jueves, 1 de octubre de 2026

CORDEROS, MENORES, PEQUEÑOS

    "¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: 'Paz a esta casa'. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa" (Lc 10,3-7).

    Ayer tuve que predicar el primer día de un triduo dedicado a san Francisco de Asís, pero coincidía con la fiesta de santa Teresa del Niño Jesús, a quien tengo una especialísima devoción. Dos santos aparentemente muy diferentes: Francisco recorrió caminos, pueblos y ciudades anunciando el Evangelio; Teresa vivió escondida tras los muros del Carmelo de una pequeña ciudad. Sin embargo, el evangelio de la misa me hizo descubrir algunos hermosos puntos de encuentro entre ambos. Jesús envía a sus discípulos "como corderos en medio de lobos". Francisco quiso que los suyos fueran "hermanos menores". Teresa descubrió que su "caminito" consistía en hacerse pequeña. Corderos, menores, pequeños: tres palabras que, en el fondo, hablan de una misma manera de seguir a Cristo.

    El mundo nos enseña a hacernos fuertes, a defendernos, a ser importantes y autosuficientes. Jesús, sorprendentemente, nos envía débiles e indefensos como corderos. Francisco comprendió que ser menor significaba renunciar a colocarse por encima de los demás y a buscar la seguridad en lo que se posee. Por eso quiso vivir pobre y libre, sin poner en ninguna criatura su apoyo definitivo. Teresa llegó al mismo lugar, pero por otro camino: descubrió la perfecta pobreza espiritual. No quería presentarse ante Dios cargada de méritos, de riquezas espirituales, sino con las manos vacías, confiándolo todo a su misericordia. Francisco parece decirnos: no necesitamos poseer para sentirnos seguros. Y Teresa parece decirnos: no necesitamos ser importantes para que Dios nos ame. Jesús nos invita a no llevar ni bolsa, ni alforja, ni sandalias.

    Pero a todos esos "corderos", a esos "menores", a esos "pequeños", Jesús les ordena: "¡Poneos en camino!". Francisco lo hizo literalmente, recorriendo pueblos y ciudades y llegando incluso hasta el sultán en Egipto. Teresa, en cambio, entró en un convento y ya no salió de él. Sin embargo, la Iglesia la proclamó patrona de las misiones. Francisco recorrió kilómetros; Teresa recorrió el mundo desde el corazón de la Iglesia. Ella misma descubrió su vocación con una expresión bien conocida: "En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor". También nosotros podemos ponernos en camino sin atravesar montañas ni océanos. Nuestra misión puede comenzar en casa, en el trabajo, en la comunidad, junto al lecho del enfermo, con el anciano abandonado, con el que está solo o con quien nos cuesta mucho trabajo convivir. Basta solo con llevar lo que Jesús puso en labios de los primeros enviados: "Paz a esta casa".

    El secreto radica precisamente en esto: Dios no necesita nuestra grandeza, sino nuestra disponibilidad. No necesita nuestra fuerza, sino nuestra confianza. No necesita que hagamos cosas extraordinarias, sino que le dejemos hacer a él cosas grandes a través de nuestra pequeñez. Francisco quiso ser menor; Teresa quiso permanecer pequeña; Jesús nos envía con la humildad y la mansedumbre de los corderos. Y cuando un cristiano, pobre de sí mismo pero rico de Dios, entra en la vida de alguien llevando paz, perdón, consuelo, servicio y amor, puede hacerse realidad silenciosamente la gran noticia con la que termina la misión de los setenta y dos: "El reino de Dios ha llegado a vosotros".

    Señor Jesús, haznos pequeños para que podamos ser instrumentos tuyos. Líbranos de buscar nuestra seguridad en nosotros mismos y enséñanos a caminar ligeros de equipaje, confiando solo en ti y llevando tu paz allí donde nos envíes. Amén.

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