domingo, 22 de marzo de 2026

LA VIA PULCHRITUDINIS

 


    Ayer, al contemplar el cuadro de John Everett Millais titulado “Cristo en la casa de sus padres”, hacía una lectura espiritual centrada en el misterio de la Redención. Desde la vía pulchritudinis, el camino de la belleza, quisiera insistir hoy en esta obra pictórica. Dios, que es la suma Bondad y la suma Belleza, se deja acercar no sólo a través de la vía de la razón, sino también a través de la vía de la belleza. La belleza de las cosas creadas nos remite al Creador. Y una obra de arte, cuando se contempla con fe, no se agota en una sola interpretación, sino que se abre a muchos significados que van emergiendo en una mirada cada vez más detenida y profunda.


    He seguido contemplando esta escena, y todo en ella me vuelve a sumergir en el misterio de Cristo. Lo que José está construyendo en su banco de carpintero parece ser una puerta. Y la puerta es un símbolo evangélico. Jesús dirá de sí: “Yo soy la puerta de las ovejas; el que entre por mí se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos” (Jn. 10,9). Las ovejas están fuera, esperando. Y esa puerta se está construyendo al precio de su sangre. El clavo hincado en la madera, la herida aparentemente accidental del Niño, nos remiten ya a ese misterio. La sangre que brota de su mano es el precio de esa puerta por la que las ovejas, que aguardan la salvación, podrán entrar en la Vida.


    María no sólo se pone de rodillas para situarse a la altura de su hijo, sino que lo hace con una actitud de profunda adoración. No se atreve a tocarle con sus manos, que mantiene unidas en actitud de oración. Se inclina, se acerca, y su rostro expresa ternura y reverencia. No sólo espera recibir el beso de su Hijo, sino que también parece ofrecérselo. En su gesto hay ya una inteligencia del misterio de su alma traspasada por una espada de dolor.


    A cada lado de la escena, como recuerdan, aparecen dos aprendices. Ayer, al evocar el misterio de la Redención, invitaba a verlos como Caín y Abel. Pero hoy me abro a una lectura distinta en clave eclesial: serían “los dos Juanes”, el Bautista y el Evangelista. El más pequeño, que va cubierto con una piel -el Bautista vestía una piel de camello-, lleva una palangana con agua para limpiar la herida del Niño. Ese gesto recuerda el bautismo, y el agua que lleva puede simbolizar el agua del Jordán. De él dijo el Señor que era el mayor entre los nacidos de mujer, y sin embargo “el más pequeño en el Reino de los cielos” (cf. Mt. 11,11). Por eso aparece como un niño. Él es “la voz que grita en el desierto”, el Precursor que prepara el camino, el que señala al Cordero.


    El otro aprendiz, el joven situado junto a la ventana, representa a Juan Evangelista. No lleva nada consigo, como fueron enviados los apóstoles: ni alforja ni dinero en la faja, ni túnica de repuesto ni sandalias. Mira la escena en silencio, dejándose impactar por lo que ve. Es el discípulo contemplativo, el que da testimonio. Eso afirma de sí mismo en su Evangelio: “el que lo ve da testimonio, y su testimonio es verdadero” (cf. Jn. 19,35). Y lo que vio en el Calvario fue precisamente una herida: la del costado del Señor. Y el brotar de la sangre. Y el agua. Como ahora. Las ovejas lo miran, lo esperan. Está llamado a salir, a reunirlas, a ser testigo y pastor en nombre de Jesús.


    La escalera, al fondo del taller, no es un elemento decorativo sin más. Nos habla de esa bajada del Hijo de Dios a nuestra tierra, la de la Encarnación. Y nos habla también de una subida: de su retorno al Padre llevándonos con Él. Como dijo Jesús a Natanael: “Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (Jn. 1,51). Esa escalera está situada casi encima del Niño, indicando que Él es el verdadero punto de unión entre el cielo y la tierra.


    Sobre ella se posa una paloma, símbolo del Espíritu Santo, que ha hecho posible la Encarnación, el descenso del Hijo. Es el Espíritu que cubrió con su sombra a la Virgen María. Y es el mismo Espíritu que descenderá sobre los discípulos en Pentecostés. Ya está discretamente presente en esta escena doméstica y silenciosa.


