domingo, 18 de enero de 2026

LLAMADOS POR GRACIA


    “Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1 Cor. 1,1-3).


    Al comenzar esta carta, segunda lectura de la misa de hoy, San Pablo no se presenta desde sus méritos ni desde su historia personal, sino desde una llamada: “llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios”. Siempre me ha conmovido esta expresión, porque me reconozco a mí mismo en ella. También yo me sé llamado, no por mis cualidades ni por mi valía personal, sino por pura iniciativa de Dios. El apostolado no es para mí un título honorífico ni un adorno espiritual: lo vivo como una exigencia, como un deber que me precede y me sobrepasa, y que me ha configurado con Jesucristo a través del sacramento del orden. Esa conciencia no aplasta, pero sí ayuda a situarse: me recuerda cada día que no me pertenezco y que mi vida tiene una misión que cumplir, que no es otra sino la de nuestro Salvador.


    Pablo se dirige después a los cristianos de Corinto con una expresión de una profundidad inmensa: “a los santificados por Jesucristo, llamados santos”. En esas pocas palabras está contenida toda la vida cristiana. Por una parte, el don: hemos sido santificados por Jesucristo; es Él quien nos comunica su vida, su santidad, su Espíritu. Nada empieza en nosotros, todo comienza en Él. Pero, al mismo tiempo, aparece la llamada, y con ella el esfuerzo de corresponder: somos llamados a ser santos. La gracia no anula la tarea, la provoca. La santidad recibida pide ser acogida, cuidada, desplegada; puede crecer, pero también puede ser descuidada y casi desperdiciada si no hay correspondencia.


    Por eso el saludo final del apóstol no es una fórmula vacía: “gracia y paz”. La gracia es la vida divina actuando en nosotros; la paz es su fruto más delicado, el don del Espíritu que ordena el corazón y lo unifica. Como apóstol, Pablo sabe —y yo lo experimento cada día— que estamos llamados no solo a recibir esa gracia, sino también a hacerla presente, a comunicarla, a repartirla humildemente. Y solo cuando la gracia permanece unida a la paz, todo lo que hacemos en nombre de Dios es verdadero y fecundo.


    Señor Jesús, que me has llamado sin merecerlo, guarda viva en mí la conciencia de la gracia recibida y la responsabilidad de la llamada. No permitas que me acostumbre a lo santo ni que desperdicie el don. Concede a tu Iglesia, y a mi propio corazón, vivir siempre de tu gracia y caminar en tu paz. Amén.

sábado, 17 de enero de 2026

HAZLO TODO EN MÍ


    “Jesús salió de nuevo a la orilla del mar; toda la gente acudía a él y les enseñaba. Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice: ‘Sígueme’. Se levantó y lo siguió. Sucedió que, mientras estaba él sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que lo seguían” (Mc. 2,13-15).


    Jesús no escoge a su auditorio ni pone exigencias previas a quienes se le acercan. Enseña a todos con paciencia y cercanía, con una autoridad que no aplasta ni humilla, sino que atrae. Su palabra no crea distancia, sino confianza. En medio de la gente, sin embargo, su mirada no se pierde. Sabe detenerse ante una persona concreta. Así aparece Leví, sentado en el mostrador de los impuestos, instalado en una rutina aburrida y en un oficio mal visto. Pero Jesús no lo mira desde el prejuicio ni desde el pasado; lo mira como a alguien que es todavía proyecto de futuro, que está en camino, que puede comenzar de nuevo.


    La llamada es breve y clara: ‘Sígueme’. No hay reproches por el pasado ni condiciones para el futuro. Y Leví se levanta. Su respuesta es inmediata, sin cálculos ni excusas. La llamada de Jesús no espera a que todo esté en orden en la propia vida. Llega cuando esa vida está a medio hacer, cuando hay cosas que pesan, cuando hace falta ponerse en pie. Su palabra tiene fuerza para mover lo que parecía inamovible y abrir un camino donde antes sólo había costumbres.


