sábado, 4 de abril de 2026

TRASPASADA Y DOLOROSA


“La Madre piadosa estaba

junto a la cruz y lloraba

mientras el Hijo pendía.


Cuya alma, triste y llorosa,

traspasada y dolorosa,

fiero cuchillo tenía.


¡Oh, cuán triste y cuán aflicta

se vio la Madre bendita,

de tantos tormentos llena!


Cuando triste contemplaba

y dolorosa miraba

del Hijo amado la pena”

(Secuencia litúrgica latina, siglo XIII).


    Stabat Mater dolorosa…”. Estos versos antiguos, que traducen la secuencia latina tradicional -en una versión atribuida a Lope de Vega- nos sitúan ante una escena que no necesita muchas explicaciones: María está “junto a la cruz”. No huye, no se aparta del Calvario, no se acoge al dicho popular de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Está en el lugar más difícil, en el punto exacto en que el amor se vuelve entrega total. No hace nada exteriormente extraordinario, y, sin embargo, su permanencia es una de las formas más puras de la fidelidad. Mientras el Hijo pende de la Cruz, Ella permanece.


    El dolor de María no es solo el dolor de una madre que ve sufrir a su Hijo; es un dolor que la atraviesa por dentro, “traspasada y dolorosa”. El antiguo himno habla de un “fiero cuchillo”: no es una herida visible, pero es real, profunda, continua. Es el dolor de quien ama sin poder aliviar, de quien contempla sin poder intervenir, de quien consiente en el designio de Dios cuando este parece incomprensible. En María, el sufrimiento no se convierte en desesperación, sino en una forma excelsa de unión.


    Y así, “triste contemplaba y dolorosa miraba”. Hay una mirada que no se aparta. María contempla. No aparta los ojos del misterio, aunque ese misterio sea oscuro, aunque duela. En esa mirada hay fe, una fe desnuda, sin consuelos sensibles, una fe que permanece cuando todo parece terminado. El Sábado Santo nace aquí: no solo en la soledad, sino en una fe que no se rinde.


    Oh Virgen María, Madre piadosa, enséñanos a estar junto a la cruz, a no huir del dolor cuando se convierte en camino, a creer cuando nada resulta fácil. Que, como Tú, sepamos mirar a Jesús en la Cruz, y permanecer. Amén.

viernes, 3 de abril de 2026

PUERTA DE LA CRUZ

 


   “Desamparada me vi

en la tierra y sin consuelo

clamorosa rogué al cielo,

y vuestro amparo sentí.”


    Estoy pasando la Semana Santa en Aracena, en plena sierra de Huelva. En el recinto del castillo, que se alza en lo más alto del pueblo, sobre un cerro que lo domina todo, hay una iglesia monumental. En uno de sus laterales se abre una puertecita sencilla, casi escondida, con un azulejo deteriorado que verán en la imagen que acompaña este texto. En esta iglesia tiene su sede canónica la hermandad de la Vera Cruz, que venera también como titular a la Virgen del Mayor Dolor, patrona muy querida de Aracena, que procesiona bajo palio. Pero hoy, Viernes Santo, quiero detener la mirada de un modo especial en esa pequeña puerta, y en esos versos que parecen brotar del corazón mismo de la cruz.


    Hay algo profundamente simbólico en esa puerta. No es grande ni solemne, no impresiona por su arquitectura, pero sugiere la idea de acceso, de paso. Y es inevitable pensar que la cruz de Cristo es precisamente eso: una puerta. No un muro que cierra, no el final de un camino, sino un umbral que se atraviesa. Para entrar en el misterio de Cristo hay que pasar por ahí, por esa puerta estrecha de la que habla el Señor: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha…” (Lc. 13,24). No basta con contemplar la cruz desde fuera, hay que acercarse, tocarla, dejarse “afectar”, reconocer en ella el propio desamparo, esa experiencia tan humana de sentirse “en la tierra y sin consuelo”. Solo desde ahí nace el verdadero clamor.


