jueves, 3 de abril de 2025

UN CORAZÓN COMO EL DE JESÚS


    “Moisés suplicó al Señor, su Dios: ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta? ¿Por qué han de decir los egipcios: ‘Con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra’? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo: ‘Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo’” (Éx. 32,11-13).


    Este pasaje, que pertenece a la primera lectura de la misa de hoy, es uno de los momentos más impresionantes de toda la historia de la salvación. El pueblo ha caído en la idolatría; ha olvidado la gloria del Dios vivo para postrarse ante una figura muerta: el becerro de oro. Dios ha visto esa infidelidad y se ha indignado con razón. El pecado ha herido la alianza. Pero ahí está Moisés, el amigo de Dios, el intercesor, el hombre que sube al monte para hablar cara a cara con el Señor, o entra en la Tienda del Encuentro para recibir sus instrucciones. 

    Lo que hace Moisés es de una grandeza inmensa: no piensa en sí mismo, no acepta la propuesta que le hace Dios de destruir a Israel y formar, a partir de él, un pueblo nuevo. No busca su gloria. Al contrario, defiende al pueblo que Dios le confió, aunque haya pecado, aunque se haya alejado.


    Moisés no discute con Dios, pero toca su corazón. Apela a su fidelidad, a su promesa, a su misericordia. Le dice: “Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel…”. Moisés se coloca en la brecha. Y en ese gesto, en ese ponerse entre Dios y el pecado de los hombres, Moisés prefigura el corazón de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, que será el único intercesor perfecto. Pero aquí, en Moisés, ya brilla el amor, la compasión, la generosidad de quien ama de verdad a su pueblo y ama de verdad a Dios. Por eso se atreve a suplicar. Y Dios se deja conmover, porque le agrada ver que un hombre se le parece en el amor, en la fidelidad, en el perdón.


    ¡Qué gran enseñanza para nosotros! Cuántas veces juzgamos y condenamos a nuestros prójimos, mientras que el verdadero amigo de Dios no condena, sino que intercede. No se aprovecha del pecado ajeno para exaltarse, sino que se humilla para que el otro viva. ¡Cuánto se parece el corazón de Moisés al Corazón de Jesús! Y cuánto deseará Dios encontrar también en nosotros corazones intercesores, capaces de pedir por los que no piden, capaces de amar a los que no aman, capaces de recordar a Dios su gran misericordia, y no lo poco que los hombres la merecen.


    Jesús mío, enséñame a amar como Moisés, a suplicar como Moisés, a no pensar en mí con satisfacción cuando otros caen. Que tenga un corazón grande, generoso y compasivo. Que no me canse de recordar que Tú amas, que Tú salvas, que Tú has hecho promesas. Hazme intercesor: que me ponga siempre de parte del pecador, para suplicarte a ti, que eres misericordia infinita. Amén.

miércoles, 2 de abril de 2025

SIEMPRE AMADOS


    “Exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados. Sion decía: ‘Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado’. ¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré” (Is. 49, 13-15).


    Hay momentos en los que el alma se siente hundida en su propia nada, incapaz incluso de orar, cansada de esperar consuelos que no llegan. Es entonces cuando resuena en el corazón esta Palabra: “Yo no te olvidaré”. Frente a nuestras dudas, frente a nuestros temores más profundos, Dios responde con ternura, con la imagen más entrañable que podemos imaginar: la de una madre que lleva a su hijo en los brazos y lo alimenta de sí misma. Y va aún más lejos: “aunque ella se olvidara, Yo no te olvidaré”. El Amor de Dios por nosotros no tiene fisura, no es intermitente como el deshojar una margarita: “ahora te quiero, ahora no te quiero”. El Amor de Dios no depende de lo que hayamos hecho o dejado de hacer; es incondicional, y por eso me ama antes de mi pecado, durante mi pecado, y después de mi pecado. Él conoce el dolor de nuestro corazón, las veces en que nos sentimos indignos, las veces en que la esperanza flaquea… y entonces viene a nosotros, no con reproches, sino con consuelo.


