“Moisés suplicó al Señor, su Dios: ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta? ¿Por qué han de decir los egipcios: ‘Con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra’? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo: ‘Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo’” (Éx. 32,11-13).
Este pasaje, que pertenece a la primera lectura de la misa de hoy, es uno de los momentos más impresionantes de toda la historia de la salvación. El pueblo ha caído en la idolatría; ha olvidado la gloria del Dios vivo para postrarse ante una figura muerta: el becerro de oro. Dios ha visto esa infidelidad y se ha indignado con razón. El pecado ha herido la alianza. Pero ahí está Moisés, el amigo de Dios, el intercesor, el hombre que sube al monte para hablar cara a cara con el Señor, o entra en la Tienda del Encuentro para recibir sus instrucciones.
Lo que hace Moisés es de una grandeza inmensa: no piensa en sí mismo, no acepta la propuesta que le hace Dios de destruir a Israel y formar, a partir de él, un pueblo nuevo. No busca su gloria. Al contrario, defiende al pueblo que Dios le confió, aunque haya pecado, aunque se haya alejado.
Moisés no discute con Dios, pero toca su corazón. Apela a su fidelidad, a su promesa, a su misericordia. Le dice: “Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel…”. Moisés se coloca en la brecha. Y en ese gesto, en ese ponerse entre Dios y el pecado de los hombres, Moisés prefigura el corazón de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, que será el único intercesor perfecto. Pero aquí, en Moisés, ya brilla el amor, la compasión, la generosidad de quien ama de verdad a su pueblo y ama de verdad a Dios. Por eso se atreve a suplicar. Y Dios se deja conmover, porque le agrada ver que un hombre se le parece en el amor, en la fidelidad, en el perdón.
¡Qué gran enseñanza para nosotros! Cuántas veces juzgamos y condenamos a nuestros prójimos, mientras que el verdadero amigo de Dios no condena, sino que intercede. No se aprovecha del pecado ajeno para exaltarse, sino que se humilla para que el otro viva. ¡Cuánto se parece el corazón de Moisés al Corazón de Jesús! Y cuánto deseará Dios encontrar también en nosotros corazones intercesores, capaces de pedir por los que no piden, capaces de amar a los que no aman, capaces de recordar a Dios su gran misericordia, y no lo poco que los hombres la merecen.
Jesús mío, enséñame a amar como Moisés, a suplicar como Moisés, a no pensar en mí con satisfacción cuando otros caen. Que tenga un corazón grande, generoso y compasivo. Que no me canse de recordar que Tú amas, que Tú salvas, que Tú has hecho promesas. Hazme intercesor: que me ponga siempre de parte del pecador, para suplicarte a ti, que eres misericordia infinita. Amén.