“Alabad al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa” (Sal 147,1).
Como prometimos hace algunas semanas, seguimos dedicando periódicamente algunos artículos de este blog a santa Hildegarda de Bingen, doctora de la Iglesia y abadesa benedictina del siglo XII. Ya hemos hablado de su extraordinaria personalidad, de sus visiones, de sus escritos y de su conocimiento de la naturaleza. Hoy queremos detenernos en otra de sus facetas, quizá menos conocida, pero de una belleza extraordinaria: la música. Desde niña había aprendido a cantar los salmos y las melodías propias de la liturgia de su tiempo. Pero Hildegarda no se limitó a repetir lo que había aprendido, sino que compuso textos y melodías originales, reunidos bajo un título singular y precioso: Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales.
Sus melodías tienen algo muy particular, que llama la atención incluso a quienes no entendemos de música. La voz asciende, desciende, se detiene largamente sobre una sílaba y vuelve a elevarse, como si quisiera desprenderse de la tierra y alcanzar el cielo. No se trataba simplemente de buscar efectos musicales sorprendentes. Hildegarda quería imprimir en el alma un movimiento espiritual, levantarla de su pesadez y recordarle que su verdadera patria se encuentra en Dios. Para ella, la música era un eco de la armonía celestial. Dios había creado al ser humano para vivir en comunión con Él, para alabarlo y servirlo. Pero el pecado había roto aquella maravillosa armonía original, introduciendo en nuestra existencia la desarmonía. Al cantar las alabanzas divinas, el hombre comienza a recuperar algo de aquella belleza perdida.
Esta concepción aparece de manera especialmente expresiva en una obra singular de Hildegarda, el Ordo virtutum (El orden de las virtudes), uno de los dramas musicales espirituales más antiguos que se conservan. Su protagonista es el Alma humana, que desea alcanzar la felicidad, pero se deja seducir por las promesas del Diablo y abandona el camino de las Virtudes. Pronto descubre el engaño y, arrepentida, regresa en busca de ayuda. Entonces las Virtudes, entre las que se encuentran la Humildad, la Caridad, la Obediencia, la Esperanza y la Castidad, acuden en su auxilio, combaten por ella y terminan venciendo al enemigo.
Pero hay un detalle verdaderamente sorprendente: en esta obra todos cantan menos el Diablo. Canta el Alma, cantan las Virtudes, cantan los coros, pero el Diablo solamente puede hablar, gritar, amenazar y producir sonidos desagradables. ¡El Diablo no sabe cantar! Hildegarda expresa así una intuición espiritual de extraordinaria profundidad: el mal ha quedado fuera de la armonía de Dios. Puede hacer ruido, seducir, engañar y sembrar confusión, pero es incapaz de producir la verdadera belleza que nace del amor. El pecado desafina nuestra existencia; la gracia nos devuelve a la armonía para la que fuimos creados.
¡Qué hermosa imagen de nuestra propia vida espiritual! También nosotros experimentamos interiormente esa lucha entre las voces que nos invitan a elevarnos hacia Dios y aquellas otras que pretenden arrastrarnos hacia abajo. Cada pecado hace que nuestra vida desafine, mientras que cada acto de amor, de humildad, de perdón o de entrega nos ayuda a recuperar la armonía. Y aquí encontramos un consuelo quienes no tenemos precisamente grandes cualidades musicales. Porque alabar a Dios no consiste simplemente en cantar bien, ni siquiera es necesario tener una hermosa voz. Debemos cantar con todo nuestro ser, con nuestras buenas obras, con nuestra fidelidad cotidiana, con el amor que ponemos en las cosas más pequeñas. La verdadera alabanza no es solamente el aire que sale de nuestros pulmones y hace vibrar nuestras cuerdas vocales. Es también otro soplo, mucho más profundo: el del Espíritu Santo, que habita en nosotros y puede convertir nuestra vida entera en una maravillosa sinfonía.
San Ignacio de Loyola comenzará sus Ejercicios espirituales en el Principio y Fundamento recordándonos que el hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios. Hildegarda, varios siglos antes, parecía expresar esa misma verdad mediante el lenguaje de la música. Nuestra vocación más profunda es unir nuestra pequeña voz al inmenso cántico de alabanza que resuena eternamente en el cielo. Allí no habrá nada que rompa la armonía, ni lágrimas, ni voces que pretendan apartarnos de Dios. Allí todo será amor, todo será armonía, todo será alabanza. Y quizá la santidad consista precisamente en comenzar a cantar aquí abajo, con los labios y sobre todo con la vida, lo que esperamos cantar eternamente allá arriba.
Señor Jesús, afina nuestros corazones con tu gracia, líbranos de cuanto rompe nuestra armonía interior y haz que, movidos por tu Espíritu, nuestra vida entera se convierta en un canto de amor y alabanza a tu gloria. Amén.

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