"Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él?" (Sal 8,4-5).
Han pasado ya doce días desde que publiqué mi último artículo en este blog. No es que me falten asuntos sobre los que escribir, sino más bien todo lo contrario. Son tantos los trabajos, compromisos y proyectos que llevo entre manos que apenas encuentro tiempo para sentarme tranquilamente a escribir. Entre otras cosas, estoy realizando para Radio María una serie de programas de Ciudadanos del Cielo dedicados a santa Hildegarda de Bingen, aquella extraordinaria abadesa benedictina del siglo XII de la que ya hemos hablado aquí en varias ocasiones. He realizado ya ocho programas radiofónicos y, si Dios quiere, el próximo viernes emitiremos el noveno y último.
Pero el interés que despierta esta santa en nuestros días me ha llevado a pensar que podría aprovechar el material reunido y grabado para estos programas de radio, así como la bibliografía utilizada, para preparar un pequeño libro que podría titularse Santa Hildegarda de Bingen: introducción a su vida, obras y espiritualidad. No pretendo escribir un tratado para especialistas, sino una obra sencilla que permita al lector acercarse a una mujer verdaderamente excepcional, cuya sabiduría continúa sorprendiéndonos casi novecientos años después.
Hoy quisiera aprovechar todo este trabajo para adelantarles algunas ideas sobre la tercera y última de sus grandes obras teológico-espirituales, el Liber divinorum operum, o Libro de las obras divinas, que comenzó a escribir hacia 1163, cuando tenía unos sesenta y cinco años, y concluyó aproximadamente diez años después. La obra está dividida en tres partes y contiene diez grandes visiones, en las que Hildegarda contempla el universo, la historia de la salvación y el destino del hombre a la luz del misterio de Dios. Una de sus imágenes más conocidas, que acompaña este artículo, representa a un hombre desnudo, con los brazos extendidos, situado en el interior de una inmensa rueda cósmica. A su alrededor aparecen círculos de fuego, aguas, estrellas y otros elementos de la naturaleza, así como diversas cabezas de animales que simbolizan los vientos. Toda la rueda aparece abrazada por una gran figura rojiza, que evoca la presencia divina que sostiene la creación, mientras que en la parte superior aparece una cabeza que se relaciona con Dios Padre. Es una de las extraordinarias miniaturas que ilustran el manuscrito conservado en la Biblioteca Estatal de Lucca, en Italia.
A primera vista puede parecernos una representación extraña, casi fantástica, pero encierra una intuición espiritual de gran profundidad. El hombre no está separado del universo, sino que forma parte de él. Existe una misteriosa correspondencia entre el mundo exterior y nuestro propio mundo interior. Los antiguos hablaban del macrocosmos y del microcosmos: el universo es el gran mundo, mientras que el hombre es, en cierto modo, un pequeño universo. Hildegarda recoge esta concepción y la ilumina desde su fe cristiana. Todo cuanto existe procede de Dios y encuentra en Él su unidad. Pero hay algo todavía más hermoso: en la primera visión del libro aparece una figura luminosa que representa el Amor divino. Para Hildegarda, el universo no se explica solamente por su orden y su belleza, sino por el amor que lo ha llamado a la existencia. En lo más profundo de la creación late un misterio de amor.
Quizá nosotros hemos perdido en buena medida esta capacidad de contemplación. Sabemos muchas más cosas sobre el universo que los hombres del siglo XII, pero conocer mejor cómo funcionan los mecanismos de la naturaleza no significa necesariamente comprender mejor su misterio. Podemos saber por qué brillan las estrellas y, sin embargo, haber olvidado algo tan sencillo como levantar los ojos al cielo para preguntarnos por el sentido de nuestra existencia. El salmista se preguntaba: "¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él?". Y la respuesta de nuestra fe es sorprendente: ese Dios que ha creado las estrellas conoce nuestro nombre, escucha nuestra oración y nos ama personalmente. Más aún, el Verbo eterno, por quien fueron creadas todas las cosas, se hizo hombre y habitó entre nosotros. En Jesucristo, el Creador ha entrado en su propia creación para conducirla a su plenitud.
Señor Jesús, Verbo eterno del Padre, por quien todo fue creado, enséñanos a contemplar el mundo con ojos limpios, a descubrir tu presencia en la belleza de tus obras y a reconocer, en medio de la inmensidad del universo, el amor infinito con que nos has llamado a la vida. Amén.

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