    Y ese clamor no queda sin respuesta. La cruz nos enseña que cuando todo parece perdido, cuando los apoyos humanos fallan, cuando el alma se siente sola, es entonces cuando se abre el cielo de un modo nuevo. Cristo, elevado en la cruz, es al mismo tiempo el que clama y el que responde, el que sufre y el que sostiene. Por eso la cruz no es solo dolor, es también amparo. No elimina la oscuridad, pero la llena de presencia. No evita la herida, pero la transforma en lugar de encuentro. Quien atraviesa esa puerta comienza a comprender, en lo hondo, que el desamparo puede convertirse en experiencia de Dios.


    Señor Jesús, llévame hasta tu cruz y dame la gracia de no quedarme fuera. Que sepa entrar por esa puerta humilde, reconocer mi pobreza y clamar a Ti con verdad. Y que, en medio de todo, descubra siempre tu amparo fiel. Amén.




jueves, 2 de abril de 2026

SU CUERPO ENTREGADO

 


    “Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía’. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: ‘Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía’. Pues cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Cor. 11,23-26).


    La segunda lectura de la misa de esta tarde es de san Pablo, de su primera carta a los Corintios, y nos sitúa en el corazón mismo de lo que celebramos. Comienza con una expresión que no debemos pasar por alto: “en la noche en que iba a ser entregado”. No es un detalle secundario, es el marco real en el que se va a instituir la Eucaristía. Y esa noche a la que se refiere san Pablo es la noche de hoy. No es en un momento de mucha paz, ni está envuelto en un clima de fidelidad, ni cuando todo está controlado. Es en la noche de la traición. Y en ella, precisamente en ella, Jesús no escapa, no se protege, no se defiende. Al contrario: se da. “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”. No es solo una frase, es una realidad sobrenatural. Es el Cuerpo entregado, anticipando la cruz, ofreciendo ya lo que al día siguiente será visible en el Calvario.


    Y después, el cáliz. “Este es el cáliz de mi sangre… que será derramada…”. Aquí el tiempo parece detenerse. La sangre derramada no es una imagen bonita: es la vida ofrecida, el amor llevado hasta el extremo. Cada vez que pronunciamos estas palabras, no recordamos algo pasado: entramos en ese mismo misterio. Es el mismo sacrificio, la misma entrega, el mismo amor que no se reserva nada. Por eso, ese silencio que me gusta abrir tras el “será derramada” no es un vacío, sino un espacio sagrado donde el alma puede asomarse al misterio. Ahí se comprende que amar no es decir, sino darse; no es sentir, sino entregarse.


    Y, sin embargo, ese sacrificio no queda atrás en el pasado. Se hace presencia. “Haced esto en memoria mía”. No es solo un recuerdo, es una permanencia. Jesús ha querido quedarse. No como idea, no como enseñanza, sino como presencia real, viva, silenciosa. El mismo que se entrega, permanece. El mismo que derrama su sangre, se nos da como alimento. La Eucaristía une para siempre estas dos dimensiones: sacrificio y presencia. No podemos separar una de otra. Si se pierde el sacrificio, la presencia se vacía; si se olvida la presencia, el sacrificio queda lejos. Pero unidos, forman el corazón mismo de nuestra fe.


    Así, cada misa es un Jueves Santo, y cada consagración es un instante en el que el tiempo se abre y Cristo, que se ha hecho presente, vuelve a entregarse por nosotros y a quedarse con nosotros. Y nosotros, que tantas veces somos inconstantes, distraídos, incluso infieles, somos, sin embargo, invitados a participar de este misterio. Él no espera a que seamos dignos: se nos da para hacernos capaces. Se nos entrega para enseñarnos a entregarnos. Se queda para que aprendamos a permanecer.


    Señor Jesús, en este Jueves Santo haznos entrar en el misterio de tu Cuerpo entregado y de tu Sangre derramada. Danos un corazón capaz de detenerse, de adorar, de comprender en silencio lo que sucede en cada Eucaristía. Enséñanos a permanecer contigo para que, alimentada por tu presencia, sepamos vivir una vida entregada por amor. Amén.

miércoles, 1 de abril de 2026

LAS PRISAS DEL PECADO

 


    “Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les dijo: ‘¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?’. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo…” (Mt. 26,14-16).