    Porque Él sabe que nuestro camino es arduo, que a menudo cargamos con nuestra fragilidad como si lleváramos un peso insoportable. No siempre entendemos por qué sufrimos, ni por qué nuestros pasos se extravían tantas veces. Pero sí podemos entender esto: que hay Alguien que no deja de amarnos ni por un instante, que nos acompaña silenciosamente, que nos mira con una ternura que sana y transforma. Su Amor no es una exigencia, sino una fuente viva que nos permite volver a empezar. Y esa certeza lo cambia todo. Porque ya no vivimos para merecer el Amor, sino porque somos amados desde siempre y para siempre.


    Jesús, mi Salvador, Tú no nos olvidas nunca. Aunque tantas veces dude, aunque mi corazón se llene de sombras, aunque me sienta perdido, Tú estás ahí, consolándome con tu Palabra, envolviéndome en tu Amor. Tú conoces mi historia, mis caídas y mis miedos, y no me rechazas. Gracias por no cansarte de mí. Gracias por quererme más allá de lo que puedo entender. Dame, Señor, la gracia de recordar siempre tu fidelidad, y de volver a ti cada vez que me sienta solo. No permitas que me aleje de tu Corazón. Amén.

martes, 1 de abril de 2025

JESÚS, PALABRA QUE DA VIDA


    “Ciertamente, lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió. En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida (Jn. 5,21-24).


    Señor Jesús, Hijo eterno del Padre, Juez de vivos y muertos, dador de la Vida verdadera, yo me postro ante ti con temblor y amor. Tú eres Aquel a quien el Padre ha entregado todo juicio, no para condenar, sino para salvar; no para aplastar, sino para levantar; no para castigar, sino para dar vida. ¡Oh Jesús, Verbo de Dios, Palabra que realiza lo que dice, Palabra que no miente, que no pasa, que no envejece! Hoy quiero escuchar esa Palabra con todo mi ser, con los oídos del alma abiertos, con el corazón ardiendo y dispuesto. Tú no hablas como los hombres, no explicas como los sabios de este mundo: tú dices “levántate” y el muerto resucita; dices “cree” y el abismo se convierte en cielo; dices “vive” y el alma pasa de la muerte a la vida.


    Hijo del Padre, reflejo perfecto de su gloria, si te honro a ti, honro al Padre; si te miro a ti, contemplo al Invisible; si te adoro a ti, adoro al Dios tres veces santo. ¿Y cómo no adorarte, si me diste vida cuando yo estaba perdido? ¿Cómo no bendecirte, si no quisiste juzgarme, sino salvarme? Me bastó escuchar, me bastó creer. ¡Y eso fue vida eterna ya nacida en mí! Tú no juzgas como el mundo, ni condenas como el mundo condena. Tú juzgas con el fuego del amor, con las llagas de tu Pasión abiertas, con los brazos extendidos en la cruz. Tu juicio es misericordia, y quien te encuentra se sabe mirado, no con desprecio, sino con ternura; no con distancia, sino con abrazo.


    Jesús, Rey eterno, que estás a la derecha del Padre, no dejes que olvide nunca que ya he pasado de la muerte a la vida. No permitas que el miedo me robe la certeza de que tú me has salvado, de que el juicio ha sido suspendido por la fe, y que el amor ha triunfado. Haz que mi alma escuche siempre tu Palabra, que la reciba como semilla fecunda, que la atesore como tesoro escondido. Dame vivir contigo, vivir en ti, vivir por ti, en esta vida y en la otra. Y enséñame, Señor, a honrarte como honro al Padre, y a honrar al Padre viéndolo en ti, amándolo en ti, adorándolo en ti, porque tú y el Padre sois uno. Amén.


lunes, 31 de marzo de 2025

EL SIGNO ES EL CAMINO


    “El funcionario insiste: ‘Señor, baja antes de que se muera mi niño’. Jesús le contesta: ‘Anda, tu hijo vive’. El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando cuando sus criados vinieron a su encuentro, diciéndole que su hijo vivía” (Jn. 4,49-51).


