lunes, 2 de marzo de 2026

DE LA NADA AL TODO


    “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, en vuestro regazo; porque con la medida con que midáis se os medirá a vosotros’” (Lc. 6,36-38).


    Hace algunos días ya comenté aquí que pensaba aprovechar la Cuaresma para releer la Subida al Monte Carmelo de san Juan de la Cruz. Desde ayer estoy dando Ejercicios espirituales a monjas carmelitas en Córdoba, y he pensado compartir con ustedes las reflexiones que yo mismo me hago al hilo de las lecturas y el trabajo apostólico. He terminado ya el primer libro de la Subida, donde el Santo explica qué es la noche oscura y por qué es necesario atravesarla para llegar a la unión con Dios. Habla particularmente de la noche de los sentidos y de los apetitos. ¿Qué es un apetito? Es esa inclinación, ese deseo, esa tendencia interior que nos empuja hacia algo que nos atrae. No es malo en sí mismo; forma parte de nuestra condición humana. Pero cuando el alma se deja gobernar por sus apetitos desordenados, entonces —dice nuestro místico— queda atormentada, oscurecida, ensuciada, debilitada. El apetito desordenado no solo inquieta y produce los anteriores efectos, sino que ciega el alma, la entibia, y le quita fuerza para practicar el bien.


    San Juan de la Cruz no propone aniquilar el deseo, sino purificarlo. No se trata de que desaparezcan los apetitos, sino de que no determinen nuestra vida. Aquí resuena con fuerza aquella expresión que usa san Ignacio en los Ejercicios Espirituales (nº 21) para explicar su utilidad: “para vencerse a sí mismo y ordenar la propia vida sin determinarse movido por alguna afección desordenada”. Es la misma batalla interior. La noche oscura no es desprecio de lo humano, sino camino hacia una libertad más alta. El alma aprende a no vivir movida por lo que le apetece, sino por lo que ama en Dios.


    En esta línea el Evangelio de hoy adquiere una profundidad nueva. “Sed misericordiosos… no juzguéis… perdonad… dad”. Solo un corazón libre de sus desordenados apetitos (afectos) puede no juzgar, puede no condenar, puede dar sin calcular. Cuando el alma está dominada por su orgullo, por su susceptibilidad o por su deseo de tener razón, mide con mezquindad. Pero cuando ha pasado por la purificación, empieza a medir con la medida de Dios. Y esa medida es “generosa, colmada, remecida, rebosante”.


    Dad y se os dará”. El Señor no nos invita a una estrategia para recibir más, sino a entrar en la lógica del Reino. El alma purificada ya no vive para acumular, sino para entregarse. Y cuanto más se vacía de sí, más espacio hace para la gracia. La noche del sentido, que al principio parece tiempo de pérdida, camino para la nada, se convierte entonces en ensanchamiento del corazón, en ruta para alcanzar el Todo. Dejamos las estrecheces y miserias y aprendemos la amplitud de la misericordia del Padre.


    Señor Jesús, purifica nuestros deseos. No permitas que nuestros apetitos nos cieguen o nos debiliten. Haznos libres para no juzgar, para perdonar de verdad y para dar con medida generosa, de modo que nuestra vida, purificada en la noche, se abra a la unión contigo. Amén.

domingo, 1 de marzo de 2026

LA LUZ Y LA NUBE


    “De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: ‘Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’. Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: ‘Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo’. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: ‘Levantaos, no temáis’” (Mt. 17,3-7).


    La escena narrada en el evangelio de hoy se abre con una revelación: Moisés y Elías conversan con Jesús. La Ley y los Profetas dialogan con Él como reconociendo que todo lo anunciado en la Sagrada Escritura encuentra ahora su plenitud. No es un coloquio cualquiera: es el Antiguo Testamento inclinándose ante su cumplimiento. Y Pedro, conmovido por la hermosura de ese instante, quiere detenerlo, fijarlo, habitarlo para siempre. “¡Qué bueno es que estemos aquí!”. Es el deseo humano de eternizar la consolación, de prolongar la luz, de construir tiendas para que lo eterno no se nos escape. Pero la experiencia de Dios no se posee; se recibe y se continúa en el camino.


