Han pasado dos semanas desde la última vez que escribí en este canal. Algunos me habéis preguntado, con afecto y preocupación, por este silencio. Gracias por vuestra cercanía. Una actividad intensísima, entre cursillos, retiros, ejercicios espirituales, predicación y una peregrinación por muchos lugares, me ha dejado muy cansado y apenas sin tiempo. Ese ha sido el motivo de mi silencio. Hoy vuelvo para compartir una meditación de la novena a Nuestra Señora Reina de Todos los Santos, que estamos celebrando en Omnium Sanctorum de Sevilla. La novena está dedicada a la Virgen y cada día nos acompaña un santo distinto como guía en el camino hacia la santidad.
Hoy predico tomando como guía a santa Ángela de la Cruz, cuya fiesta celebraremos el próximo día 5. El Evangelio nos presenta a Jesús acercándose a una mujer que llevaba dieciocho años encorvada. Su sufrimiento le importa. Angelita aprendió de él a buscar la santidad en la atención a los pobres y a los enfermos.
Antes de ser la madre de los pobres, fue una muchacha nacida en un pequeño corral de vecinos de Santa Lucía. Desde muy joven trabajó en un taller de calzado para contribuir al sustento familiar. Allí encontramos una primera imagen de su vida: el pan. Los viernes compartía su comida con los pobres y pedía a sus compañeras algo de pan para añadirlo a su limosna. Aquel alimento era parte de su propio sustento. Al entregarlo, iba aprendiendo a entregarse. Jesús "tomó pan, […] lo partió y se lo dio" (Lc 22,19): en la Eucaristía nos da su propio Cuerpo. Su amor nos enseña también a repartir nuestra vida. El tiempo que ofrecemos al enfermo sale de nuestro tiempo; la atención que le prestamos deja de girar sobre nosotros; los bienes que compartimos comienzan a sostener una vida distinta de la nuestra.
La segunda imagen es la puerta. Angelita buscaba por dónde entrar para pertenecer enteramente a Cristo. Llamó a las Carmelitas Descalzas, pero su salud frágil impidió que la admitieran. Ingresó después en las Hijas de la Caridad y tuvo que abandonar el noviciado por enfermedad. Regresó a casa y al taller, mientras su vocación seguía madurando. Podemos contemplar así su recorrido: buscaba una puerta para entregarse a Cristo y su propia vida iba convirtiéndose en una puerta abierta para su amor. "Estoy a la puerta y llamo" (Ap 3,20), dice el Señor. Ella le abrió y dejó que, a través de sus manos, llegara hasta los pobres. Su "no ser, no querer ser" expresa esa humildad que deja paso: que el necesitado encuentre, a través de nuestra caridad, el corazón de Cristo.
La tercera imagen es la cruz. En 1873, antes de la fundación, Angelita contempló en la oración una cruz vacía frente a la de Jesús, muy cerca de él. Comprendió que aquella cruz pedía su entrega. Permanecer junto al enfermo, compartir la pobreza, dejar que el sufrimiento ajeno entre en nuestra existencia exige sacrificio y negación de nosotros mismos. Ángela reconoce ahí una llamada a unirse al Crucificado, a amar con él y a ofrecerse con él. Su nombre religioso expresa esa pertenencia: Ángela de la Cruz. La cruz que contempla en la oración va tomando cuerpo en el servicio a sus hermanos.
En 1875 comenzó la Compañía de la Cruz con otras tres mujeres y una habitación pobre en la calle San Luis. La muchacha que repartía su comida había ido entregando su vida. El pan, la puerta y la cruz nos permiten comprender algo de su santidad: darse en lo que daba, dejar pasar a Cristo, amar unida a él. Ante Nuestra Señora Reina de Todos los Santos, que permaneció junto a su Hijo crucificado, podemos pedir la gracia de ese amor que hace sitio al otro y acepta compartir su carga.
Señor Jesús, por intercesión de santa Ángela de la Cruz, enséñanos a darnos en lo que compartimos, a abrir paso a tu amor y a permanecer contigo junto a quienes sufren. María, Reina de Todos los Santos, acompáñanos en este camino. Amén.