    Este hombre anónimo, un padre desesperado, se acerca a Jesús desde el dolor más hondo: su hijo se muere. No le importa la distancia, ni su prestigio de funcionario real, ni las posibles respuestas que recibirá. Solo quiere vida para su hijo. Suplica: “Señor, baja antes de que se muera mi niño”. Pero en lugar de una promesa inmediata, parece recibir un reproche: “Si no veis signos y prodigios, no creéis”. Nosotros, al leerlo, hemos pensado muchas veces que esas palabras iban dirigidas a él. Sin embargo, el relato demuestra lo contrario. Jesús, que conoce los corazones, ve la fe silenciosa de aquel hombre. Y lo prueba el hecho de que, sin realizar signo alguno, sin bajar con él, sin pedirle nada más, le dice: “Anda, tu hijo vive”. Es una palabra poderosa que contiene una bendición y un aliento a su confianza. No está dicha para reprender, sino para confirmar una fe que ya vive en él, aunque sea oscura y temblorosa.


    Es probable que aquel hombre sintiera dolor al oír las palabras duras de Jesús. Pero ese dolor no fue suficiente para hacerlo retroceder. Porque hay otro dolor más grande en su interior: el de un padre que se aferra a la esperanza de salvar a su hijo. No le importó sentirse injustamente juzgado. No discutió. No pidió explicaciones. Se aferró a la palabra de Jesús como a una tabla de salvación. Y se puso en camino. Ese camino es el verdadero protagonista del relato. Porque es un camino de fe, puro, limpio, silencioso. El hombre no ha visto nada, no tiene pruebas, no lleva a Jesús consigo. Solo va caminando con una palabra en el corazón: “tu hijo vive”.


    Ese es el signo: el camino. Cada paso que da es un acto de confianza, cada hora de espera es una oración, cada instante de silencio es una adhesión incondicional. No vuelve a casa con una señal, sino con la fe desnuda. Y por eso, en ese camino de fe, sale a su encuentro la buena noticia: “tu hijo vive”. Y luego llegará la plenitud: el reconocimiento de que fue en aquella misma hora bendita, y la alegría de ver a toda su casa creer en Jesús. Todo por haber acogido una palabra con fe y haber emprendido un camino sin ver.


    Jesús, Tú pronuncias palabras que salvan, aunque a veces también hieren: enséñame a no detenerme en el reproche, ni a lamentarme de las heridas. Que no me escandalice cuando me hables con firmeza, si Tú sabes lo que hay en mi corazón. Dame, Señor, una fe como la de aquel hombre: que me ponga en camino con tu palabra como única luz, y que camine, aunque no vea, sabiendo que sólo Tú das vida. Amén.

domingo, 30 de marzo de 2025

ENCONTRADO, NO REGRESADO


    “Cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado” (Lc. 15,30-32).


    El hijo mayor no comprende el corazón del padre. Aunque ha permanecido siempre en casa, en realidad ha vivido como un criado más. Mira al hermano desde fuera, como si no le perteneciera ya, y le llama “ese hijo tuyo”, como si quisiera excluirlo de su familia. Y cuando habla con su padre, ni siquiera le llama padre, y se presenta a sí mismo como un siervo que no ha recibido nunca la recompensa debida, en lugar de como un hijo amado. El padre, en cambio, responde desde una verdad mucho más honda: “este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. No dice que ha vuelto ni que ha regresado, porque no lo esperaba pasivamente, sino que lo ha buscado. El padre es como el dueño de las ovejas que busca a la que se le ha perdido, o como la mujer que barre toda la casa para encontrar la moneda extraviada. En esta parábola, aunque no se mencione expresamente, sabemos que el padre ha buscado a su hijo con el alma, con los ojos, con la esperanza. Lo ha buscado con discreción y con amor. Y cuando lo ha encontrado, ha hecho fiesta.


    La perspectiva del hijo mayor es distinta: se sitúa fuera del corazón del padre y fuera de la comunión con su hermano. Cree que todo depende de méritos y recompensas, de justicia humana, de interés. No puede comprender la lógica del amor que es gratuidad, del amor que rescata, del amor que va en busca de lo perdido. No puede entender la alegría del reencuentro, porque no ha experimentado todavía el amor del padre como don inmerecido. El corazón del hijo mayor está endurecido, y por eso no puede alegrarse con el padre. Le cuesta muchísimo entender que la verdadera alegría no nace de los logros, sino del amor que restaura, que levanta, que devuelve la vida. Y quizá también él esté perdido, aunque no se dé cuenta ni nunca se haya ido. Quizá también él necesite ser encontrado por el padre.


