“Vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca” (Flp. 4,5).
Después de contemplar ayer la fidelidad, llegamos al décimo fruto del Espíritu Santo: la modestia. A primera vista, puede parecer un fruto menor o simplemente exterior, pero en realidad tiene una gran profundidad espiritual. La modestia no es solo una cuestión de formas, sino una manera de situarse ante Dios, ante los demás y ante uno mismo. Es la armonía interior que se refleja en lo exterior sin artificio ni exageración.
La modestia nace de un corazón que no necesita imponerse para sobresalir. El alma modesta no busca llamar la atención, ni afirmarse continuamente. Ha descubierto que su valor no depende de la mirada de los demás, sino de la mirada de Dios. Por eso vive con una sencillez que no es sino libertad interior. No tiene que aparentar, no tiene que defender una imagen, no tiene que afirmarse constantemente ante los demás.
Este fruto tiene mucho que ver con la verdad. La modestia es vivir en la verdad de lo que uno es: ni más ni menos. No exagera los dones recibidos, pero tampoco los esconde por falsa humildad. Los reconoce como recibidos y los pone al servicio del prójimo, sin apropiarse de ellos. Es una forma de transparencia: uno no se interpone, no se convierte en protagonista, sino que deja pasar la luz de Dios.
En un mundo donde todo invita a mostrarse, a exhibirse, a destacar, la modestia es un testimonio silencioso y muy elocuente. Hay una belleza en lo discreto, una fuerza en lo que no se impone, una verdad en lo que no necesita adornarse. La modestia guarda el misterio de la persona, protege lo interior, y permite que lo esencial no se pierda en lo superficial.
Ven, Espíritu Santo, y enséñanos la modestia. Líbranos del deseo de ser vistos, de la necesidad de aprobación, del afán de protagonismo. Danos un corazón sencillo, verdadero, libre, que viva ante ti y no ante la mirada cambiante de los hombres. Que nuestra vida no se anuncie a sí misma, sino que, en silencio, deje transparentar tu presencia. Amén.