    Mientras Pedro habla, la nube luminosa los envuelve. La nube es signo de la Presencia que oculta y revela a la vez. No permite ver del todo, pero deja sentir que Dios está allí mismo. Y desde la nube resuena la Voz del Padre: “Este es mi Hijo, el amado… Escuchadlo”. La clave no es construir tiendas, sino escuchar. No es tratar de retener la experiencia, sino acoger la Palabra. En la cima del monte no se nos pide administrar la experiencia, sino dejarnos enseñar por Dios. La auténtica experiencia mística no es evasión, sino obediencia amorosa a la Voz que nos conducirá después a la llanura.


    Los discípulos caen rostro en tierra, llenos de espanto. Cuando la Gloria se manifiesta, el hombre no solo descubre su pequeñez, sino que queda turbado y desarmado ante lo Santo. Pero entonces sucede el gesto más delicado del episodio: Jesús se acerca, los toca y les dice: “Levantaos, no temáis”. El Dios que deslumbra es el mismo que toca con ternura. El que habla desde la nube es el que se inclina y roza la fragilidad. Toda experiencia verdadera de Dios termina en esta palabra: no temáis. No temáis la luz, no temáis la cruz que vendrá después, no temáis bajar del monte. Él ha tocado nuestra vida.


    Señor Jesús, que en la luz de tu gloria nos atraes y con el contacto de tu mano nos sostienes, enséñanos a escucharte en la nube y en el camino, y a no temer cuando tu Voz nos conduzca más allá de nuestras tiendas. Amén.

sábado, 28 de febrero de 2026

EL AMIGO Y EL AMADO (IX): LA PRESENCIA INTERIOR


    “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial (…) Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt. 5,44.48).


    La doctrina de la gracia santificante nos introduce en un misterio inmenso: Dios no solo nos ama desde fuera, sino que viene a habitar en el alma. Se llama “gracia creada” al don de Dios que nos transforma; pero la “gracia increada” es Él mismo, la Trinidad Santísima, que toma posesión amorosa de nuestro interior. No somos simplemente criaturas visitadas de vez en cuando por el Señor: somos templos vivos, morada suya, cielo anticipado en la tierra, donde Él quiere conversar, amar y ser amado.


    Desde esta verdad se entiende mejor el mandato del Sermón de la Montaña. Jesús no nos pide amar a los enemigos como un simple esfuerzo moral, sino como consecuencia de una filiación real: “para que seáis hijos de vuestro Padre”. Si el Padre es perfecto en el Amor, y ese Padre habita en nosotros, su misma caridad quiere desplegarse desde dentro. Amar al enemigo no es, en el fondo, otra cosa que dejar actuar al Amor que ya vive en el alma. La perfección cristiana no consiste en una mera ausencia de defectos, sino en participar del modo de amar de Dios.


    Ramón Llull lo expresó con hondura: “Vino el Amado a hospedarse en casa de su Amigo, y el mayordomo le pidió la paga del hospedaje; mas díjole el Amigo que su Amado debía ser acogido graciosamente, y aun con donativo, porque mucho tiempo ha que el Amado pagó el precio de todos los hombres” (103). El Amado viene a hospedarse en casa de su Amigo: viene a habitar en su alma. Es la imagen transparente de la inhabitación de la Trinidad en el interior del justo. Pero aparece el mayordomo, figura de ese yo interesado que pretende sacar provecho incluso de la visita de Dios, que busca consuelos, méritos o seguridades. Y, sin embargo, el Amigo recuerda que el Amado ya ha pagado el precio de todos; no se le puede tratar como deudor ni convertir su presencia en negocio espiritual. Acogerlo “graciosamente” es dejarle ser Señor en la casa, sin condiciones, sin exigencias, sin cuentas.


