros sentimos muchas veces la tentación de huir cuando el dolor entra en nuestra vida, cuando la enfermedad nos visita, cuando la oración parece seca o cuando seguir a Cristo exige renuncias. El discípulo amado nos enseña que las cruces no se vencen alejándose de ellas, sino permaneciendo junto a Jesús. María nos muestra cómo hacerlo: con una fe que no se apaga, con un amor que no retrocede y con una esperanza que no se deja vencer por la oscuridad.

    El mundo nos invita continuamente a escapar del sufrimiento, a abandonar lo que cuesta y a buscar siempre el camino más fácil. San Juan hizo exactamente lo contrario. Permaneció. Y precisamente porque permaneció recibió el mayor regalo de su vida: «Ahí tienes a tu madre.» Quizá ésa sea también la gran lección del Calvario. Las gracias más grandes de Dios no suelen concederse a quienes huyen de la cruz, sino a quienes permanecen junto a ella. Ésa fue la lección que aprendió san Juan contemplando a María y ésa sigue siendo hoy una de las enseñanzas más necesarias para todos nosotros.

jueves, 16 de julio de 2026

CONFIAR EN MARÍA (Novena del Carmen 7)

 


    ”Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sin haber empapado la tierra, fecundándola y haciéndola germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo” (Is 55,10-11).

    Hoy la Iglesia celebra la solemnidad de Nuestra Señora del Carmen. Nosotros, sin embargo, continuamos todavía el recorrido de esta novena, porque la comenzamos algunos días más tarde. No importa. Seguimos avanzando serenamente, contemplando a María a través de las personas que tuvieron la gracia de encontrarse con Ella. Cada una nos descubre un aspecto de su misterio y nos enseña una actitud para acercarnos a la Madre del Señor. En este séptimo día nos detenemos en los servidores de las bodas de Caná. Son personajes casi anónimos, que no pronuncian una sola palabra, pero de ellos podemos aprender una lección decisiva: confiar.


    La primera lectura de la misa de aquel día afirmaba que la palabra de Dios nunca vuelve vacía, sino que realiza aquello para lo que ha sido enviada. Pero el profeta utiliza una comparación muy significativa. La lluvia no transforma la tierra en un instante. La empapa lentamente, la fecunda y solo después aparece el fruto. Así actúa también Dios. Sus obras necesitan tiempo. Esta luz nos ayuda a comprender mejor lo sucedido en Caná. María pronuncia una sola frase: “Haced lo que Él os diga.” Los servidores no entienden por qué deben llenar de agua unas tinajas destinadas a la purificación cuando lo que falta es vino. Tampoco preguntan ni discuten. Confían. Llenan hasta el borde seis enormes tinajas de piedra, realizando un trabajo largo y pesado, y esperan. El milagro no acompaña a la primera gota de agua. Llega cuando la obediencia ha sido llevada hasta el final.


    ¿Qué descubrieron los servidores en María? Descubrieron que se puede confiar plenamente en su palabra porque Ella nunca conduce hacia sí misma. Todo cuanto dice orienta hacia Cristo. María no explica los planes de Dios ni promete resultados inmediatos. Simplemente enseña a fiarse del Señor. Los servidores comprendieron que el milagro comienza mucho antes de que el agua se convierta en vino. Comienza en el momento mismo en que un corazón decide obedecer confiando.


    ¿Qué aprendemos nosotros de aquellos servidores? Aprendemos que la confianza verdadera siempre va unida a la paciencia. Con frecuencia también nosotros tenemos que llenar nuestras propias tinajas: cumplir con fidelidad el deber de cada día, perseverar en la oración, seguir haciendo el bien cuando no vemos fruto alguno. Quisiéramos que Dios actuara enseguida, pero Él suele seguir el ritmo de la lluvia y de la semilla. Primero pide nuestra confianza; después, cuando llega su hora, hace aparecer el vino nuevo. La fe no consiste en exigir milagros inmediatos, sino en permanecer fieles mientras Dios prepara silenciosamente su obra.


