El texto de la epístola de Santiago que hoy leemos en la misa, nos sirve para hacer una reflexión sobre las virtudes teologales que sostienen, iluminan y conducen toda la vida cristiana.
La fe da seguridad, certezas, porque nos apoya en la firmeza de Dios. Santiago nos habla del “Padre de las luces”, en quien no hay cambio. Creer es precisamente descansar en esa estabilidad. Cuando la fe madura, dejamos de atribuir a Dios nuestras propias sombras, dejamos de pensar que Él juega con nosotros o nos confunde. La fe introduce una certeza honda: Dios es fiel, Dios es bueno, Dios no cambia. Y esa certeza da firmeza interior. No elimina la tentación ni la la oscuridad, pero impide que nos desmoronemos en ella.
La esperanza por su parte da alegría, porque abre el horizonte hacia la “corona de la vida” que recibiremos, según la afirmación de Santiago. No caminamos hacia el vacío, sino hacia una promesa. Las pruebas de la vida no son absurdas; están orientadas. La esperanza ensancha el corazón hacia lo que todavía no vemos, pero que nos está reservado. Y ese ensanchamiento produce una alegría sobria, limpia, serena. La alegría cristiana nace de saberse elegido por Dios y destinado a la vida.
Por último, la caridad, el amor, nos da al Amado porque solo el amor une realmente. La fe conoce, la esperanza espera, pero el amor posee. Santiago habla de “los que lo aman”: ahí culmina todo. Amar es entrar en comunión, es participar de la vida del que se ama. El amor no se contenta con saber que Dios existe ni con esperar sus promesas; quiere a Dios mismo. Por eso la caridad nos da al Amado: nos introduce en su intimidad y nos transforma desde dentro, haciéndonos vivir ya de Él.
Señor, fortalece nuestra fe para que vivamos seguros en medio de las pruebas; ensancha nuestra esperanza para que no perdamos la alegría cuando el camino se oscurece; y acrecienta en nosotros la caridad, para que no nos quedemos en ideas o deseos, sino que busquemos de verdad tu Rostro y vivamos unidos a ti. Haz que, sostenidos por la certeza de tu fidelidad, animados por la promesa de la Vida y transformados por el Amor, caminemos firmes hacia ti, que eres nuestro bien y nuestra plenitud. Amén.