    Así se unen la mística de la inhabitación y la exigencia evangélica. Cuanto más consciente soy de que Dios vive en mí, más dejo que su sol —que brilla sobre buenos y malos— ilumine también mis afectos desordenados. La perfección a la que Jesús me llama no es otra que dejar que el Amor del Padre, presente en mi alma, se derrame sin fronteras.


    Señor Jesús, Huésped de mi alma, enséñame a acogerte con gratitud y a dejar que tu Amor, que vive en mí, ame en mí incluso a quienes me cuesta amar. Hazme perfecto en el amor, como tu Padre. Amén.

viernes, 27 de febrero de 2026

EL AMIGO Y EL AMADO (VIII): EL ÁRBOL DE LA VIDA


    “Si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt. 5,23-24).


    Ayer celebré la Eucaristía en la parroquia del pueblo en que vivo. La misa se ofreció por un hermano difunto de la Hermandad Sacramental, una hermandad que no rinde culto a ninguna imagen, sino exclusivamente al Santísimo Sacramento del altar. Contrariamente a lo que algunos podrían imaginar en un pueblo andaluz, esta Hermandad es la que cuenta con mayor número de hermanos en la localidad y la que goza de mayor devoción popular.


    Al terminar, y en los locales propios de la misma corporación, tuve una charla de formación que imparto mensualmente a los feligreses desde hace tres cursos. Al llegar a casa, de noche, sentía una íntima admiración: qué misteriosa fuerza tiene la Eucaristía para reunir, sostener y alimentar una comunidad fraterna concreta, con rostros, nombres y centenaria historia compartida. Eso sí, la Eucaristía reúne, pero solo la reconciliación conserva unida a la comunidad.


    El Evangelio de la misa de hoy resuena con especial intensidad. Jesús, refiriéndose a las ofrendas presentadas en el Templo de Jerusalén, sitúa la reconciliación por encima del rito. Antes de acercarnos al altar, el corazón debe estar en paz con el hermano. Hace falta generosidad para perdonar, y humildad para pedir perdón y recibirlo. Sin esa purificación interior, el culto queda vacío y manchado. La Eucaristía no puede desligarse del amor fraterno. No es un refugio que nos aparte de los demás, sino la escuela donde aprendemos a vivir como hermanos.


    He recordado entonces un pensamiento del Libro del Amigo y del Amado: “Compró el Amado al Amigo un huerto en donde criase sus amores. Rególe el Amado con sudor y con cinco ríos, que eran más dulces que cualquier otra cosa, por suave que sea; le hizo fertilísimo, y en medio de aquel huerto plantó un bello árbol, cuyo fruto sanaba todas las enfermedades” (nº 239).


    El Amado riega primero con su sudor: es su trabajo oculto en Nazaret, su fatiga apostólica, su vida gastada por amor. Nada en ese huerto nace sin el esfuerzo amoroso de Cristo. Y después lo riega con cinco ríos: las cinco llagas recibidas en el Calvario, abiertas en la Cruz. Estos ríos son más dulces que cualquier otra cosa, porque son ríos de redención. El huerto es la Iglesia. Y en medio de él se alza el Árbol de la Vida, como en el paraíso del Génesis: la Cruz. El fruto que produce sana todas las enfermedades, porque es Cristo mismo, ofrecido en la Eucaristía.


    El que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn. 6,51). Pero no podemos acercarnos a ese fruto manteniendo cerrado el corazón. El mismo Cristo se nos da. Y es Él quien nos impulsa a reconciliarnos, a superar las divisiones, a vivir en una fraternidad real. El altar y el hermano están, por tanto, inseparablemente unidos.


