“El Espíritu todo lo sondea, incluso las profundidades de Dios. Pues ¿quién conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, lo íntimo de Dios nadie lo conoce sino el Espíritu de Dios” (1 Cor. 2,10-11).
Al comenzar este recorrido por los dones del Espíritu Santo, nos situamos ante el primero y más alto de todos: el don de la sabiduría. No se trata de un saber humano, fruto del estudio o de la experiencia, sino de un conocimiento que nace del amor y conduce al amor. La misma palabra nos da una pista luminosa: saber viene del latín sapere, y sapere significa ante todo gustar. La sabiduría, por tanto, no consiste en acumular ideas sobre Dios, sino en gustar de Dios, en tener una experiencia interior de Él, en percibir su presencia como algo vivo, real y profundamente atrayente. Es un conocimiento sabroso, que se experimenta más que se define.
Ahora bien, esta experiencia no se queda en el ámbito de la sensibilidad. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que este don “dispone la razón a juzgar según la verdad divina” (CEC 1830). Y aquí no hay ninguna contradicción, sino una profundización. Porque ese “gustar de Dios” del que hablábamos no es un simple sentimiento, sino una unión interior con Él que transforma toda la persona, también la inteligencia. El que gusta de Dios comienza a conocer de un modo nuevo: ya no solo por razonamientos, sino por connaturalidad, por una especie de afinidad interior que nace del amor.
De este modo, el gusto funda el juicio. El alma que se deleita en Dios queda iluminada desde dentro, y su razón, elevada por el Espíritu, aprende a juzgar todas las cosas según Dios. Como quien ama profundamente, que sin largos discursos sabe lo que está en sintonía con la persona amada, así el alma sabia discierne lo verdadero, lo bueno y lo justo con una luz que brota del amor. No es una razón fría ni un sentimiento ciego: es una inteligencia transformada por el amor, o un amor que se ha vuelto lúcido.
Quien se deja conducir por este don empieza a participar, de algún modo, de la mirada misma de Dios. Lo efímero pierde su atractivo, y lo eterno se impone con una suave evidencia. Incluso en medio del sufrimiento o de la oscuridad, permanece una paz honda, una connaturalidad con la voluntad divina. Es el don de los santos, el que madura la fe hasta hacerla contemplativa, sencilla y unificada. Es el Espíritu quien lo obra, introduciendo al alma en las profundidades de Dios, y haciendo que toda su vida -afectos, inteligencia y decisiones- quede orientada hacia Él. Y esta acción del Espíritu se acoge con sencillez: en la oración silenciosa, en la escucha fiel de la Palabra, y en el desapego de lo que no es Dios.
Señor, concédenos el don de la sabiduría. Haz que aprendamos a gustarte de verdad, y que ese gusto transforme nuestra mente y nuestro corazón. Que nuestra inteligencia, iluminada por tu Espíritu, sepa juzgar según tu verdad, y que toda nuestra vida quede ordenada por ese amor que nace de ti y conduce a ti. Amén.