“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, en vuestro regazo; porque con la medida con que midáis se os medirá a vosotros’” (Lc. 6,36-38).
Hace algunos días ya comenté aquí que pensaba aprovechar la Cuaresma para releer la Subida al Monte Carmelo de san Juan de la Cruz. Desde ayer estoy dando Ejercicios espirituales a monjas carmelitas en Córdoba, y he pensado compartir con ustedes las reflexiones que yo mismo me hago al hilo de las lecturas y el trabajo apostólico. He terminado ya el primer libro de la Subida, donde el Santo explica qué es la noche oscura y por qué es necesario atravesarla para llegar a la unión con Dios. Habla particularmente de la noche de los sentidos y de los apetitos. ¿Qué es un apetito? Es esa inclinación, ese deseo, esa tendencia interior que nos empuja hacia algo que nos atrae. No es malo en sí mismo; forma parte de nuestra condición humana. Pero cuando el alma se deja gobernar por sus apetitos desordenados, entonces —dice nuestro místico— queda atormentada, oscurecida, ensuciada, debilitada. El apetito desordenado no solo inquieta y produce los anteriores efectos, sino que ciega el alma, la entibia, y le quita fuerza para practicar el bien.
San Juan de la Cruz no propone aniquilar el deseo, sino purificarlo. No se trata de que desaparezcan los apetitos, sino de que no determinen nuestra vida. Aquí resuena con fuerza aquella expresión que usa san Ignacio en los Ejercicios Espirituales (nº 21) para explicar su utilidad: “para vencerse a sí mismo y ordenar la propia vida sin determinarse movido por alguna afección desordenada”. Es la misma batalla interior. La noche oscura no es desprecio de lo humano, sino camino hacia una libertad más alta. El alma aprende a no vivir movida por lo que le apetece, sino por lo que ama en Dios.
En esta línea el Evangelio de hoy adquiere una profundidad nueva. “Sed misericordiosos… no juzguéis… perdonad… dad”. Solo un corazón libre de sus desordenados apetitos (afectos) puede no juzgar, puede no condenar, puede dar sin calcular. Cuando el alma está dominada por su orgullo, por su susceptibilidad o por su deseo de tener razón, mide con mezquindad. Pero cuando ha pasado por la purificación, empieza a medir con la medida de Dios. Y esa medida es “generosa, colmada, remecida, rebosante”.
“Dad y se os dará”. El Señor no nos invita a una estrategia para recibir más, sino a entrar en la lógica del Reino. El alma purificada ya no vive para acumular, sino para entregarse. Y cuanto más se vacía de sí, más espacio hace para la gracia. La noche del sentido, que al principio parece tiempo de pérdida, camino para la nada, se convierte entonces en ensanchamiento del corazón, en ruta para alcanzar el Todo. Dejamos las estrecheces y miserias y aprendemos la amplitud de la misericordia del Padre.
Señor Jesús, purifica nuestros deseos. No permitas que nuestros apetitos nos cieguen o nos debiliten. Haznos libres para no juzgar, para perdonar de verdad y para dar con medida generosa, de modo que nuestra vida, purificada en la noche, se abra a la unión contigo. Amén.