    Quizá ésta sea la gran enseñanza de Caná. Los servidores fueron los únicos, junto con María y los discípulos, que conocieron el origen del vino nuevo. Descubrieron que Dios transforma la realidad desde dentro y casi siempre en silencio. También nosotros estamos llamados a escuchar hoy la misma invitación de la Virgen: “Haced lo que Él os diga.” Después, esperemos con paciencia. Porque quien aprende a confiar en María termina descubriendo que la palabra de Cristo nunca vuelve vacía y que, a su debido tiempo, el agua de nuestra pobreza puede convertirse en el vino nuevo de la gracia.



miércoles, 15 de julio de 2026

BUSCAR A MARÍA (Novena del Carmen 6)

 


    ”Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10,16).


    Nuestro recorrido por la novena de la Virgen del Carmen llega hoy a los Magos de Oriente. Hasta ahora hemos contemplado a María desde la mirada de san Gabriel, de santa Isabel, de san José, de los pastores y de los ancianos Simeón y Ana. Cada uno de ellos ha ido descubriendo un aspecto del misterio de la Virgen y nos ha enseñado una actitud para acercarnos a Ella. El sexto día de la novena nos invita a dar un paso más. Los Magos nos enseñan a buscar.


    En el Evangelio de la misa de aquel día, Jesús exhortaba a sus discípulos a ser “sagaces como serpientes y sencillos como palomas”. Esa sagacidad no consiste en el engaño ni en la astucia humana. Es la inteligencia espiritual que sabe descubrir las huellas de Dios en medio de los acontecimientos más sencillos. Los Magos poseen esa sabiduría. Todo comienza con un signo pequeño, apenas una estrella. Sin embargo, les basta para abandonar sus seguridades y ponerse en camino. Más tarde la estrella desaparece, pero ellos no abandonan la búsqueda. Continúan avanzando, preguntando, esperando y confiando. La verdadera sabiduría no consiste en verlo todo con claridad, sino en seguir buscando incluso cuando Dios parece ocultarse.


    ¿Qué descubrieron los Magos en María? Descubrieron a la Madre que presenta al Rey. Habían recorrido un largo camino buscando al Rey de los judíos y, al entrar en la casa, “vieron al Niño con María, su madre”. Encontraron al Salvador inseparablemente unido a Aquella que lo ofrecía al mundo. Los sabios de Oriente comprendieron que el término de su búsqueda no era una corte ni un palacio, sino un hogar humilde donde una Madre sostenía en sus brazos a la Sabiduría eterna hecha carne. Por eso la tradición cristiana ha contemplado tantas veces a María como Sede de la Sabiduría. Ella no atrae las miradas hacia sí misma, sino que presenta al mundo a Aquel que es la Verdad, la Sabiduría y el verdadero Rey.


    ¿Qué aprendemos nosotros de los Magos? Aprendemos, ante todo, a no dejar nunca de buscar. Dios suele conducirnos por signos discretos, casi imperceptibles, que solo descubre quien mantiene despierto el corazón. Aprendemos también a perseverar cuando la estrella desaparece y el camino se vuelve oscuro. La búsqueda de Dios no termina cuando desaparecen las consolaciones; precisamente entonces madura la fe. Y aprendemos, finalmente, a ofrecer. Los Magos no llegan con las manos vacías. El oro, el incienso y la mirra expresan una vida que se pone enteramente en manos de Dios. Quien encuentra a Cristo siente la necesidad de entregarle no solo algunos dones, sino toda su existencia.


    Quizá ésta sea la gran lección de los Magos. Comenzaron siguiendo un signo pequeño y terminaron postrados ante un Niño en brazos de su Madre. Buscaron con perseverancia, reconocieron al Rey bajo la humildad de Belén y respondieron ofreciéndole cuanto tenían. También nosotros estamos llamados a recorrer ese mismo camino: dejarnos guiar por los pequeños signos con los que Dios sale a nuestro encuentro, perseverar cuando el camino se oscurece y comprender, como aquellos sabios de Oriente, que la verdadera sabiduría consiste en encontrar a Cristo allí donde María lo sigue presentando al mundo.

martes, 14 de julio de 2026

RECONOCER A MARÍA (Novena del Carmen 5)


    “Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. (…) Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis; en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre quien hablará por vosotros” (Mt 10,16-20).


    Continúo compartiendo en este canal algunas de las reflexiones nacidas durante la novena que estoy predicando en honor de la Santísima Virgen del Carmen. El hilo conductor es siempre el mismo: contemplar a María a través de las personas que tuvieron la gracia de encontrarse con Ella. Cada una descubrió un aspecto de su misterio y, al mismo tiempo, nos enseña una actitud para acercarnos hoy a la Madre del Señor. Después de los pastores de Belén, que nos enseñaban a vivir en vela, el quinto día de la novena nos conduce hasta dos ancianos del Templo: Simeón y Ana. Ellos nos enseñan una actitud indispensable para la vida espiritual: reconocer.