    Señor Jesús, que al acercarnos a tu altar nunca olvidemos que el camino hacia ti pasa por el hermano; que tu sudor y tus llagas fecunden también nuestro corazón, para que el fruto del Árbol de la Vida sane nuestras heridas y nos haga vivir en verdadera caridad. Amén.

jueves, 26 de febrero de 2026

EL AMIGO Y EL AMADO (VII): LLAMAR A LA PUERTA


     “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!” (Mt. 7,7-11).


    El Señor nos invita hoy a una confianza insistente, audaz. No se trata de una súplica tímida, sino de un pedir que nace del corazón que sabe que es hijo. Pedir, buscar, llamar… tres verbos que describen el dinamismo del alma que no se resigna a la distancia, que no se conforma con una fe tibia, que no se contenta con lo ya conocido. El que pide reconoce su pobreza; el que busca reconoce que todavía no posee; el que llama confiesa que hay una puerta cerrada que solo Otro puede abrir. Y, sin embargo, esa puerta no es la de un extraño, sino la que da acceso al Padre.


    Aquí resuena con delicadeza un pensamiento del Libro del Amigo y del Amado de Ramón Llull: “Llamaba el Amigo a las puertas de su Amado con aldabadas de amor, y el Amado oía los toques del Amigo con humildad, piedad, paciencia y caridad. Abriéronse las puertas de la Divinidad y de la Humanidad y entró el Amigo a ver a su Amado” (nº 42). El Evangelio dice: “llamad y se os abrirá”; Llull contempla cómo el Amigo llama con “aldabadas de amor”. No cualquier golpe abre la puerta del Corazón de Dios, sino el que nace del amor, de la confianza, del deseo sincero de comunión. Y el Amado no oye con indiferencia: oye con “humildad, piedad, paciencia y caridad”. ¡Qué imagen tan consoladora! Nuestro Señor no escucha con impaciencia, ni con reproche, sino con ternura infinita.


    Además, el Evangelio añade algo decisivo: Dios no engaña al que pide. No da piedras por pan, ni serpientes por pescado. Muchas veces tememos que, al llamar, recibamos silencio; que, al pedir, obtengamos algo que nos lastime. Pero Jesús nos asegura que el Padre da cosas buenas a los que le piden, y que esas ‘cosas buenas’ son, en último término, Él mismo. A veces no serán las que imaginábamos, pero siempre serán las que conducen a la Vida. Cuando llamamos con perseverancia, aunque no lo veamos, ya estamos siendo transformados; la puerta comienza a abrirse desde dentro, ensanchando nuestro corazón para que pueda acoger el don.


    Señor Jesús, enséñame a pedir como hijo, a buscar con esperanza y a llamar con amor, hasta que se abran para mí definitivamente las puertas de tu Corazón. Amén. 

miércoles, 25 de febrero de 2026

EL AMIGO Y EL AMADO (VI): MORIR AL ALBA


    “Esta generación es una generación malvada; pide un signo; y no se le dará más signo que el signo de Jonás. Porque, como Jonás fue signo para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación” (Lc 11,29-30).


    En el Evangelio de hoy, Jesús responde a quienes le piden una señal especial para creer. Esperan algo llamativo, algo extraordinario que los convenza. Pero Él les dice con claridad que solo habrá un signo: el de Jonás. Y explica en qué consiste. Así como Jonás permaneció tres días en el vientre del cetáceo, así el Hijo del hombre permanecerá tres días en el seno de la tierra antes de resucitar. El signo de Jonás es, por tanto, la Cruz y la Resurrección de Jesús. No se trata de un prodigio añadido, sino de su propia Pascua.


    El Señor no promete un espectáculo para impresionar. Señala un hecho muy concreto: su muerte y su vida nueva. Quien quiera comprender quién es Él tendrá que mirar ahí. La Cruz de Jesús no es un fracaso; forma parte del signo. Y la Resurrección de Jesús no es algo separado, sino la confirmación de que su entrega no termina en la muerte. Cruz y Resurrección forman un único camino que pasa por la muerte y conduce a la Vida.