    La historia no termina en un seguimiento solitario. Leví abre su casa, prepara la mesa y reúne a otros como él. La conversión de uno se convierte en oportunidad para muchos. Donde antes había aislamiento, ahora hay encuentro. Donde había vergüenza y culpabilidad, ahora hay mesa compartida y fraternidad. Jesús acepta sentarse allí sin miedo a la crítica, mostrando que la salvación no rompe los vínculos humanos, sino que los transforma. Una vida tocada por Él se vuelve lugar de acogida y de esperanza para otros.


    Señor Jesús, cuando pases junto a nosotros y nos llames, concédenos levantarnos sin demora. Danos la gracia de fiarnos de tu Palabra y dejar que nuestras vidas, transformadas por ti, sean también espacio abierto donde otros puedan encontrarte. Amén.

viernes, 16 de enero de 2026

BUSCAR Y ENCONTRAR ATAJOS


    “Vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde Él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico: ‘Hijo, tus pecados te son perdonados’” (Mc. 2,3-5).


    El Evangelio de la misa de hoy nos presenta una escena muy concreta y profundamente humana. Jesús está en una casa y la gente acude en masa. Todos quieren verlo, escucharlo, acercarse a Él. Hay expectación, hay búsqueda, hay una necesidad honda, aunque no siempre se sepa expresar con palabras. Donde está Jesús, algo se mueve en el corazón de las personas. Pero esa misma multitud que se agolpa también se convierte en un obstáculo: no todos pueden llegar ahora hasta Él, no basta con quererlo, no siempre el camino está despejado.


    En medio de esa multitud que rodea a Jesús aparece un hombre que no es capaz de entrar. No porque no quiera, sino porque no puede. Está paralizado, inmovilizado, dependiente de otros. No tiene fuerzas para abrirse paso, no puede colocarse delante de Jesús, no puede siquiera intentarlo. Y entonces el relato da un giro lleno de delicadeza: la atención ya no se centra en el paralítico, sino en quienes lo llevan. “Viendo Jesús la fe que tenían…”. El centro deja de ser su enfermedad y pasa a ser la fe de los otros:  Una fe que no se queda en la compasión, sino que actúa; que no se resigna ante lo imposible; que no se deja bloquear por el orden establecido ni por los obstáculos que parecen insalvables.


    Suben al techo, lo abren, rompen lo que estorba y descienden la camilla. No dicen nada. No explican nada. No piden nada. Su actitud recuerda mucho a la del leproso del Evangelio de ayer: colocan la miseria, el dolor, la necesidad desnuda delante de Jesús y se detienen ahí. Dejan al Señor enfrentado con la pobreza del hombre, sin imponerle nada, sin marcarle el camino. Será Jesús quien decida si actúa o no, cuándo hacerlo y de qué manera. Ellos se limitan a poner al hombre ante Él y a aguardar. Y el Evangelio subraya entonces algo decisivo: Jesús no ve solo al paralítico, ve la fe de ellos. No la fe de uno solo, sino una fe compartida, sostenida, comunitaria, una fe que carga con el peso del otro y se arriesga por él.


    Ese modo de actuar, tan discreto y tan audaz al mismo tiempo, arroja una luz muy concreta sobre la vida cristiana de hoy. No siempre se llega a Jesús por caminos rectos y despejados. A veces el acceso queda bloqueado por la multitud, por el ruido, por las circunstancias exteriores o por la propia incapacidad interior. Y es entonces cuando aparecen los atajos del Evangelio: la mediación de los otros, la fe sencilla que se muestra en obras concretas o pequeños detalles, el amor sincero que se inclina y carga con pesos ajenos…. Muchas personas llegan a Dios no por grandes razonamientos, ni por largos discursos, sino porque alguien las sostuvo, las acompañó y las presentó ante Él en silencio.


