martes, 3 de febrero de 2026

MEDITANDO UN CUADRO


    Como ilustración de mi entrada de ayer, quise utilizar un cuadro de Ludovico Carracci (1555-1619), titulado La presentación del Niño en el Templo, perteneciente al Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, aunque se encuentra depositado en el Museu Nacional d’Art de Catalunya. Este cuadro me ha impresionado profundamente y gana mucho con una contemplación detenida y larga. Como los iconos orientales, que más que mirarlos son ellos quienes nos miran —ventanas que se abren al misterio de Dios—, esta pintura nos invita a guardar silencio y a orar. No busca deslumbrar ni conmover de manera inmediata; no hay gestos exagerados ni dramatismo, como sería lo propio del barroco, ni tampoco es emoción fácil que se pasa pronto.


    La escena transcurre sobre unas gradas. María asciende al Templo llevando al Niño. Es el gesto humilde de una madre obediente a la Ley. Pero lo que el pintor deja entrever es mucho más hondo: mientras la humanidad sube hacia Dios, es Dios mismo quien ha comenzado a bajar hacia nosotros en ese Niño sostenido con infinita delicadeza por María. Nada es violento en el cuadro. La Virgen no retiene; Simeón no arrebata, sino respetuosamente acoge. El Niño no se resiste. Todo es consentimiento, como si el mundo entero dijera “sí” sin pronunciar palabra.


    Entre María y José, casi escondidas, aparecen las dos blancas palomas de la ofrenda de los pobres. No ocupan el centro ni reclaman atención, pero hablan también con una elocuencia silenciosa. Dios ha querido entrar en nuestra historia desde la pequeñez, no desde el poder; desde la pobreza, no desde la riqueza. Y detrás de ellos avanza otra madre que lleva también a su hijo en brazos. María y José son unos padres más entre el pueblo.


    Y está Ana, que si no fuera por carecer de barba, pensaríamos que es un personaje masculino. El rostro surcado de arrugas, sin concesiones a la belleza, lleva impreso el peso de los años. Sin embargo, es ella quien proclama la novedad. En la lápida que sostiene con su mano aparecen, con algunas abreviaturas, unas palabras latinas que anuncian el destino del Niño: “Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten”. La ancianidad es sabiduría y por eso reconoce lo eterno antes que nadie. Sostiene la inscripción como quien certifica que todo esto forma ya parte del verdadero Templo. Es algo eterno e inmutable. Por eso ha quedado esculpido en mármol.


    Nada aquí pretende impresionar; todo invita a quedarse y a mirar. Quizá por eso esta pintura no se entrega al primer golpe de vista. Pide tiempo, pide una mirada sin prisas, una atención capaz de dejarse alcanzar lentamente por lo que se contempla. Porque también nuestra vida es, de algún modo, una presentación, y llega un momento en que comprendemos que nada nos pertenece del todo, que todo está llamado a ser ofrecido. Contemplar este cuadro es aprender sin palabras que la verdadera entrega no es ruidosa: es serena, es confiada, es luminosa, incluso cuando pasa desapercibida. Por eso, tal vez, las lágrimas que asoman ante una imagen así no sean solo de emoción estética, sino que nazcan de un lugar más profundo del alma en que Dios sigue saliendo a nuestro encuentro.




lunes, 2 de febrero de 2026

LA IMPORTANCIA DE OFRECER


    “Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con Él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’” (Lc. 2,27-32).


    Hoy celebramos la fiesta de la Presentación del Señor. Contemplamos cómo María y José suben al Templo para ofrecer a su Hijo al Señor. Lo presentan, lo entregan confiadamente, y lo hacen con la ofrenda humilde de los pobres, dos palomas, como señal del rescate de su vida. Este gesto sencillo proclama una verdad decisiva: el Hijo no les pertenece del todo, pertenece plenamente a Dios, su Creador. Y lo mismo ocurre con nosotros. También nuestras vidas pertenecen al Señor, porque la vida no es una posesión absoluta, sino un don recibido. Por eso estamos llamados a vivir en actitud oblativa, ofreciendo al Señor nuestras personas, lo que somos y lo que tenemos, nuestros afectos, nuestros intereses, nuestras obras, la vida entera, y también la muerte. Todo es suyo, y libremente queremos convertirlo en regalo, en ofrenda consciente y amorosa.