    Hay en este comienzo del Evangelio una prisa inquietante. Judas “va”, pregunta, negocia, calcula, busca el momento oportuno. Todo se mueve con rapidez, como si hubiera urgencia por cerrar el trato, por asegurar el plan, por no dejar pasar la ocasión. Es la prisa del pecado, que no quiere detenerse a pensar demasiado, que necesita avanzar para no enfrentarse a sí mismo. Y, sin embargo, en medio de esa agitación, Jesús no corre, no se defiende, no se escapa. Permanece. Mientras los hombres se precipitan, Dios tiene paciencia.


    En la cena, la tensión crece y se hace más dolorosa. “Uno de vosotros me va a entregar”. No hay acusación, no hay denuncia pública. Solo una palabra que interpela el corazón de todos. Cada uno pregunta: “¿Soy yo, Señor?”. También Judas, que ya ha pactado la entrega, que ya ha comenzado a recorrer el camino de la traición. Y, sin embargo, sigue sentado a la mesa, escuchando, compartiendo el pan. Todavía hay tiempo. Ese es el misterio que sobrecoge: incluso después de haber dado pasos tan graves, Judas está todavía en el lugar de la comunión, todavía cerca de Jesús, todavía al alcance de su palabra.


    Pero el drama se consuma en lo más profundo, en ese “tarde” que cada uno decide por dentro. No es que Dios cierre la puerta; es el hombre el que la va cerrando poco a poco. Judas entra en una dinámica de prisas, de decisiones encadenadas, de autojustificaciones que le impiden detenerse y volver atrás, mirar de verdad al Señor. Pedro, en cambio, también caerá, también negará, pero su historia no estará marcada por las prisas sino por el llanto. Y el llanto abre caminos que las prisas cierran.


    En este contraste entre la prisa y la paciencia de Dios se juega también nuestra propia vida. Hay decisiones que tomamos casi sin darnos cuenta, pequeños pasos que parecen insignificantes, pero que nos van alejando del Señor o acercando a Él. El peligro no es haber caído, sino no detenerse: no dejar que una mirada, una palabra, una gracia rompa la cadena.


    Señor Jesús, Tú que permaneces sereno en medio de nuestras prisas, detén nuestro corazón cuando empiece a alejarse de ti. Haznos capaces de reconocer a tiempo nuestras traiciones, de no justificarlas, de no seguir adelante como si nada ocurriera. Danos lágrimas como las de Pedro y líbranos de la desesperación de Judas. Y cuando estemos aún a la mesa contigo, concédenos la gracia de volver, antes de que sea tarde. Amén.

martes, 31 de marzo de 2026

EL ARTE Y LA PALABRA

 


    (una reflexión personal y prescindible, que mis lectores me permitirán pacientemente)


    Estoy pasando estos días de Semana Santa en un monasterio carmelita en la Sierra de Huelva. Son días de silencio, de lectura, de oración y de paseo. Días también para escribir y, en algunos momentos, para ver algo de cine en mi ordenador portátil. He aprovechado para revisar la obra de Andrei Tarkovsky, un director ruso que siempre me ha fascinado por su hondura, por su profundidad y por esa dimensión espiritual que atraviesa sus películas, incluso habiendo sido realizadas en el contexto de la Unión Soviética (“La infancia de Iván“, “Andrei Rublev”, “Sacrificio”…).


    Hay obras de arte -en la literatura, en la pintura, en el cine- que, al contemplarlas, no se agotan en lo que vemos. Permanecen dentro, como si siguieran hablando en silencio. No siempre se comprenden del todo, y menos aún a la primera, pero se intuyen, se saborean, y siguen acompañándonos durante mucho tiempo, invitándonos a ser mejores, a superarnos de algún modo.


    Algo semejante ocurre con la Palabra de Dios. No es un texto que se agote en una primera lectura, ni siempre es fácil encontrar su sentido. Eso desalienta a algunos, que la abandonan a la primera dificultad. Pero, si somos capaces de superar ese obstáculo, vuelve una y otra vez, y cada vez diciendo algo nuevo. No porque cambie, sino porque somos nosotros quienes vamos cambiando al acogerla.