    Y cuando finalmente el paralítico queda delante de Jesús, sucede lo más desconcertante. Jesús no empieza por lo visible ni responde de inmediato a la parálisis del cuerpo. Va más hondo. Señala la herida más profunda, la que no se ve: el pecado, la carga interior, el corazón quebrantado. Antes de levantar al hombre de su camilla, lo levanta por dentro. El perdón aparece así como el verdadero comienzo de toda sanación. No como un añadido piadoso, sino como el centro mismo de la salvación.


    Señor Jesús, concédenos una fe sencilla y valiente, capaz de ponerse en camino, de cargar con los hermanos y de abrir paso cuando todo parezca cerrado; y si nos faltan las fuerzas, danos la gracia de dejarnos llevar hasta ti con confianza y abandono. Amén.


jueves, 15 de enero de 2026

DESIGUAL INTERCAMBIO


    “Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: ‘Quiero: queda limpio’. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: ‘No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio’. Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes” (Mc. 1,40-45).


    Hay un gesto que lo dice todo y que no pierde actualidad: Jesús toca, toca lo que nadie toca, lo que todos evitan, lo que ha sido apartado y condenado a la soledad. En ese contacto hay mucho más que la sanación, mucho más que la curación de una enfermedad. Hay un devolver al hombre la dignidad perdida, un reintegrar al leproso a la vida y a la convivencia. El leproso no pide nada en realidad: se postra y hace un acto de fe puro: ‘si quieres’. Todo queda entregado a la libertad de Dios. Y Jesús responde con una palabra breve y definitiva: ‘quiero’. La voluntad de Dios se revela siempre como cercanía, como mano tendida, como decisión de entrar en las heridas del otro sin amenaza, para aliviar, para consolar.


    Ese gesto se prolonga hoy. También nosotros podemos tocar con el cariño, con la misericordia, con la paciencia, con la tolerancia y la comprensión a hermanos que quizá nos inspiran rechazo, que viven soledades hondas, visibles o escondidas. No siempre se trata de grandes acciones; basta muchas veces una presencia que no los rehúye, una cercanía que no busca juzgarlos ni doblegarlos. Pero amar así tiene un precio. Amar como Jesús ama no es gratis. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo porque lo carga sobre sí, porque lo asume para liberar al hombre. El amor verdadero implica siempre cargar con el peso del hermano para aliviarlo.


    Por eso el desenlace del relato es tan elocuente. El leproso entra de nuevo en la ciudad. Jesús, en cambio, queda fuera, en lugares desiertos. El excluido recupera su lugar entre los hombres: puede ir a la plaza del pueblo o entrar en su sinagoga; en cambio, el que lo ha sanado acepta perder espacio, prestigio e importancia. Amar como Jesús implica consentir ese intercambio desventajoso en el que uno puede creer que queda empobrecido. Sin embargo, desde esa pobreza asumida, Jesús sigue siendo buscado y nosotros podemos seguirle realmente. La vida florece entonces con luces de testimonio y fraternidad.


    Señor Jesús, enséñanos a amar de verdad. Concédenos la gracia de cargar con algo del peso de nuestros hermanos -con su pobreza, con su pecado, con su ignorancia- para que ellos recuperen su dignidad, la alegría, y el lugar que nunca debieron perder en medio de nosotros. Así sea.

miércoles, 14 de enero de 2026

HABLA, SEÑOR

    “La lámpara de Dios aún no se había apagado y Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió: ‘Aquí estoy’. Corrió adonde estaba Elí y dijo: ‘Aquí estoy, porque me has llamado’. Respondió: ‘No te he llamado. Vuelve a acostarte’. Fue y se acostó. El Señor volvió a llamar a Samuel. Se levantó Samuel, fue adonde estaba Elí y dijo: ‘Aquí estoy, porque me has llamado’. Respondió: ‘No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte’. Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había manifestado todavía la Palabra del Señor. El Señor llamó a Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue adonde estaba Elí y dijo: ‘Aquí estoy, porque me has llamado’. Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel: ‘Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”’. Samuel fue a acostarse en su sitio. El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores: ‘Samuel, Samuel’. Respondió Samuel: ‘Habla, que tu siervo escucha’”(1°Sam. 3,3-10. 19- 20).