    Al fondo aparece una mujer, quizá Ana, que intenta quitar con unas tenazas el clavo que ha herido al Niño. En la sobriedad de su gesto puede representar al alma fiel que, cercana a María, desea apartar todo lo que causa sufrimiento a Jesús. Es la respuesta del amor humano al amor divino: un deseo humilde y perseverante de consolar, de reparar, de amar.


    Señor Jesús, Puerta abierta para las ovejas al precio de tu sangre: haznos entrar cada vez más profundamente en el misterio cristiano por los caminos de la fe, de la razón y de la belleza. Permítenos aprender así a contemplar, amar y colaborar contigo en la obra que te encomendó realizar el Padre. Así sea.


 



sábado, 21 de marzo de 2026

EL TALLER DE LA REDENCIÓN


    Este cuadro con el que ilustrábamos la entrada de ayer (y cuyos detalles ofrecemos abajo) es obra de John Everett Millais, un pintor inglés del siglo XIX. Su título es “Christ in the House of His Parents” y fue pintado en 1849-1850, conservándose actualmente en la Tate Britain de Londres. Después de haberlo contemplado y meditado largamente, les ofrezco mis reflexiones.


    En el silencio luminoso del taller de Nazaret, todo parece sencillo, casi insignificante, y sin embargo todo está lleno de sentido. En el centro, el Niño Jesús muestra su mano herida. No es solamente un pequeño accidente en el taller. Es una herida mostrada, ofrecida, compartida. También el pie muestra la sombra de un rasguño o cicatriz. María se arrodilla para ponerse a su altura, y es besada con una extraordinaria ternura, intuyendo más de lo que se ve con los ojos. Ese beso no es sólo respuesta de amor a su solicitud, sino respuesta de amor a un misterio que apenas comienza a manifestarse. Porque la mano, hoy herida por una astilla, será un día traspasada por un clavo, y Ella, que ahora le consuela, volverá a contemplarla entonces, permaneciendo fiel al pie de la Cruz.


    San José se acerca con un gesto de gran delicadeza. Su mano izquierda parece tocar con respeto dos dedos de la mano herida del Niño, mientras que su derecha descansa sobre el hombro de Jesús. Mantiene la distancia, no invade el espacio, no sustituye a María. Su gesto es de presencia, de apoyo, de cuidado. José acompaña el dolor sin dramatizarlo, lo acoge dentro del ritmo del trabajo y de la vida. En él se revela la fuerza silenciosa del que custodia el misterio sin necesidad de palabras.


    A ambos lados de la escena, enmarcándola, aparecen dos aprendices: uno joven y otro niño. En el joven yo veo a Caín y en el niño a Abel. El primero, ante una ventana que se abre al campo (Caín era agricultor), continúa su tarea, pero su mirada no es franca ni directa. Observa la escena, pero sin enfrentarse del todo a ella. El segundo, en cambio, va sorprendentemente cubierto con una piel (Abel era pastor). Mira de reojo, asustado, como si intuyera el drama que se esconde tras la pequeña herida y el peligro latente en la mirada de su hermano. El niño se identifica fácilmente con el herido, pues quizás también un día su sangre será derramada. Entre ambos aprendices se establece así una tensión silenciosa: Caín y Abel vuelven a encontrarse, y la sangre del Niño Jesús será el precio de la sangre derramada por Caín, porque este Niño ha venido a redimir el pecado del mundo.


    Al fondo vemos la figura de una mujer anciana (¿Ana?) que subraya el carácter familiar e íntimo de la escena. Sobre una escalera una paloma parece dormitar, mientras que tras la ventana asoman ovejas y corderos que parecen muy atentos espectadores y miran casi con asombro. Evocan un mundo creado para la paz y ahora sometido a la realidad y al desorden del pecado. Acuden a mirar al Niño herido, porque ellas son ovejas perdidas que un día serán encontradas por esa sangre. La creación entera, “sometida a la vanidad del pecado” (Rom. 8,20), contempla desconcertada la violencia y el pecado de los hombres, y el precio de su Redención.