    También el arte verdadero tiene esa fecundidad. No queda encerrado en la intención de quien lo creó, sino que se independiza del autor (cobra vida propia) y se abre a múltiples lecturas. Una imagen, un verso, una escena, pueden ser leídos de maneras distintas, y sin embargo verdaderas. Como en la Escritura, donde una misma palabra puede iluminar diversas situaciones de la vida.


    Por eso el arte puede ser camino hacia Dios. No porque hable de Él de una forma explícita, sino porque despierta en nosotros una profundidad que nos trasciende. Nos obliga a detenernos, nos hace mirar de otro modo, nos arranca de la prisa y nos introduce en el silencio. Y en ese silencio, el corazón se vuelve más disponible.


    La Palabra de Dios, por su parte, no solo ilumina, sino que transforma. Es viva, eficaz, capaz de penetrar en lo más hondo del alma (Heb. 4,12). Pero para acogerla, hace falta una actitud semejante a la que requiere el arte: atención profunda y constante, apertura, disponibilidad interior… contemplación. 


    Cuando el arte es verdadero y la Palabra es acogida, ambos coinciden en algo esencial: nos sacan de nosotros mismos y nos orientan hacia una vida más plena. Nos despiertan, nos purifican, nos elevan.


    Y así, el arte -estoy convencido de ello- puede prepararnos para escuchar la Palabra, y la Palabra puede enseñarnos a mirar el arte con ojos nuevos. En ambos, si sabemos detenernos, se abre un camino que conduce hacia Dios.


lunes, 30 de marzo de 2026

UN LUNES AL SOL DE LA GRACIA

 


    “Le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: ‘¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?’. Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando” (Jn. 12,2-6).


    Los lunes, para muchas personas, tienen algo de cuesta arriba. Cuesta empezar, cuesta retomar el ritmo, cuesta ponerse en marcha. Pero este lunes es distinto: es lunes santo. Y santos deberían ser todos los lunes, aunque este lo es de una manera especial.


    En el Evangelio de la misa de hoy aparecen varios personajes en los que podemos vernos reflejados. Marta sirve. Está pendiente de todo, cuida los detalles, procura que Jesús esté a gusto, que la cena sea agradable. Es el arte de la hospitalidad: el amor que se pone en lo concreto. Quizá pasa desapercibida porque en esas cosas la mayoría no se fija. No busca protagonismo ni reconocimiento; ama sirviendo, sirviendo a sus hermanos, a los invitados y, sobre todo, a Jesús y también a los apóstoles.


    María, por el contrario, actúa de una forma distinta. Toma el perfume, un perfume de nardo exquisito y carísimo, y lo derrama sobre los pies de Jesús. No piensa en guardar una parte para otro día, no se reserva nada ni calcula el coste: lo da todo. Y eso es lo que Jesús merece: ni mucho ni poco, sino todo. Después se inclina hasta el suelo y le seca los pies con su cabellera, en un gesto humilde y lleno de amor que la deja a ella envuelta en el mismo aroma. 


    Judas, como los demás apóstoles, también está a la mesa con Jesús. Ha visto y oído lo mismo que los otros, pero su reacción es muy distinta. Critica, pone objeciones, aparenta una falsa prudencia, habla de los pobres… Pero el Evangelio nos dice claramente que no era verdad. Está cerca de Jesús, pero en realidad su corazón está muy lejos de Él.


    Y en Lázaro nos podemos ver reflejados todos nosotros. Ha estado muerto, pero Jesús lo ha sacado del sepulcro, le ha devuelto la vida. Con la ayuda de sus hermanas ha sido desatado, liberado. Y ahora está sentado a la mesa con Jesús. Esa mesa es imagen de la Eucaristía. Nosotros somos Lázaro: hemos recibido la vida del Señor y se nos invita cada día a sentarnos con Él a su mesa. No venimos como quien tiene algo que dar, sino como quien lo ha recibido todo. Por eso nuestra vida tiene que ser una continua y sincera acción de gracias. 