    En el Evangelio de la misa de aquel día, Jesús exhortaba a sus discípulos a ser “sagaces como serpientes y sencillos como palomas”. Esa sagacidad no consiste en saber engañar ni en desenvolverse con astucia humana. Es la capacidad de descubrir la presencia de Dios allí donde otros no la reconocen. Eso fue precisamente lo que ocurrió en el Templo de Jerusalén. Entre la multitud que entraba y salía cada día, Simeón y Ana supieron reconocer el acontecimiento más grande de la historia. Todos veían a una madre joven con su hijo en brazos; ellos descubrieron al Mesías esperado durante siglos.


    ¿Qué descubrieron en María? Descubrieron que aquella mujer humilde llevaba en sus brazos el cumplimiento de todas las promesas de Dios. Simeón tomó al Niño entre sus brazos, pero antes lo había recibido de los brazos de María. Ana comprendió que la larga espera de Israel llegaba por fin a su cumplimiento. Ambos descubrieron que la verdadera sabiduría consiste en reconocer la acción de Dios cuando se presenta con la humildad de lo cotidiano. La grandeza de María no estaba en llamar la atención sobre sí misma, sino en presentar silenciosamente al Salvador.


    ¿Qué aprendemos nosotros de Simeón y Ana? Aprendemos que esa sagacidad evangélica nace de un corazón purificado por la oración, la espera y la fidelidad. Simeón llevaba años dejándose conducir por el Espíritu Santo; Ana servía a Dios noche y día con el ayuno y la oración. Por eso fueron capaces de reconocer lo que pasó inadvertido para los demás. Dios sigue pasando hoy por nuestra vida con la misma discreción. También nosotros necesitamos esa mirada limpia que distingue su presencia en medio de la sencillez, sin esperar siempre lo extraordinario.


    Quizá el verdadero secreto de Simeón y de Ana no fue su experiencia, ni su edad, ni siquiera su fidelidad. Fue su docilidad al Espíritu Santo. San Lucas insiste una y otra vez en que Simeón estaba movido por el Espíritu. No reconoció al Mesías porque fuera más inteligente que los demás, sino porque miraba con los ojos del Espíritu. También el Evangelio de aquel día terminaba recordándonos que es el Espíritu del Padre quien habla y actúa en sus discípulos. Ésa es también nuestra gran necesidad. Vivimos rodeados de la presencia de Dios, pero con frecuencia nos falta esa mirada interior que sabe descubrirla. María sigue presentando a Cristo al mundo con la misma humildad con que lo presentó en el Templo. Solo el Espíritu Santo puede enseñarnos a reconocer, detrás de la sencillez de aquella Madre, la presencia del Salvador.

lunes, 13 de julio de 2026

VELAR CON MARÍA (Novena del Carmen 4)

 


    “Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí. (…) “Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer” (Os 11,2-4).


    Continúo compartiendo en este canal algunas de las reflexiones nacidas durante la novena que estoy predicando en honor de la Santísima Virgen del Carmen. El hilo conductor es siempre el mismo: contemplar a María a través de las personas que tuvieron la gracia de encontrarse con Ella. Cada una descubrió un aspecto de su misterio y, al mismo tiempo, nos enseña una actitud para acercarnos hoy a la Madre del Señor. Después de san Gabriel, santa Isabel y san José, el cuarto día de la novena nos conduce hasta los pastores de Belén. Ellos nos enseñan una actitud imprescindible para la vida cristiana: velar.


    En la primera lectura de la misa de aquel día, el profeta Oseas nos mostraba a un Dios que habla con la ternura de un padre: “Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer.” La imagen es conmovedora. Dios quiere levantar al hombre hasta sí, estrecharlo contra su rostro y alimentarlo con su propio amor. Pero el drama de Israel fue no reconocer ese cuidado: “Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí.” Entonces sucede lo impensable: si el hombre no ha querido dejarse levantar por Dios, Dios mismo se hace Niño para dejarse levantar por los brazos del hombre.