    Los personajes están descalzos. No es un detalle menor. En todas las representaciones con que yo ilustro estas entradas, los personajes están descalzos. Para mí la descalcez expresa pobreza interior, vulnerabilidad y también reverencia, como la que mostró Moisés ante la zarza ardiente al descalzarse en presencia de Dios. Es un mudo reconocimiento de que el hombre es profundamente pobre y de que se encuentra ante un misterio que lo sobrepasa. Es también una aceptación de la realidad tal como es, sin defensas ni artificios, en estrecho contacto con la tierra. El hombre tal como es, ante un Dios tal como es.


    Y si centramos nuestra atención en la herida, herida pequeña pero verdadera, la sangre la derrama el Niño, pero no la sufre Él solo. María también la sufre conmovida; José la sostiene con delicadeza. Es un dolor compartido, sostenido en el amor. Así comienza la Redención de los hombres, en la vida oculta, en lo cotidiano, en el silencio de un humilde taller lleno de virutas y herramientas. Pero ya todo está contenido ahí: el pecado del mundo y el Amor que carga con el dolor y lo transforma.


    Señor Jesús, que has querido mostrarnos tus heridas desde la infancia, danos un corazón humilde y “descalzo”, capaz de reconocerte, de acompañarte, de consolarte y reparar con amor las heridas que te inflige el mundo y yo pecador. Amén.








viernes, 20 de marzo de 2026

HERENCIA DE FE



     Se suele decir que todos los santos tienen su octava, y la solemnidad de San José es tan grande que bien merece prolongar su recuerdo. Quiero compartir con ustedes una anécdota entrañable para mí, pero que tiene también un profundo significado.


    Muchos de nosotros hemos recibido la fe en el seno de nuestra familia, y junto a la fe, también devociones concretas con las que hemos ido expresándola y alimentándola. En mi caso, la devoción a San José me llegó de manera especial a través de mi madre. Para ella era una práctica tan cotidiana y natural como respirar. Y un detalle muy conmovedor es que, siendo ya anciana, con un comienzo de demencia senil, todavía fue capaz de escribirme de su puño y letra esta oración, porque se lo pedí, pues no quería que se perdiera. La conservaba intacta en lo profundo, en su recuerdo, como si lo verdaderamente importante permaneciera a salvo en ella durante mucho tiempo. Incluso cuando las demás cosas habían empezado a desdibujarse.


    Amable San José,

Postrado amorosamente a tus pies, te suplico recibas mi pobre y miserable corazón, que te presento con todo lo que soy, dándotelo enteramente y rogándote muy humildemente quites de él todo lo que te desagrade. Toma posesión de él desde ahora y ayúdame a hacer bien todas mis acciones para mayor gloria de Dios.


    Te encomiendo mi cuerpo, mi alma, mi vida, mi muerte, mi juicio y todo lo que se refiere a mi salvación, a fin de que, estando bajo tu amparo y protección, sea libre de todo mal ahora y en la hora de mi muerte. Amén.


    V/ Este es el siervo fiel y prudente a quien el Señor colocó por cabeza de su familia.

    R/ Ruega por nosotros, bienaventurado San José, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo.


    Comienza con una frase que refleja una actitud muy evangélica: “Postrado amorosamente a tus pies”. Así se colocaban ante Jesús quienes necesitaban de Él, con humildad y con gran confianza. Por ejemplo, el leproso que le suplicó diciendo: “Si quieres, puedes limpiarme” (Mc. 1,40). La persona que ora, como en aquella ocasión, se presenta como es, pobre y necesitada, pero se entrega sin reservas. Hay también un deseo sincero de conversión, y muy bonito, por cierto. La conversión es obra de Dios, pero por intercesión de San José, este santo puede quitar todo lo que desagrada a Dios y tomar posesión de la vida entera. Es decir, la conversión es también una gracia que se recibe.


    Después, la oración se ensancha y trata de abarcarlo todo: cuerpo, alma, vida, muerte, juicio y salvación. Es un verdadero ponerse en manos de quien ha sido constituido por Dios custodio fiel. Bajo su amparo vivió la Sagrada Familia, y el alma sabe que, si se acoge a su protección, se verá sostenida en el camino de la vida y también en ese momento decisivo de la muerte. Finalmente resuena la palabra de la Iglesia, que reconoce en San José al siervo fiel y prudente puesto al frente de la casa del Señor. A Él acudimos con confianza, pidiéndole que interceda por nosotros, para que también nosotros podamos “alcanzar las promesas de Jesucristo”. Amén, gracias mamá.

jueves, 19 de marzo de 2026

ABOGADO Y SEÑOR

    “Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él… No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, mas a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas.” (Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, 6,6).