    Ramón Llull lo expresó con una imagen muy bella en el aforismo 25 del Libro del Amigo y del Amado: “Cantaban los pájaros al alba, y despertóse el Amigo, que es alba; y los pájaros acabaron su canto, y el Amigo murió en el alba por su Amado”.


    Cuando amanece, los pájaros empiezan a cantar. Ese canto anuncia que la noche ha terminado y comienza el día. Con ese canto se despierta el Amigo. El texto dice que el Amigo “es alba”, es decir, que participa de esa luz que nace. Y añade algo muy importante: el Amigo muere en el alba por su Amado. En el lenguaje de Llull, el Amigo es el alma enamorada y el Amado es Dios. La enseñanza es sencilla: el alma que despierta a la luz de Dios está dispuesta a amar hasta el final, a darse del todo, incluso a entregar la vida.


    Jesús no dará otro signo porque no existe uno mayor. La Cruz y la Resurrección de Jesús son el signo definitivo de Dios. Ahí se nos muestra hasta dónde llega su amor. Ese es el signo de Jonás. A nosotros nos toca reconocerlo y creer que el amor de Dios es más fuerte que la muerte.

martes, 24 de febrero de 2026

EL AMIGO Y EL AMADO (V): DOS CAMINOS, UN AMOR


    Dentro de la gran obra Blanquerna de Ramón Llull, unos ermitaños piden a Blanquerna breves sentencias que les ayuden a aumentar su devoción y a levantar el entendimiento hasta la contemplación. Y Blanquerna redactó estos textos “para multiplicar el fervor y la devoción de los ermitaños a los que deseaba enamorar de Dios. Por eso los aforismos del Libro del amigo y del Amado no siempre se comprenden a la primera lectura. No están escritos para ser leídos con prisa, sino para ser meditados, para elevar el alma a la contemplación.


    El aforismo 310 es uno de esos textos que exigen detenerse: “Quejábase el Amigo a su Señor de su Amado, y a su Amado de su Señor, y su Señor y su Amado decían: ‘¿Quién nos divide a nosotros, que somos una cosa misma?’. — Respondía el Amigo: ‘La piedad del Señor y la tribulación, que viene por el Amado.’”


    El Señor es el Padre. El Amado es el Hijo. El Amigo es el alma contemplativa. El texto comienza con una queja, con una aparente tensión. El Amigo se dirige al Señor y al Amado como si percibiera algo distinto en uno y en otro. Pero inmediatamente ambos responden con una sola voz, “¿Quién nos divide a nosotros, que somos una cosa misma?”. No hay división en Dios. Padre e Hijo son un solo y único Dios verdadero.


    La clave interpretativa está en la última frase, en la que el propio Amigo reconoce, “La piedad del Señor y la tribulación, que viene por el Amado.” De ahí se deduce una cierta experiencia interior. Por una parte, la piedad del Señor, es decir, la misericordia del Padre, el consuelo que viene de Él. Por otra, la tribulación que viene por el Amado, la cruz que Cristo invita a tomar en su seguimiento, el sufrimiento asumido por amor. Para el místico: misericordia y padecimiento, dulzura y herida.


    Lo que parece división es solo la experiencia humana de dos modos distintos de un mismo y único Amor. No son dos dioses, no son dos voluntades enfrentadas. Es el mismo Dios quien consuela y purifica, quien sostiene y fortalece, quien acaricia y conduce por el camino de la cruz. Precisamente el evangelio de la misa de hoy (Mt 6,7-15) nos enseña a llamar Padre a Dios. Ese Padre -que sabe lo que necesitamos antes, incluso, de que se lo pidamos- es el mismo que, por su Hijo, nos introduce en el misterio del seguimiento. La piedad del Señor (Padre) y la tribulación del Amado no se oponen. Son dos caminos que nacen del mismo Amor y que nos conducen al mismo Dios.

