domingo, 25 de enero de 2026

EL EVANGELIO DESDE UNA VIDA (elogio fúnebre y recuerdo sentimental)


    “Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: ‘Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló’. Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: ‘Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos’” (Mt. 4,12-17).


    Ayer por la tarde celebré la misa dominical por el eterno descanso de mi tía Pepita, fallecida aproximadamente hace unos dos meses (como ya reflejé en este canal). Utilicé las lecturas propias de hoy domingo en la misma iglesia donde fue bautizada y donde se casó. Estaban presentes cinco de sus siete hijos, su viudo, tres de sus hermanos vivos, algunos de sus cuñados y un buen grupo de primos hermanos míos. Yo soy el mayor de ellos y, como tal, fui su primer sobrino, el que la convirtió en tía cuando ella solo tenía nueve años. Quizá se mostró orgullosa de ser tía entre las compañeras de su colegio y por eso, durante toda su vida, siempre me llamó “sobrino”, incluso cuando ya tenía muchos más. No era una pura costumbre. Era llamarme, más que por un nombre, por un vínculo. Eso era lo real e importante para ella: la relación, más que la denominación.


    Yo tenía ocho años cuando asesinaron a John Kennedy en Dallas. No recuerdo si fue aquel mismo viernes en que ocurrió o, como acostumbrábamos, el domingo siguiente, cuando fuimos a casa de mis abuelos. Ella era entonces una adolescente de diecisiete, aunque yo la veía como perteneciente al mundo de los adultos. Sin embargo, mientras todos hablaban de la muerte de Kennedy, la recuerdo sentada, comiendo pipas concienzudamente, con toda su atención puesta en ese gesto sencillo, concentrada como si aquello fuera lo verdaderamente importante. No era la muerte lo que le interesaba. Era la vida, y el cuidado de la vida, lo que siempre llamó su atención.


    Cierro los ojos y la veo con sus trenzas rubias, su rostro pecoso, niña dorada siempre con un pequeño mohín o rictus de ironía que curvaba sus labios, rebelde con causa. Fue la única de mis tías a la que vi vestir pantalones vaqueros en el campo, cuando todavía no era habitual entre las chicas. Otras veces la veo con un veraniego vestido blanco y un sombrero de paja. Pero siempre igual: luminosa. Era una chica con ideas propias, la menor de ocho hermanos. Por eso tuvo que luchar para ocupar un sitio. Para ser tenida en cuenta en su familia. Por eso, en ocasiones, su rebeldía crispaba a sus hermanos mayores y a los adultos en general.


    Hoy, al escuchar de nuevo la profecía de Isaías, “el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”, no puedo leer estas palabras de una manera abstracta. Las leo desde su vida concreta: la de aquella muchacha sincera e independiente que comía pipas tranquilamente mientras el mundo se preocupaba por la muerte de un líder famoso. Las leo desde el recuerdo de aquella niña orgullosa de ser tía a los nueve años. Desde aquella mujer que nunca dejó de llamarme sobrino. Hoy no decimos solo que una luz la iluminaba, ni que ella era una pequeña luz para muchos de nosotros. Decimos algo más hondo. Esperamos y rezamos para que ahora esté totalmente envuelta en la Luz. Una Luz que no es un puro fenómeno físico (ella fue una brillante licenciada en Ciencias Físicas), sino Alguien. Una Persona. Aquel que dijo un día: “Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no camina en las tinieblas” (Jn. 8,12).


    Señor Jesús, Luz verdadera que brillas en medio de nuestras sombras:

enséñanos a vivir atentos a la vida y condúcenos, cuando llegue la hora,

a la plenitud de tu Luz.

    Concédenos ser inconformistas frente a lo rutinario, frente a lo estúpido, frente al sinsentido y frente a la muerte, pero decididamente partidarios de tu Evangelio. Amén.

sábado, 24 de enero de 2026

QUEREMOS SER BUENOS


“¡Qué deseos el alma

tenía de ser buena;

y cómo se llenaba de ternura

cuando Dios le decía que lo era!”

(José María Gabriel y Galán, del poema El Ama).


