martes, 11 de agosto de 2026

AL ATARDECER, UN ÁRBOL



    “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin” (Sal 1,1-3).


    Estoy pasando unos días de descanso junto al mar, en un importante puerto pesquero del litoral andaluz. Al atardecer hay un momento especialmente dulce para mí: sentarme en la terraza de mi vivienda y, mientras cae lentamente la tarde, rezar el rosario y las vísperas. Desde allí contemplo el comienzo de una avenida que conduce hacia la playa, flanqueada a ambos lados por grandes eucaliptos. El más cercano, el que aparece en la fotografía que ilustra estas líneas, despierta en mí recuerdos muy lejanos.


    Se parece mucho a otro eucalipto que se alzaba cerca de la casa de campo donde transcurrieron todos los veranos de mi infancia y donde precisamente he vuelto a pasar este último fin de semana con mi familia. Y mientras desgrano las avemarías regresan imágenes de hace más de cincuenta, sesenta o incluso más años: aquellos paseos por los caminos del campo, también al atardecer, rezando juntos el rosario en familia. Lo llevaba siempre mi madre. Cerca de la casa permanecía aquel eucalipto, enorme a mis ojos de niño, con el rumor continuo de sus hojas movidas por el viento. Han pasado muchos años. El árbol ya no está, pero el rosario continúa hoy entre mis manos.


    Quizá por eso, mirando ahora este otro eucalipto, pienso que una vida humana se parece mucho a un árbol. Nunca vemos crecer un árbol. Crece silenciosamente, día tras día: hacia abajo, hundiendo sus raíces en la tierra, y hacia arriba, buscando la luz, siempre la luz. También nosotros vamos creciendo así, casi sin advertirlo. Solo cuando miramos hacia atrás descubrimos cuánto camino hemos recorrido, cuántas raíces se han hundido en nuestra historia y cuántas ramas han ido buscando el cielo.


    El eucalipto que contemplo tiene dos grandes ramas que nacen de un mismo tronco. Y no puedo evitar ver en ellas dos realidades que han acompañado toda mi vida. Una es la fe recibida. Desde muy pequeño aprendí de memoria el catecismo; después, ya adolescente y joven, llegó el descubrimiento apasionante de la Sagrada Escritura y, poco a poco, una comprensión cada vez más profunda de la Revelación de Dios. La otra rama es la razón. Siempre he sido preguntón. Me gusta saber el porqué de las cosas, leer, investigar, pensar, intentar comprender. Dios nos ha dado la inteligencia precisamente para utilizarla. Nunca he sentido la razón como enemiga de la fe. Al contrario: cuanto más he buscado comprender, más he descubierto la extraordinaria hondura y racionalidad de la fe cristiana.


    Pero basta mirar atentamente cualquier árbol para descubrir que no todo en él son ramas vigorosas y hojas verdes. Hay ramas truncadas, heridas antiguas, cortezas desgarradas, hojas secas. También las hay en una vida: equivocaciones, frustraciones, pecados, decisiones que hoy tomaríamos de otra manera, caminos que no condujeron adonde esperábamos. Quizá nos gustaría arrancar de nuestra historia toda esa hojarasca. Pero también ella pertenece al árbol. Dios no nos pide que neguemos nuestra historia, sino que se la entreguemos entera. Incluso nuestras heridas pueden convertirse, bajo su mirada misericordiosa, en lugares por donde entre la luz.


    No sé si todo esto significa que me distraigo mientras rezo el rosario. Quizá sí. Pero hay distracciones que terminan convirtiéndose en oración. Mientras las avemarías van pasando entre los dedos y las hojas del eucalipto murmuran con la brisa del atardecer, vuelvo a recorrer mi vida. Y entonces el recuerdo se hace súplica y, sobre todo, acción de gracias. Gracias por las raíces y por las ramas altas, por lo comprendido y por lo que todavía permanece en el misterio, por los frutos y también por las heridas. Gracias, Señor, porque has estado silenciosamente presente todo el tiempo y porque, después de tantos años, el árbol sigue creciendo y creciendo hacia la luz.



sábado, 8 de agosto de 2026

UN DOMINGO COMO HOY


    “Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva” (1 Re 19,12-13).

    Era el domingo 10 de agosto de 1975. Acababa de terminar el segundo curso de Derecho, me faltaban solo unos días para cumplir veinte años y me encontraba en Cádiz, donde veraneaba con mi familia. Acudí a la parroquia de San José, donde presidiría la misa el entonces obispo de la diócesis, monseñor Antonio Dorado. Era el domingo XIX del Tiempo ordinario, como hoy. No recuerdo una sola palabra de la homilía que predicó sobre la primera lectura del primer libro de los Reyes. Sin embargo, recuerdo perfectamente la huella que dejó en mí. Aquel día comprendí algo sobre la oración y sobre la vida espiritual que me ha acompañado desde entonces.