lunes, 23 de febrero de 2026

EL AMIGO Y EL AMADO (IV): EL DON DEL CANSANCIO


    Este fin de semana he estado en Jerez predicando unos ejercicios espirituales a más de cuarenta seglares. Han sido días intensos: cuatro meditaciones diarias, la misa con su homilía, el rezo comunitario de laudes, vísperas y completas, adoración al Santísimo, rosario meditado… y, en los huecos, recibir a ejercitantes que venían a consultar o a confesarse. Por la noche, cuando todo parecía concluido, aún me quedaba el sentarme a escribir este artículo y a preparar y grabar el programa de radio.


    He regresado esta tarde extraordinariamente cansado. El cuerpo y la mente, cuando uno ya tiene cierta edad, acusan el esfuerzo. No he hecho nada excepcional, ni creo haber realizado algo especialmente brillante. Me he limitado a hacer lo que tenía que hacer. Y, sin embargo, en medio del cansancio, hay una conciencia clara: dándose y perdiéndose es como uno se gana para la vida eterna (cf. Mt. 16,25).


    En el Libro del Amigo y del Amado se lee en el punto 107: “El Amado dio a su Amigo el don de lágrimas, suspiros, penas, pensamientos y dolores, con cuyo beneficio servía el Amigo a su Amado”. Es una frase que puede llamarnos la atención. Llama “don” a lo que normalmente consideramos peso o carga. Y, sin embargo, cuando esos dolores, ese desgaste interior y exterior, se viven por amor y se ofrecen, se convierten en servicio.


    También nuestro cansancio cotidiano —el que produce el trabajo profesional, el cuidado de la familia, las preocupaciones que nadie ve— es materia preciosa cuando se ofrece. No es algo inútil ni perdido. En la economía misteriosa de Dios, lo pequeño y lo fatigoso, si está unido a Él, adquiere un valor que supera nuestros cálculos.


    Hoy no tengo grandes ideas para escribir. Solo tengo cansancio. Pero quizá también eso sea un pequeño don, si se convierte en ofrenda. Que el Señor nos enseñe a no desperdiciar nada: ni la fuerza ni la debilidad, ni la alegría ni la fatiga. Todo puede ser servicio. Todo puede ser camino hacia Él.

domingo, 22 de febrero de 2026

EL AMIGO Y EL AMADO (III): LA TENTACIÓN


    “Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo… El tentador le dijo: ‘Si eres Hijo de Dios…’. Pero Él contestó: ‘No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’” (Mt. 4,1-4).


    El Evangelio contiene un detalle importante: es el Espíritu quien conduce a Jesús al desierto. La tentación no queda fuera del camino querido por el Padre. Allí el diablo intenta algo muy decisivo: que el Hijo actúe por su cuenta, que viva como si el Padre no fuera su referencia. En el fondo, quiere debilitar su conciencia filial.


    Precisamente uno de los aforismos del Libro del Amigo y del Amado, el número 194, habla de algo semejante: “Vino la tentación al Amigo para ausentarle a su Amado, a fin de que la memoria se despertase y recobrase la presencia de su Amado, acordándose de Él con más viveza que antes, y a fin de que el entendimiento quedase más sublime en entender y la voluntad en amar a su Amado”.


    La tentación busca “ausentar” al Amado, es decir, relegarle al olvido. Quiere que el corazón viva como si Dios no estuviera. Pero, paradójicamente, puede producir lo contrario.


    Primero, despierta la memoria. Cuando la prueba nos sacude y experimentamos nuestra fragilidad, se vuelve más urgente recordar. Y esa memoria no es un simple recuerdo intelectual: es presencia viva. Recordar a Dios es volver a situarlo en el centro. Es permanecer en Él.