    Padre eterno, abre mi corazón para comprender el tuyo. Que no mire a mis prójimos desde fuera, como a extraños que no me importan, sino que los reconozca como hermanos míos e hijos tuyos. Haz que no me quede fuera de la fiesta por no entender tu amor. Búscame también a mí si me pierdo, y hazme volver al gozo de tu casa. Amén.

sábado, 29 de marzo de 2025

LA VERDAD DEL PECADOR


    “¡Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo». El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador” (Lc. 18,11-13).


    El Evangelio de la misa de hoy nos trae la parabola del fariseo y el publicano. Si nos fijamos bien nos damos cuenta de que ambos oran, y ambos se dirigen a Dios con palabras que podrían parecer piadosas. Pero sólo uno de ellos muestra su verdad. El fariseo ha aprendido a cubrirse con una máscara de religiosidad: cumple, da gracias, practica con rigor, se compara… pero no se expone. En el fondo, se defiende ante Dios, como si tuviera que justificar su lugar en el templo. No hay lugar para la luz de Dios en su oración porque ya está lleno de sí mismo. Por eso ni siquiera pide. Sólo se exhibe, convencido de que la justicia de su vida está en lo que ha hecho, en su diferencia respecto a los demás. Pero no se atreve a decir quién es, quizá porque ni siquiera él mismo lo sabe. 


    El publicano, en cambio, se atreve a ser. No hace discursos ni se compara, ni menciona prácticas. Solo deja que la verdad más honda brote de su corazón herido: “soy pecador”. Esa confesión, tan desnuda y tan honda, es lo que Dios puede abrazar y sanar. En el silencio de su oración, sin méritos que mostrar ni razones para justificarse, el publicano se ofrece como es. Su humildad es su verdad. Por eso, Jesús lo pone como modelo: porque el publicano deja que Dios sea Dios. Su oración nace de una pobreza que no es fingida, sino reconocida, aceptada, confesada. Y por eso, desarmado ante la compasión divina, “bajó a su casa justificado”.


    Jesús, Tú conoces mi verdad, aunque yo intente esconderla. No me permitas orar con máscaras ni justificarme con lo que hago. Enséñame a presentarme ante ti como soy, sin comparaciones ni excusas. Que como el publicano, sepa decirte desde el corazón: ten compasión de mí, que soy pecador. Amén.

viernes, 28 de marzo de 2025

AMAR COMO RESPUESTA


    “El escriba replicó: ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de Él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: ‘No estás lejos del Reino de Dios’” (Mc. 12,32-34).


    Jesús, Maestro bueno, que nunca dejas de atender a quien se acerca a ti con sinceridad: yo también me acerco hoy a ti, no para ponerte a prueba, sino para dejarme iluminar por la Palabra de Vida que brota de tu Corazón. Tú sabes que, en medio de tantas reglas, normas y costumbres, a veces mi fe se vuelve ritual, pura apariencia, desconectada del amor. Por eso te suplico: enséñame a amar. Enséñame a centrar toda mi existencia en el amor a Dios con todo mi corazón, con todo mi entendimiento, con todo mi ser. No quiero quedarme en lo exterior ni vivir una religión vacía. Quiero vivir una relación viva contigo, una amistad que transforme todo lo que soy y todo lo que hago.


    Hazme comprender que ese amor a Dios no puede vivirse sin el amor al prójimo. No permitas que me refugie en rezos y gestos religiosos para eludir el compromiso concreto con quienes me necesitan. Que no me engañe pensando que te amo si no soy capaz de amar a quien tengo al lado. Ayúdame a ver en el rostro del otro tu propio rostro: en el del pobre, en el del enfermo, en el de quien está solo, en el del que me incomoda, incluso en el del que no piensa como yo. Que mi fe no sea una coartada para juzgar, sino una fuerza para servir, para perdonar, para acoger, para levantar.