    Un buen amigo me regaló recientemente un libro titulado Cien frases en el equipaje, escrito por él mismo. En él recoge cien frases que le han impactado y que le acompañan como un pequeño tesoro interior que quiere legar a sus hijos y nietos. Una de esas frases es precisamente esta estrofa de José María Gabriel y Galán (1870-1905). Fue un poeta de grandes convicciones cristianas, profundamente enraizado en la tradición y en el mundo rural. Ganó la Flor Natural de los Juegos Florales de Salamanca precisamente con el poema El Ama, del cual están tomados estos versos. A mis padres les gustaban mucho sus poesías y tenían la cuidada edición de sus obras completas de la editorial Aguilar. Yo, por ello, leí este autor siendo todavía niño y después mucho más de adolescente. Y sigo guardando hoy aquel volumen con mucho aprecio en mi biblioteca personal.


    Esta estrofa no habla de logros ni de perfecciones alcanzadas, sino de deseos. De los deseos más hondos del alma. Quizá nuestras vidas estén cargadas de incoherencias, de pecados, de fragilidades repetidas, pero en lo más profundo suele permanecer un anhelo sencillo y persistente: el deseo de ser buenos. No necesariamente de parecerlo, ni de demostrarlo, sino de serlo de verdad. Yo, al menos, lo reconozco así en mí desde muy pequeño. No siempre he sabido cómo vivir ese deseo ni he sido fiel a él. Pero estaba ahí, silencioso y tenaz, como una llamada interior que no se apaga del todo, incluso cuando la vida se empieza a complicar.


    Y llega un momento —cuando la fe, ese don, va madurando y el corazón se deja educar— en que uno empieza a escuchar algo decisivo: no solo la exigencia de cambiar o de convertirse, sino la voz de Dios que, hablándonos al corazón, nos dice que somos buenos para Él. No porque lo merezcamos, sino porque somos sus hijos. Como un padre que mira a sus hijos y los considera buenos, los mejores, simplemente porque son suyos, así es también Dios. El apóstol san Juan lo expresa con una claridad que conmueve: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos; sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn. 3,1-2). Comprender esto así llena el alma de una ternura profunda, la ternura del hijo que se sabe mirado, aceptado, acogido y amado sin condiciones.


    Padre bueno, Tú conoces nuestros deseos más hondos, incluso cuando nuestra vida no los refleja del todo. Haznos vivir desde la ternura de sabernos hijos, desde la certeza de que nos miras con amor. Y que ese amor, acogido humildemente, vaya transformando poco a poco nuestro corazón. Amén.

viernes, 23 de enero de 2026

UN ICONO EN LA MALETA (2ª parte)


    Termino con la reflexión que inicié ayer, y lo hago -como en todo banquete, también espiritual- con lo más dulce. 

    En el icono de la izquierda, el centro ya no es el Maestro que enseña, sino la Madre que ofrece. María no habla. No señala. No bendice. Sus manos ni siquiera son visibles. Todo en Ella es silencio y presencia. No explica el misterio: lo sostiene.


    Sobre su “maforion” brillan tres estrellas: una en la frente y otras sobre los hombros. La tradición de la Iglesia ha visto siempre en ellas la confesión de su virginidad antes del parto, en el parto y después del parto. No como un dato biológico aislado, sino como un signo teológico profundo: María es espacio íntegro para Dios, lugar abierto y disponible donde la salvación puede entrar en el mundo sin resistencia.


    El Niño Jesús, en cambio, sí bendice. Y aquí el gesto no es idéntico al del Cristo adulto. Los dedos índice y corazón aparecen juntos, proclamando también su doble naturaleza. Pero el resto de la mano no se cierra de la misma manera: el pulgar toca el anular y el meñique queda suelto. Esta diferencia no es un defecto ni una imprecisión. Es una promesa. En mi lectura personal veo en ese gesto una teología aún no desplegada, pero ya presente. El pulgar, dedo del poder, alude al Padre; el anular, dedo del anillo, remite al Hijo que será Esposo de la Iglesia; el meñique, todavía suelto, sugiere al Espíritu Santo que “sopla donde quiere” y que aún no se ha derramado plenamente en la historia. No porque el Espíritu no esté ya en el Niño, sino porque todavía no ha llegado la hora de su donación.

    Y, de nuevo, bajo esa mano aparece Pentecostés. En el icono de Cristo, el Espíritu era don pascual. En el icono mariano, el Espíritu es promesa contenida, latente, aguardando el tiempo de Dios.