    El anciano Simeón no se conforma con mirar al Niño a distancia. Lo acoge en sus brazos, lo toma con sus propias manos, y María se lo cede. En ese gesto se concentra una experiencia de fe profunda. También nosotros, en cada Eucaristía, podemos tomar al Señor, recibirlo, tenerlo con nosotros. Y entonces brota la acción de gracias y la palabra confiada: ahora puedes dejarme ir en paz, Señor. Tenerle con nosotros cada día nos permite vivir ya en su paz: caminar sostenidos por la serenidad, la confianza, el abandono y la fortaleza de saberse siempre en sus manos. Exactamente como Él ha querido ponerse antes también en las nuestras.


    Señor Jesús, hoy quiero presentarme ante ti como María y José presentaron a su Hijo. Recibe mi vida tal como es, con su pobreza y su verdad, con lo que comprendo y con lo que todavía no entiendo. Todo es tuyo: lo que soy, lo que tengo, lo que amo, lo que hago y lo que me cuesta entregar. Enséñame a vivir en actitud oblativa, a ofrecerte cada día mi persona, mis obras, mis afectos y mis límites, sin reservas ni temores. Quédate conmigo, sostén mi vida en tus manos y concédeme vivir ya en tu paz, con serenidad, confianza, abandono y fortaleza, hasta el día en que quieras llamarme definitivamente a ti. Amén.

domingo, 1 de febrero de 2026

TAN LEJOS… ¡TAN CERCA!


    “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” (Mt. 5,3-5).


    Hoy tengo que celebrar un funeral: el de la abuela de una joven maestra, madre de cuatro hijos preciosos (y el quinto viene de camino). Ella es amiga mía muy querida, y fue también mi alumna. En la misa voy a mantener las lecturas propias del día, porque es domingo, y el Evangelio nos presenta la predicación de las bienaventuranzas por parte de Jesús. En el contexto de un funeral, en medio del silencio y del duelo, estas palabras pueden sonar, en un primer momento, como un ideal lejano, casi como un lenguaje que no encaja bien con el dolor concreto, con las lágrimas reales. Sin embargo, dichas junto a un féretro, las bienaventuranzas revelan una hondura nueva y una cercanía inesperada.


    Jesús no proclama bienaventurados a quienes lo tienen todo bajo control, ni a quienes pasan por la vida sin heridas. Llama bienaventurados a los pobres, a los mansos, a los que lloran. La muerte nos hace pobres, porque a veces nos arrebata a alguien querido y nos deja con un vacío imposible de colmar; nos vuelve mansos, porque nos obliga a reconocer que no lo dominamos todo; y nos hace llorar, porque el amor verdadero siempre duele, sobre todo cuando se siente que algo se pierde. Precisamente ahí, en esa pobreza desnuda y sincera, Jesús pronuncia una palabra de promesa: el Reino es para vosotros, la herencia es vuestra, el consuelo no os faltará. No es una promesa abstracta ni aplazada, no es una eliminación del dolor o la soledad; es el compromiso de que no nos faltará su Presencia que acompaña y sostiene, incluso cuando no entendemos.


    “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.” No se trata de un consuelo que borra el dolor de inmediato, sino del consuelo que nace de saber que Dios no es indiferente a nuestras lágrimas. Cristo mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro y atravesó la muerte para abrirnos un horizonte de vida. Hoy, ante la muerte de esta mujer anciana que fue madre, abuela y bisabuela, la fe cristiana no rechaza el llanto, pero lo envuelve en esperanza. Las lágrimas no son signo de derrota, sino de amor, y ese amor es más fuerte que la muerte porque está sostenido por Dios.


