lunes, 2 de marzo de 2026

DE LA NADA AL TODO


    “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, en vuestro regazo; porque con la medida con que midáis se os medirá a vosotros’” (Lc. 6,36-38).


    Hace algunos días ya comenté aquí que pensaba aprovechar la Cuaresma para releer la Subida al Monte Carmelo de san Juan de la Cruz. Desde ayer estoy dando Ejercicios espirituales a monjas carmelitas en Córdoba, y he pensado compartir con ustedes las reflexiones que yo mismo me hago al hilo de las lecturas y el trabajo apostólico. He terminado ya el primer libro de la Subida, donde el Santo explica qué es la noche oscura y por qué es necesario atravesarla para llegar a la unión con Dios. Habla particularmente de la noche de los sentidos y de los apetitos. ¿Qué es un apetito? Es esa inclinación, ese deseo, esa tendencia interior que nos empuja hacia algo que nos atrae. No es malo en sí mismo; forma parte de nuestra condición humana. Pero cuando el alma se deja gobernar por sus apetitos desordenados, entonces —dice nuestro místico— queda atormentada, oscurecida, ensuciada, debilitada. El apetito desordenado no solo inquieta y produce los anteriores efectos, sino que ciega el alma, la entibia, y le quita fuerza para practicar el bien.


    San Juan de la Cruz no propone aniquilar el deseo, sino purificarlo. No se trata de que desaparezcan los apetitos, sino de que no determinen nuestra vida. Aquí resuena con fuerza aquella expresión que usa san Ignacio en los Ejercicios Espirituales (nº 21) para explicar su utilidad: “para vencerse a sí mismo y ordenar la propia vida sin determinarse movido por alguna afección desordenada”. Es la misma batalla interior. La noche oscura no es desprecio de lo humano, sino camino hacia una libertad más alta. El alma aprende a no vivir movida por lo que le apetece, sino por lo que ama en Dios.


    En esta línea el Evangelio de hoy adquiere una profundidad nueva. “Sed misericordiosos… no juzguéis… perdonad… dad”. Solo un corazón libre de sus desordenados apetitos (afectos) puede no juzgar, puede no condenar, puede dar sin calcular. Cuando el alma está dominada por su orgullo, por su susceptibilidad o por su deseo de tener razón, mide con mezquindad. Pero cuando ha pasado por la purificación, empieza a medir con la medida de Dios. Y esa medida es “generosa, colmada, remecida, rebosante”.


    Dad y se os dará”. El Señor no nos invita a una estrategia para recibir más, sino a entrar en la lógica del Reino. El alma purificada ya no vive para acumular, sino para entregarse. Y cuanto más se vacía de sí, más espacio hace para la gracia. La noche del sentido, que al principio parece tiempo de pérdida, camino para la nada, se convierte entonces en ensanchamiento del corazón, en ruta para alcanzar el Todo. Dejamos las estrecheces y miserias y aprendemos la amplitud de la misericordia del Padre.


    Señor Jesús, purifica nuestros deseos. No permitas que nuestros apetitos nos cieguen o nos debiliten. Haznos libres para no juzgar, para perdonar de verdad y para dar con medida generosa, de modo que nuestra vida, purificada en la noche, se abra a la unión contigo. Amén.

domingo, 1 de marzo de 2026

LA LUZ Y LA NUBE


    “De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: ‘Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’. Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: ‘Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo’. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: ‘Levantaos, no temáis’” (Mt. 17,3-7).


    La escena narrada en el evangelio de hoy se abre con una revelación: Moisés y Elías conversan con Jesús. La Ley y los Profetas dialogan con Él como reconociendo que todo lo anunciado en la Sagrada Escritura encuentra ahora su plenitud. No es un coloquio cualquiera: es el Antiguo Testamento inclinándose ante su cumplimiento. Y Pedro, conmovido por la hermosura de ese instante, quiere detenerlo, fijarlo, habitarlo para siempre. “¡Qué bueno es que estemos aquí!”. Es el deseo humano de eternizar la consolación, de prolongar la luz, de construir tiendas para que lo eterno no se nos escape. Pero la experiencia de Dios no se posee; se recibe y se continúa en el camino.


    Mientras Pedro habla, la nube luminosa los envuelve. La nube es signo de la Presencia que oculta y revela a la vez. No permite ver del todo, pero deja sentir que Dios está allí mismo. Y desde la nube resuena la Voz del Padre: “Este es mi Hijo, el amado… Escuchadlo”. La clave no es construir tiendas, sino escuchar. No es tratar de retener la experiencia, sino acoger la Palabra. En la cima del monte no se nos pide administrar la experiencia, sino dejarnos enseñar por Dios. La auténtica experiencia mística no es evasión, sino obediencia amorosa a la Voz que nos conducirá después a la llanura.


    Los discípulos caen rostro en tierra, llenos de espanto. Cuando la Gloria se manifiesta, el hombre no solo descubre su pequeñez, sino que queda turbado y desarmado ante lo Santo. Pero entonces sucede el gesto más delicado del episodio: Jesús se acerca, los toca y les dice: “Levantaos, no temáis”. El Dios que deslumbra es el mismo que toca con ternura. El que habla desde la nube es el que se inclina y roza la fragilidad. Toda experiencia verdadera de Dios termina en esta palabra: no temáis. No temáis la luz, no temáis la cruz que vendrá después, no temáis bajar del monte. Él ha tocado nuestra vida.


    Señor Jesús, que en la luz de tu gloria nos atraes y con el contacto de tu mano nos sostienes, enséñanos a escucharte en la nube y en el camino, y a no temer cuando tu Voz nos conduzca más allá de nuestras tiendas. Amén.