    Elías, en el Horeb, espera el paso de Dios. Llega un huracán capaz de quebrar las rocas, pero allí no está el Señor. Llega un terremoto terrible, y tampoco está allí. Llega un fuego devorador, y tampoco. Finalmente se escucha apenas el susurro de una brisa suave. Entonces Elías se cubre el rostro y sale de la cueva: ha reconocido la presencia de Dios.

    Desde aquel lejano verano he ido comprendiendo cada vez mejor esta lección. Las cosas de Dios suelen hacer poco ruido. Hace más la paciencia que la violencia, la humildad que el afán de sobresalir, una palabra serena que un grito, un pequeño gesto de amor que una acción espectacular. Dios gusta de lo pequeño, de lo sencillo, de lo escondido. Por eso necesitamos disponernos a cultivar la vida interior.

    También en la oración podemos buscar equivocadamente el huracán, el terremoto o el fuego: emociones intensas, experiencias extraordinarias, respuestas inmediatas. Y Dios quizá está pasando silenciosamente a nuestro lado en una Eucaristía cotidiana, en unos minutos ante el sagrario, en un rosario rezado con devoción, en la fidelidad de cada día. Eso sí, para escuchar una brisa suave hace falta silencio.

    Han pasado más de cincuenta años desde aquella tarde de agosto. He olvidado las palabras del predicador, pero no lo que Dios quiso decirme a través de ellas: Dios hace menos ruido del que nosotros nos imaginamos. Y quizá toda la vida espiritual consista, en buena medida, en aprender a reconocer su paso en el susurro de la brisa suave.

    Señor, enséñanos a hacer silencio para escuchar tu voz, a buscarte en lo pequeño, en lo sencillo y en lo escondido. Danos un corazón sereno, capaz de reconocer tu presencia en la oración, en las personas y en las pequeñas cosas de cada día. Que, en medio de tantos ruidos, sepamos descubrir siempre el susurro de tu brisa suave.

jueves, 6 de agosto de 2026

DIVINO SALVADOR


    “Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: ‘Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo’. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: ‘Levantaos, no temáis’” (Mt 17,5-7).


    Hoy celebra la Iglesia la Transfiguración del Señor. Esta fiesta siempre ha ejercido sobre mí una atracción especial. Quizá porque fui bautizado en la parroquia del Divino Salvador de Sevilla, una advocación que precisamente recuerda este misterio. Y se trata de una fiesta en la que todos los cristianos estamos invitados a subir con Pedro, Santiago y Juan hasta el monte, para dejarnos allí sorprender por una extraordinaria revelación del Señor.


    Personalmente, cuanto más medito este pasaje del evangelio, menos me detengo en el resplandor del Señor y más en la nube que envuelve la escena. Es una nube luminosa, pero sigue siendo una nube. No permite ver con claridad. Dios se manifiesta ocultándose. Ya ocurrió en el Sinaí, en la Tienda del Encuentro y en el Templo de Jerusalén. Su presencia es tan inmensa que nuestros ojos no pueden abarcarla. No es que Dios permanezca lejos; es que está infinitamente por encima de cuanto somos capaces de comprender.


    Quizá por eso los grandes contemplativos hablan tantas veces de la oscuridad. Cuando el alma se acerca a Dios, no siempre encuentra mayor claridad, más evidencias o más explicaciones. Con frecuencia entra en una nube donde desaparecen las seguridades humanas. Allí no se ve, pero sí se escucha. La voz del Padre no dice: “Miradlo”, sino: “Escuchadlo”. La fe no consiste tanto en poseer una visión extraordinaria como en aprender a escuchar a Cristo incluso cuando el camino permanece envuelto en el misterio.


    Los discípulos reaccionan como tantos hombres y mujeres de la Biblia cuando se encuentran con la santidad de Dios: caen rostro en tierra, llenos de espanto. Hay un temor santo que brota del descubrimiento de la inmensa grandeza de Dios frente a nuestra pequeñez y nuestro pecado. Pero ese temor nunca tiene la última palabra. Jesús se acerca, los toca y les dice: “Levantaos, no temáis”. El mismo misterio que sobrecoge es el que extiende una mano para levantarnos. El Dios inaccesible se ha hecho cercano en Jesucristo.


