Ayer, al contemplar el cuadro de John Everett Millais titulado “Cristo en la casa de sus padres”, hacía una lectura espiritual centrada en el misterio de la Redención. Desde la vía pulchritudinis, el camino de la belleza, quisiera insistir hoy en esta obra pictórica. Dios, que es la suma Bondad y la suma Belleza, se deja acercar no sólo a través de la vía de la razón, sino también a través de la vía de la belleza. La belleza de las cosas creadas nos remite al Creador. Y una obra de arte, cuando se contempla con fe, no se agota en una sola interpretación, sino que se abre a muchos significados que van emergiendo en una mirada cada vez más detenida y profunda.
He seguido contemplando esta escena, y todo en ella me vuelve a sumergir en el misterio de Cristo. Lo que José está construyendo en su banco de carpintero parece ser una puerta. Y la puerta es un símbolo evangélico. Jesús dirá de sí: “Yo soy la puerta de las ovejas; el que entre por mí se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos” (Jn. 10,9). Las ovejas están fuera, esperando. Y esa puerta se está construyendo al precio de su sangre. El clavo hincado en la madera, la herida aparentemente accidental del Niño, nos remiten ya a ese misterio. La sangre que brota de su mano es el precio de esa puerta por la que las ovejas, que aguardan la salvación, podrán entrar en la Vida.
María no sólo se pone de rodillas para situarse a la altura de su hijo, sino que lo hace con una actitud de profunda adoración. No se atreve a tocarle con sus manos, que mantiene unidas en actitud de oración. Se inclina, se acerca, y su rostro expresa ternura y reverencia. No sólo espera recibir el beso de su Hijo, sino que también parece ofrecérselo. En su gesto hay ya una inteligencia del misterio de su alma traspasada por una espada de dolor.
A cada lado de la escena, como recuerdan, aparecen dos aprendices. Ayer, al evocar el misterio de la Redención, invitaba a verlos como Caín y Abel. Pero hoy me abro a una lectura distinta en clave eclesial: serían “los dos Juanes”, el Bautista y el Evangelista. El más pequeño, que va cubierto con una piel -el Bautista vestía una piel de camello-, lleva una palangana con agua para limpiar la herida del Niño. Ese gesto recuerda el bautismo, y el agua que lleva puede simbolizar el agua del Jordán. De él dijo el Señor que era el mayor entre los nacidos de mujer, y sin embargo “el más pequeño en el Reino de los cielos” (cf. Mt. 11,11). Por eso aparece como un niño. Él es “la voz que grita en el desierto”, el Precursor que prepara el camino, el que señala al Cordero.
El otro aprendiz, el joven situado junto a la ventana, representa a Juan Evangelista. No lleva nada consigo, como fueron enviados los apóstoles: ni alforja ni dinero en la faja, ni túnica de repuesto ni sandalias. Mira la escena en silencio, dejándose impactar por lo que ve. Es el discípulo contemplativo, el que da testimonio. Eso afirma de sí mismo en su Evangelio: “el que lo ve da testimonio, y su testimonio es verdadero” (cf. Jn. 19,35). Y lo que vio en el Calvario fue precisamente una herida: la del costado del Señor. Y el brotar de la sangre. Y el agua. Como ahora. Las ovejas lo miran, lo esperan. Está llamado a salir, a reunirlas, a ser testigo y pastor en nombre de Jesús.
La escalera, al fondo del taller, no es un elemento decorativo sin más. Nos habla de esa bajada del Hijo de Dios a nuestra tierra, la de la Encarnación. Y nos habla también de una subida: de su retorno al Padre llevándonos con Él. Como dijo Jesús a Natanael: “Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (Jn. 1,51). Esa escalera está situada casi encima del Niño, indicando que Él es el verdadero punto de unión entre el cielo y la tierra.
Sobre ella se posa una paloma, símbolo del Espíritu Santo, que ha hecho posible la Encarnación, el descenso del Hijo. Es el Espíritu que cubrió con su sombra a la Virgen María. Y es el mismo Espíritu que descenderá sobre los discípulos en Pentecostés. Ya está discretamente presente en esta escena doméstica y silenciosa.
Al fondo aparece una mujer, quizá Ana, que intenta quitar con unas tenazas el clavo que ha herido al Niño. En la sobriedad de su gesto puede representar al alma fiel que, cercana a María, desea apartar todo lo que causa sufrimiento a Jesús. Es la respuesta del amor humano al amor divino: un deseo humilde y perseverante de consolar, de reparar, de amar.
Señor Jesús, Puerta abierta para las ovejas al precio de tu sangre: haznos entrar cada vez más profundamente en el misterio cristiano por los caminos de la fe, de la razón y de la belleza. Permítenos aprender así a contemplar, amar y colaborar contigo en la obra que te encomendó realizar el Padre. Así sea.