    Las dieciséis escenas que rodean a ambos iconos hemos visto que son las mismas. No cambian los acontecimientos; cambia el punto de vista. Cuando el centro es Cristo, la historia se lee como revelación y cumplimiento. Cuando el centro es María, la historia se lee como acogida y disponibilidad.

    Por eso este doble icono no se explica del todo con palabras. Se contempla. Se admira. Se recorre con la mirada, pasando de un centro al otro y dejando que la misma historia resuene de dos maneras distintas.


Gracias, Señor, por los iconos que la Iglesia nos ha regalado como ventanas abiertas al Misterio, como ayudas silenciosas para la oración, y como caminos sencillos hacia Ti.


Gracias por estas imágenes santas que no sustituyen la fe, pero la sostienen; que no explican el Misterio, pero lo hacen habitable.


Que, al mirarlas, aprendamos a mirar mejor, acoger con más hondura, y a dejarnos transformar por tu presencia discreta y fiel. Amén.




jueves, 22 de enero de 2026

UN ICONO EN LA MALETA (1ª parte)


    Hace algunos años adquirí en San Petersburgo un doble pequeño icono integrado en un estuche de terciopelo. En más de una ocasión lo he llevado en la maleta conmigo en los viajes como una pequeña capilla portátil ante la que hacer mi oración, tanto en austeras celdas monásticas como en habitaciones de buenos hoteles en los que me he hospedado. Con el paso de los días, y de la oración, he ido descubriendo que no se trata de dos imágenes independientes, sino de una única confesión de fe expresada desde dos centros distintos. A la derecha, Cristo; a la izquierda, la Virgen con el Niño Jesús.


    Rodeando a ambos aparecen los mismos dieciséis iconos que, leídos de arriba abajo y de izquierda a derecha, narran la historia de la salvación desde la perspectiva de María, comenzando por su Nacimiento y terminando en su Asunción. Estas escenas son las siguientes: 1. Nacimiento de María. 2. Presentación de María en el templo. 3. Anunciación. 4. Nacimiento de Jesús. 5. Presentación de Jesús en el templo. 6. Bautismo de Jesús. 7. Resurrección de Lázaro. 8. Entrada en Jerusalén. 9. Transfiguración. 10. Última Cena. 11. Muerte de Jesús. 12. Descenso a los infiernos (Resurrección). 13. Ascensión. 14. Pentecostés. 15. Dormición de María. 16. Asunción de la Virgen.


    Es la misma historia, pero no se cuenta del mismo modo cuando el centro es Cristo que cuando el centro es María.


    En el icono de la derecha (que pueden ver abajo), Cristo aparece como el Revelador de Dios y Maestro de los hombres. Todo converge hacia Él. Su figura domina el centro, pero no por el poder: no es el poder lo que se sitúa en el centro, sino su enseñanza. Todo converge hacia Él porque todo se deja iluminar por lo que dice y por lo que es.


    Su nombre está abreviado a ambos lados del rostro: Jesús y Cristo. En el nimbo en forma de cruz se lee la antigua confesión de fe, el Nombre revelado por Dios a Moisés: “El que es”. No es un adorno ni una fórmula piadosa, sino una afirmación decisiva: en Jesús se hace visible el misterio mismo de Dios invisible.


    Con una mano sostiene un libro abierto. Es el corazón mismo del Evangelio: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis…”. Eso es lo que aparece escrito en él, en eslavo litúrgico. Toda la vida de Cristo y la vida de María -todas las escenas que los rodean- se interpretan desde ahí. El amor es el meollo del Evangelio y la clave de lectura de toda la historia de la salvación.


    Con la otra mano, Cristo bendice. Ese gesto, en este icono, es claramente confesional. Los dedos hablan. El índice y el corazón unidos proclaman su doble naturaleza: verdadero Dios y verdadero hombre. Los otros tres tocándose confiesan la Santísima Trinidad de Personas. Es una mano que enseña, que proclama, que resume el Credo sin necesidad de más palabras.


    Debajo de esta mano, casi como una respuesta visual, aparece uno de los dieciséis iconos, el de Pentecostés. En él, estando presente María, el Espíritu que Cristo promete a lo largo de su vida mortal, el Espíritu que anunciará y enviará tras su Pascua, aparece ya derramado sobre la Iglesia. La historia de la salvación ha alcanzado su plenitud. Así, todo el conjunto -nombre, nimbo, libro, mano y escenas- constituye una confesión de fe y, al mismo tiempo, un verdadero resumen del Evangelio.

