“Jesús decía al gentío: el reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega” (Mc. 4,26-29).
Hay un ritmo escrito en nuestro ser, en nuestro cuerpo y en nuestra alma: trabajo y descanso, día y noche, acción y pausa. Reconocerlo no es una debilidad; es aceptar humildemente el designio del Creador sobre nosotros. Estos días de temporal nos han obligado a muchos a quedarnos en casa, sin la presión de cumplir horarios ni de estar siempre produciendo. Y no ha sido tiempo perdido. El reposo verdadero abre espacio para la lectura, la oración, el silencio, para pensar despacio y dejar que las cosas se decanten. Dormir la noche y levantarse por la mañana no detiene la vida; la acompaña.
En el Evangelio de san Juan, Jesús dice con claridad: “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Jn. 5,17). Dios no sigue nuestros turnos de actividad y reposo. Él vela siempre, actúa siempre. Pero nosotros no somos Dios, y no debemos confundirnos. Las cosas más importantes de nuestra vida no crecen a fuerza de prisas, ni de consignas, ni de esfuerzos visibles. Van germinando casi sin que nos demos cuenta: la madurez humana, la sabiduría que regala la experiencia, una comprensión más honda de Dios y de sus misterios, y sobre todo el crecimiento de las virtudes. No las vemos crecer, y es mejor así, para no caer en soberbia. Como la semilla, crecen en el interior del surco de nuestra vida cotidiana; la tierra buena (Dios) las hace crecer, mientras nosotros aprendemos a esperar y a valorar la paciencia.
Señor Jesús, enséñame a trabajar con fidelidad y a descansar sin miedo. Ayúdame a confiar en lo que Tú haces en mí cuando no veo nada, a respetar los tiempos interiores y a esperar sin angustia, sabiendo que tu obra crece en silencio, a tu ritmo y no al mío. Amén.