    Después, el entendimiento puede quedar “más sublime en entender”. La tentación, si no cedemos, clarifica. Nos obliga a distinguir lo que solo satisface un momento de lo que realmente sostiene la vida. La inteligencia se purifica y aprende a mirar con mayor verdad.


    Y, finalmente, la voluntad puede quedar “más sublime en amar”. Amar cuando todo es fácil apenas prueba nada; amar en la dificultad fortalece el corazón. La fidelidad en la prueba hace el amor más libre y más firme. Lo que pretendía ser separación puede convertirse en profundidad.


    También nuestros desiertos pueden vivirse así. Si en la tentación no dejamos que el Amado se ausente de nuestra conciencia, sino que despertamos la memoria, dejamos que el entendimiento se ilumine y reafirmamos la voluntad de amar, la prueba no nos apartará, sino que podrá hacernos crecer.


    Señor Jesús, cuando la tentación quiera apartarme de ti, despierta mi memoria, ilumina mi entendimiento y fortalece mi voluntad para amarte con mayor fidelidad. Amén.


sábado, 21 de febrero de 2026

EL AMIGO Y EL AMADO (II): MOVIMIENTO INTERIOR


    “Vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc. 5,27-28).


    El Evangelio de la misa del día nos presenta una escena breve y fulminante. No hay discursos largos ni razonamientos previos. Una mirada, una palabra, una decisión. Jesús pasa, ve, llama. Leví escucha y responde. El texto subraya la radicalidad del gesto: “dejándolo todo”. No dice que lo pensara mucho tiempo, ni que pidiera un plazo para decidirse. Se levantó. En ese levantarse comienza una vida nueva. El seguimiento nace de una atracción más fuerte que cualquier cálculo.


    Al poner este pasaje en relación con el punto 24 del Libro del Amigo y del Amado del Beato Ramón Llull, el Evangelio se ilumina desde dentro. Dice así: “Preguntaron al Amigo: ‘¿A dónde vas?’ Y respondió: ‘Vengo de mi Amado.’ -‘¿De dónde vienes?’ -‘Voy a mi Amado.’ -‘¿Cuándo volverás?’ -‘Me estaré con mi Amado.’ -‘¿Qué tiempo estarás con tu Amado?’  -‘Todo el tiempo que duren en Él mis pensamientos’”.


    Aquí hay un delicado juego espiritual. A la pregunta “¿a dónde vas?” responde desde el origen: “vengo de mi Amado”. Y a “¿de dónde vienes?” responde desde la meta: “voy a mi Amado”. Como si en el amor ya no hubiera distancia entre principio y fin. Cuando le preguntan “¿cuándo volverás?”, no habla de regreso, sino de permanencia: “me estaré con mi Amado”. El que ama no vive en un ir y venir disperso; habita en un presente continuo.


    En Leví, el movimiento exterior -“se levantó”- inaugura un movimiento interior que ya no se detiene. En Llull, el movimiento verbal -“vengo”, “voy”- conlleva una quietud profunda: “me estaré”. Movimiento y permanencia quedan unidos en el amor. Eso es seguir a Cristo: dejar lo que ata por fuera y permanecer con Él dentro; caminar tras Él y, al mismo tiempo, habitar en Él. La fidelidad no depende tanto de los gestos visibles como de cuánto tiempo permanecen los pensamientos en el Amado.


La frase de Ramón Llull no es un adorno literario que acompaña al evangelio de hoy. Es su traducción mística. El Evangelio narra el gesto; el místico revela su hondura: vivir desde el Amado y para el Amado, hasta que todo pensamiento repose en Él.


Señor Jesús, que tu mirada me alcance también a mí en mis ocupaciones y seguridades. Haz que me levante sin aplazamientos, que viva viniendo de ti y yendo hacia ti, y que todo el tiempo que duren mis pensamientos, duren en ti. Amén.


P. D. La numeración de los textos del Libro del Amigo y del Amado varía según las ediciones; en estas reflexiones sigo la de Aguilar.