(continuará mañana)



miércoles, 21 de enero de 2026

EL COMBATE DE DIOS


    “Saúl mandó llamar a David, y este le dijo: ‘Que no desmaye el corazón de nadie por causa de ese hombre. Tu siervo irá a luchar contra ese filisteo’. Pero Saúl respondió: ‘No puedes ir a luchar con ese filisteo. Tú eres todavía un joven y él es un guerrero desde su mocedad’. David añadió: ‘El Señor, que me ha librado de las garras del león y del oso, me librará también de la mano de ese filisteo’. Entonces Saúl le dijo: ‘Vete, y que el Señor esté contigo’. Agarró el bastón, se escogió cinco piedras lisas del torrente y las puso en su zurrón de pastor y en el morral, y avanzó hacia el filisteo con la honda en mano” (1 Sam. 17,32-40).


    El mismo David que ayer no contaba, hoy da un paso al frente. No ha cambiado su edad ni su fragilidad; lo que ha cambiado es la conciencia interior de haber sido sostenido por Dios en su pequeñez. David no presume de fuerza ni pone su confianza en sí mismo, sino que recuerda, hace memoria: “El Señor, que me ha librado de las garras del león…”. La confianza nace de la experiencia humilde de haber sido cuidado antes. El valor de la fe no surge de la improvisación heroica, sino de una historia compartida con Dios, casi siempre silenciosa, casi siempre escondida, como fue su solitaria vida de pastor con el rebaño.


    David no rechaza los medios humanos, pero tampoco se reviste de los que no le son propios. Termina por no aceptar las armas de Saúl, a las que no estaba acostumbrado y que estorbarían su agilidad; toma el bastón, su honda y cinco piedras lisas del torrente. Son medios pobres, sencillos, proporcionados a quien él es. Porque Dios no sustituye a lo humano, sino que lo habita. No anula la pequeñez, sino la atraviesa con su gracia. David avanza con lo que tiene, con lo que conoce, con lo que ha usado mil veces sin darle importancia… pero avanza en el Nombre de su Dios. Eso lo cambia todo. Por eso ahora bastará con una sola piedra.


    Así actúa también el Señor en nuestra vida. No nos pide gestos espectaculares, ni seguridades que no tenemos. Ni siquiera todo lo que a veces preparamos será necesario, aunque todo lo que pongamos en sus manos quedará transfigurado. Nos invita a caminar con lo poco que somos, con lo poco que llevamos, confiando en que la fuerza no nace de la desproporción corregida, sino de la fidelidad sostenida. El combate decisivo no es el de demostrar poderío, sino el de proteger la vida amenazada, cuidar de lo frágil, permanecer firme cuando el miedo aconseja retroceder. El pastor ya está actuando como rey, no porque domine, sino porque sirve y defiende.


    Padre Santo, que no me vista con armaduras ajenas ni confíe en fuerzas ajenas que no son las mías. Enséñame a caminar con lo poco que tengo, pero siempre sostenido por tu amor y gracia. Y enséñame también a proteger con fidelidad la vida que Tú me confías. Así sea.

martes, 20 de enero de 2026

LA ELECCIÓN DE DIOS


    “Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé: ‘El Señor no ha elegido a estos’. Entonces Samuel preguntó a Jesé: ‘¿No hay más muchachos?’. Y le respondió: ‘Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño’. Samuel le dijo: ‘Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa, mientras no venga’. Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel: ‘Levántate y úngelo, pues es este’. Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos” (1 Sam. 16,10-13).


    Dios no mira como miran los hombres. Mientras nosotros nos detenemos en la apariencia, en la fuerza, en lo que cuenta y pesa socialmente, Él dirige su mirada hacia lo pequeño, lo oculto, lo que parece insignificante. David ni siquiera estaba en el banquete de Samuel; cuidaba el rebaño, lejos del centro, lejos del lugar donde se deciden las cosas importantes. Y, sin embargo, es allí donde Dios lo ve. La unción no recae sobre los que parecen más aptos, sino sobre aquel que no contaba. En esta elección se revela un modo constante de actuar de Dios: Él sorprende, nos descoloca revelando la inutilidad de nuestra lógica.