    Señor Jesús, Tú que conoces nuestras lágrimas y te acercas con respeto al dolor humano, acoge en tu paz a todos nuestros hermanos difuntos y sostén a quienes hoy lloran la pérdida de un ser querido. Haz que, incluso en la pobreza y en el llanto, sepamos descubrir tu consuelo fiel y la esperanza de la vida que no termina en ti. Amén.


sábado, 31 de enero de 2026

HACIA LA OTRA ORILLA


    “Aquel día, al atardecer, dice Jesús a sus discípulos: ‘Vamos a la otra orilla’. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: ‘Maestro, ¿no te importa que perezcamos?’. Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: ‘¡Silencio, enmudece!’. El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: ‘¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?’” (Mc. 4,35-40).


    El evangelio de hoy comienza con una indicación muy sobria y, sin embargo, cargada de significado: “al atardecer”. No es solo una referencia horaria, sino el reflejo de un clima interior. El atardecer es el momento en que la luz declina, cuando la fatiga hace su aparición y el día empieza a cerrarse. Jesús propone la travesía precisamente entonces, no cuando todo está claro ni es seguro. La llamada a “pasar a la otra orilla” se produce en un momento de cansancio, cuando la confianza tiene que sostenerse sin que haya apoyos evidentes.


    La tormenta no aparece como un fenómeno extraño, sino casi como una parte del camino. Jesús está en la barca, pero duerme. Ese dormir desconcierta, porque parece ignorar la urgencia de la situación. Los discípulos experimentan el contraste entre su angustia y el silencio de Jesús, y de ahí brota la pregunta que nos lo desvela todo: “¿no te importa que perezcamos?”. No es solo una queja, es una confesión de miedo e incredulidad, la sospecha de que Dios puede estar ausente justo cuando más se le necesita.


    El gesto de Jesús es sobrio y poderoso: una palabra basta para imponer silencio al temporal. Pero el centro del relato no está tanto en la calma del mar, como en la mirada que Jesús dirige a los discípulos. Con ella descubre que la verdadera tormenta, de hecho, no estaba fuera, sino dentro. El miedo revela una fe todavía frágil, una confianza que depende demasiado de que todo vaya bien. La travesía a la otra orilla es, en el fondo, un aprendizaje interior: descubrir quién es Él incluso cuando parece dormir, y aprender a fiarse de su presencia más allá de apariencias amenazadoras.


    Señor Jesús, tantas veces también yo te llevo en la barca de mi vida y, sin embargo, cuando arrecia el viento y el agua amenaza con anegarme, me dejo dominar por el miedo. Me cuesta creer que tu silencio sea presencia fiel y no abandono, que tu descanso no sea indiferencia, sino confianza en el Padre y en el camino que Tú mismo has marcado.

Enséñame a cruzar a la otra orilla fiándome de tu Palabra, incluso al atardecer, incluso cuando todo parece inestable. Calma primero mi corazón, para que, aun en medio de la tormenta, aprenda a reconocerte y a descansar en ti. Amén.

viernes, 30 de enero de 2026

NOCHE Y DÍA


    “Jesús decía al gentío: el reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega” (Mc. 4,26-29).


    Hay un ritmo escrito en nuestro ser, en nuestro cuerpo y en nuestra alma: trabajo y descanso, día y noche, acción y pausa. Reconocerlo no es una debilidad; es aceptar humildemente el designio del Creador sobre nosotros. Estos días de temporal nos han obligado a muchos a quedarnos en casa, sin la presión de cumplir horarios ni de estar siempre produciendo. Y no ha sido tiempo perdido. El reposo verdadero abre espacio para la lectura, la oración, el silencio, para pensar despacio y dejar que las cosas se decanten. Dormir la noche y levantarse por la mañana no detiene la vida; la acompaña.


