En el primer libro de la Subida al Monte Carmelo, san Juan de la Cruz trata de la noche del sentido: el dominio de los apetitos y pasiones, el aprendizaje de una sobriedad real que libera el corazón de lo inmediato y dispone a la unión con Él. Pero, al pasar al segundo libro, entra en una noche mucho más oscura y exigente: la noche activa del espíritu. Ya no se trata de silenciar apetitos sensibles, gustos inmediatos o inclinaciones visibles, sino de purificar todo aquello que, siendo espiritual, despierta en nosotros un gusto o una inclinación que nos ata.
Queremos conocer a Dios. Pero muchas veces queremos conocerlo a nuestra manera: comprenderlo, sentirlo, saborearlo, deducirlo con nuestra inteligencia. Sin embargo, el único camino seguro es la fe, y la fe es oscura. No ilumina como una evidencia, ni consuela como una emoción tierna. La fe es noche para el alma. Y esa noche exige que aprendamos a renunciar también a nuestros gustos espirituales.
Hay personas muy inclinadas a lo dulce. Les encanta el azúcar, lo desean y necesitan muy a menudo a lo largo del día. Y el azúcar, tomado sin medida, termina dañando la salud: el gusto desordenado empuja a buscarlo cada vez más y a descuidar otros alimentos más necesarios. En la vida espiritual sucede algo parecido cuando buscamos solo lo dulce, como consuelos, sentimientos, experiencias espirituales, visiones u otros fenómenos sobrenaturales.
Entre esas golosinas espirituales está también el deseo de reconocimiento. El Evangelio de hoy, precisamente, nos advierte con claridad: “No os dejéis llamar rabí… no llaméis padre a nadie… no os dejéis llamar maestro… el primero entre vosotros sea vuestro servidor” (cf. Mt. 23,8-12). A todos nos gusta brillar un poco. Nos agrada que nos reconozcan, que nos escuchen, que nos consideren una referencia. Son dulces espirituales: pueden parecer inofensivos, pero no purifican el alma ni la disponen plenamente para la unión con Dios.
Ahí es donde la noche activa del espíritu nos purifica. Nos enseña a caminar sin títulos, sin necesidad de ser confirmados, sin apoyarnos en el gusto de ser alguien. Porque mientras busquemos ese brillo, aunque no sea mundano sino espiritual, todavía no estamos buscando sólo a Cristo. Y únicamente quien le busca sólo a Él puede esperar unírsele en unión de amor.
Señor, líbranos de buscarte por avidez de gustos y consuelos. Enséñanos a hacerlo por puro y despojado amor. Purifica nuestros apetitos, incluso los espirituales, para que no nos distraigan ni un instante en la búsqueda del único tesoro que merece la pena: Tú. Así sea.