“Me enseñó un río de agua de vida, reluciente como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero” (Ap. 22,1).
De nuevo me encuentro, como mi ilustre paisano Antonio Machado, “A orillas del Duero”, no solo literariamente, sino también realmente, pasando unos días entre los muros del Real Monasterio de Santa Clara. Hay algo poético en vivir o en haber nacido junto a un gran río; lo sé por experiencia. Sus aguas, al contemplarlas, parece que se llevan nuestros pensamientos y, por el contrario, nos traen preguntas que las prisas habían terminado por acallar. Por eso aquí, desde este edificio monástico en Tordesillas, me acuerdo espontáneamente de santa Hildegarda de Bingen, que pasó largos años en Rupertsberg, el monasterio que había fundado en la confluencia de los ríos Nahe y Rin, frente a Bingen. Allí terminó, hacia 1151, el Scivias, su primera gran obra de visiones. Me conmueve pensar que aquellas páginas fueron concluidas entre unos muros junto a los cuales también seguía fluyendo un río. Me gusta imaginarla contemplándolo desde su celda, como yo desde la mía contemplo este maravilloso paisaje del río que corre entre los árboles.
En el Scivias encontramos una profunda contemplación de los misterios de la fe, de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de la Eucaristía. Pero quisiera detenerme hoy en la poesía que lo envuelve todo. Hildegarda habla con imágenes. La luz, el fuego, las estrellas, los edificios nobles, las figuras humanas: todo se convierte en un lenguaje capaz de acercarnos a lo invisible. También las miniaturas que acompañan la obra nos invitan a detenernos, a mirar despacio, a dejar que los colores y las formas despierten una pregunta o una oración. La belleza, tanto la de la naturaleza como la del arte, participa de la enseñanza. Hay verdades que necesitamos contemplar largamente para que, además de comprenderlas, lleguemos a amarlas.
Esa mirada se vuelve especialmente intensa ante la Eucaristía, donde Hildegarda contempla la entrega de Cristo y la vida que de Él recibe la Iglesia. Quien se acerca a estas páginas siente cuánto misterio hay en aquello a lo que quizá nos hemos acostumbrado: un altar, un cáliz, una pequeña hostia consagrada. La poesía puede ayudarnos a recobrar el asombro, a reconocer que lo familiar sigue siendo insondable. Y aquí, hoy, junto al Duero, pienso que también nosotros necesitamos aprender a mirar así: dejar que la belleza de lo creado nos disponga a escuchar a su Creador y que, al entrar en la capilla, conservemos despierta esa capacidad de maravillarnos. El río sigue su curso junto al monasterio; dentro, en el silencio de la Eucaristía, Cristo nos ofrece una vida que no pasa.
Señor Jesús, purifica nuestra mirada para que reconozcamos las huellas de tu belleza y nos acerquemos con asombro y amor al misterio de tu presencia. Amén.

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