    Gracias por la figura de este escriba que se atrevió a decir: “Muy bien, Maestro, tienes razón”. En medio de un ambiente hostil, él supo reconocer la verdad. Dame también a mí un corazón abierto, capaz de escuchar, incluso cuando lo que Tú dices me cuestiona. No permitas que me esconda tras mis seguridades religiosas. Hazme dócil a Tu Palabra, disponible y sincero. Y cuando me digas, como a él: “No estás lejos del Reino de Dios”, ayúdame a no conformarme con estar cerca. No quiero quedarme en la puerta, ni observar desde lejos. Llévame dentro, Señor. Atráeme a Tu Reino. Haz que dé el paso, que me decida, que me entregue del todo. Porque no quiero vivir a medias. Quiero seguirte con todo mi corazón, sin reservas. Tú, que eres el Reino hecho carne, ¡ven a reinar en mí! Así sea.

jueves, 27 de marzo de 2025

EL MÁS FUERTE


    “Pero si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero si llega otro más fuerte que él y lo vence, le quita las armas en que confiaba y reparte su botín” (Lc. 11,19-22).


    El Señor se presenta como el más fuerte, aquel que ha venido a vencer al diablo, a irrumpir en el reino del mal y liberar a los cautivos. La imagen del hombre fuerte que guarda su palacio con sus armas simboliza la seguridad del mal (que es sólo apariencia), reflejada en las estructuras de pecado. Pero Jesús no pacta con ese poder, no negocia con el maligno: lo vence. Lo vence con el “dedo de Dios”, una expresión que evoca la acción directa del Espíritu Santo, y que aparece también en el episodio del Sinaí cuando Dios escribió la ley sobre las tablas.


    Jesús no necesita signos espectaculares en el cielo. Su vida entera es un signo permanente del amor del Padre. Cada vez que cura a un enfermo, cada vez que perdona un pecado, cada vez que libera a un poseído, está realizando signos de vida y el Reino de Dios irrumpe en el presente. Sin embargo, muchos no ven, no quieren ver. Cierran sus ojos y su corazón. La ceguera voluntaria es la más oscura, porque en ella no hay ignorancia sino obstinación. Rechazar la Luz porque viene en forma humilde es más que incredulidad: es pecado contra el Espíritu.


    En el combate espiritual de nuestra vida, no luchamos solos. El más fuerte ya ha venido. Ha vencido al tentador, y lo ha despojado de sus armas. Pero ahora nos toca a nosotros abrirle la puerta, dejar que Él reine en nuestro corazón, vivir bajo el poder de su Espíritu. La vida cristiana es vivir en este Reino que ya ha llegado, aunque todavía esperamos su plenitud.


    Jesús, vencedor del mal, fuerte y armado con las armas de un Dios que es amor, no permitas que dude de tu poder ni que te atribuya lo que viene del enemigo. Que nunca me cierre a tu acción por miedo, por orgullo o por tibiezaa. Ven, con la fuerza de tu Espíritu, y reina en mi vida. Amén.


miércoles, 26 de marzo de 2025

LA LEY QUE ILUMINA Y LIBERA



    “No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos” (Mt. 5,17-19).


    Jesús no ha venido a traernos una libertad entendida como ausencia de normas, sino la libertad verdadera que se realiza en el amor. Él no destruye la Ley, la eleva. No niega los mandamientos, los lleva a su cumplimiento más profundo. La Ley no es una cárcel para el hombre, sino una brújula que lo orienta hacia la Vida. Los mandamientos no son cadenas, sino senderos seguros que Dios ha trazado con amor para que sus hijos no se pierdan. Y esta Ley -la del Antiguo Testamento y la del Evangelio- tiene un mismo origen: ha sido inspirada por Dios y nos revela su voluntad. Por eso debe ser respetada y acogida como don, no como carga. Cuando el corazón está sano y ama, la Ley no pesa ni oprime. Al contrario, se vuelve una alegría cumplirla, porque es la voluntad del Padre.


