“Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: ‘¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’. Jesús lo increpó: ‘¡Cállate y sal de él!’. El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos: ‘¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen’” (Mc. 1,23-27).
Hemos comenzado el tiempo ordinario, y conviene recordar que no se trata de un tiempo sin relieve ni de un período espiritual de menor intensidad. Es ordinario porque no se fija en un aspecto concreto del misterio de Cristo, sino que nos lo presenta en su conjunto, a partir de los episodios de su vida pública, de su presencia activa entre los hombres. Ya no contemplamos de modo particular la Encarnación, el Nacimiento o la vida oculta, sino la predicación de Jesús y su acción como Mesías. Es el tiempo de escucharle hablar y de verle actuar.
Ese ministerio se despliega en palabras y en obras. Las palabras de Jesús tienen autoridad, no porque sean siempre imperativas -como lo fueron al dirigirse al diablo-, sino porque están llenas de sabiduría, de unción y de una fuerza interior que transforma. Son palabras que interpelan, que hacen al hombre mirarse por dentro, que despiertan en él el deseo de una vida mejor y le encienden en hambre y sed de Dios. Y sus obras son coherentes con esas palabras: obras de vida, de liberación, de sanación. Jesús no especula ni elabora teorías; no habla como los filósofos antiguos que tantean hipótesis. Habla con la seguridad de quien conoce perfectamente aquello de lo que habla, porque viene del Padre y da testimonio de lo que ha visto junto a Él.
Por eso el mal lo reconoce inmediatamente. El espíritu inmundo sabe quién es Jesús, porque la luz desenmascara a las tinieblas. Y Jesús actúa con una autoridad que no destruye, sino que libera; no oprime, sino que devuelve al hombre -envidiado por el diablo- su verdad y su dignidad. Allí donde Él entra, incluso en lo más cotidiano y ordinario, la vida se abre paso.
Señor Jesús, haz que escuche tu palabra con un corazón disponible y deja que tu autoridad salvadora libere en mí todo aquello que no me deja vivir según Dios. Amén.