    También nuestra vida conoce momentos de luz y momentos de nube. Hay días en que todo parece claro y otros en que solo podemos caminar apoyados en la fe. Quizá entonces convenga recordar que la nube no significa que Dios se haya marchado. Al contrario. En la Sagrada Escritura, la nube es precisamente el signo de que Él está presente. Cuando no alcanzamos a verlo, sigue hablándonos. Y cuando el misterio nos sobrepasa, Cristo continúa acercándose hasta nosotros para repetirnos con infinita ternura: “Levantaos, no temáis”. Quizá la verdadera transfiguración no consista en contemplar durante unos instantes el resplandor de Dios, sino en aprender a reconocer su presencia incluso cuando permanece escondido en la nube. Porque la fe no se alimenta de la visión, sino de la escucha. Quien aprende a escuchar al Hijo descubre, aun en medio de la oscuridad, una luz que ninguna nube puede ocultar.


miércoles, 5 de agosto de 2026

NIEVE DE AGOSTO

 


        Durante los últimos días hemos recorrido juntos los caminos de una peregrinación que nos ha llevado desde la tierra de san Pío de Pietrelcina hasta Medjugorje y Dubrovnik. Hemos subido montes, atravesado fronteras, venerado reliquias, celebrado la Eucaristía y compartido la alegría de caminar hacia Dios. Ahora se abre un tiempo distinto. Exteriormente será un tiempo de descanso; interiormente quisiera que fuera una nueva etapa del camino, quizá la más importante de todas: la que no se realiza con los pies, sino con el corazón.

        Regreso profundamente agradecido al Señor. Hay experiencias que pueden narrarse y otras que pertenecen al secreto diálogo entre Dios y el alma. Durante esta peregrinación he recibido gracias que deseo guardar con la discreción con que se custodian los mayores tesoros. Pienso especialmente en Medjugorje. En Medjugorje no se va a aprender cosas nuevas, sino a despertar. A despertar para vivir con el corazón, y desde el corazón, aquello que siempre hemos sabido, pero que con frecuencia vivimos de manera rutinaria: rezar el rosario, celebrar la santa Misa, acudir al sacramento de la reconciliación, adorar a Jesús presente en la Eucaristía, recorrer el Vía Crucis, ayunar… Lo extraordinario no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir con el corazón las cosas más sencillas de la vida cristiana. He leído una frase de Hans Urs von Balthasar que me ha llamado la atención: “Solo hay un peligro para Medjugorje: que la gente pase de largo.” Creo que tenía razón. Medjugorje es una gracia, un don del cielo para despertarnos del sueño espiritual en que con tanta facilidad vivimos y volver a poner a Dios en el centro de nuestra vida.


        Mañana la Iglesia celebra a la Virgen de las Nieves. Según una antigua y hermosa tradición, la Virgen indicó al papa Liberio y a un matrimonio romano el lugar donde deseaba que se levantara un templo en su honor haciendo caer una inesperada nevada sobre la colina del Esquilino en pleno mes de agosto. Allí se alza hoy la basílica de Santa María la Mayor. Sea cual sea el modo en que naciera esta tradición, su mensaje permanece siempre vivo: cuando María interviene, la gracia de Dios hace posible lo que parecía imposible y refresca el corazón incluso en medio del calor del verano.


        Esta fiesta tiene para mí un significado muy especial. Cuando decidí consagrarme a la Virgen María, elegí, como suele recomendarse, una fiesta mariana para culminar los treinta y tres días de preparación. La primera que encontré en el calendario fue precisamente la del 5 de agosto. Comencé entonces aquel itinerario espiritual. Llegado el día señalado, me dirigí a la parroquia del pueblo donde vivía desde hacía poco tiempo para realizar mi consagración delante del Santísimo Sacramento y ante una imagen de la Virgen. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir aquel mismo día que la titular de la parroquia era, precisamente, Nuestra Señora de las Nieves. Nunca antes lo había sabido. Lo viví como uno de esos pequeños guiños con los que la Virgen, de vez en cuando, deja percibir delicadamente su cercanía maternal.


        Quizá todos necesitamos alguna “nieve de agosto”. No necesariamente un acontecimiento extraordinario, sino ese detalle providencial con el que Dios nos despierta, nos recuerda que sigue caminando a nuestro lado y nos invita a reemprender el camino con un corazón nuevo. La peregrinación ha terminado, pero el verdadero viaje continúa. Ya no habrá montes que subir ni largas carreteras que recorrer. El nuevo itinerario discurre por el silencio de la oración, por la fidelidad de cada día y por esa paz interior con la que María conduce siempre hacia su Hijo.