    Este bellísimo texto pertenece a la primera lectura de la Palabra de Dios que escuchamos en la misa de hoy. Se habla de las llamadas de Dios. Hay llamadas que no irrumpen con estrépito, sino que llegan en la noche, en la oscuridad, cuando la lámpara apenas alumbra y todo parece sumergido en el silencio. Dios llama así muchas veces: sin imponerse de forma avasalladora, sin forzar, respetando los ritmos de cada corazón.


    Samuel está cerca del Arca, duerme en el templo, pero todavía no reconoce la voz del Señor. Confunde la llamada de Dios con otras voces. Le ocurre lo que nos sucede tantas veces a nosotros: Dios habla y no lo entendemos, nos inquietamos, vamos de acá para allá, de un sitio a otro, sin saber bien qué nos pasa. Hace falta tiempo, acompañamiento espiritual -como el que tan oportunamente presta Elí- y una cierta docilidad interior para aprender a escuchar de verdad.


    Dios, sin embargo, no se cansa. Vuelve a llamar. Espera. Y cuando Samuel aprende a responder, ya no corre, no se agita: se queda en su sitio y se pone a la escucha. Ahí comienza algo nuevo. La Escritura dice que ninguna palabra del Señor cayó a partir de entonces en el vacío. Samuel fue constituido profeta de Dios, testigo de su paso entre los hombres. Y es que, cuando Dios habla, su Palabra sostiene, orienta y da fruto, aunque no siempre lo veamos enseguida.


    Padre bueno, enséñanos a reconocer tu voz en medio del silencio o del ruido. Danos un corazón sencillo y atento, capaz de escucharte sin huir ni resistirnos. Aquí estoy: habla, Señor, que tu siervo escucha. Amén.

martes, 13 de enero de 2026

LO EXTRAORDINARIO DE LO ORDINARIO


    “Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: ‘¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’. Jesús lo increpó: ‘¡Cállate y sal de él!’. El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos: ‘¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen’” (Mc. 1,23-27).


    Hemos comenzado el tiempo ordinario, y conviene recordar que no se trata de un tiempo sin relieve ni de un período espiritual de menor intensidad. Es ordinario porque no se fija en un aspecto concreto del misterio de Cristo, sino que nos lo presenta en su conjunto, a partir de los episodios de su vida pública, de su presencia activa entre los hombres. Ya no contemplamos de modo particular la Encarnación, el Nacimiento o la vida oculta, sino la predicación de Jesús y su acción como Mesías. Es el tiempo de escucharle hablar y de verle actuar.


    Ese ministerio se despliega en palabras y en obras. Las palabras de Jesús tienen autoridad, no porque sean siempre imperativas -como lo fueron al dirigirse al diablo-, sino porque están llenas de sabiduría, de unción y de una fuerza interior que transforma. Son palabras que interpelan, que hacen al hombre mirarse por dentro, que despiertan en él el deseo de una vida mejor y le encienden en hambre y sed de Dios. Y sus obras son coherentes con esas palabras: obras de vida, de liberación, de sanación. Jesús no especula ni elabora teorías; no habla como los filósofos antiguos que tantean hipótesis. Habla con la seguridad de quien conoce perfectamente aquello de lo que habla, porque viene del Padre y da testimonio de lo que ha visto junto a Él.


    Por eso el mal lo reconoce inmediatamente. El espíritu inmundo sabe quién es Jesús, porque la luz desenmascara a las tinieblas. Y Jesús actúa con una autoridad que no destruye, sino que libera; no oprime, sino que devuelve al hombre -envidiado por el diablo- su verdad y su dignidad. Allí donde Él entra, incluso en lo más cotidiano y ordinario, la vida se abre paso.