    Señor Jesús, danos un corazón sencillo para servir como Marta; un corazón generoso para entregarnos en todo y del todo como María. Líbranos de la dureza de Judas, y haznos vivir como Lázaro, agradecidos por la vida que nos has dado y fieles a la mesa a la que nos invitas. Amén.

domingo, 29 de marzo de 2026

OTRO DOMINGO DE RAMOS

 


    Hoy es Domingo de Ramos. Comienza la Semana Santa y el corazón se sitúa ante un misterio que no es solo recuerdo del pasado, sino memorial que lo hace presente. Jesús sabe lo que viene y camina hacia ello con una libertad que sobrecoge: va a su Pasión voluntariamente aceptada. Mientras los hombres traman, negocian o temen, Él ya se ha entregado por dentro. Y en esa entrega interior comienza todo. No es el sufrimiento en sí lo que salva, sino el amor con que es acogido, ofrecido, vivido hasta el extremo.


    En medio de la noche más solemne se instituirá la Eucaristía como una luz silenciosa. Cuando todo hace presagiar una despedida, Jesús decide quedarse. No se impone ni se explica: simplemente se da. Se hace pan, se hace alimento, se hace presencia escondida que atraviesa el tiempo. En la Eucaristía se revela el Corazón de Dios, abierto en medio de la traición. Y nosotros, tantas veces distraídos, apenas rozamos ese misterio sin entrar en él. Pero quien se acerca de verdad a la Eucaristía entra en la Pasión, y quien entra en la Pasión descubre un Amor que no retrocede ante nada.


    En los discípulos se refleja nuestra propia debilidad. Pedro promete y cae, jura y reniega, ama y huye. Pero su llanto abre un camino: el de la verdad humilde que no se justifica. También nosotros caminamos entre fidelidades frágiles y caídas repetidas. Y, sin embargo, hay una gracia que lo sostiene todo: volver a Jesús con el corazón herido, sin excusas, sin máscaras. Porque su mirada no humilla, sino que levanta; su misericordia no reprocha, sino que rehace por dentro.


    Y en medio del ruido del mal, Jesús calla. Su silencio desconcierta, pero está lleno de sentido. No es vacío, sino abandono confiado en el Padre. No es debilidad, sino una fuerza que no necesita imponerse. En ese silencio se nos revela un camino profundo: el de la paz que no depende de tener razón, el de la verdad que no necesita defenderse continuamente, el de la confianza que descansa en Dios incluso cuando todo parece oscuro.


    Por último, al pie de la Cruz, cuando todo parece terminado, nace la fe. No del éxito ni de un milagro prodigioso, sino de la entrega total del Mesías. Un corazón pagano reconoce en ese Rostro desfigurado la presencia de Dios. Y lo confiesa. Así también nosotros estamos llamados a descubrir a Jesús allí donde menos lo esperaríamos: en la debilidad, en el dolor, en lo incomprensible. Porque es ahí, precisamente ahí, donde su Amor se manifiesta en toda su verdad.


    Señor Jesús, en este comienzo de la Semana Santa, concédenos la gracia de entrar contigo en este misterio. Enséñanos a entregarnos contigo, a recibir contigo, a caer y a levantarnos contigo, a callar contigo y a creer contigo. Y que, caminando a tu lado, aprendamos poco a poco a amar como Tú amas. Amén.

sábado, 28 de marzo de 2026

VÍCTIMA INOCENTE

 


    “Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!” (Lc. 12,50).


    Hoy es la víspera de la Semana Santa y traigo aquí al blog de nuevo una obra de arte. En esta ocasión es un cuadro de Mathieu Le Nain (1607–1677), pintor francés del siglo XVII, perteneciente a la escuela barroca y miembro de la célebre familia de los hermanos Le Nain. Su pintura, sobria y silenciosa, está cargada de una profunda humanidad y de un sentido espiritual que trasciende lo cotidiano.


    El Niño Jesús aparece recogido en oración, levemente inclinado hacia adelante, con las manos sobre el pecho. En Él se revela ya el misterio entero de la Redención. No es una imagen dolorosa en su forma, pero sí llena de dramatismo, cargada de una gravedad que sobrecoge. A sus pies se encuentra la Cruz. Los clavos hablan ya de la crucifixión. Los dados evocan el momento en que los soldados se repartirán su túnica. El martillo y las tenazas, instrumentos de la carpintería de José, recuerdan también los instrumentos del suplicio. La palangana, el jarro y la toalla sugieren el lavatorio de los pies, anticipando el amor llevado hasta el extremo. Y allí, apoyada en la pared, aparece también la escalera, cuya parte superior queda velada por una cortina. Esa escalera evoca el descenso del Hijo de Dios en la Encarnación, hacia la oscuridad de este mundo, insinuada en los tonos sombríos del cuadro; pero también es la escalera de la subida: subir a la Cruz y de la Cruz al Padre. “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre” (Jn. 3,13).