        Que Nuestra Señora de las Nieves haga descender sobre todos nosotros la blancura de la gracia, el frescor de la esperanza y la alegría serena de quienes saben que nunca caminan solos.



sábado, 1 de agosto de 2026

EL REGRESO (y 8)


        Ayer, fiesta de san Ignacio de Loyola, concluyó nuestra peregrinación. Salimos por la mañana de Medjugorje hacia Dubrovnik, perdiendo como siempre mucho tiempo en el paso de la frontera. Aun así, pudimos recorrer a nuestro aire el extraordinario casco histórico de la ciudad, tan evocador de las ciudades del quattrocento italiano. Paseamos por sus calles y plazas, visitamos el claustro de San Francisco, la catedral… Compartimos finalmente una agradable comida junto al puerto, desde donde parten continuamente pequeñas embarcaciones hacia las islas cercanas. Coincidiendo con la fiesta del santo, también subimos hasta la iglesia de San Ignacio de Loyola. Su interior, de marcado estilo jesuítico, culmina en un gran ábside presidido por la gloria del fundador de la Compañía de Jesús, como una invitación a que toda nuestra vida esté orientada, también después de la peregrinación, a la mayor gloria de Dios.


        La santa Misa la celebramos en la iglesia de San Blas, patrono de Dubrovnik, donde se veneran sus reliquias en el magnífico relicario dorado del altar mayor. Al terminar, todos los peregrinos pudieron recibir el antiguo sacramental propio de este templo: dos cirios entrelazados se apoyan sobre la garganta mientras el sacerdote imparte la bendición. La tradición recuerda el milagro por el que el obispo san Blas, camino del martirio, salvó a un niño que se ahogaba con una espina de pescado, y desde entonces la Iglesia lo invoca como protector de quienes padecen enfermedades de la garganta.


        Mientras impartía aquella bendición pensaba que no solo pedíamos conservar sana la voz. También suplicábamos al Señor, por intercesión de san Blas, que nunca nos faltara el valor para proclamar cuanto hemos visto y oído. Hemos recorrido lugares donde Dios ha dejado una huella singular de su gracia: Pietrelcina y San Giovanni Rotondo, unidos para siempre al padre Pío; la gruta de san Miguel Arcángel; Lanciano y el milagro eucarístico; la Santa Casa de Loreto; Medjugorje, donde tantos corazones vuelven a encontrarse con Dios por medio de la Virgen María. Ahora nos corresponde dar testimonio. Que san Blas conserve nuestra voz para anunciar bien alto, con sencillez y firmeza, que Dios es, que Dios está y que Dios salva.


        Las largas horas de espera en el aeropuerto, lejos de resultar una pérdida de tiempo, acabaron convirtiéndose en un hermoso momento de la peregrinación. Ya sin horarios que cumplir ni visitas que realizar, en conversaciones particulares, comenzaron a brotar los testimonios de gracias recibidas. Alguien que se había confesado después de muchos años sin hacerlo; alguien que había recibido una inesperada llamada de su hijo con quien no se hablaba desde hacía más de dos años; alguien que había tenido una experiencia de cercanía de Dios muy intensa durante la adoración eucarística… Son gracias que no pueden pesarse ni medirse, pero que quienes las reciben saben reconocer como auténticos regalos del Señor por intercesión de la Santísima Virgen.


        Y todavía algo importante. Una peregrinación no termina cuando el avión toma tierra, ni siquiera cuando abrimos la puerta de nuestra casa. Solo concluye de verdad cuando aquello que el Señor ha sembrado durante el camino comienza a dar fruto en la vida cotidiana. Al mirar hacia atrás comprendemos que el verdadero destino de este viaje nunca fue Italia, Bosnia-Herzegovina o Croacia. El verdadero destino era el corazón de cada uno de nosotros. Allí es donde Dios quería llegar. Allí es donde ahora comienza, de verdad, la peregrinación.


        Santa María, Reina de la Paz, no permitas que olvidemos las gracias recibidas. Haz que todo lo que hemos contemplado y vivido dé fruto abundante en nuestra vida y que, con la voz y con el testimonio, anunciemos siempre que tu Hijo vive, nos ama y nos salva. Amén.

jueves, 30 de julio de 2026

DE LA CIMA A LA SIMA (7)

       


     Hoy los peregrinos han comenzado la jornada ascendiendo al Krizevac, el Monte de la Cruz. Algunos de ellos, vencidos por el cansancio, decidieron quedarse descansando en Medjugorje. Los demás emprendieron a las cinco de la mañana la subida, rezando el Vía Crucis. El camino pedregoso exige esfuerzo, pero al llegar a la cima todo parece cobrar sentido. El aire es más fresco, el horizonte se abre en todas direcciones y, a la sombra de la gran Cruz que corona la montaña, uno experimenta una paz difícil de expresar con palabras. Siempre ocurre así: cuanto más nos acercamos a Cristo, más amplia se vuelve nuestra mirada. La Cruz es una maravillosa atalaya desde la cual se contempla el mundo desde una perspectiva completamente diferente.