    En el Evangelio de san Juan, Jesús dice con claridad: “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Jn. 5,17). Dios no sigue nuestros turnos de actividad y reposo. Él vela siempre, actúa siempre. Pero nosotros no somos Dios, y no debemos confundirnos. Las cosas más importantes de nuestra vida no crecen a fuerza de prisas, ni de consignas, ni de esfuerzos visibles. Van germinando casi sin que nos demos cuenta: la madurez humana, la sabiduría que regala la experiencia, una comprensión más honda de Dios y de sus misterios, y sobre todo el crecimiento de las virtudes. No las vemos crecer, y es mejor así, para no caer en soberbia. Como la semilla, crecen en el interior del surco de nuestra vida cotidiana; la tierra buena (Dios) las hace crecer, mientras nosotros aprendemos a esperar y a valorar la paciencia.


    Señor Jesús, enséñame a trabajar con fidelidad y a descansar sin miedo. Ayúdame a confiar en lo que Tú haces en mí cuando no veo nada, a respetar los tiempos interiores y a esperar sin angustia, sabiendo que tu obra crece en silencio, a tu ritmo y no al mío. Amén.

jueves, 29 de enero de 2026

GUIADOS POR SU LUZ


    “Jesús dijo al gentío: ‘¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero? No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga’. Les dijo también: ‘Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene’” (Mc. 4,21-25).


    Jesús, en el Evangelio de hoy, reúne aquí dos enseñanzas que, en el fondo, están profundamente unidas. Por una parte, nos recuerda que la fe no es un tesoro para esconder, sino una luz destinada a iluminar. Nadie enciende una lámpara para ocultarla, porque la luz solo cumple su misión cuando se deja ver. La fe que hemos recibido no nos pertenece en exclusiva: se nos ha confiado para ser compartida, transmitida. Y eso exige dos actitudes fundamentales. Generosidad, para aceptar el desgaste silencioso de la entrega diaria, el cansancio de dar sin reservas, la paciencia de sembrar sin ver enseguida los frutos. Y valentía, porque la luz a veces incomoda, despierta resistencias y provoca oposición; quien pone la lámpara en el candelero sabe que no siempre será comprendido ni aceptado.


    Por eso nos invita a revisar el criterio con el que miramos, tratamos y juzgamos a quienes nos rodean. En definitiva, se trata de una llamada a vivir la misericordia entrañable. Nos conviene pedir un corazón bueno, comprensivo y compasivo, dispuesto siempre a disculpar antes que a condenar, a entender antes que a sentenciar. Porque ese mismo criterio será el que un día se aplicará sobre nuestra propia vida. Las palabras de Jesús son firmes y seguras: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc. 13,31). En ellas encontramos luz para el camino y una verdad en la que podemos apoyarnos sin miedo. Vivir de esa Palabra, dejarla brillar y permitir que modele nuestro corazón es la forma más auténtica de caminar en la luz y prepararnos para el Reino.


    Señor Jesús, enciende en nosotros la luz de tu Evangelio y danos la generosidad y la valentía necesarias para no esconderla. Danos un corazón misericordioso, semejante al tuyo, para que sepamos medir y juzgar a los demás con amor y caminar confiados a la luz de tu Palabra. Amén.

miércoles, 28 de enero de 2026

TEÓLOGO Y ADORADOR

“En la noche de la Última Cena,

sentado a la mesa con sus hermanos,

cumplida plenamente la ley

en la cena prescrita,

como alimento a los doce

se da a sí mismo con sus propias manos.


El Verbo hecho carne

convierte con su palabra el pan verdadero en su Carne,

y el vino se hace Sangre de Cristo;

y aunque los sentidos desfallezcan,

para asegurar el corazón sincero

basta sólo la fe.


Tan gran Sacramento, pues,

veneremos postrados;

y el antiguo rito

ceda al nuevo;

que la fe supla

la insuficiencia de los sentidos.


Al Padre y al Hijo

alabanza y júbilo,

salud, honor, poder

y bendición;

y al Espíritu que procede de ambos,

igual gloria y alabanza. Amén.”

