“El escriba replicó: ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de Él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: ‘No estás lejos del Reino de Dios’” (Mc. 12,32-34).
Jesús, Maestro bueno, que nunca dejas de atender a quien se acerca a ti con sinceridad: yo también me acerco hoy a ti, no para ponerte a prueba, sino para dejarme iluminar por la Palabra de Vida que brota de tu Corazón. Tú sabes que, en medio de tantas reglas, normas y costumbres, a veces mi fe se vuelve ritual, pura apariencia, desconectada del amor. Por eso te suplico: enséñame a amar. Enséñame a centrar toda mi existencia en el amor a Dios con todo mi corazón, con todo mi entendimiento, con todo mi ser. No quiero quedarme en lo exterior ni vivir una religión vacía. Quiero vivir una relación viva contigo, una amistad que transforme todo lo que soy y todo lo que hago.
Hazme comprender que ese amor a Dios no puede vivirse sin el amor al prójimo. No permitas que me refugie en rezos y gestos religiosos para eludir el compromiso concreto con quienes me necesitan. Que no me engañe pensando que te amo si no soy capaz de amar a quien tengo al lado. Ayúdame a ver en el rostro del otro tu propio rostro: en el del pobre, en el del enfermo, en el de quien está solo, en el del que me incomoda, incluso en el del que no piensa como yo. Que mi fe no sea una coartada para juzgar, sino una fuerza para servir, para perdonar, para acoger, para levantar.
Gracias por la figura de este escriba que se atrevió a decir: “Muy bien, Maestro, tienes razón”. En medio de un ambiente hostil, él supo reconocer la verdad. Dame también a mí un corazón abierto, capaz de escuchar, incluso cuando lo que Tú dices me cuestiona. No permitas que me esconda tras mis seguridades religiosas. Hazme dócil a Tu Palabra, disponible y sincero. Y cuando me digas, como a él: “No estás lejos del Reino de Dios”, ayúdame a no conformarme con estar cerca. No quiero quedarme en la puerta, ni observar desde lejos. Llévame dentro, Señor. Atráeme a Tu Reino. Haz que dé el paso, que me decida, que me entregue del todo. Porque no quiero vivir a medias. Quiero seguirte con todo mi corazón, sin reservas. Tú, que eres el Reino hecho carne, ¡ven a reinar en mí! Así sea.