También en las vacaciones hay lugar para el cine, al que, como algunos de ustedes saben, soy muy aficionado. Hoy he visto La Odisea, una película de este año 2026 que recrea, con bastante libertad, el célebre poema de Homero. Curiosamente, hace solo unos días había visto también una de sus primeras adaptaciones cinematográficas, la película muda italiana L’Odissea, de 1911. Entre una y otra han transcurrido 115 años, que se dice pronto. Contemplar ambas casi seguidas permite comprobar cuánto ha cambiado el cine durante más de un siglo y, al mismo tiempo, hasta qué punto siguen vivas las grandes historias que acompañan a la humanidad desde hace milenios. La película se toma algunas licencias y no coincide exactamente con el relato de Homero, pero, mientras la veía, casi inevitablemente iba haciendo una lectura espiritual de la historia. Porque también la vida cristiana es un itinerario, un regreso, una vuelta a aquella casa de la que nunca debimos salir: el paraíso.
La primera gran prueba del camino será el encuentro con el cíclope monstruoso Polifemo, que encierra a Ulises y a sus compañeros en su caverna y amenaza con devorarlos. También nosotros encontramos dificultades que parecen insalvables. Se cierra la puerta, no encontramos salida y aquello que tenemos delante parece mucho más fuerte que nosotros. Hay problemas, sufrimientos y situaciones que amenazan con devorarnos. Y, sin embargo, también de la caverna de Polifemo es posible salir.
Después aparece Circe, la hechicera que convierte a los compañeros de Ulises en cerdos. Extraordinaria imagen de cuanto puede degradar al ser humano. También nosotros podemos olvidar nuestra dignidad y terminar viviendo únicamente desde el instinto, el placer, la comodidad o el deseo inmediato. Hay tentaciones que no pretenden destruirnos de golpe: simplemente van haciendo que nos conformemos con ser menos de lo que estamos llamados a ser.
A continuación hay que atravesar el lugar donde viven las sirenas, que con sus cantos armoniosos seducen y prometen felicidad y vida, pero terminan dando la muerte. Precisamente por eso son peligrosas. Ulises quiere escucharlas, pero sabe que no puede fiarse de sí mismo y manda que lo aten al mástil. También nosotros necesitamos permanecer a veces atados a aquello que libremente hemos elegido: una vocación, una fidelidad, la oración, unos compromisos, una palabra dada. Hay momentos en los que la libertad no consiste en romper las ataduras, sino en permanecer fieles a las que elegimos cuando veíamos con claridad.
Y aparecen Escila y Caribdis: de un lado, el monstruo que amenaza con devorar; del otro, el remolino capaz de engullir la embarcación. Hay momentos en los que navegamos entre dos peligros y parece no existir salida alguna que pueda dejarnos indemnes: o caemos en Escila o caemos en Caribdis. Y es que a veces en la vida no existen soluciones perfectas que nos eviten todo sufrimiento y toda pérdida. Hay que ser valientes, no abandonar por ello la navegación, vivir la virtud de la fortaleza y comprender que no siempre podemos tenerlo todo ni salvarlo todo.
La película introduce además una significativa licencia. No aparecen los lotófagos del poema homérico. Es Calipso quien recoge a Ulises, lo alimenta, cuida sus heridas y le ofrece el loto que él come gustosamente para olvidar. Allí está protegido y podría quedarse para siempre. Es la tentación de la instalación, del conformismo, de una vida cómoda satisfecha con sus pequeños éxitos y placeres. Dejamos de avanzar, renunciamos al viaje y terminamos apartándonos de nuestra vocación. Y con la instalación llega el olvido: olvidar Ítaca, olvidar el cielo, olvidar la meta hacia la que caminábamos.
Por eso resulta tan significativo que Ulises abandone finalmente aquella seguridad echándose al mar en una mísera balsa, prácticamente sin remos ni velas. Después de tantas astucias, estrategias y esfuerzos por dominar las circunstancias, ahora solo puede entregarse. Se pone en manos de Zeus y de Poseidón, se abandona a un mar que no controla. Y será precisamente así, cuando deja de pretender dominarlo todo, como llegará sorprendentemente a Ítaca. También en nuestro camino hay momentos en los que hemos de luchar con todas nuestras fuerzas y otros en los que solo queda confiar y abandonarnos en las manos de Dios.
Ulises carga además con su pasado. Lo atormenta el recuerdo de Troya, del engaño que permitió conquistarla, de la destrucción y de tantas vidas arrebatadas. Nadie hace el camino solamente con lo que encuentra delante. Caminamos también con nuestra historia, nuestros errores, nuestras heridas, nuestras culpas e incluso nuestros pecados. Y caminamos muchas veces ante un Dios que permanece invisible, como esos dioses misteriosos que Ulises no siempre comprende, aunque Atenea se manifieste alguna vez para orientarlo.
Finalmente, Ulises regresa a Ítaca. Pero Ítaca no significa simplemente volver al punto de partida. Después de todo lo vivido, nadie puede regresar siendo el mismo que partió. La película, apartándose del texto de Homero, sugiere que Ulises muere a consecuencia de las heridas recibidas en el combate con los pretendientes, pero inmediatamente ofrece unas imágenes, quizá simbólicas, de un nuevo viaje que emprende hacia un horizonte distinto, hacia un más allá, donde espera encontrarse con sus compañeros muertos y quizá desentrañar el misterio de aquellos dioses que tantas veces no consiguió comprender. También nosotros atravesamos cíclopes, sirenas, hechiceras, monstruos y remolinos; conocemos el sufrimiento y la esperanza, la culpa y el perdón, el miedo y la confianza. Hasta que un día comprendemos que la verdadera Ítaca no está detrás de nosotros. Está siempre más allá.
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