    Es una experiencia profundamente vivida. Santa Teresa no habla desde una teoría ni desde una devoción superficial, sino desde una necesidad concreta, desde la prueba, desde el peligro. En medio de su vida descubre que San José no es una figura lejana ni secundaria, sino que se convierte para el alma en un padre cercano, eficaz, silenciosamente poderoso. Y lo afirma con una fuerza que nace del asombro: “socorre en todas”. No en algunas cosas, no en ciertos momentos, sino en todas. Como si su paternidad, participación de la misma paternidad de Dios, se extendiera sobre la vida entera, alcanzando tanto el cuerpo como el alma, las cosas grandes y las pequeñas, lo visible y lo oculto.


    En esta certeza hay un camino espiritual de gran sencillez y profundidad. Acogerse a San José es ponerse bajo su cuidado, es entrar en una relación de confianza filial, donde el alma se sabe acompañada y sostenida. Teresa no presenta una devoción más entre otras, sino una experiencia de protección constante, de presencia discreta y fiel, que envuelve la vida entera sin imponerse, pero actuando con una eficacia sorprendente.


    Y aún añade la santa algo que ilumina todavía más esta relación: quien quiera aprender a orar, que se encomiende a San José (Vida, 6,8). Él, que vivió en silencio junto a Jesús, que custodió su vida y compartió su intimidad, se convierte en maestro de oración. No enseña con palabras, sino desde el silencio de su existencia: con su recogimiento, su obediencia, su atención continua a Dios. No puede haber mejor maestro de oración que aquel que vivió tan unido a Jesús, en lo escondido y en lo cotidiano. Bajo su guía, el alma aprende a orar sin ruido, a permanecer, a confiar y a vivir en la presencia de Dios.


    San José, padre y señor, enséñanos a vivir bajo tu amparo con corazón sencillo y confiado; condúcenos hacia Jesús y haznos entrar en la oración silenciosa y fiel que Tú viviste cada día. Amén.


miércoles, 18 de marzo de 2026

CRISTO ESPOSO


    “Alégrese el cielo, goce la tierra, por estos que van a ser rociados con el hisopo y purificados con el hisopo espiritual, por el poder de aquel que en su pasión bebió desde la cruz por medio de la caña de hisopo. Alégrense las virtudes de los cielos; y prepárense las almas que van a desposarse con el Esposo. ‘Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor’. Comportaos, pues, rectamente, oh hijos de la justicia, recordando la exhortación de Juan: ‘Allanad sus senderos’: retirad todos los estorbos e impedimentos para llegar directamente a la vida eterna. Por la fe sincera, preparad limpios los vasos de vuestra alma para recibir al Espíritu Santo. Comenzad por lavar vuestros vestidos con la penitencia, a fin de que os encuentren limpios, ya que habéis sido llamados al tálamo del Esposo”.

(San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 3,1-3).


    Hoy celebra la Iglesia la fiesta de san Cirilo de Jerusalén, padre y doctor de la Iglesia, que nació hacia el año 315 y fue obispo de la Ciudad Santa en una época especialmente compleja para la vida cristiana. Vivió en pleno siglo IV, en medio de las controversias arrianas, y sufrió varios destierros a causa de su fidelidad a la fe proclamada en el Concilio de Nicea. Sin embargo, su nombre ha quedado unido sobre todo a una obra preciosa: las Catequesis que dirigía a los catecúmenos que se preparaban para recibir el bautismo en la noche de Pascua. En ellas explicaba los misterios de la fe con gran claridad y profundidad espiritual, acompañando a quienes estaban a punto de comenzar su vida cristiana.


    El texto con que hemos empezado este artículo refleja ese momento de preparación. Cirilo contempla con alegría a quienes se disponen a recibir el bautismo y habla de ellos como de almas que se preparan para desposarse con el Esposo. Todo aparece envuelto en imágenes de purificación y de esperanza: el hisopo que rocía, los vestidos que se lavan, el camino que debe allanarse. La vida nueva exige retirar obstáculos, limpiar el corazón y abrirlo a la acción del Espíritu Santo.