    ¿Qué descubrieron los pastores en María? Descubrieron precisamente ese misterio. Encontraron a la Virgen inclinada sobre el pesebre, donde había depositado al Niño. Aquel pesebre no era un detalle accidental: era el lugar donde comen los animales. María presentaba ya silenciosamente a su Hijo como alimento. Primero, porque Él es la Palabra de Dios hecha carne, el verdadero alimento del corazón humano. Después, porque un día se entregaría como Pan vivo en la Eucaristía.


    ¿Y qué aprendemos nosotros de los pastores? Aprendemos, ante todo, a vivir en vela. Dios sigue llamando continuamente, pero solo escucha quien permanece despierto. Los pastores estaban velando su rebaño y, precisamente por eso, pudieron escuchar la voz del ángel y ponerse inmediatamente en camino. La vigilancia hizo posible la llamada; la llamada puso en marcha la búsqueda; la búsqueda terminó en la adoración.


    Hay todavía un último detalle lleno de significado. Durante tantas noches aquellos hombres habían velado para que los lobos no devoraran a sus corderos. Ahora, de rodillas ante el pesebre, contemplan al verdadero Cordero de Dios. Él vencerá a todos los lobos de este mundo: el pecado y la muerte. No lo hará con la fuerza de las armas, sino desde la pobreza de Belén, la debilidad de un Niño y el poder invencible del amor. Quizá ésa sea la gran lección de los pastores: solo quien permanece en vela escucha la llamada de Dios; solo quien responde a esa llamada llega a descubrir, en los brazos de María, al Cordero que ha venido a salvar al mundo.

domingo, 12 de julio de 2026

VIVIR Y MORIR CON MARÍA (Novena del Carmen 3)

 


    “Sembrad con justicia, recoged con amor. Poned al trabajo un ‘terreno virgen’. Es tiempo de consultar al Señor, hasta que venga y haga llover sobre vosotros la justicia” (Os 10,12).


    Ayer continué en este blog una pequeña serie de reflexiones inspiradas en la novena que estoy predicando en honor de la Santísima Virgen del Carmen. El hilo conductor es siempre el mismo: contemplar a María a través de las personas que tuvieron la gracia de encontrarse con Ella. Cada una descubrió un aspecto de su misterio y, al mismo tiempo, nos enseña una actitud para acercarnos hoy a la Madre del Señor. Después de san Gabriel, que nos invitaba a entrar en la casa de María, y de santa Isabel, que nos enseñó a acogerla, hoy nos detenemos en san José, el hombre elegido por Dios para vivir junto a la Virgen.


    En la primera lectura de la misa de aquel día el profeta Oseas nos invitaba a trabajar un “terreno virgen”. La expresión es de una belleza extraordinaria. Un terreno virgen exige respeto, paciencia y dedicación. No puede cultivarse de cualquier manera. Algo semejante ocurrió con san José. Dios puso en sus manos el mayor de los tesoros: Jesús y María. José comprendió desde el principio que no era dueño de aquel misterio. Era su custodio. Toda su vida consistió en servir humildemente la obra de Dios, dejando que fuera el Señor quien guiara cada uno de sus pasos.


    ¿Qué descubrió José en María? Descubrió una mujer cuya existencia pertenecía enteramente a Dios. Compartió con Ella la vida sencilla de Nazaret, el trabajo cotidiano, la oración, las alegrías y las preocupaciones de cada jornada. Nadie conoció tan de cerca la humildad, la discreción y la fidelidad de María. Y precisamente porque vivió con Ella durante tantos años, pudo descubrir que la verdadera santidad no necesita llamar la atención. Como la semilla que germina silenciosamente bajo la tierra, así crecía cada día el misterio de Dios en aquella casa.


    ¿Y qué aprendemos nosotros de san José? Aprendemos que la mayor gracia no consiste solamente en encontrarse con María un instante, sino en vivir con Ella. Vivir con María hasta que su presencia transforme poco a poco nuestra manera de trabajar, de rezar, de amar y de esperar. Y aprender también a morir con María. La tradición cristiana ha contemplado siempre a san José expirando acompañado por Jesús y por la Virgen. Después de haber vivido tantos años junto a ellos, también entregó su vida en su compañía.


