"¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas, arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar” (Miq. 7,18-19).
Hay palabras de la Sagrada Escritura que nos conmueven por su belleza, y hay otras que, además de conmovernos, nos obligan a creer algo que supera nuestra experiencia humana. Esta, tomada de la primera lectura de la misa de hoy, es una de ellas. Todos sabemos lo que significa recordar una ofensa. Todos sabemos lo difícil que resulta borrar de la memoria una herida o una traición. Nosotros podemos perdonar y, sin embargo, seguir recordando. Dios, en cambio, no solo perdona: destruye nuestras culpas y arroja nuestros pecados a lo hondo del mar. Lo que Él perdona deja verdaderamente de existir como culpa ante sus ojos.
A veces me pregunto qué milagro es mayor. Hubo un momento en que yo no existía. No había un solo recuerdo, un solo pensamiento, un solo latido mío. Y, sin embargo, Dios me llamó a la existencia y creó de la nada un alma inmortal que nunca dejará de vivir. Ese es un misterio inmenso. Pero me resulta aún más asombroso creer que Dios pueda borrar el pecado. No simplemente dejar de castigarlo, sino hacerlo desaparecer. Por eso resulta tan significativa la escena del paralítico al que descienden por el techo hasta los pies de Jesús. Todos esperaban una curación física. Sin embargo, las primeras palabras del Señor fueron: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (cf. Mc. 2,1-12). Aquello escandalizó a los presentes, porque comprendieron que solo Dios puede perdonar los pecados. Después Jesús curó también el cuerpo, para mostrar visiblemente el poder invisible que había ejercido sobre el alma.
El pecado no tiene la última palabra sobre nuestra historia. La última palabra la tiene siempre la misericordia de Dios. Cuando Él perdona, la culpa queda destruida por la fuerza redentora de Cristo. Pueden permanecer las consecuencias de nuestros actos o el recuerdo de nuestra fragilidad, pero la culpa ha desaparecido. Dios no vuelve sobre ella, porque la ha arrojado, como dice el profeta, “a lo hondo del mar”.
En la celebración de la misa suelo escoger para profesar la fe de la Iglesia el Símbolo de los Apóstoles. No porque sea más breve que el otro, el llamado niceno-constantinopolitano, sino porque concluye con una profesión de fe que siempre impresiona: “Creo en el perdón de los pecados.” Es una afirmación inmensa. Creemos que Dios puede recrearnos por dentro, devolvernos la gracia perdida y comenzar de nuevo con nosotros. Esa certeza sostiene nuestra esperanza y nos permite levantarnos una y otra vez, confiando no en nuestras fuerzas, sino en la infinita misericordia del Señor.
Señor Jesús, aumenta nuestra fe para creer de verdad en el perdón de los pecados. Haz que nunca desconfiemos de tu misericordia y que vivamos siempre con la alegría humilde de quienes han sido reconciliados contigo. Amén.