    Pero estas palabras no pertenecen solo al tiempo del catecumenado. También nosotros, que ya hemos recibido el bautismo y los sacramentos de iniciación, necesitamos tenerlas en cuenta en nuestra vida. La vida cristiana es siempre preparación. No basta con haber comenzado un día; el corazón debe seguir preparándose continuamente para el Señor. Cada jornada encierra una ocasión para retirar algún obstáculo, para purificar alguna intención, para abrir más profundamente el alma a Dios.


    En realidad, toda la existencia del cristiano es un camino hacia el encuentro con el Esposo. Por eso la conversión no es un episodio aislado, sino un ejercicio constante. Preparar el camino del Señor significa mantener el corazón vigilante, sencillo y disponible, de modo que el Espíritu Santo encuentre en nosotros un vaso limpio donde derramar sus dones.


    Señor Jesús, Esposo de nuestras almas, ayúdanos a preparar cada día el camino hacia ti. Retira de nuestro corazón todo obstáculo y purifica nuestra vida, para que el Espíritu Santo encuentre en nosotros un recipiente adecuado y dispuesto a recibir tu gracia. Amén.

martes, 17 de marzo de 2026

LOS DOMINGOS, UN DOMINGO

 


    He visto recientemente la película Los domingos, que ha sido premiada con cinco de los Goya más importantes del cine español: mejor película, mejor dirección, mejor guion, mejor actriz principal y mejor actriz de reparto. Es una película curiosa porque provoca interpretaciones muy distintas. Para algunos espectadores es casi un alegato cristiano; para otros, una feroz crítica a la religión y a la posible manipulación religiosa de los jóvenes. A mí me ha parecido, sobre todo, una película honesta y con grandes valores humanos y cinematográficos. Presenta con mucha naturalidad el mundo de la búsqueda espiritual de una chica de hoy: una estudiante de segundo de bachillerato, con su vida familiar, sus emociones, sus dudas, sus contradicciones... Nada idealizado. Simplemente una adolescente que se plantea si Dios puede ser el amor absoluto y totalizante de su vida.


    Pero este último domingo me ocurrió algo que me hizo reflexionar todavía más. Después de la misa que celebré, entró en la sacristía un muchacho de dieciséis años a quien no conocía de nada. Me dijo que quería confesarse. Era la primera vez en su vida que lo iba a hacer. No había hecho la primera comunión, ni recibido ninguna formación religiosa, porque su familia no es creyente. Sin embargo, algo había empezado a moverse en su interior. Por su cuenta comenzó a preguntarse si Dios existía. Poco a poco llegó a convencerse de que sí. Y desde hace unos meses empezó a acudir a misa los domingos, todavía sin comulgar, pero con el deseo de acercarse a Dios. Aquel día quiso confesarse por primera vez. Le ayudé a hacerlo, y le animé a prepararse para hacer su primera comunión el próximo domingo de Pascua.


    Escuchándolo pensaba que, más allá de teorías o debates culturales, hay algo que sigue sucediendo silenciosamente en nuestro mundo. A veces se habla como si la fe fuera solo una tradición que se transmite o una influencia social que se impone. Pero la realidad es mucho más misteriosa. Nadie había empujado a ese muchacho hacia Dios. Nadie le había enseñado catecismo. ¿Manipulación por parte de quién? Simplemente, en lo más hondo de su conciencia, empezó a sentir una llamada. Algo, o mejor, Alguien, que le decía que Dios existe y que vale la pena buscarlo.


    Después de la gala de los Goya, una actriz cómica comentó: “Me da pena que (los jóvenes) necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana. Lo siento por la Iglesia; menudo chiringuito tenéis montado…” Quizá esa interpretación resulte inevitable cuando se excluye de entrada la posibilidad de que Dios actúe realmente en el corazón humano; y cuando la visceral cristofobia nubla el más elemental sentido crítico. Si no existe Dios, todo tiene que explicarse por la manipulación o por carencias psicológicas. Pero cuando uno presencia cosas como la de aquel chico de dieciséis años que me buscó el domingo, la explicación parece otra.


    Por eso se me ocurrió el título: “Los domingos, un domingo”. Una película que habla del discernimiento vocacional de una chica normal. Y un chico normal que entra en la sacristía para confesar su fe naciente. Dos escenas distintas, pero tal vez un mismo fondo: que, incluso en nuestro tiempo, incluso en medio de tantas dudas y de tanto ruido, el Espíritu de Dios sigue moviendo silenciosamente los corazones. A veces sin que nadie lo espere. A veces sin que nadie lo entienda. Aunque muchos se indignen… ¡sigue haciéndolo!


lunes, 16 de marzo de 2026

UN PUEBLO LLAMADO JÚBILO

 



   “Esto dice el Señor: ‘Mirad: voy a crear un nuevo cielo y una nueva tierra: de las cosas pasadas ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento. Regocijaos, alegraos por siempre por lo que voy a crear: yo creo a Jerusalén “alegría”, y a su pueblo, “júbilo”. Me alegraré por Jerusalén y me regocijaré con mi pueblo, ya no se oirá en ella ni llanto ni gemido; ya no habrá allí niño que dure pocos días, ni adulto que no colme sus años, pues será joven quien muera a los cien años, y quien no los alcance se tendrá por maldito’” (Is. 65,17-20).


    Estas palabras del profeta Isaías, que se leen en la primera lectura de la misa de hoy, se escribieron en un tiempo de ruina y desolación. El pueblo había conocido el exilio, la destrucción de Jerusalén, la humillación de verse derrotado y disperso. En medio de ese desolador paisaje, Dios pronuncia una promesa que parece desmesurada: “voy a crear un nuevo cielo y una nueva tierra”. No se trata simplemente de reparar lo que se ha roto, sino de comenzar algo nuevo. Dios no solo promete restaurar, sino recrear. Donde el hombre solo ve escombros y un doloroso recuerdo, Él anuncia un futuro lleno de vida.


    Es muy hermoso notar que Dios no habla solo de cambiar las cosas, sino también de transformar el corazón del pueblo. “De las cosas pasadas ni habrá recuerdo”, afirma; y ello no porque la historia desaparezca, sino porque la alegría de Dios será tan grande que el pasado dejará de pesar como una losa. El Señor promete una ciudad llamada “alegría” y un pueblo llamado “júbilo”. Es el sueño de Dios para con la humanidad: una vida donde el llanto no tenga la última palabra y donde el dolor no sea definitivo.


    Esta promesa se cumple plenamente en Cristo. Él es el comienzo de esa nueva creación. Allí donde penetra su gracia, empieza algo nuevo: la culpa no es el final, las heridas no son el final, el pecado no es el final. Dios siempre puede anunciar un comienzo inesperado. Incluso cuando nuestra vida parece marcada por el cansancio o por antiguos errores, Él sigue diciendo: “Mira, voy a hacer algo nuevo”.


    Señor Jesús, Tú que haces nuevas todas las cosas, renueva también nuestra vida. Haz que no quedemos prisioneros del pasado ni de nuestras heridas. Danos un corazón capaz de esperar, de creer y de alegrarse en lo que Tú estás creando silenciosamente en nosotros. Amén.

domingo, 15 de marzo de 2026

AMOR DE UNIÓN

 


    Ayer concluí la predicación del septenario a la Virgen en su advocación de María Santísima de la Piedad. Durante los tres últimos días he querido contemplar distintas formas de amor que se revelan en el Calvario. Hablamos del amor fiel, un amor que permanece junto a la Cruz como permanecen las mujeres. Hablamos también del amor contemplativo, un amor que mira y penetra en el misterio como el del discípulo amado. Pero ayer la mirada se detuvo en algo más profundo todavía: en el amor de unión. Porque en María el amor es fiel como el de las mujeres, es contemplativo como el de Juan, pero es sobre todo un amor de unión total con Dios.


    Esa unión comienza en Nazaret, en aquel “hágase” que abre la historia de la salvación. Allí María acepta la voluntad de Dios con una disponibilidad absoluta. Pero la unión llega a su plenitud en el Calvario. Querer lo que Dios quiere cuando Dios quiere nuestra luz, nuestra paz o nuestro consuelo resulta relativamente fácil. Querer lo que Dios quiere cuando Dios bendice nuestra vida con salud, éxito o bienestar no exige demasiado. Pero querer lo que Dios quiere cuando llega la cruz, cuando la voluntad de Dios atraviesa nuestra vida con el dolor, la oscuridad o la pérdida, eso es otra cosa muy distinta. En María esa aceptación alcanza su forma más pura. Ante la muerte violenta de su Hijo, ante su sufrimiento y su abandono, Ella no se aparta de la voluntad del Padre.


