“María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc. 2,19).
Estoy predicando estos días un triduo en honor de la Virgen del Rosario en una bella localidad del Condado de Huelva. Y he querido plantearlo como jornadas de asistencia a una escuela muy especial: la escuela de María. Porque María es Maestra, pero no pretende enseñarnos nada distinto de Jesús. Toda su pedagogía consiste en llevarnos hasta Él, enseñarnos a conocerlo, amarlo y seguirlo. Y en esta escuela pone en nuestras manos un libro de texto, una sencilla cartilla en la que está resumido todo el Evangelio: el santo Rosario.
Ese libro tiene cuatro grandes capítulos: los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos. En los primeros, María nos enseña a acoger a Jesús. Ella lo acogió en su corazón antes de acogerlo en su seno; escuchó la Palabra, creyó en ella y dejó que se hiciera carne en su vida. Pero acoger a Cristo exige también permitirle que dé fruto en nosotros. No basta decir que creemos: la fe que no transforma la vida corre el peligro de quedarse estéril. Por eso los misterios gozosos nos enseñan a recibir a Jesús para que nuestra vida, como la de María, pueda llevarlo después a los demás.
El segundo capítulo lo forman los misterios luminosos. En ellos aprendemos a seguir a Jesús. Porque tampoco basta con creer en Él, ni siquiera con aceptar como verdaderas sus palabras. Llega un momento en que hay que ponerse en camino detrás de Él. Y entonces comienza la aventura de la confianza: abandonar nuestras seguridades, dejar que sea Él quien marque el camino y aceptar el riesgo del seguimiento. Desde el Tabor resuena la voz del Padre: “Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo” (Mt. 17,5). Y en Caná, María nos entrega la consigna que puede orientar toda nuestra vida cristiana: “Haced lo que él os diga” (Jn. 2,5).
El tercer capítulo lo forman los misterios dolorosos, que nos enseñan a padecer con Jesús. El cristianismo no nos invita a buscar el sufrimiento ni a enamorarnos del dolor. Pero el dolor llega inevitablemente a nuestra vida y necesitamos aprender qué hacer con él. Hay enfermedades, fracasos, decepciones, incomprensiones, soledades y cruces que no hemos elegido. Seguir a Jesús significa entonces no abandonarlo precisamente cuando el camino conduce a Getsemaní o al Calvario. María permaneció junto a la Cruz. Y nos enseña a permanecer, a unir nuestros sufrimientos a los de Cristo y a descubrir que, puestos en sus manos, incluso aquello que parece inútil puede convertirse misteriosamente en fecundidad y redención.
Cuando termine el triduo celebraremos la función de la Virgen del Rosario en su fiesta. Será entonces el momento de abrir el cuarto y último capítulo de nuestro libro de texto: los misterios gloriosos. Después de aprender a acoger a Cristo, a seguirlo y a padecer con Él, María nos enseñará a esperar en Él. El Rosario no termina ante un sepulcro cerrado, sino ante una tumba vacía; no termina en la ausencia, sino en la Ascensión; no termina en el miedo de los discípulos, sino en el fuego de Pentecostés; y culmina contemplando a María glorificada junto a su Hijo. Toda la escuela de María tiene la mirada tendida hacia adelante, hacia esa meta definitiva que Dios ha preparado para nosotros.
Por eso rezar el Rosario es mucho más que repetir avemarías. Es recorrer de la mano de María la vida entera de Cristo hasta que sus misterios vayan convirtiéndose también en nuestros misterios. Acogerlo. Seguirlo. Padecer con Él. Esperar en Él. Cuatro capítulos para aprender una sola asignatura, la más importante de todas: vivir con Jesús hasta llegar a vivir para siempre donde Él vive. Y María, nuestra Maestra, continúa pacientemente a nuestro lado, pasando con nosotros cada página.
María, Maestra nuestra en la escuela del Evangelio, enséñanos a acoger a Jesús, a seguirlo con confianza, a permanecer junto a Él en la Cruz y a esperar firmemente la gloria que nos ha prometido. Llévanos siempre de tu mano hasta Él. Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario