“Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida. Yo les he dado tu palabra” (Jn. 17,13-14).
Las palabras de Jesús en el Evangelio de la misa de hoy tienen algo profundamente sereno y misterioso. Se encuentra en la última cena. Sabe que se acerca la pasión. Sabe que dentro de pocas horas los discípulos quedarán desconcertados, llenos de miedo y dispersos. Y, sin embargo, habla de alegría. No de una alegría superficial o fácil, sino de una alegría “cumplida”, plena, nacida de algo muy hondo. Cristo quiere dejar dentro de los suyos una alegría que el mundo no pueda destruir.
Todo sucede en el clima íntimo de aquella cena sagrada en la que Jesús parte el pan y entrega el cáliz de la nueva alianza. Mientras se aproxima la cruz, el Señor comienza ya a preparar a la Iglesia para el tiempo nuevo que vendrá después: el tiempo de la presencia invisible, de la Eucaristía y del Espíritu Santo. Los discípulos todavía no comprenden muchas cosas, pero Cristo va sembrando dentro de ellos una paz y una alegría que un día florecerán plenamente en Pentecostés.
“Yo les he dado tu palabra”. Jesús no deja a los suyos vacíos ni abandonados. Les deja su Palabra, les deja su Cuerpo y su Sangre, les deja la promesa del Espíritu Santo. Todo brota de la misma noche santa. La Iglesia nacerá reunida alrededor de esas tres realidades inseparables: la Palabra, la Eucaristía y el Espíritu. Allí seguirá encontrando siempre su fuerza, su luz y su consuelo.
Por eso la preparación de Pentecostés no consiste solamente en pedir dones extraordinarios o emociones intensas. Consiste sobre todo en permanecer cerca de Cristo. Cerca de su Evangelio. Cerca del Pan consagrado. Cerca de esa presencia silenciosa que continúa sosteniendo a la Iglesia en medio del mundo. Muchas veces el Espíritu Santo actúa así: lentamente, en silencio, casi ocultamente, como una llama pequeña que nunca termina de apagarse.
La misma noche en que pronuncia esta oración sacerdotal, Jesús deja también su Cuerpo y su Sangre como alimento de los discípulos. Y así, mientras espera Pentecostés, la Iglesia permanece reunida alrededor de la mesa de la Palabra y de la mesa del Pan. Allí Cristo continúa preparando interiormente a los suyos para recibir la plenitud del Espíritu Santo.
Señor Jesús, quédate siempre junto a nosotros. Haznos descubrir la alegría profunda que nace de tu presencia. Que en estos días de preparación para Pentecostés vivamos más cerca de la Eucaristía y de la acción silenciosa del Espíritu Santo. Amén.