    Jesús conoce el peligro del corazón humano cuando este se enferma de egoísmo, de autosuficiencia, de soberbia. Entonces se puede cumplir externamente la Ley, pero desvirtuarla desde dentro. O se puede rechazar como si fuera un obstáculo a la libertad, cuando en realidad es el cauce para caminar hacia la verdad y la vida. Por eso Jesús nos llama a una fidelidad que no es farisaica ni de fachada, sino una fidelidad interior, coherente, limpia. Su exigencia no es solo de conducta, sino de corazón. 

No vale cumplir sin amar. No basta enseñar sin vivir. La Ley alcanza su plenitud cuando se convierte en camino de amor.


    La Palabra de Jesús nos devuelve hoy la alegría de sabernos guiados. No estamos solos ni perdidos. El Padre nos ha dado su Ley como un don precioso. Jesús la ha vivido en plenitud y nos ha enseñado a caminar en ella con sinceridad y libertad interior. No tengamos miedo de la exigencia del Evangelio. No es una carga pesada, es una Luz que nos conduce a la Vida.


    Jesús mío, Tú no has venido a quitarme nada, sino a darme el todo. Has venido a mostrarme el verdadero sentido de la Ley, que no es dominio ni opresión, sino una expresión de tu amor que me cuida, me protege y me conduce hacia ti. Haz que no tema tus mandamientos, sino que los acoja como una bendición. Y líbrame del engaño de un corazón dividido, que o aparenta obediencia y no ama, o proclama libertad y se aleja de la verdad. Amén.

martes, 25 de marzo de 2025

PRODIGIO DE HUMILDAD Y FE


    “El ángel, entrando en su presencia, dijo: ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo’. Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: ‘No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’. Y María dijo al ángel: ‘¿Cómo será eso, pues no conozco varón?’. El ángel le contestó: ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios’” (Lc. 1,28-35).


    En la hora de la Anunciación, la Virgen María aparece envuelta en un silencio lleno de escucha. Entra el ángel, y su saludo abre nuevas perspectivas en la vida de aquella doncella nazarena. Dios se dirige a Ella llamándola por su verdadero nombre: “llena de gracia”. María no se engrandece con esta revelación, sino que se turba. Quien es humilde no se entristece por lo poco que tiene, sino que se maravilla de lo mucho que Dios le da sin merecerlo. Así es María: toda de Dios, y por eso no se mira a sí misma. “¿Qué saludo es este?” -se pregunta-, como si no comprendiera cómo Dios puede hablarle así a una criatura como Ella.


    Pero la fe no consiste en comprender, sino en acoger. Y tampoco la humildad impide hablar, sino que hace que la palabra sea limpia, sincera y confiada. Así, María no pone condiciones, aunque pregunta con la confianza de quien sabe que no se trata de una obra suya, sino de una acción de Dios en Ella. El Espíritu Santo vendrá, el Altísimo la cubrirá con su sombra, y la Virgen -desde su pobreza- se convertirá en Madre del Hijo de Dios. María no entiende, pero cree. No ve el camino, pero da el paso. No posee nada, pero se entrega del todo. En Ella, la fe y la humildad se abrazan. Y ese abrazo da lugar a la Encarnación.


    Jesús, Hijo del Altísimo, nacido de María, concédeme una fe como la de tu Madre: no ruidosa, sino silenciosa; no prepotente, sino pobre; no curiosa, sino abierta a tu Palabra. Enséñame también a turbarme cuando me hables, a no confiar en mí, sino en ti; y a decirte mi “hágase” con toda el alma, aunque no entienda nada. Amén.

lunes, 24 de marzo de 2025

LA FE SENCILLA




    “Naamán se puso furioso y se marchó diciendo: ‘Yo me había dicho: Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra. El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio’. Dándose la vuelta, se marchó furioso. Sus servidores se le acercaron para decirle: ‘Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: Lávate y quedarás limpio!’. Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio” (2 Re. 5,11-14).

    Todos somos Naamán. El corazón humano tiene una secreta inclinación hacia lo complicado. Nos parece que las cosas importantes deben exigir mucho esfuerzo, procedimientos sofisticados, rituales minuciosos. Como Naamán, cuando esperamos una intervención divina, proyectamos sobre Dios nuestras propias ideas de grandeza, de espectacularidad o de mérito. Y cuando Dios responde con algo demasiado sencillo —demasiado al alcance, demasiado humilde—, nos sentimos defraudados. Queremos que Dios actúe como nosotros imaginamos que debería hacerlo, no como Él quiere. Pero Dios es sencillamente Dios, y su poder se revela en la humildad, en lo cotidiano, en lo que no llama la atención.