    Por eso su amor es un amor perfectísimo, un amor de unión de voluntades. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, posee como hombre una voluntad humana y como Dios su voluntad es la voluntad divina de la Trinidad. En Él ambas voluntades se unen perfectamente cuando su voluntad humana se entrega sin reservas al querer del Padre. María, siguiendo a su Hijo, realiza lo mismo en su propia vida. Su voluntad se une plenamente a la voluntad de Dios. Así se explica la profunda configuración con Cristo que vemos en el Calvario. Por eso María no es simplemente una espectadora del misterio de la redención. Está unida a Él con un amor tan perfecto que participa de modo único e irrepetible en la obra salvadora.


    El amor de María es, por tanto, un amor que la une, que la identifica con su Hijo. No solo permanece junto a la Cruz, no solo contempla el misterio: entra en él con todo su ser. Y en esa unión perfecta con la voluntad de Dios encontramos uno de los secretos más profundos de su santidad.


    Que Ella, la Virgen dolorosa en el Calvario, nos enseñe también a nosotros ese camino difícil y luminoso: aprender a querer lo que Dios quiere, no solo cuando la vida se llena de luz, sino también cuando la voluntad de Dios pasa por la cruz. Amén.

sábado, 14 de marzo de 2026

AMOR CONTEMPLATIVO


    Hoy terminaré de predicar un septenario a la Virgen Dolorosa, bajo la advocación de María Santísima de la Piedad. Han sido siete días de consideración del misterio de la Cruz, acompañados por la presencia silenciosa de la Madre. En los tres últimos días he querido fijarme en tres formas de amor que aparecen en el Calvario: el amor fiel, representado por María Magdalena y las otras mujeres; el amor contemplativo, representado por el discípulo amado; y el amor de unión, que encontramos de modo perfecto en la Santísima Virgen.


    Ayer meditábamos sobre san Juan. En el Calvario aparece junto a la Cruz, sin decir nada, sin hacer nada extraordinario. Pero su presencia tiene un significado muy profundo: Juan contempla el misterio. Permanece mirando a Cristo crucificado. Y esa contemplación marcará toda su vida. Quizá por eso el cuarto Evangelio es distinto de los otros. Los demás evangelistas narran los hechos y conservan las palabras de Jesús; Juan, en cambio, busca penetrar en su significado profundo. Cuando cuenta la curación de un ciego, el relato se convierte en una revelación sobre la luz y la oscuridad: la luz es la fe que permite ver, la oscuridad es la ceguera del corazón. Cuando Jesús conversa con la samaritana, el agua de la que habla no es solo el agua del pozo, sino el don de Dios que sacia la sed más profunda del hombre. Y así nacen los grandes símbolos de su Evangelio: Cristo como Luz del mundo, como Agua viva, como Pan de vida, como Vid verdadera, como Buen Pastor… Todo eso brota de la mirada contemplativa de un discípulo que ha profundizado amorosamente en el misterio de Cristo.


    Pero la contemplación cristiana contiene todavía un secreto más profundo. No consiste solamente en mirar a Cristo, sino en saberse, creerse y experimentarse mirado por Él. Juan, es cierto, mira a Jesús con una mirada atenta y amorosa, una mirada penetrante como la del águila que será el símbolo del cuarto Evangelio. Pero al mismo tiempo Jesús mira a Juan. Y al mirarlo lo tiene en cuenta y le confía algo inmenso: “Ahí tienes a tu Madre”. Entonces Juan comprende que su vida está dentro de esa mirada de amor de Cristo, que su vocación nace de ese amor y que todo en su vida ha quedado sellado por esa mirada.


    Señor Jesús, enséñanos a contemplarte con un corazón atento y amoroso. Que aprendamos a permanecer junto a tu Cruz, como el discípulo amado, penetrando en el misterio de tu amor. Y por intercesión de tu Madre, la Virgen Dolorosa, concédenos la gracia de vivir siempre bajo tu mirada. Amén.