    San Pablo lo expresará con palabras contundentes al mirar a la comunidad cristiana de Corinto: “Mirad quiénes sois vosotros, los llamados: no hay muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios ha elegido lo necio del mundo para confundir a los sabios; y lo débil del mundo para confundir a lo fuerte” (1 Cor. 1,26-27). La elección de Dios no es solo una preferencia, sino una gracia que transforma. Quien es elegido recibe el don que capacita, la fuerza interior que no nace de uno mismo. Por eso, cuando nos sentimos pobres, frágiles o incapaces de remontar ciertas situaciones, ahí mismo puede estar actuando la gracia, impulsando el Espíritu, despertando en nosotros capacidades y caminos que ni siquiera sospechábamos.


    No es casual, por otra parte, que David sea el octavo hijo. El número siete representa la plenitud de lo humano, la totalidad, lo completo según nuestras medidas. El ocho, en cambio, abre un tiempo nuevo. En la tradición bíblica, judía y cristiana, el octavo día es el día que va más allá de la semana de la creación del mundo: el día de la nueva creación, el día de Dios, inaugurado definitivamente en la resurrección de Cristo. David, el octavo, es signo de esa novedad que no nace de la lógica humana, sino del don. Cuando Dios elige crea una nueva criatura, y concede también al llamado la gracia que capacita para la tarea. Y esta tarea que nos encomienda es clara: actuar como pastores de hombres, acompañarlos, cuidarlos y conducirlos hacia la vida, hacia la reconciliación, hacia el paraíso perdido. A imagen del único y verdadero Buen Pastor.


    Señor, Tú que eliges lo pequeño y haces brotar vida nueva donde no la esperábamos, danos un corazón dócil a tu gracia. Haznos disponibles a tu llamada y capacítanos para cuidar a los hermanos con la ternura y la fidelidad del Buen Pastor. Amén.

lunes, 19 de enero de 2026

UN HIMNO PASCUAL


    “Victimae paschali laudes immolent Christiani.

    Agnus redemit oves:

    Christus innocens Patri

    reconciliavit peccatores”


(traducción: "A la Víctima pascual, ofrezcan los cristianos alabanzas.

El Cordero redimió a las ovejas: Cristo, el inocente, reconcilió a los pecadores con el Padre").

Himno litúrgico del domingo de Pascua de Resurrección.


    Celebré misa ayer domingo en la parroquia del pueblo donde vivo y, en el momento de la poscomunión, comenzó a sonar por los altavoces este conocido himno pascual, cantado en gregoriano, en una grabación que había puesto un sacristán. Yo estaba recogido en oración, dando gracias por la comunión recibida, cuando estas antiguas palabras latinas, tantas veces escuchadas, me tocaron el corazón con fuerza. No era solo una música hermosa o un texto solemne; era una confesión de fe cantada sobre la vida, sobre la muerte, sobre la redención de Cristo.


    Mientras resonaba el “Agnus redemit oves”, comprendía de nuevo que la Pascua no es una idea ni un recuerdo piadoso, sino un acontecimiento que se celebra realmente en la Eucaristía y que me alcanza hoy también a mí, pobre pecador. El Cordero nos ha redimido; Cristo nos ha reconciliado con el Padre; la verdadera inocencia ofrecida, inmolada, ha sanado la culpa; la muerte ha sido atravesada por la vida.


    En aquel instante de silencio orante, después de haber recibido al Señor, todo aparecía condensado con meridiana claridad. Así, no estoy solo, no estoy perdido, no estoy condenado a mis límites. Hay una Vida que ha sido entregada por mí, y una victoria que ya ha comenzado a desplegarse en lo más hondo de la historia y de mi propia historia. Ofrezcamos los cristianos alabanzas continuas y agradecidas. 


    Oh Jesús Resucitado, Cordero de Dios inmolado y viviente, deja que esta alabanza pascual siga resonando dentro de mí, para que aprenda a vivir reconciliado, agradecido, confiado, sostenido siempre por tu Vida entregada y victoriosa. Amén.

domingo, 18 de enero de 2026

LLAMADOS POR GRACIA


    “Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1 Cor. 1,1-3).