    Naamán, leproso, poderoso, ofendido… representa al hombre herido que busca salvación, pero quiere salvarse a su modo. Y los criados —pequeños, discretos, sensatos— son la voz de la verdadera sabiduría: si te hubieran mandado algo difícil, lo habrías hecho; ¡cuánto más cuando solo te pide que confíes! Es la fe la que limpia, no el agua; es la obediencia confiada la que cura, no el gesto en sí mismo. Dios actúa donde encuentra fe, y su mano cubre a quien se abandona con sencillez.


    Esta escena nos habla también de la pedagogía de Dios: nos invita a descubrir que la salvación no está sino en una Palabra que se acoge, en una señal humilde que se cumple, en una fe que se atreve a obedecer aunque no lo entienda todo. Y a esta fe ayudan los hermanos: los que están cerca, los que no brillan, pero aman; los que aconsejan con amor y sencillez. A menudo, la salvación llega a través de ellos.


    Señor Jesús, Tú que no pides cosas difíciles, sino una fe humilde, enséñame a no despreciar los caminos sencillos por los que me quieres salvar. Hazme dócil a tu Palabra, atento a los consejos de los pequeños, y capaz de reconocer en lo ordinario la fuerza de tu mano. Límpiame de mis pecados como limpiaste a Naamán, y dame un corazón nuevo, como el de un niño. Amén.

domingo, 23 de marzo de 2025

ZARZA ARDIENTE DE AMOR



    “El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés se dijo: ‘Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver por qué no se quema la zarza’. Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: ‘¡Moisés, Moisés!’. Respondió él: ‘Aquí estoy’. Dijo Dios: ‘No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado’. Y añadió: ‘Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob’” (Ex. 3,2-6).


    Tú te revelas a Moisés, Señor, no en el esplendor de una puesta de sol, ni en la inmensidad del océano, ni siquiera en el fulgor de una tormenta, sino en el corazón del desierto. Y lo haces en una zarza humilde, que guarda celosamente su misterio, bien defendido por sus espinas. En ella arde una llama que no la consume, una luz que no la destruye, una presencia que no se puede abarcar ni explicar. La zarza ardiente es mysterium tremendum y mysterium fascinans: misterio que sobrecoge y hace temblar, y a la vez misterio que atrae con fuerza irresistible, que enamora y convoca, que despierta en el alma una sed que no se apaga.


    Tú lo llamas por su nombre, dos veces: “¡Moisés, Moisés!”. Y él responde como debe responder toda alma visitada por el misterio: “Aquí estoy”. Pero Tú lo detienes. No es posible avanzar hacia ti sin despojarse. “Quítate las sandalias”, le dices. Desnuda tus pies, descubre tu pequeñez, reconoce que entras en un ámbito que no te pertenece, que todo aquí es don, que esta tierra es santa no por sí misma, sino por la Presencia que la habita.


    Tú te presentas como el Dios de los padres, el Dios de la historia, el Dios fiel que no olvida. No eres una aparición fugaz, sino el Eterno que acompaña nuestras vidas. No eres una invención de nuestro deseo, sino el que ha hablado, ha prometido y ha cumplido. Y ahora llamas. Llamas desde el fuego y desde las espinas, desde la humildad de la zarza y desde la profundidad del desierto. Pronuncias mi nombre. Quieres mi disponibilidad. Pretendes entrar en mi historia.


    ¡Oh zarza ardiente de amor eterno! Misterio que me sobrecoge y me atrae, fuego que no destruye, sino que transforma. Llámame también por mi nombre. Haz que me acerque, que pregunte, que me deje invadir por tu misterio. Desnuda mi alma de todo lo que me separa de ti. Hazme consciente del suelo sagrado que piso cada día. Y enséñame a vivir en tu presencia con temor y confianza, con temblor y deseo. Amén.