“Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt. 6,4-5).
Ayer fue el día de la Epifanía y pasé el día descansando. Pero quiero todavía concluir la crónica de mi peregrinación con una última entrada que será un poco más larga de lo habitual.
El día 5 comenzó con la misa celebrada en Ammán, en la iglesia de los frescos bíblicos, y culminó horas más tarde con el vuelo de regreso de Tel Aviv a Madrid. En el avión viajaba junto a mí mi hermana, y en el asiento contiguo, en la misma fila, iba un judío. Había bastantes judíos fácilmente identificables por su indumentaria. El que iba a mi lado no era un judío jasídico (ultraortodoxo); no llevaba los característicos tirabuzones, pero llevaba puesta la kipá, el pequeño solideo que cubre la cabeza de los varones judíos creyentes.
En un momento dado, uno de los peregrinos que pasaba por el pasillo se dirigió a mí llamándome padre. Yo llevaba una prenda que me cubría el cuello y ocultaba la tirilla clerical, pero aquel gesto bastó para que mi vecino de asiento se diera cuenta de que era sacerdote. A partir de ahí se interesó por varias cuestiones, entre ellas el celibato. Le expliqué que los sacerdotes católicos lo vivíamos como una consagración completa a Dios, pero aquello le resultó difícil de comprender. Insistía en que el mandato de Dios era crecer y multiplicarse, y dar la vida, puesto que la vida la recibimos para darla. Yo le respondí que la vida puede darse de muchas maneras, no únicamente engendrando hijos.
La conversación fue avanzando hacia la Escritura. Me preguntó por mis creencias y le dije, con total verdad, que en ese mismo momento estaba rezando Salmos en el teléfono móvil. Le cité de memoria algunos versículos que hablan de Israel y de Jerusalén, lo cual aumentó todavía más su asombro. Le expliqué que las Escrituras sagradas de Israel son también las nuestras. Me preguntó si todas. Y le respondí que sí, aclarándole que los cristianos tenemos además otros libros posteriores, escritos por los apóstoles y por Pablo, que hacen referencia a Jesús.
Me preguntó entonces si creíamos en un solo Dios. Le dije que sí, y le recité de memoria el Shema Israel, asegurándole que esa era también mi fe. Me preguntó por Jesús, y le dije que para nosotros es el Mesías prometido a su pueblo. Respondió con un gesto evidente de escepticismo. Me preguntó quién guiaba nuestra lectura de la Escritura, cuáles eran nuestras interpretaciones. Le dije que no el Talmud, sino la tradición de la Iglesia y sus autores. Hizo un gesto de desdén y repitió: “No lo entiendo, no lo entiendo”.
No quedó convertido, evidentemente, pero creo sinceramente que se sintió sorprendido, incluso interpelado, por la importancia que yo daba a la Escritura de Israel. Me preguntó si era la primera vez que venía a Israel. Le dije que no, que era la sexta. Se asombró todavía más y me preguntó por qué. Le respondí que para mí Jerusalén es la Ciudad Santa y que, como dice el apóstol san Juan (Jn. 4,22), "la salvación viene de los judíos". Tal vez no cambió sus convicciones, pero creo que al menos se llevó una imagen distinta del cristianismo y de los cristianos. Un pequeño testimonio humilde y sin estridencias en el espacio reducido de un avión.
Traigo a la memoria este encuentro al pensar también en nuestra peregrinación. No todo fue siempre luminoso. Hubo momentos de tensión y algunas desavenencias que no reflejaron con claridad la enseñanza de Jesús: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros” (Jn. 13,35). Pero el Espíritu Santo cubre la multitud de nuestros pecados y, desde dentro, no nos arrastra, pero sí nos impulsa a hacer el bien, a convertirnos de nuestro mal. Que el Dios de Israel, que es el Dios de Jesucristo, el Dios del Evangelio, nos conduzca siempre por senderos de paz. Shalom, paz a Israel.
Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, Dios fiel y verdadero,
purifica nuestro corazón, enséñanos a amar como Tú amas, haznos humildes testigos de tu Palabra y guíanos, entre luces y sombras, por caminos de paz y de unión. Amén.