        Sin embargo, la verdadera lección de este día nos aguardaba por la tarde. Visitamos la Comunidad del Cenáculo, fundada hace más de cuarenta años por la Madre Elvira. Después de muchos años de vida religiosa, sintió la llamada de Dios a entregar su vida a los jóvenes esclavizados por la droga y otras adicciones. Para responder a esa vocación dejó la congregación a la que pertenecía y abrió en Saluzzo (Italia) la primera casa del Cenáculo, origen de una obra que hoy se ha extendido por numerosos países. Dos de aquellos jóvenes, un muchacho belga y otro español, de Murcia, nos abrieron su corazón con una sinceridad conmovedora. Uno habló de su dependencia de internet, de los videojuegos y de la pornografía; el otro, de la droga. Los dos coincidían en una misma expresión: “Toqué fondo”. No intentaban justificarse ni despertar compasión. Simplemente daban gracias porque, cuando ya no encontraban ninguna salida, Cristo resucitado salió a su encuentro.


        En la capilla de la Comunidad del Cenáculo se conserva un hermoso icono pintado por los propios muchachos. Representa a Cristo resucitado descendiendo al lugar de los muertos para sacar de sus sepulcros a Adán y Eva. No los toma de la mano, sino que los agarra con fuerza por la muñeca y los arranca de la muerte. No es un detalle casual. El icono quiere expresar que el hombre, por sus propias fuerzas, no puede aferrarse a Dios para salir del abismo en el que ha caído. Es Cristo quien toma siempre la iniciativa. Es Él quien desciende hasta la sima, quien nos agarra cuando ya no somos capaces de sostenernos y quien nos levanta con la fuerza de su Resurrección.


        Hoy hemos pasado de la cima a la sima. De la cima del Krizevac, donde la Cruz nos invita a elevar el corazón hacia Dios, a la sima en la que tantos hombres y mujeres terminan hundidos por el pecado, las adicciones y la desesperanza. Pero ambas realidades están unidas por un mismo misterio. La Cruz señala siempre hacia lo alto; y, cuando nosotros ya no podemos subir, Cristo desciende hasta nuestro abismo para tomarnos y conducirnos de nuevo hacia la luz.


        Al despedirnos de la Comunidad del Cenáculo no nos llevábamos solamente el recuerdo de dos testimonios impresionantes. Nos llevábamos, sobre todo, una certeza. No existe sima tan profunda que el amor de Cristo no pueda alcanzar. Porque el Señor no solo nos espera en la cima de la montaña; también nos busca cuando hemos tocado fondo. Allí donde termina la esperanza humana, comienza siempre la esperanza de Dios.


miércoles, 29 de julio de 2026

UNA PAZ PERSEGUIDA (6)

      


       El quinto día de nuestra peregrinación nos llevó por fin a Medjugorje. Nada más llegar emprendimos la subida al Podbrdo, el Monte de las Apariciones. Un guía nos introdujo en la historia de aquellos primeros días de junio de 1981, presentó la figura de los videntes y nos condujo hasta la llamada Cruz Azul, uno de los lugares más queridos por los peregrinos. Allí volvimos a escuchar el primer gran mensaje que la Virgen dirigió al mundo: “¡Paz, paz, paz! ¡Reconciliaos con Dios y entre vosotros!”. Rezando el santo Rosario ascendimos después hasta la imagen de la Virgen que corona la colina, conocida popularmente como la “Virgen coreana”, no por tener rasgos asiáticos sino por haber sido donada por un peregrino de Corea que encontró allí la fe en aquel lugar.


        Sin embargo, apenas veinticuatro horas antes de nuestra llegada, Medjugorje había sufrido un violento ataque de odio. Mientras todavía nos encontrábamos en Bari contemplábamos con tristeza las fotografías que iban llegando: varias imágenes de la Virgen habían sido cubiertas de pintura negra; la gran carpa donde durante buena parte del año se celebra la santa Misa había sido incendiada en diversos puntos tras rociarla con líquido inflamable; y en distintos lugares aparecieron pintadas blasfemas y ofensivas. Todo parecía expresar el rechazo a un lugar que, desde hace cuarenta y cinco años, no hace otra cosa que invitar a los hombres a encontrarse con Dios y llamarlos a la paz. 


        Pero al llegar descubrimos algo mucho más elocuente que los destrozos. No quedaba prácticamente ningún rastro de ellos. Desde primera hora de la mañana, jóvenes del pueblo, vecinos, voluntarios y miembros de la Comunidad del Cenáculo —fundada por la Madre Elvira para ayudar a personas esclavizadas por distintas adicciones— habían trabajado sin descanso para limpiar, reparar y devolver a cada rincón su aspecto habitual. El odio había actuado durante unas horas; el amor había respondido inmediatamente, con mayor fuerza y sin hacer ruido.


