“Cuando los ángeles se volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: ‘Vamos derechos a Belén a ver eso que ha pasado y que el Señor nos ha manifestado’. Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel Niño; y todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho” (Lc. 2,15-20).
Celebrar la Misa de la Aurora en Belén no es solo un acto litúrgico; es una gracia que embelesa, una dulzura interior que conmueve, una caricia espiritual que estremece el alma. La celebramos en la Gruta de San José, en el subsuelo de la Basílica de la Natividad, unida interiormente a la Gruta del Nacimiento. Allí, en ese espacio humilde y silencioso, donde hasta las piedras parecen guardar memoria de la mula y el buey, resuena el Evangelio propio de esta Misa votiva de Navidad. Mientras la Iglesia proclama que la Luz ha comenzado a despuntar, el corazón comprende que no se trata de un simple recuerdo, sino de un acontecimiento siempre actual. Para quienes leen estas líneas desde lejos, quizá desde sus casas o desde otras tierras, esta peregrinación se convierte también en camino interior, en una peregrinación espiritual compartida, vivida a través de la Palabra y de la Eucaristía.
El Evangelio presenta dos movimientos claros. Está, primero, la ida de los pastores: “fueron corriendo” (Lc. 2,16). Hay prisa, deseo, una santa inquietud por comprobar lo que han oído. Responden al anuncio previo: “Os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc. 2,11), y al signo concreto: “encontraréis un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc. 2,12). Pero, tras el encuentro, el camino de regreso es distinto. Ya no es búsqueda, sino alabanza. San Lucas lo subraya con delicadeza: “por todo lo que habían oído y visto”. Y, sin embargo, aquel Niño no pronuncia palabra. María calla; José también. ¿Qué oyeron entonces? Oyeron la palabra silenciosa de Dios, esa que no pasa por los oídos, sino que desciende al corazón. Y es que el Verbo, aun sin hablar, se hace escuchar interiormente.
María, mientras tanto, “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc. 2,19). Ella no corre ni proclama; guarda y profundiza. En Ella, la Iglesia aprende que el misterio no se agota en la emoción ni en el entusiasmo, sino que pide silencio, memoria y contemplación. El encuentro con Jesús —en Belén, en la Eucaristía, en la peregrinación— no nos devuelve por el mismo camino. Como a los pastores, nos transforma por dentro y nos orienta hacia una vida convertida en alabanza, acción de gracias y adoración.
Jesús, Niño silencioso de Belén, haznos capaces de escucharte en lo hondo del corazón; que, después de encontrarnos contigo, nuestro camino cotidiano se transforme en alabanza al Padre y en entrega confiada a su voluntad. Amén.