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martes, 18 de agosto de 2026

LO QUE ME IMPORTA


    Vivimos tiempos de una enorme confusión. Asistimos, a veces con dolor y hasta con verdadero espanto, a escándalos que afectan a personas y comunidades católicas, algunas con grandes responsabilidades en la Iglesia y otras sin más responsabilidad que la de su propio testimonio. Quizá haya quienes se pregunten por qué en este canal no abordo habitualmente esas cuestiones espinosas de la actualidad eclesial, y mucho menos otras polémicas de nuestro tiempo.


    Mi respuesta es sencilla. Ante todo ello, lo que intento hacer aquí es lo único que considero verdaderamente necesario: invitar a la conversión, invitar a la santidad personal. No habrá una auténtica renovación de la Iglesia si no hay una profunda conversión de sus miembros. Y esa conversión comienza siempre por cada uno de nosotros. Es muy fácil mirar hacia fuera, señalar errores, juzgar comportamientos, entrar en discusiones teológicas, morales o litúrgicas. Mucho más exigente es permitir que la Palabra de Dios entre en nuestra propia vida, la ilumine, la juzgue y la transforme.


    La Iglesia necesita una grande y urgente renovación espiritual. Necesita hombres, mujeres y niños que oren, que crean, que vivan el Evangelio, que practiquen humildemente las virtudes, que busquen sinceramente la santidad. He citado algunas veces una afirmación atribuida a san Claudio de La Colombière: si en nuestro tiempo hay tan pocas conversiones es porque hay muchos que predican -hoy no solo desde los púlpitos, sino también desde los medios de comunicación y las redes sociales- y pocos que oran. Podemos hablar mucho de Dios y, sin embargo, hablar muy poco con Dios. Podemos defender apasionadamente la verdad y olvidar que la Verdad es una Persona a la que estamos llamados a amar, seguir e imitar.


    Por eso, desde que comencé a escribir en este blog, mi propósito ha sido fundamentalmente este: ayudar a orar, alimentar una fe humilde y sobrenatural, acercarnos a la Palabra de Dios, estimular la práctica de las virtudes e invitarnos, una y otra vez, a la conversión. No porque los problemas que atraviesa la Iglesia carezcan de importancia, sino precisamente porque son demasiado importantes para pensar que podrán resolverse únicamente mediante polémicas, denuncias o discusiones. La reforma más profunda de la Iglesia comienza siempre en el corazón de sus hijos. Y la primera reforma que cada uno puede emprender es la de su propio corazón.


    Señor Jesús, danos verdadero espíritu de oración. Líbranos de una fe superficial, de la tentación de opinar sin convertirnos y de hablar de ti sin vivir contigo. Concédenos una mirada sobrenatural, un corazón humilde y hambre de santidad. Derrama sobre tu Iglesia abundantes gracias de conversión y comienza esa renovación en cada uno de nosotros. Amén.

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