    Quizá ése sea el mayor privilegio de san José. No realizó milagros, no pronunció grandes discursos, no tuvo seguidores... Simplemente vivió con María. Y cuando llegó la hora, murió también con Ella y con Jesús. Desde entonces comprendemos que la verdadera santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar que la presencia de Jesús y de María nos transforme toda la vida. Nazaret no fue solo un lugar; fue una manera de vivir. Y ésa sigue siendo hoy la vocación de todo hogar cristiano.

sábado, 11 de julio de 2026

ACOGER A MARÍA (Novena del Carmen 2)




    “Le llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Y después de echar al demonio, el mudo habló. La gente decía admirada: ‘Nunca se ha visto en Israel cosa igual’. En cambio, los fariseos decían: ‘Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios’. Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia” (Mt 9,32-35).


    Ayer comencé en este blog una pequeña serie de reflexiones inspiradas en la novena que estoy predicando en honor de la Santísima Virgen del Carmen. El hilo conductor es siempre el mismo: contemplar a María a través de las personas que tuvieron la gracia de encontrarse con Ella. Cada una descubrió un aspecto de su misterio y, al mismo tiempo, nos enseña una actitud para acercarnos hoy a la Madre del Señor. Después del arcángel san Gabriel, que entró con inmenso respeto en la casa de María, hoy nos detenemos en santa Isabel, que supo abrir la puerta de su casa y de su corazón para recibir a la Virgen.


    El Evangelio de la misa del día en que prediqué sobre este tema, termina presentándonos a Jesús recorriendo ciudades y aldeas, anunciando el Reino y derramando el bien a su paso. El Señor sigue haciendo hoy ese mismo recorrido. Sigue pasando cerca de nuestra vida y esperando ser recibido. Mucho antes de recorrer los caminos de Galilea, llegó por primera vez a una casa escondido en el seno de María. Aquella casa fue la de Isabel. Humanamente llegaba una joven de Nazaret para visitar a su anciana pariente. A los ojos de la fe, era el mismo Señor quien llamaba discretamente a la puerta.


    Lo admirable de Isabel no fue simplemente la hospitalidad. Fue su capacidad de descubrir lo que los ojos no podían ver. Acogió a María antes de comprender plenamente el misterio que llevaba en su seno. Solo después, iluminada por el Espíritu Santo, pudo exclamar: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. Isabel descubrió que María nunca viene sola. Quien la recibe con un corazón limpio termina encontrándose siempre con Jesucristo. Ése fue el gran descubrimiento de aquella mujer sencilla y creyente.


    También nosotros estamos llamados a parecernos a Isabel. Vivimos esperando grandes manifestaciones de Dios y, sin embargo, Él suele presentarse con la discreción de una visita inesperada. Llama sin imponerse. Espera ser acogido. Quizá el mayor obstáculo para la fe no sea la falta de pruebas, sino la puerta cerrada del corazón. Isabel nos enseña que la acogida precede muchas veces a la comprensión. Primero abrió su casa; después Dios le abrió los ojos. Primero recibió a María; después reconoció al Señor.


    Ésa es la segunda etapa del camino que estamos recorriendo en esta novena. Gabriel nos enseñó a entrar en la casa de María. Isabel nos enseña ahora a abrirle la nuestra. Porque toda casa que abre de verdad su puerta a la Virgen termina convirtiéndose, antes o después, en un hogar donde Cristo también encuentra un lugar.

viernes, 10 de julio de 2026

ENTRAR EN LA CASA DE MARÍA (Novena del Carmen 1)


    “Yo la persuado, la llevo al desierto, le hablo al corazón. Allí responderá como en los días de su juventud, como el día de su salida de Egipto. Aquel día -oráculo del Señor- me llamarás ‘Esposo mío’, y ya no me llamarás ‘mi amo’. Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura, me desposaré contigo en fidelidad y conocerás al Señor” (Os 2,16.17b-18.21-22).


    Hace ya algunos días que no publico un nuevo artículo en este blog (ni en canal de Telegram, donde comparto los mismos textos). En estos días estoy predicando la novena en honor de la Santísima Virgen del Carmen y pensé que algunas de las ideas que voy desarrollando en esas predicaciones podrían interesar también a quienes me seguís habitualmente. Por eso comienzo hoy una pequeña serie de artículos inspirados en los distintos días de la novena. No pretenden reproducir las homilías, sino compartir algunas reflexiones nacidas al preparar y meditar la Palabra de Dios. Este año he querido contemplar a María a través de las personas que tuvieron la gracia de encontrarse con Ella, preguntándonos siempre dos cosas: qué descubrió cada personaje en la Virgen y qué podemos aprender nosotros de su manera de acercarse a Ella.