    Señor Jesús, haz que escuche tu palabra con un corazón disponible y deja que tu autoridad salvadora libere en mí todo aquello que no me deja vivir según Dios. Amén.

lunes, 12 de enero de 2026

TODAVÍA UN VILLANCICO


    “Hay un lucero nuevo que alumbra la madrugada, y tiene brillo de corona de oro para un rey.

    El universo tiembla de ternura con la nana, que una doncella virgen tararea al Emmanuel. 

    No quiere más riqueza que vivir sin tener nada, no quiere más victoria que sufrir y padecer. Los ángeles se quedan como locos con las ganas

que tiene de morir para que yo pueda nacer. 


Cántale, María, qué lindo es. 

Déjamelo diez minutos conmigo, 

quiero tener en mis brazos al Rey.

Contigo, Madre, darle cariño,

mira cómo se emociona José. 

Déjamelo diez minutos conmigo,

hoy en Belén ha nacido un Bebé

y da la vida con sus latidos. 


    Hoy se han hecho divinos los caminos de la tierra, y todos me conducen en volandas a Belén. 

    Viva la Nochebuena más humana y más eterna. Viva mi Niño lindo, con María y con José. 

    Cuando la tierra llore, que ha perdido la esperanza, cuando la primavera tarde mucho en renacer, yo pediré refugio en el pesebre y haré guardia, lleno de amor y fe, junto a la mula y junto al buey. 


Cántale, María, qué lindo es.

Déjamelo diez minutos conmigo,

quiero tener en mis brazos al Rey. 

Contigo, Madre, darle cariño,

mira cómo se emociona José. 

Déjamelo diez minutos conmigo,

hoy en Belén ha nacido un Bebé

y da la vida con sus latidos de Rey. 


Yo le adoro y le beso también. 

Nochebuena en Belén, tiene aroma de flor del Edén.

Sus latidos de Rey. Yo le adoro y le beso también. Nochebuena en Belén,

tiene aroma de flor del Edén.


Cántale, María, qué lindo es.

Déjamelo diez minutos conmigo,

quiero tener en mis brazos al Rey.

Contigo, Madre, darle cariño,

mira cómo se emociona José. 

Déjamelo diez minutos conmigo,

hoy en Belén ha nacido un Bebé

y da la vida con sus latidos. 


Hoy en Belén ha nacido un Bebé

Y da la vida con sus latidos…

Y da la vida con sus latidos”. 


    Hemos dado comienzo al tiempo ordinario, pero yo me he quedado por dentro en un instante de Navidad. Mis hermanas Carmelitas de Osuna se despidieron de mí cantándome este villancico, y fue un broche sencillo y verdadero para una estancia breve que, sin embargo, me hizo muchísimo bien. Hay letras que pasan; y hay letras que se quedan porque nombran una necesidad del corazón. Esta lo hace: “Déjamelo diez minutos conmigo”. No pide grandes cosas. Pide un gesto: tener en brazos al Rey, al Niño Dios.


    Por eso, y porque me he hecho mayor casi sin darme cuenta, me viene a la memoria el anciano Simeón. Él también aguardaba. Él también estaba “en tiempo ordinario”, viviendo la paciencia de los largos días. Y cuando llegó el momento, tomó al Niño en sus brazos, recibido de manos de María. Entonces dio gracias a Dios y bendijo a la Virgen. No la bendijo imponiéndole las manos, sino acogiendo en sus propios brazos al Niño Jesús: como si el mismo acto de recibir al Hijo fuera ya una bendición para la Madre, y como si toda bendición auténtica naciera de dejar entrar a Cristo en la propia vida, sostenerlo, reconocerlo, agradecerlo.


    Esta insistencia en “diez minutos” me ayuda: pone a la fe una medida concreta. No se trata de “sentir” mucho, ni de decir mucho. Se trata de estar. De sostener al Señor en la oración humilde, de acercarse a Él con cariño limpio, de hacerle sitio sin complicarlo todo. Y en un mundo que a veces “llora” y pierde la esperanza, el villancico dice algo muy serio con palabras sencillas: refugiarse en el pesebre, hacer guardia junto a la vida del pequeño, permanecer fiel junto al misterio. Porque ese Niño “da la vida con sus latidos de Rey”, también cuando ya no es Navidad en el calendario.


