“El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado” (Hch. 4,32-37).
En este texto de los Hechos de los Apóstoles, que escuchamos en la misa de hoy, se nos ofrece una imagen luminosa de la Iglesia naciente, casi como un reflejo del cielo en la tierra. “Un solo corazón y una sola alma”: no se trata simplemente de una buena convivencia, ni de una organización eficaz, sino de una comunión que nace de dentro, de una transformación profunda obrada por el Espíritu. Cuando el corazón es tocado por Dios, deja de vivir encerrado en sí mismo y comienza a latir en sintonía con el de los demás. La unidad no es fruto del esfuerzo humano, sino don recibido, gracia que unifica lo disperso y reconcilia lo dividido.
De esa unidad brota espontáneamente el desprendimiento: “nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía”. No es imposición de una secta, ni ideología, sino una consecuencia del amor. Cuando el otro deja de ser extraño y pasa a ser hermano, lo mío deja de ser solo mío. El apego a los bienes materiales se debilita, su posesión pierde importancia, y aparece una libertad nueva, una alegría que nace de compartir. No es pobreza forzada, sino riqueza compartida; no es renuncia amarga, sino donación gozosa.
Y en el centro de todo, el testimonio: “los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor”. Esa es la fuente, la raíz de todo lo demás. No hay comunión verdadera ni caridad sincera sin la experiencia viva de Cristo resucitado. Es Él quien sostiene, quien impulsa, quien da fuerza para vivir de otro modo. Por eso su testimonio es valiente: no nace de ideas, sino de un encuentro que no puede silenciarse.
El fruto final es sorprendente: “se los miraba a todos con mucho agrado”. Hay en esa comunidad algo que atrae, que despierta simpatía, que invita. La santidad, cuando es verdadera, no endurece ni aleja, sino que hace la vida más humana, más bella, más deseable. Una Iglesia así no necesita imponerse: se hace creíble por sí misma.
Señor Jesús, haz de nosotros un solo corazón y una sola alma. Líbranos del egoísmo que divide, y del apego a los bienes materiales que quita libertad. Danos la alegría de compartir y el valor de dar testimonio de tu Resurrección. Que nuestra vida, transformada por tu Espíritu, sea reflejo humilde y luminoso de tu presencia en el mundo. Amén.