    El Niño no juega con esos objetos, sino que los contempla con una mezcla de temor y devoción. Sus gestos recogidos, sus manos sobre el pecho, nos hablan de un Corazón en el que ya habita la angustia de Getsemaní. En él conviven el temblor ante el sufrimiento y el deseo ardiente de redimir a los hombres. Y también el Calvario. Y, sin embargo, ¡qué hermosura la suya! ¡Qué dulzura y qué ternura despierta! Su túnica blanca habla del Cordero inocente que se entrega por nosotros. Un Niño frágil, sí, pero no una víctima arrastrada, sino Cordero que se ofrece libremente, que se deja conducir con mansedumbre sin abrir los labios. Su Sagrada Infancia no es evasión del sacrificio, sino comienzo del mismo. Todo en Él, en su vida, es ofrenda, es oblación, entrega, amor que ha descendido… pero para elevarnos.


    Señor Jesús, Niño santo y bendito, enséñanos a contemplar tu Corazón, donde ya arde el Amor que nos salvará. Haznos entrar en estos días santos con un espíritu recogido y humilde, con un espíritu contemplativo y atento, para que, acompañándote en tu Pasión, aprendamos también nosotros a amar hasta el extremo. Amén.

viernes, 27 de marzo de 2026

CONTEMPLAR CON MARÍA


    “Oh, Dios, que en este tiempo otorgas con bondad a tu Iglesia imitar devotamente a santa María en la contemplación de la pasión de Cristo, concédenos, por la intercesión de la Virgen, adherirnos cada día más firmemente a tu Hijo unigénito y llegar finalmente a la plenitud de su gracia. Él, que vive y reina contigo…” (Oración colecta, Viernes de la 5ª semana de Cuaresma).


    Hoy es el viernes de la quinta semana de Cuaresma, tradicionalmente llamado en España viernes de Dolores, y que constituye un umbral espiritual que nos introduce en la Semana Santa. Durante siglos, este día ha estado marcado por la contemplación de María al pie de la Cruz, asociando el dolor de la Madre al sacrificio redentor del Hijo. En la actual edición del Misal Romano, se ofrece la posibilidad de elegir entre dos oraciones colectas: la habitual y otra que puede utilizarse cuando se hace memoria de la Santísima Virgen de los Dolores en la celebración, recogiendo así litúrgicamente esta antigua sensibilidad del pueblo cristiano.


    La oración que la liturgia nos propone, y que hoy podemos meditar, nos introduce en un matiz profundamente mariano de la vida espiritual: no se trata solo de mirar la Pasión de Cristo, sino de aprender a mirarla como la miró María. Ella no es una espectadora lejana, sino la que contempla con amor, con fe, con una profunda unión de corazones, permaneciendo junto a la Cruz. La Iglesia pide, en la oración de este día, poder imitar esa contemplación devota, que no es un simple ejercicio de piedad, sino una forma de participación real en el misterio de Cristo. Mirar como María es ya comenzar a amar como Ella, y amar así es entrar en el misterio de la Redención.


    Por eso, la súplica se hace más concreta: “adherirnos cada día más firmemente” al Hijo. No basta una emoción pasajera ante el sufrimiento de Jesús; se nos pide una adhesión creciente, estable, transformante. María aparece entonces como intercesora y como modelo, porque la unión con su Hijo no fue intermitente ni superficial, sino total y constante, hasta el extremo. Y el horizonte final de esta unión es claro: llegar a la plenitud de su gracia. No se trata solo de acompañar a Cristo en su Pasión, sino de participar también en la vida nueva que brota de ella, en esa gracia que nos configura con Él y nos introduce, poco a poco, en la comunión plena con Dios mismo.