“La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía.
Cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.
¡Oh, cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena”
(Secuencia litúrgica latina, siglo XIII).
“Stabat Mater dolorosa…”. Estos versos antiguos, que traducen la secuencia latina tradicional -en una versión atribuida a Lope de Vega- nos sitúan ante una escena que no necesita muchas explicaciones: María está “junto a la cruz”. No huye, no se aparta del Calvario, no se acoge al dicho popular de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Está en el lugar más difícil, en el punto exacto en que el amor se vuelve entrega total. No hace nada exteriormente extraordinario, y, sin embargo, su permanencia es una de las formas más puras de la fidelidad. Mientras el Hijo pende de la Cruz, Ella permanece.
El dolor de María no es solo el dolor de una madre que ve sufrir a su Hijo; es un dolor que la atraviesa por dentro, “traspasada y dolorosa”. El antiguo himno habla de un “fiero cuchillo”: no es una herida visible, pero es real, profunda, continua. Es el dolor de quien ama sin poder aliviar, de quien contempla sin poder intervenir, de quien consiente en el designio de Dios cuando este parece incomprensible. En María, el sufrimiento no se convierte en desesperación, sino en una forma excelsa de unión.
Y así, “triste contemplaba y dolorosa miraba”. Hay una mirada que no se aparta. María contempla. No aparta los ojos del misterio, aunque ese misterio sea oscuro, aunque duela. En esa mirada hay fe, una fe desnuda, sin consuelos sensibles, una fe que permanece cuando todo parece terminado. El Sábado Santo nace aquí: no solo en la soledad, sino en una fe que no se rinde.
Oh Virgen María, Madre piadosa, enséñanos a estar junto a la cruz, a no huir del dolor cuando se convierte en camino, a creer cuando nada resulta fácil. Que, como Tú, sepamos mirar a Jesús en la Cruz, y permanecer. Amén.