En el camino espiritual hay avances y retrocesos. Hay momentos en los que un creyente se siente fuerte, decidido a cambiar, lleno de buenos propósitos y con la voluntad firme para luchar contra el pecado. Y hay también momentos de debilidad, de cansancio interior o de mediocridad, en los que experimenta con claridad que sin la gracia de Dios nada puede.
Cuando avanzamos, fácilmente pensamos que lo hemos conseguido con nuestro esfuerzo. Cuando caemos, nos culpamos por nuestra debilidad. Sin embargo, la verdad es más profunda y más humilde a la vez. Incluso el deseo de mejorar, la fuerza para levantarnos y la decisión de volver a empezar son ya un don de Dios. La gracia no sustituye a la voluntad, pero la despierta, la fortalece y la orienta.
Por eso la vida cristiana no consiste en elegir entre gracia o esfuerzo, como si fueran dos fuerzas opuestas. La voluntad del hombre coopera con la gracia, y la gracia sostiene ese esfuerzo interior. Dios actúa en nosotros sin destruir nuestra libertad, y nuestra libertad alcanza su plenitud cuando responde a la acción de Dios.
Cuando el cristiano descubre esto, algo cambia en su interior. Deja de apoyarse en sí mismo con orgullo, pero también deja de desesperar por sus caídas. Aprende a vivir en una humilde confianza. Sabe que debe luchar, pero sabe también que la victoria pertenece siempre a Dios.
La verdadera conversión comienza cuando comprendemos que todo es gracia: la llamada, el deseo de buscar a Dios, la fuerza para levantarnos después del pecado y la luz que ilumina nuestro corazón. Entonces la vida espiritual deja de ser una tensión angustiosa entre éxito y fracaso y se convierte en un caminar confiado con Cristo.
Señor Jesús, concédenos un corazón humilde que coopere con tu gracia. Haznos comprender que sin ti no podemos hacer nada, pero que contigo todo puede comenzar de nuevo. Amén.