        Quizá esa sea una de las lecciones más profundas de Medjugorje. El mal siempre hace mucho ruido, pero el bien trabaja en silencio. Satanás busca sembrar división, desesperanza y violencia; la Virgen, en cambio, no deja de conducir a sus hijos hacia Cristo, Príncipe de la Paz. Allí no se invita a nada extraordinario. Todo el mensaje puede resumirse en una sencilla llamada a vivir el Evangelio mediante las conocidas “cinco piedrecitas”: la oración hecha con el corazón, especialmente el santo Rosario; el ayuno vivido con generosidad; la lectura cotidiana de la Palabra de Dios; la participación frecuente en la santa Misa y la comunión; y la confesión mensual para permanecer siempre en la gracia de Dios.


        Por la tarde recorrimos con nuestro guía los alrededores de la parroquia de Santiago y participamos en el impresionante programa vespertino de oración. Comenzó con el rezo de los misterios gozosos y dolorosos del Santo Rosario; después tuvo lugar la santa Misa, concelebrada por decenas de sacerdotes y vivida por miles de peregrinos llegados de todos los continentes. Siguió una prolongada oración de liberación y sanación. Al contemplar aquella inmensa asamblea se comprende que el auténtico milagro de Medjugorje no consiste en reunir multitudes, sino en llevar innumerables almas a la conversión, a la reconciliación con Dios y a una vida sacramental más intensa.


        Al final, las manchas negras sobre las imágenes de la Virgen habían desaparecido. Pero quedaba una imagen mucho más fuerte grabada en el corazón: la del odio que intenta destruir y la del amor que reconstruye. Quizá sea esa la historia de toda la Iglesia. Las tinieblas nunca dejan de combatir la luz; sin embargo, la luz siempre acaba brillando de nuevo. Porque la paz que viene de Cristo puede ser perseguida, pero jamás derrotada.

martes, 28 de julio de 2026

ÁNGEL CELESTIAL, ÁNGEL HUMANO (5)



        Hoy nuestra peregrinación ha estado acompañada por dos ángeles. Uno del cielo y otro de la tierra. El primero ha sido san Miguel Arcángel, a cuyo santuario del Monte Sant’Angelo hemos subido por la mañana para venerar el lugar donde, según una antiquísima tradición, quiso manifestar su protección sobre el pueblo cristiano. Descendiendo a aquella gruta sagrada, donde durante siglos han orado innumerables peregrinos, hemos recordado que Miguel no es solo el vencedor del maligno, sino también el gran testigo de la gloria de Dios. Su mismo nombre es una pregunta que atraviesa toda la historia: “¿Quién como Dios?”. Nadie. Nada. Solo Él merece el primer lugar en nuestro corazón. Solo Él puede colmar el anhelo infinito con que hemos sido creados.


        Al mediodía hicimos un alto en Manfredonia. Algunos peregrinos pudieron acercarse a la playa, mientras otros paseaban por el paseo marítimo o se acercaban ala catedral. Allí compartimos también la comida antes de reemprender el camino. Aquella pausa junto al Adriático fue un momento de descanso y convivencia entre los peregrinos, antes de continuar hacia el destino de la tarde.


        Al llegar a Bari visitamos la basílica que custodia el cuerpo de san Nicolás, trasladado desde Mira en el siglo XI y venerado desde entonces tanto por cristianos de Oriente como de Occidente. Si Miguel nos conduce hacia Dios, Nicolás nos conduce hacia los hombres. Toda su vida quedó marcada por una caridad tan delicada como generosa, hasta el punto de que las innumerables tradiciones nacidas en torno a su figura tienen siempre el mismo hilo conductor: un corazón que no sabía permanecer indiferente ante la necesidad ajena. También él fue un ángel, un enviado de Dios, pero con rostro humano, enviado para recordarnos que nadie puede decir que ama al Señor si permanece insensible ante el sufrimiento de sus hermanos.


        Hoy hemos comprendido que estos dos ángeles anuncian, en realidad, un único Evangelio. Miguel nos enseña a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas. Nicolás nos enseña a amar al prójimo como a nosotros mismos. No son dos caminos distintos, sino los dos brazos de una misma cruz y los dos latidos inseparables de una misma vida cristiana. Solo cuando ambos amores crecen juntos alcanza el hombre la plenitud para la que fue creado. Quizá por eso el Señor ha querido que nuestra peregrinación encontrara hoy, en un mismo día, un ángel del cielo y un ángel de la tierra.

lunes, 27 de julio de 2026

UN HOGAR PARA DIOS (4)

  


    Hoy nuestra peregrinación nos ha llevado primero hasta Lanciano, donde se conserva el milagro eucarístico más antiguo y célebre de la Iglesia. En el siglo VIII, un monje basiliano, asaltado por fuertes dudas sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía, vio cómo el pan consagrado se transformaba en carne y el vino en sangre. Aquel prodigio permanece todavía hoy ante los ojos de los peregrinos: un fragmento de tejido muscular del corazón humano y cinco coágulos de sangre, custodiados con inmenso respeto. Hemos rezado también en la antigua capilla donde tuvo lugar el milagro. Allí comprendemos que la fe no es un sentimiento vago ni una idea piadosa, sino el encuentro con un Dios que ha querido quedarse realmente con nosotros bajo las humildes apariencias del pan y del vino. La Eucaristía no necesita prodigios para ser verdadera, pero Dios, con infinita misericordia, ha querido conceder alguno para fortalecer la debilidad de nuestra fe.