(Santo Tomás de Aquino, del himno latino Pange lingua).


    Santo Tomás de Aquino (1225-1274), cuya fiesta litúrgica hoy celebramos, fue uno de los grandes teólogos de la Edad Media, un buscador incansable de la verdad, un hombre de inteligencia luminosa y de profunda vida interior. Su obra más conocida, la Suma Teológica, es un inmenso compendio del saber teológico cristiano, donde la razón y la fe dialogan con un extraordinario equilibrio. Pero Tomás no fue solo un pensador brillante: fue, ante todo, un cristiano fervoroso que pensó y escribió de rodillas, un contemplativo que supo expresar con palabras humanas los misterios más profundos de Dios.


    Este conocido himno eucarístico compuesto por él, el Pange lingua, revela quizá mejor que ningún tratado el corazón de santo Tomás. En él se expresa que Jesús no sólo enseña y explica, sino que se entrega. En la Última Cena se da a sí mismo como alimento, anticipando sacramentalmente el don total que realizará en la Cruz. El mismo Verbo por quien todo fue hecho se hace Pan partido y Sangre derramada, para permanecer con los suyos y sostener así su caminar.


    Santo Tomás sabe que ante este Misterio los sentidos se quedan cortos. No vemos, no tocamos, no comprendemos cómo. Por eso invita a la fe humilde y confiada, a la adoración postrada, al silencio que reconoce que Dios es siempre mayor. El antiguo rito cede su lugar al nuevo, no porque lo anterior haya sido inútil, sino porque todo encuentra ahora su plenitud en la entrega de Cristo. La Eucaristía es el lugar donde la inteligencia se aquieta y el corazón se ensancha, donde la fe suple lo que los ojos no alcanzan a ver, y el alma aprende a vivir de lo invisible.


    Señor Jesús, Pan vivo bajado del cielo, enséñanos a creer cuando no vemos, a adorar cuando no entendemos, y a dejarnos transformar por tu presencia humilde y real en el Sacramento de tu amor. Así sea. 


martes, 27 de enero de 2026

UNA FAMILIA QUE SE AMPLÍA

    “Llegaron la Madre de Jesús y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice: ‘Mira, tu Madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan’. Él les pregunta: ‘¿Quiénes son mi Madre y mis hermanos?’. Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: ‘Estos son mi Madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi Madre’” (Mc. 3,31-35).


    Llegan la Madre y los hermanos de Jesús. No entran. Se quedan fuera. Lo mandan llamar. El gesto es sobrio, casi silencioso, y sin embargo está cargado de humanidad: buscan a Jesús, quieren verlo, se preocupan por Él. Y es entonces cuando Jesús pronuncia unas palabras que, leídas superficialmente, podrían parecer una toma de distancia, pero que en realidad esconden un elogio profundo, delicado y luminoso.


    Jesús no rebaja a su Madre. Al contrario: la sitúa en el lugar más alto posible. Cuando afirma que es madre suya quien hace la voluntad de Dios, está describiendo a María sin nombrarla. Ella es la oyente perfecta de la Palabra, la mujer que la acogió primero en el corazón y después en el seno, la que no solo escuchó, sino que guardó, meditó y cumplió. Nadie como Ella ha vivido tan hondamente esa obediencia confiada que nace del amor.


    Mirando a los que están sentados a su alrededor, Jesús busca ensanchar los lazos naturales: abre su familia, rompe los límites de la sangre para introducirnos en el misterio de la comunión con Él. Pero al hacerlo, no desplaza a su Madre: la coloca en el centro. Ella es la primera de esa nueva familia, la primera discípula, la que inauguró ese modo nuevo de pertenecer a Dios que no se apoya en títulos ni en privilegios, sino en la docilidad absoluta al querer del Padre.


