Hace ya quince días que no escribo ninguna entrada para este blog ni para mi canal de telegram. Como saben muchos lectores, he pasado unos días difíciles a causa de un episodio preocupante relacionado con mi salud y he necesitado detenerme un poco. Todavía me quedan algunas pruebas médicas por realizar y una visita al neurólogo, pero hoy, gracias a Dios, puedo retomar poco a poco mis actividades habituales.
Y lo primero que deseo hacer es expresar mi gratitud a quienes, durante estos días, se han acordado de mí en su oración. Algunas personas me han escrito. Otras simplemente han rezado en silencio. Un sacerdote aprende con los años que también él necesita ser sostenido por la oración de los demás. Por eso quiero dar las gracias de corazón a todos los que me han acompañado y ayudado de una forma u otra durante estas semanas.
Escribo estas líneas desde Tordesillas (Valladolid), donde he venido para dar los ejercicios espirituales a una comunidad de monjas clarisas. Mi habitación en la hospedería se asoma al río Duero, cuya corriente contemplo mientras redacto estas palabras. De niño estudiábamos en el colegio los ríos de España, y el Duero era para mí solo un nombre en una lista y una rayita en el mapa. Con los años he tenido ocasión de conocerlo mejor en distintos lugares. Recuerdo especialmente el viaje en un trenecito que seguía su curso en territorio portugués desde Oporto, la ciudad donde termina desembocando en el océano. Hoy vuelve a aparecer ante mí, silencioso y sereno.
Mientras lo contemplo, pienso que un río es mucho más que una corriente de agua. Es todo un ecosistema. El agua, las orillas, los árboles, las aves, los peces, las plantas, la lluvia que lo alimenta y los manantiales que le dan origen forman una realidad viva donde todo está relacionado. Nada existe de manera aislada. Cuando uno de esos elementos se deteriora o desaparece, todo el ecosistema se resiente. El daño causado a una de sus partes termina repercutiendo, de una forma u otra, en el conjunto.
Algo semejante ocurre en nuestra vida espiritual. También nosotros habitamos un ecosistema. Pensamos a veces que la vida cristiana consiste solamente en rezar, en cumplir los mandamientos o en realizar determinadas prácticas religiosas. Pero nuestra vida interior está formada por muchas delicadas realidades que Dios va entrelazando pacientemente. Todo río tiene una fuente, y también la vida cristiana tiene la suya. Para nosotros, la fuente es Cristo. Más aún, de Jesús Eucaristía nace todo lo demás. De Él brotan la esperanza, la fortaleza, la paz y la capacidad de seguir adelante cuando llegan la enfermedad, la incertidumbre o el cansancio.
Pero no es ese el único elemento que forma parte del ecosistema del alma. También están la Palabra de Dios, la comunidad cristiana, las amistades verdaderas, las pruebas, las alegrías, los sufrimientos, las personas que nos ayudan y aquellas a las que nosotros mismos somos llamados a ayudar. Si una de esas dimensiones se descuida gravemente, tarde o temprano toda la vida espiritual termina resintiéndose. Estos quince días me han recordado precisamente eso. Ninguno de nosotros camina solo. Hay personas que sostienen nuestra vida sin que apenas nos demos cuenta. Hay raíces ocultas que alimentan árboles visibles. Hay corazones que rezan en silencio y cuya influencia llega mucho más lejos de lo que imaginamos.
Los carmelitas hablamos con frecuencia de la fuente de Elías en el Carmelo. San Juan de la Cruz contemplaba otra fuente, esa "fonte escondida que mana y corre aunque es de noche". Quizá por eso, mientras miro las aguas del Duero avanzar lentamente hacia el mar, pienso que también nuestras vidas avanzan hacia Dios. El río no vive de sí mismo. Recibe continuamente aguas que vienen de lejos. También nosotros recibimos mucho más de lo que somos capaces de ver o comprender, mucho más de lo que somos capaces de dar. Y tal vez una de las formas más profundas de sabiduría consista precisamente en no olvidar nunca cuál es nuestra fuente.