    El primer personaje no podía ser otro que el arcángel san Gabriel. San Lucas introduce la Anunciación con un detalle de extraordinaria delicadeza: “Entrando donde ella estaba…”. No dice simplemente que el ángel se apareció, sino que entró. Entró en la humilde casa de Nazaret, preparada por Dios desde toda la eternidad para que allí se realizara la Encarnación de su Hijo. Gabriel cruza aquel umbral con la reverencia de quien sabe que entra en un santuario. Allí vive la llena de gracia, preservada de toda mancha desde su Concepción, aunque el mundo ignore todavía el misterio que Dios ha realizado en Ella.


    Pero aquella casa es también el signo de otra realidad más profunda. La verdadera casa de María es su interioridad, es decir, su Inmaculado Corazón. Allí Dios puede hablar libremente al corazón, como había anunciado el profeta Oseas (en la lectura de la misa del primer día de la novena). Allí la gracia encuentra una respuesta sin reservas. Allí nace el “Hágase en mí según tu palabra”, que abre la puerta para que el Verbo se haga carne. Por eso la devoción al Inmaculado Corazón de María, tan insistentemente recordada en Fátima y confiada de un modo particular a la hermana Lucía, no nos invita a detenernos en María, sino a entrar en su misma escuela interior, aprendiendo de Ella a escuchar la Palabra, a guardarla y a responder con una entrega total a la voluntad de Dios.


    ¿Qué descubrió Gabriel al entrar en la casa de María? Descubrió un corazón completamente disponible para Dios. Después de contemplar la gloria del cielo, encontró en la tierra una criatura cuya libertad respondía plenamente al amor divino. ¿Y qué aprendemos nosotros de Gabriel? Aprendemos que el primer paso para acercarnos a María es entrar en su casa con respeto y silencio, dejando fuera toda superficialidad. Solo quien entra en la intimidad espiritual de María comprende que todo en Ella conduce a Jesucristo. Ésa es la primera lección de este itinerario que hoy comenzamos: entrar en la casa de María para aprender, desde su Inmaculado Corazón, el camino que conduce hasta su Hijo.


miércoles, 1 de julio de 2026

EL QUINTO PAN


    “Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los fue dando a los discípulos para que los sirvieran; y repartió también los dos peces entre todos” (Mc. 6,41).


    Durante estos días estoy realizando mis ejercicios espirituales en la casa de las Hermanas Mensajeras de la Esperanza, a los pies de la malagueña Sierra Bermeja y a poca distancia del Mediterráneo. La comunidad está formada por cuatro hermanas. Cada mañana celebramos juntos la Eucaristía. Sobre el altar utilizo una hermosa patena de cerámica traída de Tierra Santa. En ella está reproducido el célebre mosaico de Tabgha, el lugar donde la tradición sitúa la multiplicación de los panes y los peces, a orillas del lago de Genesaret. En el centro aparece la cesta con los panes y, a ambos lados, los dos peces, tal como puede contemplarse todavía hoy allí, en la iglesia custodiada por los monjes benedictinos.


    Ayer, además de las cuatro hermanas, acudió una persona de la calle a participar en la Santa Misa. Sobre la patena había cinco formas. Me llamó la atención cómo aquellas cinco formas parecían prolongar el mensaje del mosaico: los cinco panes que Jesús tomó en sus manos para alimentar a la multitud. Hoy, en cambio, no vino nadie de fuera. Éramos solamente las cuatro hermanas y yo. Sobre la patena descansaban únicamente cuatro hostias. El mosaico seguía siendo el mismo; la cesta y los dos peces permanecían inalterables. Solo faltaba un pan.


    No pude evitar pensar que el verdadero problema de nuestra Iglesia no es que Cristo haya dejado de multiplicar el Pan de la Vida. Él sigue ofreciéndose cada día con la misma generosidad infinita. Lo que con frecuencia falta es quien quiera acercarse a recibirlo. No escasea el Pan del cielo; escasea el hambre de Dios. Y a pesar de todo el Señor continúa preparando un puesto más en su mesa, esperando pacientemente al que todavía no ha llegado.


    Señor Jesús, aumenta en nosotros el hambre de ti. Que nunca pasemos de largo ante el Pan vivo bajado del cielo, y que nuestra vida despierte en otros el deseo de sentarse también a tu mesa. Amén.