    Señor Jesús, déjame tenerte conmigo. Enséñame a sostenerte en la oración con mi piedad sencilla, y a vivir el tiempo ordinario con la gratitud del anciano Simeón. Así sea.

domingo, 11 de enero de 2026

ANTESALA DEL CIELO


    He pasado los dos últimos días en el Monasterio de las Carmelitas de la Antigua Observancia de Osuna, en Sevilla. Osuna es un pueblo extraordinario: una concentración sorprendente de palacios y conventos, una colegiata imponente, una universidad que sigue viva, que imparte clases y concede títulos, todo ello en un lugar que no llega a los dieciocho mil habitantes. Pero más allá de su riqueza histórica y artística, lo verdaderamente decisivo para mí han sido estos días de convivencia, oración y palabra compartida.


    He dado varias charlas y meditaciones, tanto a la comunidad de hermanas carmelitas —diez en total— como a un pequeño y variado grupo de terciarios. La última meditación del sábado por la tarde fue con el Santísimo Sacramento expuesto. Después de un rato de adoración silenciosa, la oración se prolongó de una manera inesperada y profundamente conmovedora. De forma para mí imprevista, una joven novicia de tan solo veintidós años tomó una guitarra y comenzó a cantar. Es colombiana, como toda la comunidad, y llegó a este monasterio con apenas dieciocho.


    Lo que sucedió en esos minutos fue algo que me resulta muy difícil de explicar con palabras. La dulzura de la voz, limpia, pura, nítida; la unción con que era entonada cada frase; la cadencia lenta, repetitiva y orante del canto; la absoluta ausencia de todo deseo de agradar o de ser reconocida... Nadie iba a aplaudir, nadie iba a felicitar. Aquella joven no cantaba para nosotros, cantaba por Dios y para Dios. Y eso se notaba. Cuando alguien canta así, está orando, no interpretando.


    Confieso que me tocó muy profundamente. Me llegó al corazón de una manera que no sabría describir del todo. Sentí, con una claridad serena y sin ninguna angustia, que estaba como en la antesala del cielo. No era un deseo de morir por cansancio de la vida, ni por fatiga, ni por enfermedad. Era algo muy distinto: la certeza de que, si en aquel momento se me hubiera pedido dar el paso definitivo, habría sido un tránsito suave, casi natural, de la antesala al cielo mismo. Eso es lo que produce la belleza cuando se une al amor divino y a la delicadeza, y cuando todo está ungido por el Espíritu de Dios.


    La letra de la canción es breve, sencilla, y precisamente por eso tan densa:

“¡Sólo Dios! ¡sólo Dios!

En tus atrios, Señor, quiero estar.

Tú, mi tesoro y porción, mi delicia, Señor.

Mi fortaleza, mi vida, mi Dios y mi todo.

Alma mía, no busques nada más.

Para ti basta Dios, y sólo Dios”.


    No hay nada superfluo en estas palabras. Todo es esencial. “Sólo Dios”: no como consigna, sino como experiencia vivida. “Mi tesoro y porción”: lo que basta, lo que colma, lo que da sentido. “Mi fortaleza, mi vida, mi Dios y mi todo”: no un complemento más, sino el centro absoluto. Y esa exhortación tan teresiana y tan carmelitana: “Alma mía, no busques nada más”; no porque el mundo sea despreciable, sino porque cuando se ha encontrado el Todo, lo demás carece de importancia.


    Creo que no podré olvidar este momento. Al menos, no en mucho tiempo. Hay experiencias que no se borran porque tocan una fibra muy profunda del alma y la afinan para siempre. Esos minutos de canto y adoración quedaron grabados como un don gratuito, inmerecido, pero recibido con gratitud. Sólo Dios. Para ti, basta Dios. Y sólo Dios.