    Con frecuencia nos sucede a nosotros que, quedándonos fuera, queremos que el Señor salga a nuestro encuentro. Pero Jesús nos invita más bien a entrar: a aceptar el reto de formar una familia más amplia que tiene su modelo en la humildad y las obras de la Santísima Virgen, y encuentra en Ella su corazón más puro y fiel.


    Santa María, Madre de Jesús y Madre nuestra, enséñanos a escuchar la Palabra de Dios con un corazón dócil y sencillo. Tú que no te quedaste fuera, sino que viviste siempre dentro de la voluntad del Padre, ayúdanos a entrar en la casa de tu Hijo y a sentarnos humildemente a su alrededor. Tú que acogiste la Palabra sin reservas y la cumpliste con toda perfección, sostén nuestro deseo de creer, de confiar y de entregarnos, para pertenecer de verdad a la familia de Jesús. Amén.

lunes, 26 de enero de 2026

LAS LÁGRIMAS DE TIMOTEO


    “A Timoteo, hijo querido: gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro. Doy gracias a Dios, a quien sirvo, como mis antepasados, con conciencia limpia, porque te tengo siempre presente en mis oraciones noche y día. Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría. Evoco el recuerdo de tu fe sincera, la que arraigó primero en tu abuela Loide y en tu madre Eunice, y estoy seguro de que también en ti. Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos” (2 Tim. 1,2-6).


    Hoy la Iglesia celebra la memoria del discípulo predilecto del apóstol san Pablo: Timoteo. Aquel adolescente, encontrado en Listra, al que Pablo asoció a su misión y quiso casi como a un hijo, llevándolo consigo como compañero y colaborador en muchos de sus viajes apostólicos. Confió en él tareas delicadas, comunidades difíciles, responsabilidades que quizá superaban sus fuerzas. Y en esta carta aparece un detalle que llama poderosamente la atención y revela una profunda humanidad: Pablo recuerda las lágrimas de Timoteo. ¿De qué tipo de lágrimas se trataba?


    Hemos de reconocer que no lo sabemos con certeza y que son susceptibles de más de una explicación, ya que el corazón del discípulo es un lugar ancho donde caben muchas causas. Pueden ser lágrimas de cansancio y de desánimo, cuando la misión parece desbordar las fuerzas; lágrimas de soledad, cuando el padre espiritual está lejos y el camino se vuelve arduo; lágrimas de ternura, de afecto limpio, de amor agradecido por quien nos engendró en la fe. También pueden ser lágrimas de consolación profunda, de devoción silenciosa, de sentirse sostenido por Dios en medio de la fragilidad. Pablo las recuerda con cariño, las acoge como una ofrenda, como un verdadero lenguaje del alma.


    Timoteo aparece aquí muy joven, expuesto pero valiente, capaz de dejar atrás seguridades, vínculos y afectos para apostar su vida por Cristo. Su fe no nace de la nada: tiene buenas raíces, firme memoria, un hogar creyente que lo sostuvo cuando él aún no podía sostenerse solo. Su madre y su abuela han jugado un papel fundamental. Y, sin embargo, llega un momento en que esa fe heredada debe avivarse como don personal, como fuego recibido que pide cuidado. La imposición de las manos no lo exime de la lucha; lo compromete. Por eso la exhortación no es a hacer más, sino a reavivar lo que ya está dentro de él; a no dejar que la llama se apague bajo el peso del cansancio o del miedo.


    Esta palabra, proclamada en la Iglesia, puede resonar como una carta personal de Dios. En ella el Señor tiene presente nuestra vocación con ternura, reconoce las lágrimas sin reproche y vuelve a confiarnos la misión. No pide héroes invulnerables, sino hijos queridos que, aun temblando, mantengan viva la gracia recibida. Al decir como respuesta “Palabra de Dios”, algo de esto sucede: Dios vuelve a hablarnos hoy mismo, y su voz alcanza el lugar más íntimo donde su llamada sigue viva, avivando nuestro fuego interior.