       Desde allí nos hemos dirigido al Santuario de Loreto. Si Lanciano nos habla del Dios que quiere permanecer con nosotros en la Eucaristía, Loreto nos habla del Dios que quiso tener un hogar entre los hombres. En el corazón de la inmensa basílica se conservan las tres paredes de piedra de la casa de Nazaret, donde el ángel anunció a María el misterio de la Encarnación. La sencillez de aquellas piedras contrasta con la magnificencia del templo y del magnífico edículo de mármol proyectado por Bramante (1444-1514), que la protege como un precioso cofrecillo. Allí, en aquel espacio reducido, el Verbo se hizo carne; allí comenzó la historia nueva de la humanidad. Arrodillarse en la Santa Casa es experimentar que Dios ha santificado para siempre la vida cotidiana, el trabajo, el silencio… Allí probablemente nació María; allí fue concebida por sus padres, Joaquín y Ana, cuya fiesta celebrábamos ayer. ¡Allí Dios obró el extraordinario prodigio de una Inmaculada Concepción!


       Pero quizá uno de los lugares que más hondamente nos ha impresionado ha sido la capilla de San José, convertida hoy en capilla de adoración perpetua. Mientras el Santísimo permanece expuesto, los frescos que narran la vida del santo patriarca parecen conducir la mirada hacia Jesús escondido en la Eucaristía. Todo respira armonía, belleza y paz. En esta capilla, llamada “de los Españoles”, resulta casi imposible separar el arte de la oración, porque la belleza misma se convierte en un camino hacia Dios. Salimos de aquel lugar con el corazón sereno, dando gracias por haber podido recorrer, en un mismo día, el camino que va desde la casa donde Cristo comenzó a habitar entre nosotros hasta el altar donde continúa haciéndose realmente presente para permanecer con nosotros hasta el fin de los tiempos.

domingo, 26 de julio de 2026

DOS SERAFINES (3)



   El segundo día de nuestra peregrinación ha transcurrido enteramente en San Giovanni Rotondo, siguiendo las huellas de san Pío de Pietrelcina. Hemos celebrado la santa Misa en la antigua iglesia del convento, donde durante cuarenta y nueve años ofreció el santo sacrificio. Después recorrimos el monasterio, veneramos la pequeña celda donde murió en la madrugada del 22 al 23 de septiembre de 1968; también visitamos distintas dependencias del monasterio, entre ellas el pequeño coro donde, el 20 de septiembre de 1918, recibió los estigmas del Señor; y la iglesia nueva, construida para acoger el creciente número de peregrinos que acudían para asistir a la misa que celebraba cada día a las cinco de la mañana. Para la tarde dejamos la visita de la tercera iglesia, ya del siglo XXI, diseñada para acoger grandes peregrinaciones y expresar, mediante su arquitectura, una profunda idea teológica, además de custodiar el cuerpo del santo.


    Recorremos un pasillo que va descendiendo, una auténtica vía sacra que conduce al corazón del santuario. Avanzamos en medio de paredes adornadas por los mosaicos del artista esloveno Marko Rupnik. Antes de llegar al lugar donde descansa el cuerpo del santo, dos grandes figuras reciben al peregrino. Son dos serafines, representados como auténticas llamas de fuego. Apenas se distinguen en ellos un rostro, unas manos y unos pies, llagados, que emergen de un incendio de amor. No son un simple elemento decorativo. Los serafines forman el coro más alto de los ángeles, los más cercanos al trono de la Santísima Trinidad, los que arden sin consumirse en el amor purísimo de Dios.


    Mientras permanecía contemplándolos, me vino espontáneamente un pensamiento. Aquellos dos serafines me parece que representan a san Francisco de Asís y a san Pío de Pietrelcina. Dos hijos de la misma familia espiritual, dos hombres completamente abrasados por el amor de Cristo, dos vidas marcadas por las llagas del Señor recibidas en su propio cuerpo. En aquellas manos y en aquellos pies, apenas visibles entre las llamas, parecía resonar la misma llamada que recibió san Francisco en el monte Alverna y que, siglos después, alcanzó también al padre Pío en San Giovanni Rotondo: dejar que el amor de Dios transforme al hombre hasta hacerlo semejante al Crucificado.