    Al comenzar esta carta, segunda lectura de la misa de hoy, San Pablo no se presenta desde sus méritos ni desde su historia personal, sino desde una llamada: “llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios”. Siempre me ha conmovido esta expresión, porque me reconozco a mí mismo en ella. También yo me sé llamado, no por mis cualidades ni por mi valía personal, sino por pura iniciativa de Dios. El apostolado no es para mí un título honorífico ni un adorno espiritual: lo vivo como una exigencia, como un deber que me precede y me sobrepasa, y que me ha configurado con Jesucristo a través del sacramento del orden. Esa conciencia no aplasta, pero sí ayuda a situarse: me recuerda cada día que no me pertenezco y que mi vida tiene una misión que cumplir, que no es otra sino la de nuestro Salvador.


    Pablo se dirige después a los cristianos de Corinto con una expresión de una profundidad inmensa: “a los santificados por Jesucristo, llamados santos”. En esas pocas palabras está contenida toda la vida cristiana. Por una parte, el don: hemos sido santificados por Jesucristo; es Él quien nos comunica su vida, su santidad, su Espíritu. Nada empieza en nosotros, todo comienza en Él. Pero, al mismo tiempo, aparece la llamada, y con ella el esfuerzo de corresponder: somos llamados a ser santos. La gracia no anula la tarea, la provoca. La santidad recibida pide ser acogida, cuidada, desplegada; puede crecer, pero también puede ser descuidada y casi desperdiciada si no hay correspondencia.


    Por eso el saludo final del apóstol no es una fórmula vacía: “gracia y paz”. La gracia es la vida divina actuando en nosotros; la paz es su fruto más delicado, el don del Espíritu que ordena el corazón y lo unifica. Como apóstol, Pablo sabe —y yo lo experimento cada día— que estamos llamados no solo a recibir esa gracia, sino también a hacerla presente, a comunicarla, a repartirla humildemente. Y solo cuando la gracia permanece unida a la paz, todo lo que hacemos en nombre de Dios es verdadero y fecundo.


    Señor Jesús, que me has llamado sin merecerlo, guarda viva en mí la conciencia de la gracia recibida y la responsabilidad de la llamada. No permitas que me acostumbre a lo santo ni que desperdicie el don. Concede a tu Iglesia, y a mi propio corazón, vivir siempre de tu gracia y caminar en tu paz. Amén.

sábado, 17 de enero de 2026

HAZLO TODO EN MÍ


    “Jesús salió de nuevo a la orilla del mar; toda la gente acudía a él y les enseñaba. Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice: ‘Sígueme’. Se levantó y lo siguió. Sucedió que, mientras estaba él sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que lo seguían” (Mc. 2,13-15).


    Jesús no escoge a su auditorio ni pone exigencias previas a quienes se le acercan. Enseña a todos con paciencia y cercanía, con una autoridad que no aplasta ni humilla, sino que atrae. Su palabra no crea distancia, sino confianza. En medio de la gente, sin embargo, su mirada no se pierde. Sabe detenerse ante una persona concreta. Así aparece Leví, sentado en el mostrador de los impuestos, instalado en una rutina aburrida y en un oficio mal visto. Pero Jesús no lo mira desde el prejuicio ni desde el pasado; lo mira como a alguien que es todavía proyecto de futuro, que está en camino, que puede comenzar de nuevo.


    La llamada es breve y clara: ‘Sígueme’. No hay reproches por el pasado ni condiciones para el futuro. Y Leví se levanta. Su respuesta es inmediata, sin cálculos ni excusas. La llamada de Jesús no espera a que todo esté en orden en la propia vida. Llega cuando esa vida está a medio hacer, cuando hay cosas que pesan, cuando hace falta ponerse en pie. Su palabra tiene fuerza para mover lo que parecía inamovible y abrir un camino donde antes sólo había costumbres.


    La historia no termina en un seguimiento solitario. Leví abre su casa, prepara la mesa y reúne a otros como él. La conversión de uno se convierte en oportunidad para muchos. Donde antes había aislamiento, ahora hay encuentro. Donde había vergüenza y culpabilidad, ahora hay mesa compartida y fraternidad. Jesús acepta sentarse allí sin miedo a la crítica, mostrando que la salvación no rompe los vínculos humanos, sino que los transforma. Una vida tocada por Él se vuelve lugar de acogida y de esperanza para otros.


    Señor Jesús, cuando pases junto a nosotros y nos llames, concédenos levantarnos sin demora. Danos la gracia de fiarnos de tu Palabra y dejar que nuestras vidas, transformadas por ti, sean también espacio abierto donde otros puedan encontrarte. Amén.