    Señor Jesús, Tú conoces nuestras lágrimas y sabemos que conmueven tu Corazón; reaviva en nosotros el don que un día nos hiciste, y danos la gracia de la fidelidad cuando la misión nos supere. Así sea.

domingo, 25 de enero de 2026

EL EVANGELIO DESDE UNA VIDA (elogio fúnebre y recuerdo sentimental)


    “Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: ‘Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló’. Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: ‘Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos’” (Mt. 4,12-17).


    Ayer por la tarde celebré la misa dominical por el eterno descanso de mi tía Pepita, fallecida aproximadamente hace unos dos meses (como ya reflejé en este canal). Utilicé las lecturas propias de hoy domingo en la misma iglesia donde fue bautizada y donde se casó. Estaban presentes cinco de sus siete hijos, su viudo, tres de sus hermanos vivos, algunos de sus cuñados y un buen grupo de primos hermanos míos. Yo soy el mayor de ellos y, como tal, fui su primer sobrino, el que la convirtió en tía cuando ella solo tenía nueve años. Quizá se mostró orgullosa de ser tía entre las compañeras de su colegio y por eso, durante toda su vida, siempre me llamó “sobrino”, incluso cuando ya tenía muchos más. No era una pura costumbre. Era llamarme, más que por un nombre, por un vínculo. Eso era lo real e importante para ella: la relación, más que la denominación.


    Yo tenía ocho años cuando asesinaron a John Kennedy en Dallas. No recuerdo si fue aquel mismo viernes en que ocurrió o, como acostumbrábamos, el domingo siguiente, cuando fuimos a casa de mis abuelos. Ella era entonces una adolescente de diecisiete, aunque yo la veía como perteneciente al mundo de los adultos. Sin embargo, mientras todos hablaban de la muerte de Kennedy, la recuerdo sentada, comiendo pipas concienzudamente, con toda su atención puesta en ese gesto sencillo, concentrada como si aquello fuera lo verdaderamente importante. No era la muerte lo que le interesaba. Era la vida, y el cuidado de la vida, lo que siempre llamó su atención.


    Cierro los ojos y la veo con sus trenzas rubias, su rostro pecoso, niña dorada siempre con un pequeño mohín o rictus de ironía que curvaba sus labios, rebelde con causa. Fue la única de mis tías a la que vi vestir pantalones vaqueros en el campo, cuando todavía no era habitual entre las chicas. Otras veces la veo con un veraniego vestido blanco y un sombrero de paja. Pero siempre igual: luminosa. Era una chica con ideas propias, la menor de ocho hermanos. Por eso tuvo que luchar para ocupar un sitio. Para ser tenida en cuenta en su familia. Por eso, en ocasiones, su rebeldía crispaba a sus hermanos mayores y a los adultos en general.


    Hoy, al escuchar de nuevo la profecía de Isaías, “el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”, no puedo leer estas palabras de una manera abstracta. Las leo desde su vida concreta: la de aquella muchacha sincera e independiente que comía pipas tranquilamente mientras el mundo se preocupaba por la muerte de un líder famoso. Las leo desde el recuerdo de aquella niña orgullosa de ser tía a los nueve años. Desde aquella mujer que nunca dejó de llamarme sobrino. Hoy no decimos solo que una luz la iluminaba, ni que ella era una pequeña luz para muchos de nosotros. Decimos algo más hondo. Esperamos y rezamos para que ahora esté totalmente envuelta en la Luz. Una Luz que no es un puro fenómeno físico (ella fue una brillante licenciada en Ciencias Físicas), sino Alguien. Una Persona. Aquel que dijo un día: “Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no camina en las tinieblas” (Jn. 8,12).


    Señor Jesús, Luz verdadera que brillas en medio de nuestras sombras:

enséñanos a vivir atentos a la vida y condúcenos, cuando llegue la hora,

a la plenitud de tu Luz.

    Concédenos ser inconformistas frente a lo rutinario, frente a lo estúpido, frente al sinsentido y frente a la muerte, pero decididamente partidarios de tu Evangelio. Amén.