    A lo largo de este día hemos recordado también las durísimas persecuciones que sufrió el padre Pío, muchas de ellas nacidas precisamente dentro de la misma Iglesia. En dos lados opuestos de la cripta, dos mosaicos muestran escenas muy significativas: uno, a los tres jóvenes en medio del horno ardiente, protegidos por un ángel (Dn 3, 19-27); el otro, a José y a sus hermanos, con las gavillas inclinándose ante la suya, origen de la envidia que acabaría llevándolos a venderlo (Gn 37, 5-8). No parece una casualidad. El camino de los santos pasa muchas veces también por un fuego que no es el del amor, sino el de la persecución; y por unas llagas que no son sino las de la traición. Pero ese fuego no destruye a los amigos de Dios, sino que los purifica. Y quien permanece fiel descubre que nunca está solo, porque Dios envía siempre a sus ángeles para sostener a quienes confían en Él.


    Quizá por eso aquellos dos serafines custodian la entrada al recinto más sagrado. El padre Pío no llegó hasta allí solamente por haber recibido los estigmas, sino porque antes dejó que el amor de Dios lo incendiara por completo. También nosotros estamos llamados a recorrer ese mismo camino. Nadie entra en la intimidad de Dios sin dejarse abrasar primero por su amor. Pero ese amor lleva grabada la señal de la Cruz. Pedir amar a Dios con un corazón puro es pedir, al mismo tiempo, participar de las llagas luminosas de Cristo. Son heridas que duelen -porque el amor verdadero duele- pero que terminan abriendo el camino hacia la verdadera cámara santa, aquella donde contemplaremos para siempre el rostro del Señor.

UN CÁLIZ EN EL CAMINO (2)


    El primer día de toda peregrinación suele estar lleno de ilusiones. También el nuestro. Hemos salido de Madrid en avión hacia Roma y, desde allí, en autobús hasta Pietrelcina. Tras una parada para comer, hemos podido recorrer las calles donde san Pío pasó su infancia, donde comenzó a responder a la llamada de Dios y donde, ya sacerdote y enfermo, vivió todavía algunos años con su familia. Sin embargo, el tiempo (que se había calculado muy mal) se nos echó encima, y no nos ha sido posible celebrar allí la santa Misa como estaba previsto. Hemos tenido que continuar hasta San Giovanni Rotondo y solo al final de la jornada, después de la cena y ya cerca de las once menos cuarto de la noche, pudimos reunirnos en la capilla de la Casa de Espiritualidad donde nos alojamos para celebrar la Santa Misa, junto al Señor presente en el sagrario.


    Quizá alguno haya sentido una cierta decepción. Cuando organizamos algo con cariño, nos cuesta aceptar que las cosas no salgan como las habíamos imaginado. Nos ocurre en las peregrinaciones y nos ocurre, sobre todo, en la vida. Hay proyectos que fracasan, planes que se alteran, puertas que se cierran, responsabilidades que pesan sobre nosotros y nos hacen pensar que todo ha salido mal. Pero la fe nos enseña una verdad profundamente consoladora: Dios nunca pierde el gobierno de los acontecimientos. Él permite nuestra libertad, permite incluso la acción de nuestros enemigos espirituales, pero sigue siendo el Señor de la historia. Si hubiera querido que este primer día transcurriera exactamente como nosotros lo habíamos previsto, así habría sucedido. Si no ha sido así, es porque también este camino, con sus contratiempos, puede convertirse en instrumento de su gracia.


    No deja de ser providencial que el evangelio de la solemnidad de Santiago Apóstol nos haya hablado precisamente del cáliz. Santiago y Juan soñaban con los primeros puestos, pero Jesús les preguntó únicamente: “¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”. El verdadero discípulo no se distingue porque todo le salga bien, sino porque sabe aceptar el cáliz que el Señor le ofrece cada día. A veces ese cáliz tiene el sabor de la enfermedad; otras, de la incomprensión, del cansancio, del fracaso o de la frustración. Beberlo con Cristo es creer que ninguna cruz es inútil y que, detrás de cada aparente derrota, el Padre está preparando una victoria más profunda.


    Hoy hemos comenzado nuestra peregrinación aprendiendo una de las primeras lecciones del camino: no hemos venido a que se cumplan nuestros planes, sino a dejarnos conducir por los planes de Dios. Y esos planes son siempre mejores que los nuestros, aunque muchas veces solo podamos comprenderlo cuando miramos hacia atrás. La Eucaristía celebrada al final de una jornada larga, cansada e imperfecta quizá haya sido, precisamente por eso, uno de los momentos más auténticos de este primer día. Allí comprendimos que el verdadero centro de la peregrinación no era Pietrelcina ni San Giovanni Rotondo, sino Cristo, que nos esperaba pacientemente para enseñarnos a beber con Él el cáliz de cada jornada.